CUANDO DIOS PIDA CUENTAS DE NUESTROS TALENTOS
En el Evangelio de Mateo 14-30,
Jesucristo habló de los talentos. No eran solo monedas; eran símbolos de los
dones, capacidades, oportunidades y propósito que Dios entrega a cada persona.
A uno le dio cinco, a otro dos, a otro uno. No todos recibieron lo mismo, pero
todos recibieron algo. Y a todos se les pidió cuentas.
Dios confía dones y responsabilidades
a cada persona.
La fidelidad y el compromiso activo
son valorados.
No se trata solo de conservar, sino
de hacer crecer lo recibido.
El miedo paraliza, pero la confianza
en Dios impulsa a actuar.
Hoy esa pregunta resuena en nuestro
corazón:
¿Qué hicimos con el talento que nos
fue entregado?
Tal vez lo desarrollamos. Tal vez lo
trabajamos con esfuerzo, disciplina y fe. Quizás lo pusimos al servicio del
bien, ayudando, enseñando, construyendo, sanando, creando, sirviendo. El
talento crece cuando se comparte. Se multiplica cuando se entrega con amor. En
ese caso, el día que el Señor nos llame, no habrá miedo, sino gozo; no habrá
vergüenza, sino gratitud.
Pero también puede ser que lo hayamos
enterrado.
Enterrado por miedo al fracaso.
Enterrado por inseguridad.
Enterrado por compararnos con otros.
Enterrado por comodidad.
El siervo que escondió su talento no
lo perdió por falta de capacidad, sino por temor. Y el miedo paraliza, detiene,
convence de que es más seguro no arriesgar. Pero el propósito no se cumple en
la comodidad; se cumple en la confianza.
El día que el Señor nos llame no será un juicio de terror para quien vivió intentando amar y servir. Será un encuentro. Será la revisión de una misión. Si nuestro propósito se ha cumplido en la tierra, si dimos lo que podíamos dar, si fuimos fieles en lo poco o en lo mucho, escucharemos esas palabras que todos anhelamos:“Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.” Mateo 25,21.
La verdadera pregunta no es cuántos
talentos recibimos.
La verdadera pregunta es: ¿los
pusimos al servicio del bien?
Si el talento está enterrado, podemos
desenterrarlo.
Si está dormido, podemos despertarlo.
Si está en nuestras manos, podemos
ofrecerlo.
Porque al final, no se nos pedirá
éxito, sino fidelidad.
Y el amor siempre multiplica lo que
se le entrega.
¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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