miércoles, 21 de octubre de 2026

CENDINI Y ROSA MÍSTICA: UNIDOS PARA SERVIR

Una sola misión: oración, solidaridad y acción.

Cuando dos corazones solidarios se unen, el amor se multiplica

Los Centinelas del Divino Niño (CENDINI), grupo nacido hace 26 años con una hermosa trayectoria de fe, oración y servicio solidario, constituido hace un año como Fundación CENDINI-Centinelas del Divino Niño, y el Voluntariado Virgen Rosa Mística, con seis años de labor solidaria mediante la recolección de aportes en latitas de un boliviano para ayudar a mujeres con cáncer de mama, unimos nuestros esfuerzos y corazones bajo una misma misión: ORACIÓN, SOLIDARIDAD Y ACCIÓN.

Dos grupos con historias y trayectorias propias, pero unidos por un mismo propósito: servir a Dios ayudando a quienes más lo necesitan.

¡EL DIVINO NIÑO NOS SORPRENDIÓ UNA VEZ MÁS!

Como todos los años, nos preparábamos para realizar nuestra tradicional actividad solidaria. Sin embargo, el Divino Niño fue poniendo en nuestro camino nuevas necesidades y oportunidades de ayudar.

Lo que comenzó como una sola actividad se multiplicó en tres hermosas obras de misericordia y una donación especial:

Brindamos alimentación a 130 personas en situación de indigencia.

Acompañamos a quienes sufren. Llevando alimentación a los familiares de pacientes internados en el Hospital General San Juan de Dios, quienes permanecen junto a sus seres queridos en momentos de preocupación y angustia.

Y una tercera, tender la mano a una madre enferma, entregando una ayuda económica solidaria a una madre que enfrenta un cáncer en etapa terminal, acompañándola con nuestro cariño y nuestras oraciones.

Y EL AMOR TAMBIÉN LLEGÓ DE LA MANO DE DOS NIÑOS.

Junior y Sarita Bress Rocha tuvieron un hermoso gesto de generosidad al llevar peluches nuevos para los niños internados en Pediatría del Hospital San Juan de Dios.

Un ejemplo que nos recuerda que la solidaridad no tiene edad y que enseñar a los niños a compartir es sembrar amor en sus corazones.

NUESTRA REFLEXIÓN

Estas actividades nos dejaron una hermosa enseñanza: cuando abrimos nuestro corazón para servir, Dios multiplica las oportunidades de hacer el bien.

Las obras de misericordia no deben quedarse solamente en nuestras oraciones o buenas intenciones. Debemos convertirlas en acciones concretas, dando de comer al hambriento, acompañando al enfermo, consolando al que sufre y compartiendo con quien menos tiene.

“Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. (Mateo 25,40).

¡Qué alegría y qué bendición poder servir! Cada obra de misericordia es un paso en nuestro camino hacia el cielo.

Gracias a todos los Centinelas del Divino Niño, e integrantes del Voluntariado Rosa Mística, colaboradores y personas generosas que hicieron posibles estas actividades.

Hoy reafirmamos que no se necesitan grandes riquezas para hacer el bien, sino corazones dispuestos a compartir.

Un reconocimiento especial a los padres de Junior y Sarita, por inculcarles desde temprana edad el amor al prójimo, la generosidad y la solidaridad. Estos pequeños de 9 y 5 años, con las debidas precauciones para proteger su salud, se acercaron sin temor a la cama de cada niño enfermo, compartiendo su dolor y entregándoles un peluche nuevo acompañado de unas palabras propias y llenas de ternura: “Dios te bendiga y te sane”.

¡Qué hermosa enseñanza! La solidaridad también se aprende en el hogar, y estos padres están sembrando en sus hijos las semillas del amor y la misericordia. ¡Dios bendiga a esta familia!

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

martes, 20 de octubre de 2026

MANTENGAMOS NUESTRAS LÁMPARAS ENCENDIDAS Y SEAMOS LUZ PARA LOS DEMÁS

 Jesús nos dice: “Tengan puesta la ropa de trabajo y sus lámparas encendidas” (Lucas 12,35).

Con estas palabras nos invita a vivir preparados, vigilantes y entregados a Dios, porque no sabemos qué pruebas enfrentaremos ni cuándo llegará el Señor.

¿Qué significa tener la cintura ceñida?

Significa estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, preparados para enfrentar las dificultades, resistir las tentaciones y permanecer firmes en la fe.

El enemigo anda suelto como león rugiente buscando a quién devorar. Por eso debemos permanecer espiritualmente vigilantes.

¿Qué significa mantener las lámparas encendidas?

Significa alimentar diariamente la fe mediante la oración, la Palabra de Dios y la guía del Espíritu Santo. Esa luz debemos compartirla, evangelizando no solo con palabras, sino con nuestro ejemplo y obras de amor, solidaridad y misericordia.

Debemos permanecer espiritualmente vigilantes, porque el enemigo busca alejarnos de Dios mediante las tentaciones, el orgullo, el odio y la división.

 No se trata de vivir con miedo, sino confiados en Dios, atentos a nuestros pensamientos y acciones, sin permitir que nada apague la luz de nuestra fe.

REFLEXIÓN

¿De qué sirve mantener nuestra lámpara encendida si no iluminamos el camino de los demás?

No basta escuchar la Palabra de Dios; debemos vivirla, practicarla y transmitirla.

No basta con tener nuestra lámpara encendida; debemos convertirnos en luz para los demás.

Evangelizar es llevar la luz de Cristo a los demás mediante el amor, el perdón, la solidaridad y el servicio inmediato.

ORACIÓN

Señor Jesús, mantén encendida mi fe, ilumina mi camino con tu Palabra y guíame con tu Espíritu Santo. Que mis obras reflejen tu luz y pueda compartir gratuitamente tu amor con los demás. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

lunes, 19 de octubre de 2026

 “AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS”

El poder de los hombres es pasajero, pero el poder de Dios es eterno. Del Evangelio según San Mateo 22,15-21

¿Qué nos enseña Jesús con estas palabras?

Los fariseos quisieron poner a prueba a Jesús preguntándole si debían pagar impuestos al César. Jesús, mostrando una moneda, les dio una enseñanza que permanece hasta hoy: debemos cumplir nuestras obligaciones con la sociedad y respetar las autoridades, pero ningún poder humano puede ocupar el lugar que solamente le corresponde a Dios.

¿Quiénes son los césares de nuestro tiempo?

Hoy no tenemos emperadores romanos, pero existen personas que, por tener autoridad, dinero o poder, creen que pueden imponer su voluntad sobre los demás.

La autoridad debe ejercerse con justicia, humildad y espíritu de servicio, nunca con soberbia ni abusos.

Debemos respetar las leyes y autoridades, sin aceptar injusticias ni renunciar a nuestros principios, recordando que ningún poder humano está por encima de Dios.

Ante Dios no importará cuánto mandamos, sino cuánto amamos; no cuánto acumulamos, sino cuánto compartimos; ni cuántos nos obedecieron, sino a cuántos servimos.

 “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». (Hechos 5,29).

¿Qué le estamos dando a Dios?

Al César le damos el cumplimiento de nuestras obligaciones terrenales, pero a Dios debemos darle nuestra fe, nuestra conciencia, nuestro amor y nuestra fidelidad.

Le damos a Dios lo que es suyo cuando defendemos la verdad, practicamos la justicia, ayudamos al necesitado, perdonamos y respetamos la dignidad de las personas.

No podemos decir que amamos a Dios mientras actuamos con egoísmo, indiferencia o injusticia.

Dios no quiere solamente nuestras oraciones; quiere que nuestra vida sea testimonio de aquello que creemos.

Una enseñanza para nuestra realidad

Este Evangelio también se aplica a nuestras familias, trabajos y comunidades, donde muchas veces confundimos autoridad con imposición y riqueza con superioridad.

Olvidamos que los cargos, el dinero y el poder son pasajeros, pero la dignidad humana permanece.

El verdadero valor de una persona no está en cuánto poder tiene, sino en cuánto bien hace con lo que Dios le ha confiado.

REFLEXIÓN:

¿A quién le estoy dando el primer lugar?

Jesús nos invita a examinar nuestra conciencia: ¿Pongo a Dios por encima de mis intereses? ¿Utilizo mi autoridad para servir o para imponerme?

No permitamos que el poder, el dinero o las ambiciones gobiernen nuestra vida.

Ante Dios no importará cuánto mandamos, sino cuánto amamos; no cuánto acumulamos, sino cuánto compartimos; ni cuántos nos obedecieron, sino a cuántos servimos.

“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” Mateo 22,21.

ORACIÓN:

SEÑOR, QUE NADA OCUPE TU LUGAR

Señor Jesús, enséñame a respetar a las autoridades, vivir con justicia y defender la verdad. Que el poder, el dinero y los intereses humanos nunca ocupen tu lugar en mi corazón. Dame humildad para reconocer mis errores y amor para servir a los demás.

Que nunca olvide que los hombres gobiernan por un tiempo, pero Tú reinas por toda la eternidad. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

domingo, 18 de octubre de 2026

LAS OBRAS DE MISERICORDIA: NUESTRO PASAPORTE PARA EL CIELO

 FUNDACIÓN CENDINI-CENTINELAS DEL DIVINO NIÑO Y VOLUNTARIADO "ROSA MÍSTICA"

Una sola misión: oración, solidaridad y acción. ¡unidos para servir!

¡Qué alegría, qué privilegio y qué bendición es poder practicar las obras de misericordia!

Dentro de nuestras actividades solidarias ya programada, realizamos una de ellas, y quiero compartir con ustedes lo que vivimos y palpamos en esa jornada, la misericordia extendida de nuestro Divino Niño. Él, tenía preparado otros caminos. Lo que comenzó como una sola actividad se convirtió en tres hermosas oportunidades para servir simultáneamente:

Primero, compartir alimentos con un centenar de personas indigentes; segundo, llevar una cena, chocolate, pan dulce y karpil, al hospital para los familiares que acompañan con amor y sacrificio a sus seres queridos enfermos; y tercero, brindar ayuda económica a una madre que atraviesa la etapa terminal de un cáncer de mama.

¡Esos son los brazos abiertos de nuestro Divino Niño! Brazos que se extienden hacia quienes sufren, que abrazan al necesitado y que nos invitan a ser instrumentos de su amor y misericordia.

Dios pone personas y situaciones en nuestro camino. A veces pensamos que vamos a realizar una pequeña obra, pero Él nos muestra que siempre podemos hacer un poquito más.

Las obras de misericordia son como nuestro pasaporte para el cielo, porque nos enseñan a reconocer a Jesús en el rostro del pobre, del enfermo, del que tiene hambre y del que necesita consuelo.

No hace falta tener mucho para ayudar. Lo importante es compartir con amor lo que tenemos. Y qué hermoso es descubrir que cuando damos, también recibimos: paz, alegría y la bendición de sentirnos útiles en la viña del Señor.

“Lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicieron” Mateo 25,40

Agradecimiento

A todos los Centinelas del "Divino Niño" y al Voluntariado "Rosa Mística" contra el cáncer de mama, gracias por hacer posible estas tres obras de misericordia. Cada aporte, por pequeño que parezca, se convierte en alimento, alivio, esperanza y amor para alguien que lo necesita.

¡No dejemos pasar las oportunidades de hacer el bien! Porque las manos que sirven al prójimo son también los brazos abiertos del Divino Niño.

ORACIÓN

Divino Niño Jesús, gracias por abrirnos caminos para servirte en nuestros hermanos. Danos un corazón generoso, manos dispuestas a ayudar y la alegría de compartir sin esperar recompensa. Que nunca nos cansemos de hacer el bien. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

sábado, 17 de octubre de 2026

SOMOS HEREDEROS DE DIOS: UNA HERENCIA QUE SE ALIMENTA CON SU PALABRA

 Por el bautismo hemos recibido una herencia maravillosa: la fe y la promesa de la vida eterna. Somos hijos de Dios, llamados a vivir para alabanza de su gloria.

“En Cristo hemos sido constituidos herederos, destinados a ser alabanza de su gloria”. (Cf. Efesios 1,11-12).

Cada día, especialmente en la Santa Misa, Dios nos habla a través de su Palabra. El Evangelio no es una simple lectura: es fuerza que alimenta nuestra alma, fortalece nuestra fe y transforma nuestra vida.

Hemos sido marcados con el sello del Espíritu Santo, garantía de nuestra herencia celestial (Efesios 1,13-14). Cuanto más escuchamos la Palabra y la ponemos en práctica, más crecemos espiritualmente y aprendemos a vivir como verdaderos hijos de Dios.

Hemos recibido una herencia que no se compra con dinero

Cuando hablamos de una herencia, generalmente pensamos en bienes materiales, propiedades o riquezas que nuestros padres nos dejan. Pero existe una herencia mucho más grande: la herencia de la fe y de la vida eterna que Dios nos promete en Jesucristo.

Por el bautismo hemos sido incorporados a la familia de Dios. No somos extraños ni visitantes en su casa. ¡Somos sus hijos y herederos!

La importancia de escuchar diariamente la palabra de dios

Escuchar diariamente la Palabra de Dios alimenta nuestra alma, fortalece nuestra fe y nos enseña a vivir como verdaderos cristianos. Pero no basta con escucharla: debemos practicarla y transmitirla con amor a nuestros hijos, nietos y a quienes nos rodean. La fe es una herencia que recibimos y tenemos la responsabilidad de compartir.

Porque no basta con escuchar la Palabra de Dios; debemos llevarla al corazón y convertirla en obras en nuestra vida diaria.

Cada día Dios tiene algo que decirnos, pero ¿estamos dispuestos a escucharlo?

Cuanto más escuchamos la Palabra con fe y la ponemos en práctica, más crecemos en nuestra relación con Dios y aprendemos a vivir como verdaderos herederos de su Reino.

REFLEXIÓN

¿Escuchamos la Palabra de Dios solamente en la iglesia o permitimos que transforme nuestra vida diaria?

La fe es una herencia que debemos cuidar, practicar y transmitir a nuestros hijos y nietos.

ORACIÓN

Señor, gracias por hacerme heredera de tu Reino. Ayúdame a escuchar, vivir y compartir tu Palabra. Que el Espíritu Santo guíe mi vida para gloria tuya. Amén.

La fe es una herencia que crece y da frutos cuando la compartimos.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

viernes, 16 de octubre de 2026

LA VERDADERA FE NO SE APAGA ANTE LA ENFERMEDAD NI ANTE LA MUERTE

El papa León XIV, su enfermedad y la esperanza cristiana en medio del sufrimiento.

Hay momentos en la vida en que una noticia nos conmueve profundamente y nos recuerda que nadie está libre de la enfermedad, del dolor ni de la fragilidad humana.

Hoy esa realidad alcanza también al Santo Padre, el papa León XIV.

Quien tiene la misión de acompañar espiritualmente a millones de personas necesita ahora nuestras oraciones, nuestro cariño y nuestra cercanía.

Porque detrás de la vestidura blanca, de la responsabilidad de conducir la Iglesia y de su misión como sucesor de Pedro, hay también un ser humano que puede enfermar, sentir preocupación y necesitar cuidados.

Y esta circunstancia nos invita a reflexionar sobre una verdad que muchas veces olvidamos: tener fe no significa estar libres de sufrimientos, sino aprender a enfrentarlos confiando en Dios.

¿Qué sabemos de la salud del Santo Padre?

Información actualizada al 15 de octubre de 2026

El papa León XIV, de 71 años, fue intervenido quirúrgicamente el 13 de octubre en el Policlínico Gemelli de Roma, después de que los médicos detectaran un nódulo pulmonar durante unos controles de rutina.

Los estudios confirmaron un adenocarcinoma pulmonar, un tipo de cáncer. Durante la operación se extirpó el lóbulo inferior del pulmón derecho. La intervención duró aproximadamente noventa minutos y concluyó sin complicaciones, según los informes difundidos por el Vaticano. (Fuente: Vatican News, Sala de Prensa de la Santa Sede, comunicados del 13, 14 y 15 de octubre de 2026. Información médica actualizada al 15 de octubre de 2026).

El comunicado del 15 de octubre señala que el Papa pasó bien la noche, pudo levantarse y desayunar. Los exámenes realizados después de la cirugía mostraron una evolución normal. También comenzó su fisioterapia respiratoria y pudo concelebrar la Santa Misa en el hospital.

Son noticias alentadoras, aunque todavía se esperan resultados médicos adicionales para conocer mejor el alcance de la enfermedad y determinar si necesitará otros tratamientos.

Hoy podemos dar gracias a Dios por su recuperación inicial y continuar rezando por su salud, sin adelantarnos a lo que todavía corresponde determinar a los médicos.

La enfermedad no distingue entre personas

La enfermedad puede llegar a cualquier hogar. No pregunta nuestra edad, nuestra posición social, nuestras responsabilidades ni cuánto hemos servido a Dios.

Puede llegar a un padre de familia, a una madre, a un sacerdote y también en este caso al Santo Padre.

Quienes alguna vez hemos recibido un diagnóstico difícil sabemos que, en esos momentos, la vida parece detenerse. Surgen preguntas, temores e incertidumbres.

¿Qué sucederá mañana? ¿Podré recuperarme? ¿Qué será de las personas que amo?

Y es precisamente allí donde nuestra fe es puesta a prueba.

Creer en Dios no significa que nunca tendremos miedo. Significa que, aun teniendo miedo, podemos poner nuestra vida en sus manos.

¿Por qué Dios permite que enfermemos?

Es una pregunta que muchas personas se hacen, especialmente cuando la enfermedad llega inesperadamente.

Jesús nunca prometió una vida sin sufrimiento. Él mismo experimentó el dolor, la angustia y la muerte en la cruz.

Pero nos dejó una esperanza: el sufrimiento no tiene la última palabra.

La enfermedad no debe interpretarse automáticamente como un castigo de Dios ni como consecuencia de una fe insuficiente.

Cuando estamos enfermos necesitamos atención médica, cariño, comprensión, oración y esperanza.

Y cuando rezamos por la salud de alguien, no estamos sustituyendo a los médicos. Estamos pidiendo a Dios que acompañe al enfermo, ilumine a quienes lo atienden y le conceda fortaleza.

La verdadera fe no se apaga ante la enfermedad o ante la muerte

Esta es una de las enseñanzas más hermosas del cristianismo.

Todos sabemos que nuestra vida terrenal tiene un final. Sin embargo, muchas veces vivimos como si ese momento nunca fuera a llegar.

La enfermedad nos recuerda nuestra fragilidad, pero también puede ayudarnos a valorar lo verdaderamente importante: la familia, el perdón, el amor, la reconciliación y nuestra relación con Dios.

Jesús nos dice:

“Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Juan 11,25).

Nuestra esperanza cristiana no consiste en pensar que nunca moriremos, sino en confiar en que la muerte no es el final de nuestra existencia.

La fe no elimina necesariamente el sufrimiento, pero nos ayuda a vivirlo con esperanza. Y ante la muerte, nos recuerda la promesa de la vida eterna.

¿Qué nos enseña hoy la enfermedad del Papa?

Nos recuerda que incluso quien dedica su vida al servicio de Dios necesita ser acompañado.

El Papa ha rezado por los enfermos, los ancianos, las familias y tantas personas que sufren. Hoy somos nosotros quienes podemos acompañarlo con nuestras oraciones.

También nos invita a mirar a nuestro alrededor.

Quizás tenemos un familiar enfermo que espera una visita, una persona mayor que necesita compañía o alguien que enfrenta silenciosamente un diagnóstico difícil.

No basta con decir que rezamos por los enfermos. Nuestra fe también debe convertirse en una llamada, una visita, una palabra de consuelo o una ayuda concreta.

La enfermedad del Santo Padre puede ser una oportunidad para recordar a todos aquellos que sufren en hospitales, hogares y lugares donde muchas veces nadie los visita.

REFLEXIÓN PERSONAL

Hoy, al conocer las noticias sobre la salud del Santo Padre, quiero preguntarme:

¿Estoy preparada espiritualmente para enfrentar una enfermedad? O en mi caso ¿otra?

¿He aprendido a confiar en Dios cuando las cosas no suceden como espero?

¿Acompaño verdaderamente a quienes sufren o solamente digo que rezaré por ellos?

¿Estoy aprovechando los años que Dios me concede para amar, perdonar y hacer el bien?

No necesitamos esperar una enfermedad para cambiar nuestra manera de vivir.

Cada nuevo amanecer es una oportunidad para reconciliarnos, agradecer y acercarnos más a Dios.

La vida es un regalo, la salud es un bien precioso y la fe es esa luz que puede seguir encendida aun en los momentos más oscuros.

ORACIÓN POR LA SALUD DEL SANTO PADRE

Señor Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, hoy ponemos en tus manos al papa León XIV.

Tú conoces su enfermedad, sus preocupaciones y el camino de recuperación que debe recorrer.

Bendice a los médicos que lo atienden, fortalece su organismo y concédele una recuperación favorable.

Dale serenidad en los momentos de incertidumbre, paciencia durante su tratamiento y fortaleza para continuar su misión.

Te pedimos también por todos los enfermos del mundo, especialmente por quienes enfrentan el cáncer, por quienes esperan una operación y por aquellos que sufren en soledad.

Que nunca les falten tu presencia, el amor de sus familias y la esperanza de tu misericordia.

Señor, en la salud y en la enfermedad, en la vida y ante la muerte, enséñanos a confiar siempre en Ti. Amén.

TOQUE ESPIRITUAL

La verdadera fe no consiste en creer que nunca enfermaremos o moriremos, sino en saber que, pase lo que pase, Dios no nos abandona.

“El Señor es mi pastor, nada me falta” (Salmo 23,1).

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

jueves, 15 de octubre de 2026

¿SOY REALMENTE EL CRISTIANO QUE DIGO SER?

Una mirada sincera a nuestra propia fe.

Hoy quiero compartir una reflexión que nace de una pregunta que también me hago a mí misma: ¿Estoy viviendo verdaderamente mi fe o solamente estoy cumpliendo con mis prácticas religiosas?

Durante nuestra vida aprendemos a rezar, asistir a Misa, conocer las enseñanzas de Jesús y hablar del amor de Dios. Pero con los años también descubrimos que una cosa es conocer su Palabra y otra, mucho más difícil, es ponerla en práctica.

Podemos rezar todos los días y, sin embargo, perder la paciencia con quienes viven a nuestro lado. Podemos hablar del perdón y guardar algún resentimiento. Podemos pedir misericordia a Dios y ser demasiado severos al juzgar los errores ajenos.

Y aquí me detengo a pensar: ¿cuántas veces habré caído yo también en estas contradicciones?

Jesús nos invita a mirarnos por dentro

Jesús nos pregunta por qué vemos la paja en el ojo de nuestro hermano y no advertimos la viga que tenemos en el nuestro (Mateo 7, 3-5).

¡Qué difícil resulta reconocer nuestras propias faltas!

A veces nos parece más sencillo señalar lo que otros hacen mal que admitir nuestras equivocaciones.

 Y no escribo esto para juzgar a nadie. Lo escribo porque yo también estoy en ese camino de aprender, corregirme, pedir perdón y comenzar nuevamente.

Todos somos pecadores y todos necesitamos la misericordia de Dios.

Nuestra fe debe dar frutos

Jesús nos dice:

“Por sus frutos los reconocerán “(Mateo 7,16).

Nuestra fe debe producir frutos concretos: caridad, humildad, paciencia, misericordia, justicia, generosidad y capacidad para perdonar.

No basta con decir: ¡Señor, yo te amo!.

Ese amor debe sentirse en nuestro hogar, en la manera de tratar a nuestros hijos, a nuestro esposo o esposa, a nuestros familiares, a nuestros vecinos y también a quienes no piensan como nosotros.

Porque, pensándolo bien, ¿de qué sirve hablar tanto del amor de Dios si nuestras palabras o actitudes terminan lastimando a quienes tenemos más cerca?

Hoy quiero hacer mi propio examen de conciencia

No necesito responder delante de nadie. Solamente delante de Dios y de mi propia conciencia.

¿He sabido escuchar antes de juzgar?

¿He tenido paciencia cuando alguien me necesitaba?

¿He pedido perdón cuando me equivoqué?

¿He sido generosa con quien esperaba mi ayuda?

¿Hay alguien a quien todavía no he podido perdonar?

¿Mi familia encuentra en mí comprensión, cariño y misericordia?

Son preguntas sencillas, pero responderlas con sinceridad puede ayudarnos a descubrir cuánto nos falta por mejorar.

¿Quién es un cristiano auténtico?

Con el paso de los años voy comprendiendo algo importante:

Un cristiano auténtico no es aquel que nunca cae, sino aquel que reconoce sus caídas, busca reconciliarse, se levanta y vuelve a caminar de la mano de Cristo.

No somos perfectos. Nos equivocamos, perdemos la paciencia, decimos palabras que después lamentamos y muchas veces dejamos de hacer el bien que podríamos haber hecho.

Pero Dios conoce nuestras debilidades y no deja de llamarnos a la conversión.

Lo importante es no acostumbrarnos a nuestros errores ni justificar siempre nuestras actitudes, sino tener la humildad de reconocerlas y el deseo sincero de cambiar.

REFLEXIÓN

Hoy no quiero preguntarme si los demás son buenos cristianos. Quiero comenzar por mí misma.

¿Mi vida refleja lo que creo? ¿Mis acciones acompañan mis oraciones? ¿Estoy dejando que Jesús transforme verdaderamente mi corazón?

Quizás todavía tenga mucho que aprender, mucho que corregir y mucho que perdonar.

Pero mientras Dios me conceda un nuevo día, también me estará ofreciendo una nueva oportunidad para ser mejor.

Porque al final de nuestra vida, lo importante no será solamente cuánto hablamos de Dios, sino cuánto amor fuimos capaces de entregar.

No quiero aparentar una fe perfecta. Quiero vivir una fe sincera, humilde y comprometida, aunque todavía tenga que levantarme muchas veces.

ORACIÓN

Señor, ayúdame a vivir lo que creo

Señor Jesús, hoy me presento ante Ti tal como soy, con mi fe, mis debilidades y mis contradicciones.

Perdóname cuando hablo de amor y no sé amar, cuando pido comprensión y no comprendo, cuando espero tu misericordia y me cuesta perdonar.

Ayúdame a reconocer mis errores, corregir mis actitudes y comenzar nuevamente cada vez que caiga.

Que mi familia y quienes me rodean puedan encontrar en mis acciones un reflejo de tu amor.

Señor, no permitas que mi fe se quede solamente en palabras. Enséñame a vivirla cada día. Amén.

TOQUE ESPIRITUAL

La fe auténtica no consiste en aparentar que somos santos, sino en permitir que Dios transforme nuestro corazón, un día a la vez.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

CENDINI Y ROSA MÍSTICA: UNIDOS PARA SERVIR

Una sola misión: oración, solidaridad y acción. Cuando dos corazones solidarios se unen, el amor se multiplica Los Centinelas del Divino...