el señor es mi pastos

nada me faltara

miércoles, 7 de octubre de 2026

¿Y QUÉ HACER CUANDO ALGUIEN PIENSA TOTALMENTE DIFERENTE?

Continúa del tema anterior

Esta experiencia también me dejó una enseñanza personal.

No siempre tenemos que responder inmediatamente a todo.

Cuando alguien está convencido de lo que piensa, una discusión difícilmente cambiará su corazón. Podemos explicar nuestra fe con serenidad, corregir respetuosamente una idea equivocada y dar testimonio de aquello que creemos, pero sin convertir la conversación en una batalla religiosa.

San Pedro nos aconseja:

“Estén siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza, pero háganlo con dulzura y respeto.”1 Pedro 3,15-16

Qué importante es ese final:

con dulzura y respeto.

Yo puedo estar profundamente convencida de mi fe católica y, al mismo tiempo, respetar a quien cree de manera diferente.

Respetar no significa renunciar a mis convicciones.

Significa aprender a decir:

“Yo creo esto, y puedo explicarte por qué lo creo, pero también quiero escucharte sin atacarte.”

REFLEXIÓN

Aquella conversación terminó dejándome más preguntas que respuestas.

Y quizá eso también fue bueno.

Porque me llevó a preguntarme:

¿Conozco verdaderamente mi fe o solamente repito lo que aprendí desde niña?

¿Voy a Misa por costumbre o comprendo lo que estoy celebrando?

¿Sé explicar por qué los católicos veneramos a María y a los santos?

¿Mi relación con Dios se refleja en mi manera de tratar y ayudar al prójimo?

¿Cuando alguien cuestiona mi fe reacciono discutiendo o doy razón de ella con serenidad y respeto?

Una conversación con alguien que piensa diferente puede incomodarnos.

Pero también puede convertirse en una oportunidad para volver a nuestras raíces y preguntarnos:

¿Sé realmente por qué creo lo que creo?

ORACIÓN

Señor Jesús:

Gracias por el don de la fe que recibí.

Ayúdame a no vivirla solamente por tradición o costumbre, sino a conocerla, comprenderla y hacerla vida.

Dame sabiduría para hablar de Ti sin imponer, valentía para defender aquello en lo que creo y humildad para escuchar a quien piensa diferente.

Que mi fe no se quede solamente en palabras, ritos o devociones.

Que pueda reconocerte en la Eucaristía, encontrarte en la oración y servirte también en el hermano que necesita de mí.

Y cuando alguien me pregunte por qué creo, ayúdame a responder con verdad, dulzura y respeto.

Jesús, confío en Ti. Amén.

Para llevar a la vida

Hoy te propongo algo muy concreto:

Elige una enseñanza de la fe católica que nunca hayas comprendido bien como la Eucaristía, María, los santos, el Papa, la confesión, las imágenes, el sacerdocio y dedica unos minutos a conocer qué enseña realmente la Iglesia sobre ella.

Porque muchas veces no abandonamos lo que conocemos profundamente; abandonamos aquello que nunca llegamos a comprender.

TOQUE ESPIRITUAL

Una palabra de fe para la vida cotidiana.

Este tema no busca juzgar a quien piensa o cree de manera diferente. Tampoco se trata de demostrar que el otro está equivocado. La invitación es a mirar primero nuestra propia fe y preguntarnos: ¿conocemos verdaderamente aquello que creemos?, ¿sabemos explicar por qué somos católicos? Porque para defender nuestra fe no necesitamos atacar la fe de los demás; necesitamos conocerla, vivirla y dar testimonio de ella con respeto y amor.

No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre. Mateo 7,21

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

  

martes, 6 de octubre de 2026

 CREO EN DIOS, PERO A MI MANERA

Por la amplitud y profundidad de este tema, lo compartiré en dos partes, para reflexionar con calma sobre cada aspecto de nuestra fe.

¿Podemos construir una fe solamente con aquello que nos gusta?

Hace unos días conocí por primera vez a una señora. Congeniamos rápidamente durante una mañana y, casi sin darnos cuenta, nuestra conversación llegó al tema de la fe.

Me contó que fue bautizada católica y que desde niña le enseñaron a ir a Misa, aunque muchas veces lo hacía por obligación. Hace casi cincuenta años vive en Estados Unidos y ha mantenido una particular rutina religiosa.

Los domingos va primero a la iglesia católica. Al salir, corre a una iglesia adventista, luego a una comunidad cristiana o a otras. Me decía que no le importa demasiado dónde va; lo importante para ella es cumplir esa rutina porque la hace sentir bien.

Mientras hablábamos comenzaron a aparecer diferencias más profundas.

Me dijo que de niña le enseñaron a creer en la Virgen María y en los santos que hacían milagros, pero que ahora ya no cree en ellos. Cuestionaba que los católicos, según ella, “adoramos imágenes de yeso”. Decía que no pide nada a la Virgen porque “Ella no es Dios”. Tampoco cree en el Papa, los obispos ni los sacerdotes. Prefiere al pastor y, cuando puede, va al Tabernáculo porque allí según me decía habla directamente con Dios.

Yo la escuchaba.

Por momentos quería responderle muchas cosas al mismo tiempo: pude explicarle que los católicos no adoramos a María ni a los santos, que la adoración corresponde solamente a Dios; que pedir la intercesión de María no significa convertirla en Dios; que la Misa no consiste simplemente en levantarse y sentarse; que cada gesto tiene un significado y que en el centro de la celebración está Cristo. Percibí que para ella no era importante aquello que yo le decía.

Pero comprendí algo.

Antes de seguir respondiendo a todas sus afirmaciones, necesitaba escuchar qué había detrás de ellas.

Cuando la fe se convierte en “yo elijo”

Nuestra conversación me dejó pensando.

Vivimos en un tiempo en el que también podemos caer en una especie de fe hecha a nuestra medida:

Esto lo creo. Esto no lo creo. Esto me gusta. Esto lo rechazo.

Aquí me siento bien, entonces voy. Aquello no me agrada, entonces lo abandono.

Pero la fe cristiana no puede reducirse solamente a buscar el lugar donde emocionalmente nos sentimos mejor.

Sentirse bien es importante, pero la fe también nos forma, nos cuestiona, nos enseña, nos corrige y nos compromete.

¿Por qué soy católica?

Quizá la pregunta no debería ser solamente:

¿A qué iglesia voy?

Sino:

¿Sé realmente en qué creo y por qué lo creo?

Muchas personas fueron bautizadas de pequeñas, hicieron la Primera Comunión, recibieron la Confirmación y asistieron durante años a Misa, pero nunca llegaron a conocer profundamente su fe.

Y cuando alguien les pregunta:

¿Por qué veneran a María?

¿Por qué tienen imágenes?

¿Por qué necesitan sacerdotes?

¿Por qué existe el Papa?

¿Qué sucede realmente durante la Misa?

quizá no saben qué responder.

Entonces comprendemos que no basta haber recibido la fe; también necesitamos conocerla, madurarla y vivirla.

La misa no es solo sentarse y levantarse

Cuando alguien observa la Misa desde fuera puede ver personas que se sientan, se levantan, se arrodillan y responden determinadas palabras.

Pero si comprendemos lo que celebramos, descubrimos mucho más.

Escuchamos la Palabra de Dios.

Pedimos perdón.

Profesamos nuestra fe.

Oramos unos por otros.

Damos gracias.

Celebramos la Eucaristía.

Y somos enviados nuevamente al mundo.

Porque la Misa no debería terminar cuando salimos del templo.

La verdadera pregunta comienza afuera: ¿cómo voy a vivir aquello que acabo de celebrar?

La fe también se ve en las obras

Durante aquella conversación pensé también en algo que apenas apareció: el prójimo.

Podemos hablar durante horas sobre iglesias, pastores, sacerdotes, doctrinas, imágenes y formas de oración, pero Jesús nos dejó un criterio muy concreto:

“Tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; fui forastero y me recibieron. “Mateo 25,35

La fe no puede quedarse solamente dentro de un templo.

Tiene que llegar al enfermo, al pobre, al anciano, al que está solo, al que necesita ser escuchado, al que necesita nuestro perdón.

La fe que celebramos debe convertirse en la fe que vivimos.

 San Pedro nos aconseja:

“Estén siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza, pero háganlo con dulzura y respeto.”1 Pedro 3,15-16

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 


lunes, 5 de octubre de 2026

 89 AÑOS CULTIVANDO LA VIÑA QUE DIOS LE CONFIÓ

El 3 de octubre mi esposo cumplió 89 años. Nunca quiso festejar su cumpleaños porque, desde niño, aprendió que primero estaban el esfuerzo y la lucha por el sustento diario. Aquellos años seguramente forjaron en él la disciplina, la responsabilidad y el sacrificio que han marcado toda su vida.

Este año quisimos cambiar la historia y celebrar con pocos amigos que aún le quedan, tampoco fue la excepción y como todos los años, celebramos en familia su cumpleaños. Al verlo llegar a sus 89 años, conservando su lucidez, sus principios y su fe, comprendí cuánto Dios ha sido misericordioso con él.

Y al mirar el camino recorrido, pensé que su vida podía compararse con aquella viña de la que nos habla Jesús en Mateo 21,33-46: una vida recibida de Dios, cultivada a través de los años y llamada a producir buenos frutos.

La viña también es nuestra vida

Dios entrega a cada persona una viña para cultivar. La viña es nuestra propia vida. La viña es el matrimonio. La viña son los hijos. La viña es la familia. La viña es el trabajo. La viña es nuestra fe. La viña son los años y oportunidades que Dios pone en nuestras manos.

Y cuando contemplo la vida de mi esposo, puedo reconocer los frutos de esa viña.

Como esposo, ha permanecido fiel al compromiso que asumimos ante Dios y que ya lleva 50 años de matrimonio.

Como padre, ha procurado conducir a su familia desde el ejemplo, la responsabilidad y sus convicciones.

Como hijo, siempre fue agradecido y profundamente reconocido con su madre, sin olvidar sus sacrificios ni sus enseñanzas.

Como militar, hizo de la disciplina, el cumplimiento del deber y el respeto una forma de vida que conservó incluso después de su jubilación.

Como hombre de fe, ha mantenido sus principios religiosos y el compromiso asumido con Dios y con su familia.

Su vida no necesitó grandes discursos, no necesitó ser una eminencia ni hablar muy fuerte, lo caracterizó su honestidad y sencillez. Sus frutos fueron apareciendo en la manera de vivir.

Porque la verdadera fe debe transformarse en frutos concretos: amor, paciencia, perdón, generosidad, justicia, misericordia, servicio, reconciliación, solidaridad y fidelidad a Dios.

Los años también son frutos

Cumplir 89 años no significa solamente haber acumulado muchos calendarios.

Significa mirar hacia atrás y descubrir qué hicimos con el tiempo que Dios nos regaló.

¿Qué familia construimos? ¿Qué principios dejamos? ¿A quién servimos? ¿Qué ejemplo dimos? ¿Qué hicimos con nuestra fe?

Después de tantos años compartidos puedo decir que Dios le confió una viña y él procuró cultivarla desde el lugar que le correspondió: como hijo, esposo, padre, militar, trabajador, creyente y hombre cabeza de familia.

Seguramente hubo dificultades, errores, preocupaciones y momentos duros, porque ninguna vida humana es perfecta. “Después de 89 años, lo importante no son solamente las dificultades superadas, sino los frutos de amor, fe, fidelidad y ejemplo que ha dejado a lo largo de su vida.”

Hoy esos frutos están delante de nosotros: su familia, sus tres hijos, seis nietos, nuestros 50 años de matrimonio, sus principios, su disciplina, su respeto y una fe que ha permanecido a través del tiempo.

Por eso, aquel cumpleaños que durante tantos años no quiso celebrar adquirió para mí un significado diferente.

No celebramos solamente que cumplió 89 años.

Celebramos que Dios estuvo presente en cada etapa de esos 89 años.

Celebramos al niño que conoció las privaciones, al joven que aprendió a luchar solo por ser algo en la vida, al militar que hizo de la disciplina parte de su existencia, al hijo agradecido, al esposo fiel, al padre responsable y al hombre que hoy puede mirar hacia atrás contemplando la viña que Dios puso en sus manos.

Y mientras Dios continúe regalándole días, todavía queda viña por cultivar.

PARA REFLEXIONAR

Algún día todos tendremos que mirar nuestra propia viña y preguntarnos:

Señor, ¿qué hice con la vida que me confiaste?

Porque lo verdaderamente importante no será solamente cuántos años vivimos, sino cuánto amamos, cuánto servimos y qué frutos dejamos en quienes caminaron a nuestro lado.

ORACIÓN

Señor, gracias por los 89 años de vida de mi esposo, por aquel niño que no conocí y por haberlo acompañado en unión conyugal hasta hoy como esposo, padre y abuelo.

Gracias por nuestra familia, por nuestros 50 años de matrimonio, por las pruebas superadas, su fe y los principios que han guiado su vida.

Bendice los años que quieras regalarle todavía. Concédele salud, serenidad y la alegría de contemplar los frutos de la viña que durante tantos años ha cultivado.

TOQUE ESPIRITUAL

La vida es la viña que Dios puso en nuestras manos. Nuestros frutos dirán cómo la cultivamos.

Dejo esta frase que resume muy bien todo el homenaje para mi esposo:

“Una viña no se juzga solamente por las tormentas que soportó, sino también por los frutos que finalmente produjo.”

“Por sus frutos los conocerán.” Mateo 7, 16

En la vida de mi esposo, esos frutos están ahí: 50 años de matrimonio, una familia, hijos, nietos, fidelidad, disciplina, servicio, respeto y fe. Y quizá este cumpleaños que él nunca acostumbró festejar tenía que llegar precisamente ahora para que nosotros pudiéramos decirle en vida:

 “Gracias esposo mío por la viña que cultivaste para nosotros con la bendición de Dios.”

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu esposa

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

domingo, 4 de octubre de 2026

 LA VIÑA DEL SEÑOR Y LOS FRUTOS DE NUESTRA VIDA

En el Evangelio de Mateo 21,33-46, Jesús cuenta la parábola de un propietario que plantó una viña, la cercó, preparó todo lo necesario, la confió a unos viñadores y se marchó. Cuando llegó el tiempo de recoger los frutos, envió a sus servidores, pero aquellos hombres los rechazaron, maltrataron y hasta mataron. Finalmente envió a su propio hijo, pensando que lo respetarían, pero también lo mataron.

Esta parábola nos invita a mirar nuestra propia vida.

La viña también es nuestra vida

La viña también es nuestra vida

Dios nos ha confiado una viña: nuestra vida, familia, hijos, trabajo, comunidad y los dones que hemos recibido.

Nos ha dado tiempo para amar, oportunidades para servir y una fe que debemos hacer crecer.

Por eso debemos preguntarnos:

¿Qué frutos estoy dando con todo lo que Dios puso en mis manos?

Dios busca frutos

El dueño de la viña no regresó buscando solamente hojas bonitas. Buscó frutos.

También nuestra vida cristiana necesita dar frutos.

No basta decir: “Yo creo en Dios”.

No basta rezar si después somos incapaces de perdonar.

No basta asistir a Misa si ignoramos al hermano que necesita ayuda.

No basta conocer el Evangelio si no intentamos vivirlo.

La fe verdadera debe transformarse en frutos concretos:

amor, perdón, paciencia, generosidad, justicia, misericordia, servicio, reconciliación, solidaridad y fidelidad a Dios.

Hay personas que quizá nunca leerán la Biblia, pero podrán conocer algo del amor de Dios por la manera en que nosotros vivimos.

¿Qué estamos haciendo con la viña?

Dios nos ha confiado la vida, el tiempo, los bienes y nuestras capacidades. No somos dueños absolutos, sino administradores de los dones recibidos.

Por eso debemos preguntarnos:

¿Qué hice con mis años? ¿A quién ayudé, consolé o perdoné? ¿Qué hice por mi familia, por mi Iglesia y por quien me necesitó?

No hacen falta grandes obras para dar frutos: una llamada a quien está solo, visitar a un enfermo, compartir con quien necesita, ofrecer una palabra de esperanza, una oración o una reconciliación pendiente.

Esos pequeños actos de amor también son frutos de la viña del Señor.

REFLEXIÓN

Algún día el Señor vendrá a buscar los frutos de nuestra viña.

No nos preguntará solamente cuánto tuvimos, cuánto acumulamos o cuántos reconocimientos recibimos.

La pregunta fundamental será:

¿Qué hiciste con lo que puse en tus manos?

Por eso, mientras podamos caminar, hablar, rezar, enseñar, acompañar o simplemente ofrecer nuestro sufrimiento, todavía podemos dar frutos.

Que al terminar nuestra jornada podamos presentar nuestras manos ante Dios y decir:

“Señor, la viña era tuya. Tú me la confiaste. No fui perfecto, cometí errores y muchas veces pude hacer más, pero aquí están los frutos que pude darte.”

ORACIÓN

Gracias por la viña de mi vida,

por mi familia y por todo lo que has puesto en mis manos.

Perdóname por las veces que no supe dar buenos frutos.

Ayúdame a sembrar amor, perdón, solidaridad y servicio.

Que mientras tenga vida pueda seguir trabajando para Ti

y dando frutos que te agraden.

 Aquí estoy, Señor.

Todavía puedes contar conmigo.

Amén.

“El Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.” Mateo 21,43

Para recordar: Dios nos confía la viña de nuestra vida y espera que demos frutos de amor, fe, perdón, servicio y solidaridad.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TOQUE ESPIRITUAL

sábado, 3 de octubre de 2026

 NUESTRO ÁNGEL CUSTODIO

Dios ha puesto un ángel a tu lado

Desde el comienzo de nuestra vida, Dios no nos abandona. En su amor providente nos confía al cuidado de un Ángel Custodio, también llamado Ángel de la Guarda.

No podemos verlo con nuestros ojos, pero la fe nos enseña que los ángeles son criaturas espirituales al servicio de Dios. Nuestro Ángel Custodio tiene una misión muy especial: acompañarnos, protegernos, orientarnos hacia el bien y ayudarnos en nuestro camino hacia Dios.

¿Cómo nos protege nuestro ángel custodio?

Su protección puede manifestarse de muchas maneras. No debemos imaginar necesariamente intervenciones extraordinarias. Muchas veces Dios actúa discretamente y nosotros ni siquiera llegamos a saber de cuántos peligros pudimos haber sido preservados.

Nos protege en los peligros de la vida cotidiana

Cuando salimos de casa, viajamos, conducimos un vehículo, caminamos por lugares peligrosos, realizamos un trabajo difícil o atravesamos alguna situación de riesgo, podemos pedir la protección de nuestro Ángel Custodio.

Por eso es hermoso acostumbrarnos a decir antes de salir:

“Ángel de mi guarda, acompáñame en este camino y llévame con bien.”

“Sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi Padre del cielo.” Mateo 18,10

Esta oración mi abuelita me la enseñó cuando tenía cinco años, la enseñé a mis tres hijos y a mis nietos.

ORACIÓN A MI ÁNGEL CUSTODIO

Ángel de mi guarda,

Dulce compañía

No me desampares ni de noche ni de día.

Hasta que descanse en los brazos

De Jesús José y María. AMÉN

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

 

 

viernes, 2 de octubre de 2026

 SAN JOSÉ DORMIDO: UNA HERMOSA DEVOCIÓN

PON TU PREOCUPACIÓN EN SUS MANOS

¿Hay algo que te preocupa y no sabes cómo resolver? ¿Una necesidad familiar, una enfermedad, un problema económico, un hijo que necesita ayuda, una dificultad en tu matrimonio o una situación que parece no tener salida?

Escríbele una carta a San José Dormido.

Consiste en escribir nuestras preocupaciones y colocarlas junto a una imagen de San José Dormido, pidiendo su intercesión.

Puedes escribir aquello que hoy pesa en tu corazón:

Tu familia. Tus hijos. Tu matrimonio. Tu enfermedad. Tus problemas económicos. Tu falta de trabajo. Una decisión que debo tomar. Aquello que no me deja dormir.

Cuéntale con sencillez aquello que llevas en el corazón. No necesitas palabras bonitas: escribe como si estuvieras hablando con un padre bueno y silencioso.

Puedes comenzar así:

“Querido San José: hoy vengo a dejar en tus manos esta necesidad que tanto me preocupa…”

Después escribe concretamente tu petición y termina diciendo:

“San José, tú que supiste escuchar a Dios incluso mientras dormías, presenta mi necesidad ante Jesús. Ayúdame a confiar, a esperar y a aceptar la voluntad de Dios. Tú sabes hacer posible lo que a nuestros ojos parece imposible. Amén.”

Dobla tu carta y colócala en la cajita de San José o debajo de la imagen de San José Dormido. Después, no te quedes solamente en pedir: acompaña tu petición con oración y una vida más cerca de Dios.

Si puedes, ofrece una Santa Misa por tu intención y acércate más que todo a hacer una buena confesión. También puedes rezar el Santo Rosario de San José, una novena a San José, la Treintena de San José u otra devoción aprobada que te ayude a perseverar en la oración.

Y cuando Dios te permita hacerlo, transforma también tu petición en caridad: prepara una ayuda, alimentos o una pequeña canasta para una o dos familias necesitadas. inclusive piensa en los recolectores de basura que madrugan para dejar limpia nuestra ciudad. Haz una canasta para ellos. Te cuento que yo tomo la mañanita para hacerles entrega de una y no te imaginas la felicidad con la que reciben. Hazlo tú también.  Que aquello que pediste de rodillas se convierta también en amor hacia el prójimo.

REFLEXIÓN DE TOQUE ESPIRITUAL

Tal vez esta noche tengas un problema que no puedes solucionar.

Has pensado demasiado. Has buscado respuestas. Has preguntado muchas veces:

“Señor, ¿qué hago?”

Mira a San José Dormido.

Haz lo que esté en tus manos y aquello que ya no puedas resolver, entrégaselo a Dios.

Descansa.

Pero mañana, cuando despiertes, no olvides preguntarte:

“¿Qué puedo hacer hoy para comenzar a solucionar aquello por lo que anoche recé?”

Porque la verdadera confianza en Dios no nos vuelve indiferentes.

Oramos como San José.

Confiamos como San José.

Descansamos como San José.

Pero también nos levantamos y actuamos como San José.

ORACIÓN A SAN JOSÉ DORMIDO

San José, hombre del silencio y la confianza,

esta noche pongo bajo tu cuidado

todo lo que preocupa mi corazón.

Intercede por mi familia, por mis hijos

y por aquello que no puedo resolver.

Enséñame a confiar en Dios,

a escuchar su voz y cumplir su voluntad.

 Mientras descanso,

presenta mis preocupaciones ante Jesús

y dame fuerzas para comenzar un nuevo día.

San José, custodio de Jesús y de María,

ruega por nosotros. Amén.

¡SAN JOSÉ, TÚ SABES HACER POSIBLE LO QUE PARECE IMPOSIBLE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

jueves, 1 de octubre de 2026

 LOS CUATRO SUEÑOS DE SAN JOSÉ DORMIDO

Cuando Dios habla en el silencio

Hay noches en las que el cuerpo quiere descansar, pero la mente no puede detenerse. Pensamos en los hijos que no consiguen trabajo, la familia, un matrimonio separado, una enfermedad, una deuda, una decisión difícil o un problema que parece no tener solución.

¿Qué hacer cuando no sabemos qué camino tomar?

San José también conoció la preocupación, la incertidumbre y el miedo. Tuvo que tomar decisiones que podían cambiar completamente su vida y la vida de su familia. Sin embargo, hay algo maravilloso en su historia: en los momentos más difíciles, José supo guardar silencio, escuchar a Dios y confiar.

El Evangelio de San Mateo nos presenta cuatro sueños de San José. En cada uno, Dios le muestra un camino; pero José no se queda simplemente contemplando lo que ha escuchado. Despierta, se levanta y actúa.

Por eso, desde TOQUE ESPIRITUAL, hoy queremos acercarnos a San José Dormido no solamente para pedirle que interceda por nuestras preocupaciones, sino también para aprender de él.

Porque San José nos enseña algo profundamente necesario para nuestra vida:

Hay momentos para orar.

Hay momentos para guardar silencio.

Hay momentos para descansar en Dios.

Y hay momentos para levantarnos y actuar.

PRIMER SUEÑO: NO TENGAS MIEDO

 

José descubre que María espera un hijo y no comprende lo que está sucediendo. Su corazón debió llenarse de preguntas. Entonces, mientras duerme, el ángel del Señor le dice:

“José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa”.Mateo 1,20-24

Dios le revela que el niño viene del Espíritu Santo y que deberá ponerle por nombre Jesús.

José despierta y hace lo que Dios le ha pedido.

¿Qué nos enseña?

También nosotros atravesamos situaciones que no comprendemos. Queremos respuestas inmediatas, pero Dios nos invita primero a confiar.

Cuando no entiendas el camino, no tengas miedo. Dios puede estar obrando donde tú todavía no puedes verlo.

SEGUNDO SUEÑO: LEVÁNTATE Y PROTEGE

 Después de la visita de los Magos, el ángel del Señor aparece nuevamente en sueños y le dice:

“Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto”.Mateo 2,13-15

 Herodes quería matar al Niño Jesús.

José no demora. Se levanta, toma a María y al Niño y parte hacia Egipto.

¿Qué nos enseña?

La fe no consiste solamente en rezar. También exige actuar cuando alguien necesita nuestra protección.

José nos enseña que amar significa cuidar, acompañar, proteger y, cuando sea necesario, renunciar a nuestra comodidad por aquellos que Dios ha puesto a nuestro lado.

TERCER SUEÑO: ES HORA DE REGRESAR

 Mateo 2,19-21

Después de la muerte de Herodes, el ángel vuelve a aparecer a José en Egipto:

“Levántate, toma al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel”.Mateo 2,19-21

Había llegado el momento de dejar el refugio y comenzar nuevamente.

¿Qué nos enseña?

Hay momentos para salir y momentos para regresar. Hay puertas que Dios permite que se cierren y otras que se abren cuando llega el momento oportuno.

 Cuando Dios te muestre un nuevo camino, no tengas miedo de levantarte y comenzar nuevamente.

CUARTO SUEÑO: CAMBIA DE CAMINO

 

Cuando José regresa, se entera de que Arquelao reina en Judea. Advertido nuevamente en sueños, se dirige hacia Galilea y establece a su familia en Nazaret.

José tenía un camino pensado, pero tuvo que cambiarlo.Mateo 2,22-23

¿Qué nos enseña?

No siempre nuestros planes salen como imaginábamos.

A veces una puerta cerrada, una dificultad inesperada o un cambio de circunstancias nos obliga a tomar otra dirección.

Cambiar de camino no siempre significa haber fracasado. A veces significa haber sabido escuchar.

LOS CUATRO SUEÑOS Y NUESTRA VIDA

En los cuatro sueños encontramos una misma secuencia:

Dios habla.

José escucha.

José confía.

José se levanta.

José actúa.

 Dios nunca le mostró todo lo que sucedería después. Le indicó lo necesario para dar el siguiente paso.

Quizá nosotros también queremos que Dios nos explique toda nuestra vida cuando solamente necesitamos preguntarle:

“Señor, ¿qué quieres que haga hoy?”

¡SAN JOSÉ, TÚ SABES HACER POSIBLE LO QUE PARECE IMPOSIBLE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 Seguiremos conociendo a San José Dormido


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