el señor es mi pastos

nada me faltara

miércoles, 23 de septiembre de 2026

 SAN JOSÉ DORMIDO: CUANDO LA ORACIÓN SE CONVIERTE EN MISERICORDIA

En la Fundación CENDINI – Centinelas del Divino Niño ubicados en Tarija-Bolivia, dos a tres veces al año preparamos las Canastas de San José Dormido, con artículos de primera necesidad y de limpieza para repartir a familias numerosas y con muchas escaseces. También llegamos al asilo de ancianos de la misma forma. Nos reunimos los Centinelas y cada uno aporta lo que puede: dinero, alimentos o simplemente su tiempo y disposición para ayudar.

No importa cuánto damos. Lo importante es que, sumando pequeñas generosidades, podemos llegar hasta hogares donde la necesidad es grande.

Hace pocos días fuimos a entregar una canasta a una familia de muy escasos recursos. Nos habían dicho que allí vivían dos hijos de cinco, con discapacidad y que necesitaban pañales. Pero una cosa es escuchar una necesidad y otra muy distinta es entrar en una casa y encontrarse frente al sufrimiento humano.

Encontramos a un joven de 26 años postrado en cama, sin poder movilizarse y dependiente completamente del cuidado de su madre. Mientras conversábamos apareció una joven caminando con mucha dificultad, nos parecía de diez años.

¿Cuántos años tiene? preguntamos.

Tiene 25 años respondió su madre.

Ella también necesita pañales nos dijo.

Nos quedamos profundamente conmovidas hasta derramar lágrimas.

El amor de una madre que no descansa

Aquella madre sale desde muy de madrugada buscando cómo conseguir el alimento para sus hijos. Limpia patios y casas, lava ropa, cultiva plantas, vende abono y luego sale a vender sus plantines.

Mientras trabaja, sus dos hijos con discapacidad permanecen muchas veces solos, esperando que mamá regrese. Los otros hijos deben asistir a la escuela.

Y ella sigue adelante.

La familia vive muy lejos de la ciudad; solamente llegar hasta allí puede significar pagar entre Bs 40 y Bs 50 de taxi. Necesitan colchones, ropa de cama y, especialmente, muchos pañales talla M.

Al salir de aquella casa, quienes realizamos la visita comentábamos algo que nos había impresionado: esa madre no estaba reclamándole a Dios por la vida que le había tocado.

Simplemente seguía luchando por sus hijos y hasta percibimos paz en su corazón a pesar de la adversidad.

Cuánto puede enseñarnos el amor de una madre. Hay madres que se olvidan incluso de sí mismas, de su descanso y hasta de su propia salud porque primero están sus hijos.

Pero surge inevitablemente una pregunta:

¿Qué pasaría con estos jóvenes si un día mamá faltara?

 No podemos responder esa pregunta solamente con palabras. Quizás Dios nos permita responderla con nuestra solidaridad.

SAN JOSÉ DORMIDO

San José también conoció la preocupación por su familia. Mientras dormía, Dios le habló en sueños y le mostró el camino que debía seguir para proteger a María y al Niño Jesús.

Por eso ponemos nuestras preocupaciones debajo de la imagen de San José Dormido, confiando en su intercesión.

Pero nuestra devoción no puede quedarse solamente en escribir una cartita con una petición y esperar el milagro.

Mientras San José duerme, nosotros debemos despertar.

Despertar ante el hambre.

Despertar ante la enfermedad.

Despertar ante una madre agotada.

Despertar ante quien necesita alimento, un colchón, ropa de cama o simplemente un paquete de pañales.

Porque algunas veces aquello que pedimos a Dios en oración, encuentra respuesta a través de nuestras propias manos.

 “El Rey responderá. En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños, que son mis hermanos, lo hicieron conmigo”. Mateo 25,40

REFLEXIÓN

Quizás no podamos solucionar todos los problemas de una familia, pero podemos aliviar una parte de su carga.

Un paquete de pañales puede parecernos poco, pero para una madre que debe elegir entre comprar alimento o pañales significa muchísimo.

Un colchón que ya no utilizamos puede convertirse en el descanso de quien permanece todo el día postrado.

Una sábana, una frazada, alimentos o una pequeña colaboración económica pueden transformarse en una verdadera obra de misericordia.

No siempre necesitamos tener mucho dinero para ayudar. Necesitamos, sobre todo, un corazón capaz de ver la necesidad del otro y no pasar de largo.

Una invitación a la solidaridad

Desde la Fundación CENDINI – Centinelas del Divino Niño, invitamos a quienes deseen unirse a esta obra de amor.

Actualmente necesitamos especialmente pañales talla M, colchones, ropa de cama y alimentos para esta familia.

Puedes colaborar con lo que esté dentro de tus posibilidades. No importa si parece poco. Cuando muchas manos se unen, una pequeña ayuda puede convertirse en una gran obra de misericordia.

San José, custodio de la Sagrada Familia, enséñanos no solamente a confiar nuestras preocupaciones a Dios, sino también a levantarnos y servir cuando alguien nos necesita.

ORACIÓN

San José Dormido,

hoy ponemos bajo tu cuidado a esta madre y a sus hijos.

Intercede para que nunca les falte el alimento,

el abrigo, los pañales y unas manos generosas que los acompañen.

Y despierta también nuestro corazón,

para que sepamos reconocer a Jesús

en cada hermano que necesita nuestra ayuda.

San José, protector de las familias, ruega por ellos y por nosotros. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

martes, 22 de septiembre de 2026

 NUNCA ES TARDE PARA SERVIR A DIOS

A veces pensamos que para servir a Dios hay que ser joven, tener muchas fuerzas, grandes conocimientos o disponer de mucho tiempo. Pero Dios no mira nuestra edad: mira nuestro corazón y nuestra disponibilidad.

Mientras tengamos vida, siempre tendremos algo que ofrecer.

Podemos servir a Dios acompañando a una persona que está sola, escuchando al que necesita desahogarse, visitando a un enfermo, enseñando al que no sabe, compartiendo nuestra experiencia, ayudando al necesitado, rezando por alguien o simplemente ofreciendo una palabra de esperanza.

Con los años quizá disminuyan nuestras fuerzas físicas, pero aumenta algo muy valioso: la experiencia de vida. Hemos conocido alegrías y sufrimientos, triunfos y fracasos; hemos aprendido a levantarnos después de caer. Todo eso puede convertirse en un instrumento para ayudar a otros.

No digas: “Ya estoy viejo, vieja, para comenzar”, “ya cumplí mi misión” o “¿qué puedo hacer yo a estas alturas de mi vida?”.

Pregúntale más bien al Señor:

¿Para qué me necesitas hoy?

Tal vez Dios no te pida grandes obras. Quizá solamente te está pidiendo que estés presente donde alguien necesita amor, consuelo, orientación o compañía.

Cita bíblica: " Aún en la vejez tendrán sus frutos, pues aún están verdes  y dan brotes.” Salmo 92,15

Reflexión

Cada nuevo día que Dios nos concede puede tener una misión. Mientras podamos amar, escuchar, perdonar, enseñar, compartir y orar, podemos seguir sirviendo.

La edad no nos jubila del amor ni de la caridad.

Tal vez aquello que aprendiste durante toda una vida sea precisamente lo que hoy otra persona necesita escuchar. Tus experiencias, tus heridas superadas, tu fe y hasta tus errores pueden convertirse en una enseñanza para alguien que recién comienza su camino.

Por eso, no importa si tienes 30, 50, 70 u 80 años. Nunca es tarde para decirle a Dios: “Aquí estoy, Señor. Todavía puedes contar conmigo”.

Oración

Señor Jesús,

gracias por el don de la vida

y por cada año que me has permitido recorrer.

No permitas que piense que por mi edad

ya no tengo nada que ofrecer.

Muéstrame dónde puedo servirte,

a quién puedo acompañar,

qué palabra puedo compartir

y qué necesidad puedo aliviar.

Que mis manos, mi experiencia,

mi tiempo y mi oración

sean instrumentos de tu amor.

Señor, mientras me regales un nuevo día,

que mis manos sigan dispuestas a ayudar,

mi corazón abierto para amar

y mis pasos atentos a quien me necesite.

Que la vida que aún me concedes

sea una oportunidad para servirte en los demás. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

 

lunes, 21 de septiembre de 2026

 BIENVENIDOS A TOQUE ESPIRITUAL

Un espacio para hacer una pausa, reflexionar y acercarnos un poquito más a Dios.

Siempre me gustó escribir. Desde niña, afianzando más, en los años 80, 90 y 2000 donde preparaba artículos, temas para charlas, seminarios y talleres. Primero lo hacía a máquina de escribir, con papel y copia; muchas veces tenía que repetir, después llegó la computadora y aprendí a utilizarla de manera autodidacta.

Pero fue en el año 2020, en plena pandemia, cuando nació Toque Espiritual.

Vivíamos días difíciles. El aislamiento, el temor a la enfermedad, la pérdida de seres queridos y la incertidumbre habían cambiado nuestra manera de vivir. Muchas puertas estaban cerradas, los templos, pero la tecnología nos abrió otras formas de encontrarnos.

Fue entonces cuando sentí la necesidad de compartir mensajes que pudieran llevar fe, esperanza, consuelo y compañía a quienes los necesitaran.

Así nació Toque Espiritual.

La pandemia nos separó físicamente, pero también nos enseñó que una oración, una reflexión o una palabra de esperanza podían atravesar una pantalla y llegar hasta el corazón de otra persona.

Han pasado los años y sigo escribiendo. La experiencia de vida me ha dado mucho para compartir y la tecnología me ofrece cada día nuevas herramientas para hacerlo de una manera más dinámica y cercana.

Aquí hablamos de Dios y de la vida: de la familia, los hijos, el matrimonio, la enfermedad, el duelo, el perdón, la oración, la esperanza, la solidaridad y el servicio al prójimo.

No escribo para acumular seguidores. Escribo porque me gusta escribir, porque me gusta compartir y porque creo que Dios puede servirse también de estos medios para llegar a quien necesita una palabra en el momento preciso.

Hoy Toque Espiritual se presenta con una imagen renovada, aprovechando las posibilidades que nos brinda la tecnología, pero conservando aquello que le dio origen en 2020: llevar un pequeño mensaje de fe para la vida cotidiana.

Mientras Dios me conceda vida, más experiencia, inquietud por aprender sin importar la edad, y deseos de compartir, seguiré escribiendo porque:

La tecnología nos brinda el medio.

La experiencia nos da palabras.

La fe nos señala el camino.

Y Dios toca el corazón.

Cita bíblica: Pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo; “Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti.” Marcos 5,19

ORACIÓN

Señor, gracias por permitirme compartir tu Palabra.

Pon en mis manos lo que debo escribir

y en mi corazón lo que debo transmitir.

Que cada mensaje de Toque Espiritual

llegue a quien más lo necesite

y sea siempre para tu gloria.

Señor, si me sigues dando vida

Todavía puedes contar conmigo. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

domingo, 20 de septiembre de 2026

 EL CÁNCER NO DA TREGUA

El cáncer no pregunta quién eres antes de llegar. No mira condición social ni económica, profesión, cargo político, religión, edad o prestigio. Puede presentarse en cualquier familia y cambiar, de un momento a otro, nuestra manera de mirar la vida.

El cáncer no distingue entre ricos y pobres, personas conocidas o anónimas. Pero frente a la enfermedad podemos elegir no caminar solos: apoyarnos en la medicina, en nuestra familia, en quienes nos aman y, desde la fe, abandonarnos en las manos de Dios.

Ante un diagnóstico aparecen el miedo, la incertidumbre y muchas preguntas: ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Podré superar esta enfermedad? ¿Cómo se lo digo a mi familia? ¿Tendré fuerzas para afrontar el tratamiento?

Y muchas veces surge una pregunta profundamente humana:

“Dios mío, ¿por qué a mí?”

Quizá durante años vivimos ocupados en el trabajo, los problemas, los compromisos y las preocupaciones diarias. Algunos recién nos acordamos de Dios cuando llega la enfermedad, cuando sentimos miedo o cuando descubrimos que nuestras propias fuerzas no son suficientes.

Pero Dios no nos dice: “Ahora vienes a buscarme”. Al contrario, nos recibe.

Nunca es tarde para volver nuestra mirada hacia Él, para hablarle desde el corazón y decirle: “Señor, tengo miedo. No entiendo lo que está pasando, pero necesito que me acompañes”.

Y tampoco debemos pensar que la enfermedad es necesariamente un castigo de Dios. Jesús mismo rechazó la idea de relacionar automáticamente el sufrimiento con el pecado.

“No temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Yo te fortalezco y te ayudo». Isaías 41,10

También podemos recordar las palabras de Jesús ante el hombre ciego de nacimiento, cuando le preguntaron quién había pecado para que naciera así:

“Ni él pecó ni sus padres”. Juan 9,3

REFLEXIÓN

Tal vez la pregunta no sea solamente “¿por qué a mí?”, sino también:

“Señor, ¿cómo voy a vivir este momento contigo?”

La enfermedad puede hacernos descubrir lo verdaderamente importante: la familia, un abrazo, una conversación pendiente, el perdón, la oración, el valor de despertar cada mañana y la presencia de quienes permanecen a nuestro lado.

Tener fe no significa que dejaremos de sentir miedo. Tener fe es saber a quién tomar de la mano cuando sentimos miedo.

Por eso, si hoy estás atravesando un cáncer, busca la atención médica que necesitas, déjate acompañar por tu familia y no tengas vergüenza de llorar ni de pedir ayuda.

Y si hacía mucho que no hablabas con Dios, háblale hoy. No necesitas palabras bonitas. Dile simplemente:

“Señor, aquí estoy. Quizá me alejé de Ti, quizá me olvidé de buscarte cuando todo estaba bien. Hoy vuelvo mi mirada hacia Ti. Dame fuerzas para afrontar lo que viene y acompáñame en este camino”.

Ante un diagnóstico de cáncer aparecen el miedo, la incertidumbre y muchas preguntas: ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Podré vencer esta enfermedad? ¿Cómo se lo digo a mi familia? ¿Tendré fuerzas para afrontar el tratamiento?

Es entonces cuando comprendemos algo fundamental: somos frágiles, necesitamos unos de otros. Y más que todo, busquemos a Dios con la reconciliación.

Quien tiene recursos económicos puede acceder a muchas posibilidades, pero el dinero no evita el temor. Quien tiene poder o reconocimiento también necesita una mano que lo sostenga. Quien tiene fe también puede sentir miedo, llorar y preguntarse por qué está pasando por esta prueba.

Tener fe no significa no tener miedo. Significa aprender a caminar con Dios aun teniendo miedo.

“No temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Yo te fortalezco y te ayudo”. Isaías 41,10

REFLEXIÓN

El cáncer nos recuerda que, frente al dolor, desaparecen muchas diferencias que nosotros mismos hemos creado. Todos necesitamos amor, comprensión, atención médica, compañía y esperanza.

Por eso, cuando sepamos que alguien tiene cáncer, no nos alejemos porque no sabemos qué decir. A veces no hacen falta grandes discursos. Una llamada, una visita, acompañar a una consulta, preparar una comida o simplemente decir “estoy aquí contigo” puede convertirse en un enorme consuelo.

Y a quien hoy está enfrentando esta enfermedad quiero decirle: no permitas que el cáncer se convierta en toda tu identidad. Tú eres mucho más que un diagnóstico. Continúa viviendo cada día posible, recibe el tratamiento indicado, acepta la ayuda de quienes te aman y permite que Dios sostenga tu corazón.

Habrá días de fortaleza y también días de lágrimas. En ambos, puedes hablar con Dios tal como estás.

La enfermedad puede tocar nuestro cuerpo, pero no tiene por qué arrebatarnos la capacidad de amar, de esperar, de agradecer y de seguir luchando.

Hoy recemos por quienes tienen cáncer, por sus familias, por los médicos y por quienes no cuentan con los recursos suficientes para recibir atención. Que nunca falte una mano solidaria junto a quien está atravesando esta enfermedad.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

sábado, 19 de septiembre de 2026

 LOS SIETE SACRAMENTOS: LA GRACIA DE DIOS NOS ACOMPAÑA TODA LA VIDA

Dios no nos deja solos en nuestro caminar. Desde que comenzamos nuestra vida cristiana hasta los momentos de enfermedad, de servicio y de entrega, su gracia nos acompaña a través de los sacramentos.

Los sacramentos no son solamente ceremonias o tradiciones de la Iglesia. Son signos eficaces de la gracia de Dios, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, mediante los cuales Dios actúa en nuestra vida.

BAUTISMO: NACEMOS A UNA VIDA NUEVA

Por el Bautismo comenzamos nuestra vida cristiana. Somos liberados del pecado, renacemos como hijos de Dios y pasamos a formar parte de la Iglesia.

Es el primer gran encuentro sacramental con la gracia de Dios.

CONFIRMACIÓN: EL ESPÍRITU SANTO NOS FORTALECE

En la Confirmación recibimos de manera especial la fuerza del Espíritu Santo para vivir nuestra fe con mayor madurez y dar testimonio de Cristo.

Dios nos fortalece para que nuestra fe no quede solamente en palabras, sino que se manifieste en nuestra manera de vivir.

EUCARISTÍA: JESÚS SE QUEDA CON NOSOTROS

En la Eucaristía recibimos a Cristo mismo. Bajo las especies del pan y del vino, Jesús se hace realmente presente y se nos entrega como alimento espiritual.

Cada Eucaristía nos recuerda que Cristo quiso permanecer cerca de nosotros: «Hagan esto en memoria mía» (Lc 22,19).

PENITENCIA O RECONCILIACIÓN: DIOS NOS PERDONA

Somos débiles y podemos alejarnos de Dios, pero Él siempre nos ofrece el camino de regreso.

En el sacramento de la Reconciliación reconocemos nuestros pecados, nos arrepentimos y recibimos, por medio del sacerdote, el perdón y la gracia de Dios.

No importa cuántas veces hayamos caído: la misericordia de Dios nos invita a levantarnos y comenzar nuevamente.

UNCIÓN DE LOS ENFERMOS: DIOS NOS FORTALECE EN EL DOLOR

Cuando llegan la enfermedad grave, la fragilidad o las dificultades propias de la vejez, Cristo se acerca de una manera especial mediante la Unción de los Enfermos.

No es un sacramento reservado únicamente para los últimos instantes de la vida. Es un sacramento de consuelo, fortaleza, paz y esperanza para quien atraviesa una enfermedad seria o una situación de especial fragilidad.

ORDEN SACERDOTAL: LA GRACIA PARA SERVIR

Por el sacramento del Orden, algunos hombres son consagrados para servir a Dios y a su pueblo como diáconos, sacerdotes y obispos.

A través de su ministerio, Cristo continúa acompañando a su Iglesia: anuncian la Palabra, celebran los sacramentos y sirven al Pueblo de Dios.

Por eso también debemos rezar por nuestros sacerdotes, para que permanezcan fieles a su vocación y encuentren fortaleza en los momentos difíciles.

MATRIMONIO: DIOS BENDICE EL AMOR DE LOS ESPOSOS

En el Matrimonio, el hombre y la mujer bautizados se entregan mutuamente y reciben la gracia para vivir su alianza de amor y fidelidad.

Dios entra en la historia de esa familia y acompaña a los esposos en las alegrías, las dificultades, la crianza de los hijos, la enfermedad, el envejecimiento y todos los desafíos de la vida compartida.

El sacramento no significa que nunca existirán problemas; significa que los esposos cuentan con la gracia de Dios para caminar juntos y santificarse en su amor.

LA GRACIA DE DIOS EN CADA ETAPA DE NUESTRA VIDA

Si observamos los siete sacramentos, descubrimos algo hermoso: Dios quiere acompañarnos durante toda nuestra existencia.

En el Bautismo, nos recibe.

En la Confirmación, nos fortalece.

En la Eucaristía, nos alimenta.

En la Reconciliación, nos perdona.

En la Unción de los Enfermos, nos consuela y fortalece.

En el Orden Sacerdotal, llama y da gracia para servir a su pueblo.

En el Matrimonio, santifica el amor y la entrega de los esposos.

Los sacramentos nos recuerdan que la vida cristiana no consiste solamente en creer que Dios existe. Es permitir que Dios entre en nuestra historia y transforme nuestra vida con su gracia.

REFLEXIÓN

Pregúntate hoy: ¿valoro verdaderamente los sacramentos que he recibido? ¿Me acerco a ellos por costumbre o reconozco en ellos un encuentro con Cristo?

Tal vez fuimos bautizados siendo pequeños y otros decidieron por nosotros. Pero hoy podemos renovar personalmente aquel sí. Podemos volver a la Eucaristía, buscar la Reconciliación, fortalecer nuestro Matrimonio, acompañar cristianamente a nuestros enfermos y rezar por quienes han recibido el Orden Sacerdotal.

Los sacramentos son regalos de Dios para su pueblo. No los dejemos guardados como recuerdos de determinados momentos de nuestra vida; vivamos la gracia que hemos recibido.

ORACIÓN

Señor Jesús,

gracias por acompañarnos siempre

y regalarnos tu gracia en los sacramentos.

Fortalécenos con tu Espíritu,

aliméntanos con la Eucaristía,

perdónanos cuando caemos

y consuélanos en la enfermedad.

Bendice a nuestros sacerdotes y matrimonios

y ayúdanos a vivir siempre unidos a Ti. Amén.

“Cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios”. 1 Pedro 4,10

“En cada sacramento, Dios sale a nuestro encuentro y nos regala su gracia para acompañarnos en las distintas etapas de nuestra vida.”

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

viernes, 18 de septiembre de 2026

 RECONOCER A QUIEN NECESITA AYUDA Y SABER CÓMO ACOMPAÑARLO

Muchas personas necesitan ayuda, pero no siempre saben pedirla. Algunas ocultan su dolor detrás de una sonrisa; otras se aíslan, pierden la esperanza o atraviesan dificultades económicas en silencio. Por eso debemos aprender a mirar con atención, escuchar sin juzgar y acercarnos con respeto.

Podemos reconocer a quien necesita apoyo espiritual cuando se siente solo, angustiado, desanimado, confundido o alejado de Dios. Podemos ayudarlo escuchándolo, rezando con él, compartiendo una palabra de esperanza y, si lo desea, acercándolo a un sacerdote o a su comunidad de fe.

La necesidad material puede manifestarse en la falta de alimento, medicamentos, ropa, trabajo o recursos para atender una urgencia. En estos casos, debemos conocer primero su verdadera situación y ofrecer una ayuda concreta: alimentos, medicinas, una colaboración económica responsable o contacto con instituciones que puedan asistirlo.

Ayudar no significa únicamente dar dinero. También podemos ofrecer nuestro tiempo, acompañar a una consulta médica, enseñar un oficio, ayudar a encontrar trabajo o realizar una gestión. Siempre debemos hacerlo con discreción, sin humillar, sin publicar la necesidad ajena y sin esperar reconocimiento.

La verdadera caridad atiende el alma y también las necesidades del cuerpo. No basta decir: “Rezaré por ti”, cuando está en nuestras manos compartir el pan, brindar compañía o buscar una solución.

«Hijitos, no amemos con puras palabras y de labios para afuera, sino verdaderamente y con hechos» (1 Juan 3,18)

Oración

Señor Jesús, concédeme un corazón atento para reconocer a quien sufre en silencio. Enséñame a escuchar sin juzgar, a consolar con amor y a compartir generosamente lo que tengo. Dame sabiduría para ayudar de la manera correcta, respetando siempre la dignidad de cada persona. Que mis palabras lleven esperanza y mis acciones sean expresión verdadera de tu amor. Amén.

Reflexión

No siempre quien necesita ayuda lo expresa con palabras. A veces, una mirada triste, el silencio, el aislamiento o un cambio de conducta son señales de que una persona está sufriendo. Por eso, ayudar comienza por aprender a mirar con el corazón, escuchar con paciencia y acercarnos sin juzgar.

La ayuda puede ser espiritual: acompañar, consolar, rezar juntos y recordar que Dios no abandona. Pero también puede ser material: compartir alimentos, medicamentos, ropa, tiempo o colaborar para encontrar una solución. La fe verdadera se manifiesta en obras concretas.

No podemos resolver todos los problemas, pero sí podemos aliviar una carga. Quizás para nosotros sea un gesto pequeño, pero para quien atraviesa una dificultad puede significar esperanza, consuelo y la certeza de que no está solo.

«Hijitos, no amemos solamente con palabras, sino con obras y de verdad». 1 Juan 3,18

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

 ENSEÑA A TUS HIJOS A ORAR

Enséñales a orar desde pequeños. Aunque un día se alejen de Dios, cambien de rumbo o parezcan olvidar lo aprendido, en los momentos difíciles recordarán aquellas oraciones que sembraste en su corazón y sabrán cómo regresar al Padre.

La oración aprendida en la niñez es una semilla que puede permanecer escondida durante años, pero nunca muere. Cuando necesiten consuelo, esperanza o perdón, encontrarán nuevamente el camino hacia Dios.

Para que, cuando sus corazones estén rotos, acudan a Dios y no busquen refugio en los caminos equivocados del mundo.

No esperes a que llegue una dificultad para hablarles de Dios. Enséñales desde pequeños a agradecer, pedir perdón y confiar en el Señor. Reza con ellos antes de dormir, bendícelos al salir de casa y acompáñalos a la Santa Misa.

Llegará un momento en que no podrás evitarles una decepción, una pérdida, una traición o una caída. Tampoco podrás estar siempre a su lado. Pero si sembraste la oración en sus corazones, sabrán dónde encontrar consuelo, fortaleza y esperanza.

El mundo puede ofrecerles distracciones momentáneas, pero solamente Dios puede sanar profundamente sus heridas. No basta con decirles que recen: necesitan vernos orar, participar en la Santa Misa, rezar el Rosario en familia y asistir a algún grupo de oración. El ejemplo de unos padres que confían en Dios deja una huella profunda que acompañará a sus hijos durante toda la vida.

Aunque algún día se alejen o cambien de rumbo, recordarán lo que vieron y aprendieron en el hogar. En los momentos difíciles, aquella semilla de fe podrá ayudarlos a encontrar nuevamente el camino de regreso a Dios.

 “Inicia al joven según el camino que debe seguir; aun cuando sea viejo, no se apartará de él” Proverbios 22,6

Reflexión

La mejor herencia que podemos dejar a nuestros hijos no es solamente material. Es enseñarles que tienen un Padre celestial que nunca los abandona. Tal vez algún día se alejen o dejen de rezar, pero la semilla sembrada permanecerá en su corazón y, cuando más lo necesiten, podrán recordar el camino de regreso a Dios.

Oración

Señor, enséñame a conducir a mis hijos hacia ti.

Que mis palabras y mi ejemplo les enseñen a orar,

a confiar en tu amor y a buscarte en toda circunstancia.

Cuando sus corazones estén heridos,

abrázalos y no permitas que busquen consuelo

en aquello que pueda destruirlos.

Acompáñalos cuando yo no pueda estar a su lado

y recuérdales siempre que en ti

encontrarán refugio, fortaleza y paz. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

  SAN JOSÉ DORMIDO: CUANDO LA ORACIÓN SE CONVIERTE EN MISERICORDIA En la Fundación CENDINI – Centinelas del Divino Niño ubicados en Tarija...