50 años de amor, lágrimas, luchas y bendiciones
¿Quién
hubiera imaginado que aquel 2 de noviembre de 1976, Día
de los Fieles Difuntos, comenzaríamos una historia de amor que, medio siglo
después, seguiríamos escribiendo juntos?
Aquel
día, mi esposo Dalmiro y yo nos presentamos ante el altar de Dios. Sin lujos ni
grandes celebraciones, pero llenos de amor y esperanza, prometimos permanecer
unidos para toda la vida, bajo las palabras de Jesús:
“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mateo 19,6).
¡Qué
fácil es prometer amor cuando somos jóvenes! Pero ¡cuánto cuesta mantener esa
promesa cuando llegan las pruebas de la vida!
Nuestra
historia no fue un camino de rosas. Conocimos el dolor de perder una hija, las
limitaciones económicas, las enfermedades y los sacrificios para sacar adelante
nuestro hogar. Muchas veces tuvimos que remar contra la corriente, pero Dios
nunca nos abandonó.
DALMIRO,MI CHAPAQUITO:UN AMOR PROBADO EN LAS ADVERSIDADES
En estos
cincuenta años debo destacar el amor y apoyo incondicional de mi esposo.
Durante mis dos batallas contra el cáncer de mama, cuando los médicos llegaron
a pronosticarme apenas dos años de vida, y posteriormente en mi cirugía a
corazón abierto, estuvo a mi lado, brindándome apoyo emocional, económico y
mucho amor.
Imagino cuánto habrá sufrido en silencio, temiendo perder a su compañera de vida. Pero confió en Dios, confió en la medicina y nunca escatimó esfuerzos para verme con vida, saludable y con ilusiones, incluso aquella de llegar a ser abogada, una carrera que ambos habíamos visto truncada.
Gracias,
mi Chapaquito, por no soltar mi mano cuando más te necesitaba. ¡Hoy volvería a
elegirte!
NUESTRA MAYOR RIQUEZA
No
tenemos grandes fortunas. Lo conseguido es fruto de nuestro trabajo y
sacrificio. Pero Dios nos regaló una riqueza incomparable: tres hijos
maravillosos, hoy profesionales, que son nuestro mayor orgullo y alegría.
¡Qué más
podemos pedirle al Señor! Aquí estamos, por su Gracia, celebrando nuestras
bodas de oro.
RENOVAR NUESTROS VOTOS DESPUÉS DE
50 AÑOS
Este año
Dios nos concedió una bendición especial: volver al altar para renovar nuestros votos
matrimoniales ante el sacerdote.
Renovar
los votos no es simplemente repetir las promesas de juventud. Cuando somos
jóvenes prometemos amarnos sin conocer las pruebas que vendrán; cincuenta años
después, renovamos esa promesa sabiendo cuánto nos costó cumplirla.
Ya no
éramos aquellos jóvenes llenos de ilusiones, sino dos esposos con medio siglo
de alegrías, lágrimas, sacrificios y bendiciones. Aprendimos que el verdadero
amor no consiste en vivir sin dificultades, sino en permanecer unidos a pesar
de ellas.
¿Nuestro
secreto? Amor, paciencia, perdón, sacrificio
y, por encima de todo, poner a Dios primero en nuestro hogar, confiando en su
promesa:
“Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y
todas esas cosas se les darán por
añadidura” (Mateo 6,33).
Hoy no
celebramos solamente cincuenta años de matrimonio, sino cincuenta años de la
fidelidad de Dios en nuestras vidas. Porque al final, nuestra mayor riqueza no
será lo material, sino el amor sembrado, la familia construida y las manos que
todavía podemos estrechar.
Gracias,
mi Chapaquito querido, por estos cincuenta años compartidos. Y gracias, Señor,
porque cuando nuestras fuerzas flaquearon, tu amor nos sostuvo.
¡Después de cincuenta años,
seguimos juntos por tu gracia!
¡QUE
DIOS NOS SIGA BENDICIENDO Y LA VIRGEN MARÍA NOS PROTEJA SIEMPRE!
Mirtha
Villarroel de Rocha
Bodas de Oro 2 de noviembre de 2026