domingo, 18 de octubre de 2026

LAS OBRAS DE MISERICORDIA: NUESTRO PASAPORTE PARA EL CIELO

 FUNDACIÓN CENDINI-CENTINELAS DEL DIVINO NIÑO Y VOLUNTARIADO "ROSA MÍSTICA"

Una sola misión: oración, solidaridad y acción. ¡unidos para servir!

¡Qué alegría, qué privilegio y qué bendición es poder practicar las obras de misericordia!

Dentro de nuestras actividades solidarias ya programada, realizamos una de ellas, y quiero compartir con ustedes lo que vivimos y palpamos en esa jornada, la misericordia extendida de nuestro Divino Niño. Él, tenía preparado otros caminos. Lo que comenzó como una sola actividad se convirtió en tres hermosas oportunidades para servir simultáneamente:

Primero, compartir alimentos con un centenar de personas indigentes; segundo, llevar una cena, chocolate, pan dulce y karpil, al hospital para los familiares que acompañan con amor y sacrificio a sus seres queridos enfermos; y tercero, brindar ayuda económica a una madre que atraviesa la etapa terminal de un cáncer de mama.

¡Esos son los brazos abiertos de nuestro Divino Niño! Brazos que se extienden hacia quienes sufren, que abrazan al necesitado y que nos invitan a ser instrumentos de su amor y misericordia.

Dios pone personas y situaciones en nuestro camino. A veces pensamos que vamos a realizar una pequeña obra, pero Él nos muestra que siempre podemos hacer un poquito más.

Las obras de misericordia son como nuestro pasaporte para el cielo, porque nos enseñan a reconocer a Jesús en el rostro del pobre, del enfermo, del que tiene hambre y del que necesita consuelo.

No hace falta tener mucho para ayudar. Lo importante es compartir con amor lo que tenemos. Y qué hermoso es descubrir que cuando damos, también recibimos: paz, alegría y la bendición de sentirnos útiles en la viña del Señor.

“Lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicieron” Mateo 25,40

Agradecimiento

A todos los Centinelas del "Divino Niño" y al Voluntariado "Rosa Mística" contra el cáncer de mama, gracias por hacer posible estas tres obras de misericordia. Cada aporte, por pequeño que parezca, se convierte en alimento, alivio, esperanza y amor para alguien que lo necesita.

¡No dejemos pasar las oportunidades de hacer el bien! Porque las manos que sirven al prójimo son también los brazos abiertos del Divino Niño.

ORACIÓN

Divino Niño Jesús, gracias por abrirnos caminos para servirte en nuestros hermanos. Danos un corazón generoso, manos dispuestas a ayudar y la alegría de compartir sin esperar recompensa. Que nunca nos cansemos de hacer el bien. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

sábado, 17 de octubre de 2026

SOMOS HEREDEROS DE DIOS: UNA HERENCIA QUE SE ALIMENTA CON SU PALABRA

 Por el bautismo hemos recibido una herencia maravillosa: la fe y la promesa de la vida eterna. Somos hijos de Dios, llamados a vivir para alabanza de su gloria.

“En Cristo hemos sido constituidos herederos, destinados a ser alabanza de su gloria”. (Cf. Efesios 1,11-12).

Cada día, especialmente en la Santa Misa, Dios nos habla a través de su Palabra. El Evangelio no es una simple lectura: es fuerza que alimenta nuestra alma, fortalece nuestra fe y transforma nuestra vida.

Hemos sido marcados con el sello del Espíritu Santo, garantía de nuestra herencia celestial (Efesios 1,13-14). Cuanto más escuchamos la Palabra y la ponemos en práctica, más crecemos espiritualmente y aprendemos a vivir como verdaderos hijos de Dios.

Hemos recibido una herencia que no se compra con dinero

Cuando hablamos de una herencia, generalmente pensamos en bienes materiales, propiedades o riquezas que nuestros padres nos dejan. Pero existe una herencia mucho más grande: la herencia de la fe y de la vida eterna que Dios nos promete en Jesucristo.

Por el bautismo hemos sido incorporados a la familia de Dios. No somos extraños ni visitantes en su casa. ¡Somos sus hijos y herederos!

La importancia de escuchar diariamente la palabra de dios

Escuchar diariamente la Palabra de Dios alimenta nuestra alma, fortalece nuestra fe y nos enseña a vivir como verdaderos cristianos. Pero no basta con escucharla: debemos practicarla y transmitirla con amor a nuestros hijos, nietos y a quienes nos rodean. La fe es una herencia que recibimos y tenemos la responsabilidad de compartir.

Porque no basta con escuchar la Palabra de Dios; debemos llevarla al corazón y convertirla en obras en nuestra vida diaria.

Cada día Dios tiene algo que decirnos, pero ¿estamos dispuestos a escucharlo?

Cuanto más escuchamos la Palabra con fe y la ponemos en práctica, más crecemos en nuestra relación con Dios y aprendemos a vivir como verdaderos herederos de su Reino.

REFLEXIÓN

¿Escuchamos la Palabra de Dios solamente en la iglesia o permitimos que transforme nuestra vida diaria?

La fe es una herencia que debemos cuidar, practicar y transmitir a nuestros hijos y nietos.

ORACIÓN

Señor, gracias por hacerme heredera de tu Reino. Ayúdame a escuchar, vivir y compartir tu Palabra. Que el Espíritu Santo guíe mi vida para gloria tuya. Amén.

La fe es una herencia que crece y da frutos cuando la compartimos.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

viernes, 16 de octubre de 2026

LA VERDADERA FE NO SE APAGA ANTE LA ENFERMEDAD NI ANTE LA MUERTE

El papa León XIV, su enfermedad y la esperanza cristiana en medio del sufrimiento.

Hay momentos en la vida en que una noticia nos conmueve profundamente y nos recuerda que nadie está libre de la enfermedad, del dolor ni de la fragilidad humana.

Hoy esa realidad alcanza también al Santo Padre, el papa León XIV.

Quien tiene la misión de acompañar espiritualmente a millones de personas necesita ahora nuestras oraciones, nuestro cariño y nuestra cercanía.

Porque detrás de la vestidura blanca, de la responsabilidad de conducir la Iglesia y de su misión como sucesor de Pedro, hay también un ser humano que puede enfermar, sentir preocupación y necesitar cuidados.

Y esta circunstancia nos invita a reflexionar sobre una verdad que muchas veces olvidamos: tener fe no significa estar libres de sufrimientos, sino aprender a enfrentarlos confiando en Dios.

¿Qué sabemos de la salud del Santo Padre?

Información actualizada al 15 de octubre de 2026

El papa León XIV, de 71 años, fue intervenido quirúrgicamente el 13 de octubre en el Policlínico Gemelli de Roma, después de que los médicos detectaran un nódulo pulmonar durante unos controles de rutina.

Los estudios confirmaron un adenocarcinoma pulmonar, un tipo de cáncer. Durante la operación se extirpó el lóbulo inferior del pulmón derecho. La intervención duró aproximadamente noventa minutos y concluyó sin complicaciones, según los informes difundidos por el Vaticano. (Fuente: Vatican News, Sala de Prensa de la Santa Sede, comunicados del 13, 14 y 15 de octubre de 2026. Información médica actualizada al 15 de octubre de 2026).

El comunicado del 15 de octubre señala que el Papa pasó bien la noche, pudo levantarse y desayunar. Los exámenes realizados después de la cirugía mostraron una evolución normal. También comenzó su fisioterapia respiratoria y pudo concelebrar la Santa Misa en el hospital.

Son noticias alentadoras, aunque todavía se esperan resultados médicos adicionales para conocer mejor el alcance de la enfermedad y determinar si necesitará otros tratamientos.

Hoy podemos dar gracias a Dios por su recuperación inicial y continuar rezando por su salud, sin adelantarnos a lo que todavía corresponde determinar a los médicos.

La enfermedad no distingue entre personas

La enfermedad puede llegar a cualquier hogar. No pregunta nuestra edad, nuestra posición social, nuestras responsabilidades ni cuánto hemos servido a Dios.

Puede llegar a un padre de familia, a una madre, a un sacerdote y también en este caso al Santo Padre.

Quienes alguna vez hemos recibido un diagnóstico difícil sabemos que, en esos momentos, la vida parece detenerse. Surgen preguntas, temores e incertidumbres.

¿Qué sucederá mañana? ¿Podré recuperarme? ¿Qué será de las personas que amo?

Y es precisamente allí donde nuestra fe es puesta a prueba.

Creer en Dios no significa que nunca tendremos miedo. Significa que, aun teniendo miedo, podemos poner nuestra vida en sus manos.

¿Por qué Dios permite que enfermemos?

Es una pregunta que muchas personas se hacen, especialmente cuando la enfermedad llega inesperadamente.

Jesús nunca prometió una vida sin sufrimiento. Él mismo experimentó el dolor, la angustia y la muerte en la cruz.

Pero nos dejó una esperanza: el sufrimiento no tiene la última palabra.

La enfermedad no debe interpretarse automáticamente como un castigo de Dios ni como consecuencia de una fe insuficiente.

Cuando estamos enfermos necesitamos atención médica, cariño, comprensión, oración y esperanza.

Y cuando rezamos por la salud de alguien, no estamos sustituyendo a los médicos. Estamos pidiendo a Dios que acompañe al enfermo, ilumine a quienes lo atienden y le conceda fortaleza.

La verdadera fe no se apaga ante la enfermedad o ante la muerte

Esta es una de las enseñanzas más hermosas del cristianismo.

Todos sabemos que nuestra vida terrenal tiene un final. Sin embargo, muchas veces vivimos como si ese momento nunca fuera a llegar.

La enfermedad nos recuerda nuestra fragilidad, pero también puede ayudarnos a valorar lo verdaderamente importante: la familia, el perdón, el amor, la reconciliación y nuestra relación con Dios.

Jesús nos dice:

“Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Juan 11,25).

Nuestra esperanza cristiana no consiste en pensar que nunca moriremos, sino en confiar en que la muerte no es el final de nuestra existencia.

La fe no elimina necesariamente el sufrimiento, pero nos ayuda a vivirlo con esperanza. Y ante la muerte, nos recuerda la promesa de la vida eterna.

¿Qué nos enseña hoy la enfermedad del Papa?

Nos recuerda que incluso quien dedica su vida al servicio de Dios necesita ser acompañado.

El Papa ha rezado por los enfermos, los ancianos, las familias y tantas personas que sufren. Hoy somos nosotros quienes podemos acompañarlo con nuestras oraciones.

También nos invita a mirar a nuestro alrededor.

Quizás tenemos un familiar enfermo que espera una visita, una persona mayor que necesita compañía o alguien que enfrenta silenciosamente un diagnóstico difícil.

No basta con decir que rezamos por los enfermos. Nuestra fe también debe convertirse en una llamada, una visita, una palabra de consuelo o una ayuda concreta.

La enfermedad del Santo Padre puede ser una oportunidad para recordar a todos aquellos que sufren en hospitales, hogares y lugares donde muchas veces nadie los visita.

REFLEXIÓN PERSONAL

Hoy, al conocer las noticias sobre la salud del Santo Padre, quiero preguntarme:

¿Estoy preparada espiritualmente para enfrentar una enfermedad? O en mi caso ¿otra?

¿He aprendido a confiar en Dios cuando las cosas no suceden como espero?

¿Acompaño verdaderamente a quienes sufren o solamente digo que rezaré por ellos?

¿Estoy aprovechando los años que Dios me concede para amar, perdonar y hacer el bien?

No necesitamos esperar una enfermedad para cambiar nuestra manera de vivir.

Cada nuevo amanecer es una oportunidad para reconciliarnos, agradecer y acercarnos más a Dios.

La vida es un regalo, la salud es un bien precioso y la fe es esa luz que puede seguir encendida aun en los momentos más oscuros.

ORACIÓN POR LA SALUD DEL SANTO PADRE

Señor Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, hoy ponemos en tus manos al papa León XIV.

Tú conoces su enfermedad, sus preocupaciones y el camino de recuperación que debe recorrer.

Bendice a los médicos que lo atienden, fortalece su organismo y concédele una recuperación favorable.

Dale serenidad en los momentos de incertidumbre, paciencia durante su tratamiento y fortaleza para continuar su misión.

Te pedimos también por todos los enfermos del mundo, especialmente por quienes enfrentan el cáncer, por quienes esperan una operación y por aquellos que sufren en soledad.

Que nunca les falten tu presencia, el amor de sus familias y la esperanza de tu misericordia.

Señor, en la salud y en la enfermedad, en la vida y ante la muerte, enséñanos a confiar siempre en Ti. Amén.

TOQUE ESPIRITUAL

La verdadera fe no consiste en creer que nunca enfermaremos o moriremos, sino en saber que, pase lo que pase, Dios no nos abandona.

“El Señor es mi pastor, nada me falta” (Salmo 23,1).

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

jueves, 15 de octubre de 2026

¿SOY REALMENTE EL CRISTIANO QUE DIGO SER?

Una mirada sincera a nuestra propia fe.

Hoy quiero compartir una reflexión que nace de una pregunta que también me hago a mí misma: ¿Estoy viviendo verdaderamente mi fe o solamente estoy cumpliendo con mis prácticas religiosas?

Durante nuestra vida aprendemos a rezar, asistir a Misa, conocer las enseñanzas de Jesús y hablar del amor de Dios. Pero con los años también descubrimos que una cosa es conocer su Palabra y otra, mucho más difícil, es ponerla en práctica.

Podemos rezar todos los días y, sin embargo, perder la paciencia con quienes viven a nuestro lado. Podemos hablar del perdón y guardar algún resentimiento. Podemos pedir misericordia a Dios y ser demasiado severos al juzgar los errores ajenos.

Y aquí me detengo a pensar: ¿cuántas veces habré caído yo también en estas contradicciones?

Jesús nos invita a mirarnos por dentro

Jesús nos pregunta por qué vemos la paja en el ojo de nuestro hermano y no advertimos la viga que tenemos en el nuestro (Mateo 7, 3-5).

¡Qué difícil resulta reconocer nuestras propias faltas!

A veces nos parece más sencillo señalar lo que otros hacen mal que admitir nuestras equivocaciones.

 Y no escribo esto para juzgar a nadie. Lo escribo porque yo también estoy en ese camino de aprender, corregirme, pedir perdón y comenzar nuevamente.

Todos somos pecadores y todos necesitamos la misericordia de Dios.

Nuestra fe debe dar frutos

Jesús nos dice:

“Por sus frutos los reconocerán “(Mateo 7,16).

Nuestra fe debe producir frutos concretos: caridad, humildad, paciencia, misericordia, justicia, generosidad y capacidad para perdonar.

No basta con decir: ¡Señor, yo te amo!.

Ese amor debe sentirse en nuestro hogar, en la manera de tratar a nuestros hijos, a nuestro esposo o esposa, a nuestros familiares, a nuestros vecinos y también a quienes no piensan como nosotros.

Porque, pensándolo bien, ¿de qué sirve hablar tanto del amor de Dios si nuestras palabras o actitudes terminan lastimando a quienes tenemos más cerca?

Hoy quiero hacer mi propio examen de conciencia

No necesito responder delante de nadie. Solamente delante de Dios y de mi propia conciencia.

¿He sabido escuchar antes de juzgar?

¿He tenido paciencia cuando alguien me necesitaba?

¿He pedido perdón cuando me equivoqué?

¿He sido generosa con quien esperaba mi ayuda?

¿Hay alguien a quien todavía no he podido perdonar?

¿Mi familia encuentra en mí comprensión, cariño y misericordia?

Son preguntas sencillas, pero responderlas con sinceridad puede ayudarnos a descubrir cuánto nos falta por mejorar.

¿Quién es un cristiano auténtico?

Con el paso de los años voy comprendiendo algo importante:

Un cristiano auténtico no es aquel que nunca cae, sino aquel que reconoce sus caídas, busca reconciliarse, se levanta y vuelve a caminar de la mano de Cristo.

No somos perfectos. Nos equivocamos, perdemos la paciencia, decimos palabras que después lamentamos y muchas veces dejamos de hacer el bien que podríamos haber hecho.

Pero Dios conoce nuestras debilidades y no deja de llamarnos a la conversión.

Lo importante es no acostumbrarnos a nuestros errores ni justificar siempre nuestras actitudes, sino tener la humildad de reconocerlas y el deseo sincero de cambiar.

REFLEXIÓN

Hoy no quiero preguntarme si los demás son buenos cristianos. Quiero comenzar por mí misma.

¿Mi vida refleja lo que creo? ¿Mis acciones acompañan mis oraciones? ¿Estoy dejando que Jesús transforme verdaderamente mi corazón?

Quizás todavía tenga mucho que aprender, mucho que corregir y mucho que perdonar.

Pero mientras Dios me conceda un nuevo día, también me estará ofreciendo una nueva oportunidad para ser mejor.

Porque al final de nuestra vida, lo importante no será solamente cuánto hablamos de Dios, sino cuánto amor fuimos capaces de entregar.

No quiero aparentar una fe perfecta. Quiero vivir una fe sincera, humilde y comprometida, aunque todavía tenga que levantarme muchas veces.

ORACIÓN

Señor, ayúdame a vivir lo que creo

Señor Jesús, hoy me presento ante Ti tal como soy, con mi fe, mis debilidades y mis contradicciones.

Perdóname cuando hablo de amor y no sé amar, cuando pido comprensión y no comprendo, cuando espero tu misericordia y me cuesta perdonar.

Ayúdame a reconocer mis errores, corregir mis actitudes y comenzar nuevamente cada vez que caiga.

Que mi familia y quienes me rodean puedan encontrar en mis acciones un reflejo de tu amor.

Señor, no permitas que mi fe se quede solamente en palabras. Enséñame a vivirla cada día. Amén.

TOQUE ESPIRITUAL

La fe auténtica no consiste en aparentar que somos santos, sino en permitir que Dios transforme nuestro corazón, un día a la vez.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

miércoles, 14 de octubre de 2026

NO CONFUNDAMOS RELIGIOSIDAD CON SANTIDAD

La religiosidad comprende nuestras prácticas de fe: oraciones, sacramentos, devociones y participación en la Iglesia. Todas ellas son valiosas y necesarias para alimentar nuestra vida cristiana.

Pero estas prácticas deben producir frutos.

Una persona puede rezar el Rosario todos los días y todavía necesitar aprender a controlar su carácter.

Puede recibir la Eucaristía y tener dificultades para reconciliarse con un familiar.

Puede conocer muchos pasajes bíblicos y no saber escuchar con paciencia a quien sufre.

Esto no significa que sus oraciones sean inútiles. Significa que la conversión es un camino que debemos recorrer todos los días.

La santidad no consiste en creernos perfectos, sino en reconocer nuestras debilidades y permitir que Dios nos ayude a superarlas.

Jesús nos enseña a reconocer nuestra propia hipocresía

¿Qué pasa? Ves la pelusa en el ojo de tu hermano, ¿y no te das cuenta del tronco que tienes en el tuyo? Lucas 6,41

¡Cuántas veces somos expertos en descubrir los defectos de los demás!

Criticamos al que no va a Misa, al que no reza, al que se equivoca, al que se alejó de la Iglesia.

Pero ¿cuánto tiempo dedicamos a revisar nuestras propias faltas?

Jesús no nos pide que ignoremos el mal. Nos enseña que antes de corregir al hermano debemos examinar nuestra propia conducta.

La corrección fraterna nace del amor; la actitud farisea nace de la superioridad.

 El verdadero cristiano se reconoce por sus frutos

 “Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán” Mateo 7,20

Nuestra fe debe producir frutos concretos: caridad, humildad, paciencia, misericordia, justicia, generosidad y capacidad de perdonar.

No basta con decir: “Señor, yo te amo”.

Ese amor debe hacerse visible cuando acompañamos a un enfermo, escuchamos a una persona sola, ayudamos sin esperar recompensa, reconocemos un error o pedimos perdón.

Y especialmente cuando hacemos el bien sin que nadie nos vea ni nos felicite.

Un pequeño examen de conciencia

Hoy te invito a responder, con sinceridad, estas preguntas:

- ¿Mi familia encuentra en mí el amor y la paciencia que predico?

- ¿Soy capaz de reconocer mis errores y pedir perdón?

- ¿Ayudo por amor a Dios o porque deseo que reconozcan mis buenas acciones?

- ¿Me considero espiritualmente superior a quienes no practican mi religión?

- ¿Mis palabras acercan a las personas a Dios o las alejan?

- ¿Estoy dispuesto a cambiar aquello que contradice mi fe?

No respondamos pensando en los demás. Respondamos mirándonos a nosotros mismos.

REFLEXIÓN

Hay algo que debemos comprender: no somos fariseos simplemente porque tengamos debilidades o cometamos errores.

Todos somos pecadores y necesitamos la misericordia de Dios.

El peligro comienza cuando dejamos de reconocer nuestras faltas, cuando nos creemos mejores que los demás y utilizamos la religión para justificar nuestra soberbia.

Un cristiano auténtico no es aquel que nunca cae, sino aquel que reconoce sus caídas, se arrepiente, busca reconciliarse y vuelve a caminar con Cristo.

No se trata de abandonar nuestras devociones, sino de permitir que esas devociones transformen nuestra manera de vivir.

Porque podemos llevar un Rosario en las manos o en cuello y todavía necesitar aprender a amar con el corazón.

Podemos tener una Biblia abierta en nuestra casa, pero mantener cerrado nuestro corazón al sufrimiento ajeno.

Podemos arrodillarnos delante del Santísimo y después negarnos a dar el primer paso hacia la reconciliación.

Dios no nos pide una apariencia de santidad. Nos llama a vivir una fe sincera, humilde y coherente.

Y hoy, antes de preguntarnos por qué los demás no cambian, preguntémonos:

Señor, ¿qué necesitas cambiar primero en mí?

ORACIÓN

Señor, que mi vida no contradiga mi fe

Señor Jesús, perdóname cuando hablo de amor y no sé amar, cuando predico el perdón y guardo resentimientos, cuando juzgo sin reconocer mis propios errores.

No permitas que mi fe sea solo apariencia. Enséñame a vivir lo que creo y a practicar lo que predico, con humildad, sinceridad y amor.

Que mis acciones hablen más que mis palabras y que quienes me rodean puedan reconocer tu presencia en mi manera de vivir.

Señor, que no sea cristiano solamente de nombre, sino verdadero discípulo tuyo con mi ejemplo de vida. Amén.

TOQUE ESPIRITUAL

La fe que profesamos con los labios debe reflejarse en la vida que llevamos.

Para llevarnos hoy una pregunta al corazón:

Si alguien no me escuchara hablar de Dios, ¿podría descubrir por mi manera de vivir que soy cristiano?

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

¿SOY COHERENTE CON MI FE O ESTOY VIVIENDO UNA ESPIRITUALIDAD FARISEA?

Una reflexión para examinar nuestra conciencia y descubrir si realmente vivimos lo que creemos y predicamos.

¿Cómo estoy viviendo mi espiritualidad?

Podemos asistir a Misa todos los domingos, rezar el Rosario diariamente, participar en grupos de oración, conocer la Biblia, colaborar con nuestra parroquia y hablar constantemente de Dios.

Pero hay una pregunta que pocas veces nos atrevemos a hacernos:

¿Mi manera de vivir demuestra verdaderamente que soy seguidor de Jesucristo?

Porque una cosa es hablar de Dios y otra muy distinta es vivir conforme a sus enseñanzas.

Podemos tener una vida religiosa muy activa y, sin embargo, mantener un corazón lleno de resentimientos, orgullo, envidia, críticas y falta de perdón.

Podemos rezar mucho y amar poco.

Podemos defender nuestra fe con palabras y contradecirla con nuestras actitudes.

Entonces debemos preguntarnos: ¿Estoy viviendo una auténtica espiritualidad cristiana o solamente aparento ser una persona religiosa?

¿Qué significa vivir una espiritualidad farisea?

Jesús fue muy claro cuando denunció la hipocresía de algunos fariseos y maestros de la Ley. No los cuestionaba simplemente por cumplir las prácticas religiosas, sino porque algunos exigían a los demás lo que ellos mismos no practicaban.

“Hagan, pues, y observen todo lo que les digan, pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen”. Mateo 23,3

Esta advertencia también está dirigida a nosotros.

Una espiritualidad farisea aparece cuando nos preocupamos más por parecer buenos cristianos que por convertir verdaderamente nuestro corazón.

Cuando juzgamos los pecados ajenos, pero justificamos los nuestros.

Cuando exigimos comprensión, pero somos incapaces de comprender.

Cuando hablamos del perdón, pero nos negamos a perdonar.

Cuando participamos en actividades religiosas buscando reconocimiento y olvidamos que servir a Dios significa también servir humildemente a los demás.

La verdadera fe no se mide por cuánto hablamos de Dios, sino por cuánto permitimos que Dios transforme nuestra vida.

¿Soy la misma persona dentro y fuera de la Iglesia?

Esta pregunta merece una respuesta sincera.

¿Cómo me comporto después de salir de Misa?

¿Cómo trato a mi esposo o esposa, a mis hijos, a mis hermanos, a mis vecinos, a la trabajadora del hogar?

¿Cómo reacciono cuando alguien me contradice, me critica o no comparte mis opiniones?

¿Soy amable con las personas de mi grupo de oración, pero intolerante con quienes viven bajo mi mismo techo?

¿Tengo palabras dulces para hablar de Jesús, pero palabras hirientes para dirigirme a los demás?

No podemos separar nuestra vida espiritual de nuestra conducta cotidiana.

La espiritualidad no termina cuando salimos del templo. Allí comienza la oportunidad de demostrar lo que hemos aprendido.

TOQUE ESPIRITUAL

La fe que profesamos con los labios debe reflejarse en la vida que llevamos.

Para llevarnos hoy una pregunta al corazón:

Si alguien no me escuchara hablar de Dios, ¿podría descubrir por mi manera de vivir que soy cristiano?

La verdadera espiritualidad no necesita exhibirse: se manifiesta silenciosamente en nuestras obras de misericordia.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

LAS OBRAS DE MISERICORDIA: NUESTRO PASAPORTE PARA EL CIELO

  FUNDACIÓN CENDINI-CENTINELAS DEL DIVINO NIÑO Y VOLUNTARIADO "ROSA MÍSTICA" Una sola misión: oración, solidaridad y acción. ¡un...