el señor es mi pastos

nada me faltara

sábado, 12 de septiembre de 2026

LEVANTEMOS LAS DOS ALAS DE LA ORACIÓN

La oración necesita dos alas para elevarnos hacia Dios: el perdón y la generosidad. No basta con pronunciar hermosas palabras si nuestro corazón continúa cerrado al hermano.

La primera ala es perdonar a quien nos ha ofendido. Perdonar no significa justificar el daño ni olvidar inmediatamente lo sucedido. Significa entregar a Dios la herida, renunciar a la venganza y permitir que el Espíritu Santo vaya sanando nuestro corazón. Algunas ofensas son profundas y no se superan de un día para otro; por eso necesitamos pedir fortaleza para comenzar el camino del perdón.

La segunda ala es dar y compartir con quien necesita. Podemos ofrecer nuestro tiempo, compañía, escucha, alimento, ropa, ayuda económica o una palabra de esperanza. A veces, compartir significa incluso sacar de nuestra boca un bocado para que otro también pueda alimentarse. Lo que entregamos con amor nunca se pierde, porque llega a las manos de Dios.

Dios se sirve de los seres humanos como instrumentos de su providencia. Cuando damos, permitimos que el milagro de Dios llegue a la vida de alguien. Tal vez una familia esté pidiendo alimento y el Señor quiera responderle por medio de nuestra generosidad. Quizá una persona esté rogando por consuelo y Dios quiera abrazarla mediante nuestras palabras y nuestra presencia.

No impidamos la acción del Espíritu Santo. Dejemos que Él nos enseñe a perdonar, a compartir y a reconocer a Jesús en el rostro del necesitado. Levantemos con fortaleza las dos alas de la oración: perdonemos con misericordia y demos con amor. Así nuestra oración no quedará solamente en los labios, sino que se convertirá en una vida capaz de volar hacia Dios.

Cita bíblica

“No condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará; recibirán una medida bien llena, apretada y rebosante; porque con la medida que ustedes midan, serán medidos”. Lucas 6,37-38

Reflexión

La oración necesita dos alas para elevarse hacia Dios: el perdón y la generosidad. Una de ellas nos invita a perdonar a quien nos ofendió, aunque la herida todavía duela; la otra nos impulsa a abrir las manos y compartir con quien necesita.

Dios muchas veces se sirve de nosotros como instrumentos de su amor. Cuando visitamos a un enfermo, consolamos al que sufre o somos capaces de sacar de nuestra propia boca un bocado para compartirlo, permitimos que ocurra el milagro de Dios en la vida de otra persona.

No siempre podemos solucionar todos los problemas, pero siempre podemos hacer algo: escuchar, acompañar, compartir el pan o pronunciar una palabra de esperanza. Levantemos con fortaleza las dos alas del corazón: perdonemos con misericordia y demos con amor. Solo así nuestra oración dejará de ser palabras y se convertirá en una verdadera obra de fe.

Oración

Señor Jesús,

abre mi corazón para perdonar

a quien me ha causado dolor

y enséñame a compartir con quien necesita.

No permitas que la indiferencia

cierre mis manos ni que el resentimiento

me impida acercarme a Ti.

Espíritu Santo, actúa en mi vida

y conviérteme en instrumento de tu amor.

Que pueda sacar de mi propia mesa

un bocado para compartir con mi hermano.

Levanta en mí las dos alas de la oración:

el perdón y la generosidad,

para que mi vida vuele cada día

hacia el corazón de Dios. Amén.    

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha 

Próximo encuentro en Toque Espiritual

viernes, 11 de septiembre de 2026

 EL BANCO QUE PAGA EL INTERÉS MÁS ALTO: LA MISERICORDIA

Existe un banco que no guarda dinero, pero conserva cada obra realizada con amor: el banco espiritual de la misericordia. En él depositamos cuando ayudamos al pobre, compartimos nuestro pan, acompañamos al enfermo, perdonamos una ofensa y oramos por quienes nos persiguen.

Cuando damos con generosidad, no perdemos. Quizá no recibamos la recompensa de la misma persona ni de la manera que imaginamos, pero Dios nunca olvida el bien que hacemos. Él nos devuelve con la tasa de interés más alta: paz en el corazón, fortaleza en las dificultades, consuelo en el sufrimiento y bendiciones que muchas veces llegan cuando más las necesitamos.

La Palabra de Dios nos dice:

“El que se compadece del pobre presta al Señor, que le pagará su buena obra”. Proverbios 19,17

Es como si, al ayudar al necesitado, Dios mismo firmara un pagaré espiritual. Sin embargo, no debemos hacer el bien únicamente para recibir algo a cambio. La verdadera caridad nace de un corazón agradecido que reconoce que todo lo que posee es un regalo del Señor.

La parábola del buen samaritano nos enseña que amar significa detenernos ante el dolor ajeno. Mientras otros pasaron de largo, el samaritano se acercó al hombre herido, vendó sus heridas, lo llevó a un lugar seguro y pagó para que lo cuidaran. No preguntó quién era, de dónde venía ni qué recibiría a cambio. Simplemente vio a un hermano que necesitaba ayuda y actuó con misericordia.

También nosotros podemos encontrar personas heridas a la orilla de nuestro camino: alguien que necesita alimento, una palabra de aliento, compañía, escucha o comprensión. No siempre podremos resolver todos sus problemas, pero podemos detenernos, acercarnos y ofrecer aquello que esté a nuestro alcance.

Incluso Jesús nos pide algo todavía más difícil: amar a nuestros enemigos y orar por quienes nos persiguen. Esa oración también es un depósito en el banco de la misericordia, porque libera nuestro corazón del resentimiento y permite que el Espíritu Santo transforme nuestras heridas.

Depositemos cada día una obra buena en este banco celestial. Compartamos sin humillar, ayudemos sin hacer publicidad y perdonemos sin guardar cuentas. Con Dios nunca se pierde: todo acto de amor permanece guardado en su corazón.

“Vete y haz tú lo mismo”. Lucas 10,37

Oración

Señor Jesús, dame un corazón misericordioso, capaz de detenerse ante el sufrimiento de mis hermanos. Enséñame a compartir, perdonar y orar por quienes me han herido. Que mis manos sean instrumentos de tu providencia y que nunca pase indiferente frente al necesitado. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

 Proximo encuentro en Toque Espiritual


jueves, 10 de septiembre de 2026

 ¿QUÉ PUEDO HACER CUANDO TENGO UN FAMILIAR GRAVEMENTE ENFERMO?

Cuando una persona que amamos padece una enfermedad grave o terminal, sentimos miedo, tristeza e impotencia. Quisiéramos encontrar las palabras exactas, aliviar su dolor o detener el paso del tiempo. Sin embargo, muchas veces lo más importante no es hablar demasiado, sino permanecer a su lado con amor.

Acompañar a un enfermo es escucharlo, sostener su mano y recordarle que no está solo. Como católicos, llamemos oportunamente al sacerdote, sin esperar sus últimos momentos, su visita no anuncia la muerte: lleva el consuelo, la fortaleza y la misericordia de Dios.

El sacerdote no llega únicamente para acompañar la muerte; llega para llevar a Cristo, que sostiene, perdona, fortalece

¿Cuándo debemos llamar a un sacerdote?

Es conveniente llamarlo cuando:

Se recibe el diagnóstico de una enfermedad grave.

La salud comienza a deteriorarse.

La persona será sometida a una cirugía delicada.

El enfermo pide confesarse, recibir la Comunión o conversar espiritualmente.

Es una persona anciana cuya fragilidad aumenta.

La familia advierte que podría acercarse el final de la vida.

Mientras el enfermo está consciente y es visitado por un sacerdote puede conversar con él, confesarse, recibir la Unción de los Enfermos y la Comunión. Este sacramento no es sólo para los agonizantes: también fortalece y consuela a quienes padecen una enfermedad grave o las dificultades de la ancianidad. Puede recibirse nuevamente si la salud empeora.

Por eso, la familia no debe decir: “Todavía no llamemos al sacerdote porque se asustará”. Con mucha delicadeza podemos explicarle:

“Queremos que venga el sacerdote para acompañarte, rezar contigo y traerte el consuelo de Dios”.

Si el enfermo se encuentra hospitalizado, podemos preguntar si existe capellán o servicio de asistencia religiosa. Si está en casa, debemos comunicarnos con la parroquia. Y si la situación se vuelve crítica, conviene indicar claramente que se trata de una urgencia.

Además de la asistencia espiritual, nunca debemos abandonar la atención médica y los cuidados paliativos. La fe, la medicina, el alivio del dolor y el acompañamiento familiar pueden caminar juntos.

Cita bíblica

“El que esté enfermo, que llame a los presbíteros de la iglesia para que rueguen por él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor.  La oración hecha con fe salvará al enfermo; el Señor lo levantará y, si ha cometido pecado, le serán perdonados”. Santiago 5,14-15

 ¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

 Nuevo encuentro en Toque Espiritual 

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

 REFLEXIÓN EN TOQUE ESPIRITUAL

ESCUCHA Y ABRAZA A TUS HIJOS MIENTRAS PUEDAS

Escucha a tus hijos cuando te hablen. Aunque estés cansado, preocupado o lleno de ocupaciones, detente un momento y míralos a los ojos. Tal vez aquello que quieren contarte parezca insignificante para ti, pero para ellos puede ser todo su mundo. Cuando un hijo se acerca a sus padres para hablar, no solamente busca respuestas: busca sentirse importante, comprendido, protegido y amado.

Cuando te busquen, atiéndelos. Cuando te pidan un abrazo, no se lo niegues. Cuando necesiten escuchar un “te amo”, díselo sin vergüenza y con el corazón. No pienses que ya saben cuánto los amas; necesitan escucharlo y sentirlo por medio de tus palabras, tu paciencia y tu presencia.

Los hijos crecen más rápido de lo que imaginamos. Un día dejan de correr hacia nuestros brazos, comienzan a guardar sus secretos y buscan respuestas lejos del hogar. Quizá llegue el momento en que esquiven nuestros abrazos o se incomoden cuando les digamos cuánto los queremos. No será necesariamente porque dejaron de amarnos, sino porque están creciendo y aprendiendo a construir su propio camino.

Por eso, aprovecha el tiempo en que todavía te buscan. Juega con ellos, escucha sus historias, acompáñalos en sus temores y celebra sus pequeñas alegrías. No permitas que mañana tengan que preguntarte: ¿Por qué no me abrazabas cuando era pequeño? ¿Por qué nunca me decías que me amabas? ¿Por qué no me escuchabas cuando intentaba hablar contigo?

Ningún trabajo, compromiso o preocupación debería robarnos completamente esos momentos. Las cosas materiales pueden recuperarse, pero la infancia de nuestros hijos no vuelve. El juguete se rompe, la ropa queda pequeña y los regalos se olvidan; pero un abrazo sincero, una conversación a tiempo y una palabra de aliento pueden permanecer para siempre en su corazón.

También debemos aprender a escuchar aquello que no dicen. A veces, detrás de un cambio de carácter, del silencio o del aislamiento, puede esconderse una tristeza, un miedo o una herida. No respondamos inmediatamente con gritos o reproches. Acerquémonos con paciencia y preguntemos: ¿Qué te pasa? ¿Cómo puedo ayudarte? Un hijo que se siente escuchado en su hogar tendrá más confianza para acudir a sus padres cuando enfrente una dificultad.

Amar a los hijos no significa permitirles todo. También es necesario corregirlos, enseñarles límites y mostrarles el camino correcto; pero la corrección debe ir acompañada de respeto y ternura. Las palabras duras pueden dejar heridas profundas, mientras que una corrección hecha con amor puede convertirse en una enseñanza para toda la vida.

Abrázalos hoy. Diles que estás orgulloso de ellos, incluso cuando todavía tengan mucho que aprender. Hazles saber que pueden equivocarse sin perder tu amor. Enséñales que, aunque no siempre apruebes sus decisiones, nunca dejarás de ser su padre o su madre. El hogar debe ser ese lugar al que puedan regresar sin miedo, sabiendo que encontrarán orientación, comprensión y cariño.

Reflexión

El mejor legado que podemos dejar a nuestros hijos no siempre es una casa, dinero o bienes materiales. Es el recuerdo de una familia donde fueron escuchados, corregidos con amor y abrazados en sus momentos difíciles.

Esas raíces se forman con tiempo, diálogo, oración, respeto y ternura. No dejemos para mañana el amor que podemos demostrar hoy, porque llegará el día en que los hijos crecerán y nosotros desearíamos volver, aunque fuera por un instante, a tenerlos pequeños entre nuestros brazos.

También nos recuerda la Palabra de Dios:

“Padres, no exasperen a sus hijos, sino fórmenlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor”. Efesios 6,4

Oración por nuestros hijos

Señor, gracias por el regalo maravilloso de mis hijos. Perdóname por las veces que no los escuché, por los momentos en que mis preocupaciones fueron más fuertes que su necesidad de sentirse amados y por las palabras que pudieron herirlos.

Enséñame a comprender sus silencios, a acompañar sus temores y a alegrarme con sus sueños. Dame paciencia para escucharlos, sabiduría para orientarlos y ternura para corregirlos.

Protégelos, Señor, en cada etapa de su vida. Cuando se alejen de mis brazos, permanece Tú a su lado. Guía sus pasos, fortalece su fe y haz que nuestro hogar sea siempre un refugio de confianza, perdón, ternura y paz. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

Hasta nuestro próximo Toque Espiritual.

martes, 8 de septiembre de 2026

 REFLEXIÓN EN TOQUE ESPIRITUAL

NO DESISTAS: DIOS ESTÁ CONTIGO

La vida tiene altibajos. Hay momentos de alegría, pero también etapas en las que una enfermedad, un problema económico, la falta de trabajo, una ruptura matrimonial o una dificultad familiar parecen quitarnos la esperanza.

Tal vez resulte difícil decirle a quien está sufriendo: “No te desesperes”. Sin embargo, cuando nuestras fuerzas se debilitan, la fe y la confianza en el Señor pueden sostenernos y ayudarnos a continuar.

Confiar en Dios no significa quedarse de brazos cruzados. Significa orar y, al mismo tiempo, actuar: buscar atención médica, terapia familiar, pedir ayuda, organizar los gastos, tocar puertas, preparar una hoja de vida, aceptar un trabajo digno mientras aparece una mejor oportunidad y dejarnos acompañar por quienes nos aman.

No te avergüences de pedir ayuda. Habla con tu familia, tu comunidad, tu parroquia o alguna institución que pueda orientarte. Dios muchas veces responde por medio de las personas que pone en nuestro camino.

Hoy quizá no encuentres una solución inmediata, pero puedes dar un pequeño paso. No permitas que el miedo te paralice ni que una dificultad te haga pensar que todo está perdido. Descansa cuando sea necesario, llora si lo necesitas, pero no abandones la lucha.

“Arroja en el Señor toda tu carga, porque él te sostendrá, él no consentirá  que se derrote al justo para siempre.” Salmo 55,23

No podemos esperar que las cosas caigan del cielo. La fe también nos impulsa a actuar: buscar oportunidades, generar recursos, descubrir nuestras aptitudes y desarrollar los dones que Dios nos ha regalado. Cada persona posee talentos y potencialidades que debe poner a trabajar con responsabilidad y perseverancia. Como enseña la parábola de los talentos, Dios espera que hagamos fructificar lo que hemos recibido.

“Muy bien, servidor bueno y fiel; ya que fuiste fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más.” Mateo 25,21

Oración

Señor, hoy pongo en tus manos mi enfermedad, mis necesidades económicas, mi matrimonio y mi búsqueda de trabajo. Dame fortaleza para no desistir, sabiduría para encontrar caminos y personas generosas que puedan ayudarme. Abre las puertas que necesito y enséñame a confiar en ti, aun cuando todavía no vea la solución. Amén.

Haz todo lo que esté a tu alcance y encomienda tus esfuerzos al Señor. Dios bendice nuestra perseverancia, abre caminos y nos sostiene cuando las fuerzas comienzan a faltar.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

Hasta nuestro próximo Toque Espiritual.

 

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

 REFLEXIÓN EN TOQUE ESPIRITUAL

LA CORRECCIÓN FRATERNA

Tomada del Evangelio del domingo 6/9/26 según san Mateo 18,15-20

Jesús nos enseña que, cuando una persona nos ofende o actúa mal, no debemos divulgar su falta ni humillarla delante de los demás. Primero debemos hablar con ella a solas, con respeto, serenidad y amor.

Corregir fraternalmente no significa juzgar ni demostrar que somos mejores. Significa ayudar al hermano a reconocer su error y darle la oportunidad de cambiar. Si no escucha, Jesús aconseja buscar la ayuda prudente de una o dos personas; y solo después acudir a la comunidad.

La corrección fraterna debe nacer del amor, no del enojo ni del deseo de venganza. Antes de corregir, debemos preguntarnos: ¿Quiero ayudar a esta persona o solamente descargar mi molestia?

La caridad en la corrección fraterna

Nos da el valor para hablar con sinceridad y la fortaleza para escuchar, comprender y perdonar. Por eso, Jesús une la corrección fraterna con la oración comunitaria. Cuando la comunidad ora unida, recibe sabiduría para actuar, fuerza para superar sus diferencias y humildad para buscar la reconciliación.

Veremos algunos ejemplos:

En un grupo de la Iglesia, una persona suele hablar mal de los demás y provoca divisiones. En vez de criticarla públicamente, una hermana se acerca en privado y le dice con cariño:

“Te aprecio mucho, pero algunos comentarios están causando dolor. Quizás podríamos hablar de nuestras diferencias con más respeto y buscar juntos una solución”.

Luego, la comunidad ora por la reconciliación, sin señalar ni juzgar a nadie. Así, la corrección fraterna nace de la caridad: busca recuperar al hermano, sanar las heridas y fortalecer la unidad.

También puede aplicarse en la política. Si un presidente y un vicepresidente llegaron juntos al poder, deberían mantener una relación basada en la lealtad institucional, el diálogo y el respeto, incluso cuando tengan diferencias.

La corrección fraterna no significa guardar silencio ante los errores. Significa señalar lo incorrecto con verdad y firmeza, pero sin insultar, desprestigiar ni buscar destruir al otro. Cuando el conflicto afecta a todo el país, también corresponde una explicación pública y transparente.

Se puede hablar así:

“Señor Presidente, no comparto esta decisión porque considero que perjudica al pueblo. Le propongo que dialoguemos, revisemos sus consecuencias y encontremos juntos una solución”.

Criticar para corregir construye; atacar para destruir divide. En política, la caridad debe ir acompañada de verdad, justicia y responsabilidad por el bien común.

No es correcto divulgar audios privados ni exponer a una familia sin antes verificar su autenticidad y buscar el diálogo. Aunque existiera un asunto de interés público, debe tratarse por las vías legales y con pruebas, respetando la intimidad y la dignidad de las personas. Las redes sociales no deben convertirse en un tribunal para destruir honras y familias.

Jesús concluye recordándonos la fuerza de la oración comunitaria como esencial en la vida de la Iglesia porque nos recuerda que no caminamos solos:

“Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre,Yo estoy presente en medio de ellos.” (Mateo 18,15-20).

Oración

Señor Jesús, dame humildad para reconocer mis errores, prudencia para corregir y un corazón dispuesto a perdonar. Que mis palabras no hieran, sino que ayuden a sanar y recuperar al hermano. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

Hasta nuestro próximo Toque Espiritual.

domingo, 6 de septiembre de 2026

 REFLEXIÓN EN TOQUE ESPIRITUAL

MANTENER EL CONTACTO CON DIOS

Mantener el contacto con Dios no significa recordarlo solamente cuando atravesamos una dificultad o necesitamos su ayuda. Es procurar su presencia todos los días, hablar con Él mediante la oración y permitir que su Palabra ilumine nuestras decisiones.

Dios nos habla de muchas maneras, pero especialmente por medio de la Sagrada Escritura. Por eso es importante dedicar cada día unos minutos a leer el Evangelio, aunque sea un breve pasaje. No se trata de leer apresuradamente para cumplir una obligación, sino de guardar silencio, prestar atención y preguntarnos: ¿Qué quiere decirme Dios hoy?

Escuchar, comprender y vivir

La Palabra de Dios necesita recorrer tres caminos en nuestra vida:

Primero, escucharla.

Debemos acercarnos a ella con un corazón abierto, dejando por un momento las preocupaciones, los ruidos y las distracciones.

Segundo, asimilarla.

No basta con leerla; necesitamos meditarla, guardarla en nuestro interior y permitir que confronte nuestra manera de pensar y de actuar.

Tercero, ponerla en práctica.

La Palabra se vuelve vida cuando nos impulsa a perdonar, servir, hablar con verdad, ayudar al necesitado, tratar con respeto a nuestra familia y corregir aquello que no agrada a Dios.

Podemos conocer muchas citas bíblicas y participar en diferentes actos religiosos; pero, si nuestras acciones contradicen nuestras palabras, nuestra fe queda solamente en apariencias. Dios nos invita a ser coherentes: que exista unidad entre lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos.

No podemos hablar de amor y tratar mal a los demás; pedir perdón a Dios y negarnos a perdonar; defender la verdad y vivir en la mentira; rezar con devoción y permanecer indiferentes ante el sufrimiento ajeno.

Ser coherentes no significa ser perfectos. Todos podemos equivocarnos y caer. La coherencia cristiana consiste en reconocer humildemente nuestros errores, pedir perdón, corregirnos y volver a comenzar de la mano de Dios.

Un encuentro diario con su Palabra

No necesitamos disponer de mucho tiempo. Podemos comenzar reservando unos minutos cada mañana o antes de dormir:

Invocar al Espíritu Santo.

Leer lentamente el Evangelio del día.

Elegir una palabra o frase que toque nuestro corazón.

Preguntarnos qué debemos cambiar o practicar.

Terminar con una oración y un compromiso concreto.

Quizás ese compromiso sea escuchar con paciencia, evitar una crítica, reconciliarnos con alguien, visitar a una persona enferma, acompañar a quien se siente solo o realizar nuestro trabajo con mayor responsabilidad.

Cuando escuchamos la Palabra y la llevamos a la vida, mantenemos una relación cercana con Dios. Poco a poco, Él transforma nuestro corazón, fortalece nuestra fe y nos enseña a vivir con mayor amor y esperanza.

Oración

Señor, abre mi corazón para escuchar tu Palabra.

Ayúdame a comprenderla, guardarla y ponerla en práctica.

Que mis palabras no contradigan mis acciones

y que mi conducta refleje la fe que profeso.

Dame humildad para reconocer mis errores,

fortaleza para corregirlos

y perseverancia para buscarte cada día.

Que tu Palabra sea luz para mis decisiones,

consuelo en mis dificultades

y guía en cada paso de mi vida. Amén.

“Felices los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”. Lucas 11,28

 ¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

Hasta nuestro próximo Toque Espiritual.

 

LEVANTEMOS LAS DOS ALAS DE LA ORACIÓN La oración necesita dos alas para elevarnos hacia Dios: el perdón y la generosidad. No basta con pr...