el señor es mi pastos

nada me faltara

domingo, 20 de septiembre de 2026

 EL CÁNCER NO DA TREGUA

El cáncer no pregunta quién eres antes de llegar. No mira condición social ni económica, profesión, cargo político, religión, edad o prestigio. Puede presentarse en cualquier familia y cambiar, de un momento a otro, nuestra manera de mirar la vida.

El cáncer no distingue entre ricos y pobres, personas conocidas o anónimas. Pero frente a la enfermedad podemos elegir no caminar solos: apoyarnos en la medicina, en nuestra familia, en quienes nos aman y, desde la fe, abandonarnos en las manos de Dios.

Ante un diagnóstico aparecen el miedo, la incertidumbre y muchas preguntas: ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Podré superar esta enfermedad? ¿Cómo se lo digo a mi familia? ¿Tendré fuerzas para afrontar el tratamiento?

Y muchas veces surge una pregunta profundamente humana:

“Dios mío, ¿por qué a mí?”

Quizá durante años vivimos ocupados en el trabajo, los problemas, los compromisos y las preocupaciones diarias. Algunos recién nos acordamos de Dios cuando llega la enfermedad, cuando sentimos miedo o cuando descubrimos que nuestras propias fuerzas no son suficientes.

Pero Dios no nos dice: “Ahora vienes a buscarme”. Al contrario, nos recibe.

Nunca es tarde para volver nuestra mirada hacia Él, para hablarle desde el corazón y decirle: “Señor, tengo miedo. No entiendo lo que está pasando, pero necesito que me acompañes”.

Y tampoco debemos pensar que la enfermedad es necesariamente un castigo de Dios. Jesús mismo rechazó la idea de relacionar automáticamente el sufrimiento con el pecado.

“No temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Yo te fortalezco y te ayudo». Isaías 41,10

También podemos recordar las palabras de Jesús ante el hombre ciego de nacimiento, cuando le preguntaron quién había pecado para que naciera así:

“Ni él pecó ni sus padres”. Juan 9,3

REFLEXIÓN

Tal vez la pregunta no sea solamente “¿por qué a mí?”, sino también:

“Señor, ¿cómo voy a vivir este momento contigo?”

La enfermedad puede hacernos descubrir lo verdaderamente importante: la familia, un abrazo, una conversación pendiente, el perdón, la oración, el valor de despertar cada mañana y la presencia de quienes permanecen a nuestro lado.

Tener fe no significa que dejaremos de sentir miedo. Tener fe es saber a quién tomar de la mano cuando sentimos miedo.

Por eso, si hoy estás atravesando un cáncer, busca la atención médica que necesitas, déjate acompañar por tu familia y no tengas vergüenza de llorar ni de pedir ayuda.

Y si hacía mucho que no hablabas con Dios, háblale hoy. No necesitas palabras bonitas. Dile simplemente:

“Señor, aquí estoy. Quizá me alejé de Ti, quizá me olvidé de buscarte cuando todo estaba bien. Hoy vuelvo mi mirada hacia Ti. Dame fuerzas para afrontar lo que viene y acompáñame en este camino”.

Ante un diagnóstico de cáncer aparecen el miedo, la incertidumbre y muchas preguntas: ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Podré vencer esta enfermedad? ¿Cómo se lo digo a mi familia? ¿Tendré fuerzas para afrontar el tratamiento?

Es entonces cuando comprendemos algo fundamental: somos frágiles, necesitamos unos de otros. Y más que todo, busquemos a Dios con la reconciliación.

Quien tiene recursos económicos puede acceder a muchas posibilidades, pero el dinero no evita el temor. Quien tiene poder o reconocimiento también necesita una mano que lo sostenga. Quien tiene fe también puede sentir miedo, llorar y preguntarse por qué está pasando por esta prueba.

Tener fe no significa no tener miedo. Significa aprender a caminar con Dios aun teniendo miedo.

“No temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Yo te fortalezco y te ayudo”. Isaías 41,10

REFLEXIÓN

El cáncer nos recuerda que, frente al dolor, desaparecen muchas diferencias que nosotros mismos hemos creado. Todos necesitamos amor, comprensión, atención médica, compañía y esperanza.

Por eso, cuando sepamos que alguien tiene cáncer, no nos alejemos porque no sabemos qué decir. A veces no hacen falta grandes discursos. Una llamada, una visita, acompañar a una consulta, preparar una comida o simplemente decir “estoy aquí contigo” puede convertirse en un enorme consuelo.

Y a quien hoy está enfrentando esta enfermedad quiero decirle: no permitas que el cáncer se convierta en toda tu identidad. Tú eres mucho más que un diagnóstico. Continúa viviendo cada día posible, recibe el tratamiento indicado, acepta la ayuda de quienes te aman y permite que Dios sostenga tu corazón.

Habrá días de fortaleza y también días de lágrimas. En ambos, puedes hablar con Dios tal como estás.

La enfermedad puede tocar nuestro cuerpo, pero no tiene por qué arrebatarnos la capacidad de amar, de esperar, de agradecer y de seguir luchando.

Hoy recemos por quienes tienen cáncer, por sus familias, por los médicos y por quienes no cuentan con los recursos suficientes para recibir atención. Que nunca falte una mano solidaria junto a quien está atravesando esta enfermedad.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

sábado, 19 de septiembre de 2026

 LOS SIETE SACRAMENTOS: LA GRACIA DE DIOS NOS ACOMPAÑA TODA LA VIDA

Dios no nos deja solos en nuestro caminar. Desde que comenzamos nuestra vida cristiana hasta los momentos de enfermedad, de servicio y de entrega, su gracia nos acompaña a través de los sacramentos.

Los sacramentos no son solamente ceremonias o tradiciones de la Iglesia. Son signos eficaces de la gracia de Dios, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, mediante los cuales Dios actúa en nuestra vida.

BAUTISMO: NACEMOS A UNA VIDA NUEVA

Por el Bautismo comenzamos nuestra vida cristiana. Somos liberados del pecado, renacemos como hijos de Dios y pasamos a formar parte de la Iglesia.

Es el primer gran encuentro sacramental con la gracia de Dios.

CONFIRMACIÓN: EL ESPÍRITU SANTO NOS FORTALECE

En la Confirmación recibimos de manera especial la fuerza del Espíritu Santo para vivir nuestra fe con mayor madurez y dar testimonio de Cristo.

Dios nos fortalece para que nuestra fe no quede solamente en palabras, sino que se manifieste en nuestra manera de vivir.

EUCARISTÍA: JESÚS SE QUEDA CON NOSOTROS

En la Eucaristía recibimos a Cristo mismo. Bajo las especies del pan y del vino, Jesús se hace realmente presente y se nos entrega como alimento espiritual.

Cada Eucaristía nos recuerda que Cristo quiso permanecer cerca de nosotros: «Hagan esto en memoria mía» (Lc 22,19).

PENITENCIA O RECONCILIACIÓN: DIOS NOS PERDONA

Somos débiles y podemos alejarnos de Dios, pero Él siempre nos ofrece el camino de regreso.

En el sacramento de la Reconciliación reconocemos nuestros pecados, nos arrepentimos y recibimos, por medio del sacerdote, el perdón y la gracia de Dios.

No importa cuántas veces hayamos caído: la misericordia de Dios nos invita a levantarnos y comenzar nuevamente.

UNCIÓN DE LOS ENFERMOS: DIOS NOS FORTALECE EN EL DOLOR

Cuando llegan la enfermedad grave, la fragilidad o las dificultades propias de la vejez, Cristo se acerca de una manera especial mediante la Unción de los Enfermos.

No es un sacramento reservado únicamente para los últimos instantes de la vida. Es un sacramento de consuelo, fortaleza, paz y esperanza para quien atraviesa una enfermedad seria o una situación de especial fragilidad.

ORDEN SACERDOTAL: LA GRACIA PARA SERVIR

Por el sacramento del Orden, algunos hombres son consagrados para servir a Dios y a su pueblo como diáconos, sacerdotes y obispos.

A través de su ministerio, Cristo continúa acompañando a su Iglesia: anuncian la Palabra, celebran los sacramentos y sirven al Pueblo de Dios.

Por eso también debemos rezar por nuestros sacerdotes, para que permanezcan fieles a su vocación y encuentren fortaleza en los momentos difíciles.

MATRIMONIO: DIOS BENDICE EL AMOR DE LOS ESPOSOS

En el Matrimonio, el hombre y la mujer bautizados se entregan mutuamente y reciben la gracia para vivir su alianza de amor y fidelidad.

Dios entra en la historia de esa familia y acompaña a los esposos en las alegrías, las dificultades, la crianza de los hijos, la enfermedad, el envejecimiento y todos los desafíos de la vida compartida.

El sacramento no significa que nunca existirán problemas; significa que los esposos cuentan con la gracia de Dios para caminar juntos y santificarse en su amor.

LA GRACIA DE DIOS EN CADA ETAPA DE NUESTRA VIDA

Si observamos los siete sacramentos, descubrimos algo hermoso: Dios quiere acompañarnos durante toda nuestra existencia.

En el Bautismo, nos recibe.

En la Confirmación, nos fortalece.

En la Eucaristía, nos alimenta.

En la Reconciliación, nos perdona.

En la Unción de los Enfermos, nos consuela y fortalece.

En el Orden Sacerdotal, llama y da gracia para servir a su pueblo.

En el Matrimonio, santifica el amor y la entrega de los esposos.

Los sacramentos nos recuerdan que la vida cristiana no consiste solamente en creer que Dios existe. Es permitir que Dios entre en nuestra historia y transforme nuestra vida con su gracia.

REFLEXIÓN

Pregúntate hoy: ¿valoro verdaderamente los sacramentos que he recibido? ¿Me acerco a ellos por costumbre o reconozco en ellos un encuentro con Cristo?

Tal vez fuimos bautizados siendo pequeños y otros decidieron por nosotros. Pero hoy podemos renovar personalmente aquel sí. Podemos volver a la Eucaristía, buscar la Reconciliación, fortalecer nuestro Matrimonio, acompañar cristianamente a nuestros enfermos y rezar por quienes han recibido el Orden Sacerdotal.

Los sacramentos son regalos de Dios para su pueblo. No los dejemos guardados como recuerdos de determinados momentos de nuestra vida; vivamos la gracia que hemos recibido.

ORACIÓN

Señor Jesús,

gracias por acompañarnos siempre

y regalarnos tu gracia en los sacramentos.

Fortalécenos con tu Espíritu,

aliméntanos con la Eucaristía,

perdónanos cuando caemos

y consuélanos en la enfermedad.

Bendice a nuestros sacerdotes y matrimonios

y ayúdanos a vivir siempre unidos a Ti. Amén.

“Cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios”. 1 Pedro 4,10

“En cada sacramento, Dios sale a nuestro encuentro y nos regala su gracia para acompañarnos en las distintas etapas de nuestra vida.”

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

viernes, 18 de septiembre de 2026

 RECONOCER A QUIEN NECESITA AYUDA Y SABER CÓMO ACOMPAÑARLO

Muchas personas necesitan ayuda, pero no siempre saben pedirla. Algunas ocultan su dolor detrás de una sonrisa; otras se aíslan, pierden la esperanza o atraviesan dificultades económicas en silencio. Por eso debemos aprender a mirar con atención, escuchar sin juzgar y acercarnos con respeto.

Podemos reconocer a quien necesita apoyo espiritual cuando se siente solo, angustiado, desanimado, confundido o alejado de Dios. Podemos ayudarlo escuchándolo, rezando con él, compartiendo una palabra de esperanza y, si lo desea, acercándolo a un sacerdote o a su comunidad de fe.

La necesidad material puede manifestarse en la falta de alimento, medicamentos, ropa, trabajo o recursos para atender una urgencia. En estos casos, debemos conocer primero su verdadera situación y ofrecer una ayuda concreta: alimentos, medicinas, una colaboración económica responsable o contacto con instituciones que puedan asistirlo.

Ayudar no significa únicamente dar dinero. También podemos ofrecer nuestro tiempo, acompañar a una consulta médica, enseñar un oficio, ayudar a encontrar trabajo o realizar una gestión. Siempre debemos hacerlo con discreción, sin humillar, sin publicar la necesidad ajena y sin esperar reconocimiento.

La verdadera caridad atiende el alma y también las necesidades del cuerpo. No basta decir: “Rezaré por ti”, cuando está en nuestras manos compartir el pan, brindar compañía o buscar una solución.

«Hijitos, no amemos con puras palabras y de labios para afuera, sino verdaderamente y con hechos» (1 Juan 3,18)

Oración

Señor Jesús, concédeme un corazón atento para reconocer a quien sufre en silencio. Enséñame a escuchar sin juzgar, a consolar con amor y a compartir generosamente lo que tengo. Dame sabiduría para ayudar de la manera correcta, respetando siempre la dignidad de cada persona. Que mis palabras lleven esperanza y mis acciones sean expresión verdadera de tu amor. Amén.

Reflexión

No siempre quien necesita ayuda lo expresa con palabras. A veces, una mirada triste, el silencio, el aislamiento o un cambio de conducta son señales de que una persona está sufriendo. Por eso, ayudar comienza por aprender a mirar con el corazón, escuchar con paciencia y acercarnos sin juzgar.

La ayuda puede ser espiritual: acompañar, consolar, rezar juntos y recordar que Dios no abandona. Pero también puede ser material: compartir alimentos, medicamentos, ropa, tiempo o colaborar para encontrar una solución. La fe verdadera se manifiesta en obras concretas.

No podemos resolver todos los problemas, pero sí podemos aliviar una carga. Quizás para nosotros sea un gesto pequeño, pero para quien atraviesa una dificultad puede significar esperanza, consuelo y la certeza de que no está solo.

«Hijitos, no amemos solamente con palabras, sino con obras y de verdad». 1 Juan 3,18

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

 ENSEÑA A TUS HIJOS A ORAR

Enséñales a orar desde pequeños. Aunque un día se alejen de Dios, cambien de rumbo o parezcan olvidar lo aprendido, en los momentos difíciles recordarán aquellas oraciones que sembraste en su corazón y sabrán cómo regresar al Padre.

La oración aprendida en la niñez es una semilla que puede permanecer escondida durante años, pero nunca muere. Cuando necesiten consuelo, esperanza o perdón, encontrarán nuevamente el camino hacia Dios.

Para que, cuando sus corazones estén rotos, acudan a Dios y no busquen refugio en los caminos equivocados del mundo.

No esperes a que llegue una dificultad para hablarles de Dios. Enséñales desde pequeños a agradecer, pedir perdón y confiar en el Señor. Reza con ellos antes de dormir, bendícelos al salir de casa y acompáñalos a la Santa Misa.

Llegará un momento en que no podrás evitarles una decepción, una pérdida, una traición o una caída. Tampoco podrás estar siempre a su lado. Pero si sembraste la oración en sus corazones, sabrán dónde encontrar consuelo, fortaleza y esperanza.

El mundo puede ofrecerles distracciones momentáneas, pero solamente Dios puede sanar profundamente sus heridas. No basta con decirles que recen: necesitan vernos orar, participar en la Santa Misa, rezar el Rosario en familia y asistir a algún grupo de oración. El ejemplo de unos padres que confían en Dios deja una huella profunda que acompañará a sus hijos durante toda la vida.

Aunque algún día se alejen o cambien de rumbo, recordarán lo que vieron y aprendieron en el hogar. En los momentos difíciles, aquella semilla de fe podrá ayudarlos a encontrar nuevamente el camino de regreso a Dios.

 “Inicia al joven según el camino que debe seguir; aun cuando sea viejo, no se apartará de él” Proverbios 22,6

Reflexión

La mejor herencia que podemos dejar a nuestros hijos no es solamente material. Es enseñarles que tienen un Padre celestial que nunca los abandona. Tal vez algún día se alejen o dejen de rezar, pero la semilla sembrada permanecerá en su corazón y, cuando más lo necesiten, podrán recordar el camino de regreso a Dios.

Oración

Señor, enséñame a conducir a mis hijos hacia ti.

Que mis palabras y mi ejemplo les enseñen a orar,

a confiar en tu amor y a buscarte en toda circunstancia.

Cuando sus corazones estén heridos,

abrázalos y no permitas que busquen consuelo

en aquello que pueda destruirlos.

Acompáñalos cuando yo no pueda estar a su lado

y recuérdales siempre que en ti

encontrarán refugio, fortaleza y paz. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

jueves, 17 de septiembre de 2026

 CUANDO QUIEREN DESTRUIR A UNA FAMILIA

La familia no siempre es atacada desde afuera. Muchas veces comienza a destruirse desde adentro: con una palabra hiriente, una mentira, una infidelidad, la falta de respeto, los resentimientos guardados o la divulgación de problemas privados.

El maligno sabe que una familia unida es fuerte; por eso busca sembrar desconfianza, división y odio. Se aprovecha de nuestras heridas y nos hace reaccionar con ira, acusaciones y deseos de venganza. Recordemos que Jesús nos advierte:

“El ladrón viene solamente a robar, matar y destruir. Yo en cambio, yo he venido para que tengan vida y sean colmados” (Juan 10,10).

Cuando un conflicto amenace nuestro hogar, no debemos echar más leña al fuego ni exponer públicamente a los nuestros. Es necesario detenernos, conversar con sinceridad, reconocer los errores, pedir perdón y buscar ayuda cuando ya no podamos resolverlo solos.

Defender a la familia no significa justificar la infidelidad, la violencia o el maltrato. Significa corregir con amor, proteger a quien está siendo dañado y buscar soluciones sin perder el respeto ni la dignidad. Si existe violencia, también es necesario acudir oportunamente a las autoridades y recibir orientación profesional.

No permitamos que el orgullo tenga la última palabra. Donde el maligno quiere sembrar división, sembremos oración; donde haya ofensas, pongamos perdón; donde exista mentira, defendamos la verdad; y donde haya heridas, llevemos el amor sanador de Dios.

Oración

Señor Jesús, protege a nuestras familias de todo aquello que quiera dividirlas. Danos serenidad para no actuar con ira, humildad para reconocer nuestros errores y valentía para corregir lo que hace daño. Sana nuestras heridas, aleja la violencia y enséñanos a dialogar, perdonar y reconstruir. Que en nuestro hogar triunfen siempre la verdad, el respeto y el amor. Amén.

“Tampoco una familia dividida, puede mantenerse” (Marcos 3,25)

Reflexión

Para destruir una familia no siempre se necesitan grandes conflictos. A veces todo comienza con una mentira, una infidelidad, una palabra ofensiva, la falta de diálogo o un resentimiento que nadie quiere sanar.

El maligno busca dividir: enfrenta a los esposos, distancia a los hijos, despierta sospechas y convierte los errores en armas para herirse. Pero una familia que reconoce sus faltas, dialoga con sinceridad, pide perdón y coloca a Dios en el centro puede levantarse nuevamente.

Defender a la familia no significa encubrir la violencia, la traición o el maltrato. Significa buscar la verdad, corregir con amor, proteger a quien sufre y procurar una solución sin destruir la dignidad de nadie.

Cuando alguien quiera sembrar división, no respondamos con más odio. Respondamos con prudencia, oración y firmeza. Donde quieran destruir, nosotros debemos reconstruir; donde quieran separar, debemos buscar la unidad; y donde exista una herida, debemos permitir que Dios comience a sanar.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

 LEVANTEMOS LAS DOS ALAS DE LA ORACIÓN

La oración necesita dos alas para elevarnos hacia Dios: el perdón y la generosidad. No basta con pronunciar hermosas palabras si nuestro corazón continúa cerrado al hermano.

La primera ala es perdonar a quien nos ha ofendido. Perdonar no significa justificar el daño ni olvidar inmediatamente lo sucedido. Significa entregar a Dios la herida, renunciar a la venganza y permitir que el Espíritu Santo vaya sanando nuestro corazón. Algunas ofensas son profundas y no se superan de un día para otro; por eso necesitamos pedir fortaleza para comenzar el camino del perdón.  

La segunda ala es dar y compartir con quien necesita. Podemos ofrecer nuestro tiempo, compañía, escucha, alimento, ropa, ayuda económica o una palabra de esperanza. A veces, compartir significa incluso sacar de nuestra boca un bocado para que otro también pueda alimentarse. Lo que entregamos con amor nunca se pierde, porque llega a las manos de Dios.

Dios se sirve de los seres humanos como instrumentos de su providencia. Cuando damos, permitimos que el milagro de Dios llegue a la vida de alguien. 

Tal vez una familia esté pidiendo alimento y el Señor quiera responderle por medio de nuestra generosidad. Quizá una persona esté rogando por consuelo y Dios quiera abrazarla mediante nuestras palabras y nuestra presencia.

"Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja "

Tu amiga 

Mirtha Villarroel de Rocha 

lunes, 14 de septiembre de 2026

 EL ROSARIO EN EL COMBATE ESPIRITUAL

Cuando empiezas a rezar el Rosario, muchas veces aparece algo que intenta detenerte: sientes sueño sin estar físicamente cansado, surgen pensamientos intrusos, suena el teléfono, llaman a la puerta o recuerdas de repente todo lo que tienes pendiente.

No toda interrupción proviene del maligno; algunas son situaciones normales de la vida. Sin embargo, cuando las distracciones buscan apartarte constantemente de la oración, pueden convertirse en un verdadero combate espiritual.

No abandones el Rosario. Tal vez ese Rosario que más te cuesta rezar sea precisamente el que más necesitas. Apaga el celular, busca un lugar tranquilo y, cada vez que te distraigas, vuelve con serenidad al misterio que estás contemplando. Dios no exige una oración perfecta, sino un corazón perseverante.

Si aprendes a reconocer las distracciones, también aprenderás a vencerlas. No luches con desesperación: combate con fe, paciencia y constancia, tomado de la mano de María.

“Sométanse, pues, a Dios; resistan al diablo y huirá de ustedes”. Santiago 4,7

No dejes el Rosario: perseverar en la oración ya es comenzar a vencer.

REFLEXIÓN

Las distracciones durante el Rosario no significan que nuestra oración no tenga valor. Cada vez que nuestra mente se aleja y volvemos con amor, estamos diciéndole nuevamente “sí” a Dios. Lo importante no es rezar sin ninguna dificultad, sino perseverar a pesar de ella.

El Rosario que rezamos con esfuerzo, sueño o preocupaciones puede convertirse en una hermosa ofrenda. María conoce nuestra fragilidad y nos acompaña para acercarnos a Jesús. No abandonemos la oración: en el combate espiritual, la perseverancia es una victoria.

ORACIÓN

Señor Jesús, cuando quiera rezar y las distracciones intenten apartarme de Ti, concédeme serenidad, fortaleza y perseverancia.

Aleja de mi mente los pensamientos que me inquietan y ayúdame a contemplar con fe los misterios de tu vida.

Virgen María, tómame de la mano, enséñame a rezar con amor y protégeme en todo combate espiritual. Que, aun en medio del cansancio y las interrupciones, nunca abandone el Santo Rosario. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

Próximo encuentro en Toque Espiritual

 

  EL CÁNCER NO DA TREGUA El cáncer no pregunta quién eres antes de llegar. No mira condición social ni económica, profesión, cargo polític...