el señor es mi pastos

nada me faltara

jueves, 17 de septiembre de 2026

 CUANDO QUIEREN DESTRUIR A UNA FAMILIA

La familia no siempre es atacada desde afuera. Muchas veces comienza a destruirse desde adentro: con una palabra hiriente, una mentira, una infidelidad, la falta de respeto, los resentimientos guardados o la divulgación de problemas privados.

El maligno sabe que una familia unida es fuerte; por eso busca sembrar desconfianza, división y odio. Se aprovecha de nuestras heridas y nos hace reaccionar con ira, acusaciones y deseos de venganza. Recordemos que Jesús nos advierte:

“El ladrón viene solamente a robar, matar y destruir. Yo en cambio, yo he venido para que tengan vida y sean colmados” (Juan 10,10).

Cuando un conflicto amenace nuestro hogar, no debemos echar más leña al fuego ni exponer públicamente a los nuestros. Es necesario detenernos, conversar con sinceridad, reconocer los errores, pedir perdón y buscar ayuda cuando ya no podamos resolverlo solos.

Defender a la familia no significa justificar la infidelidad, la violencia o el maltrato. Significa corregir con amor, proteger a quien está siendo dañado y buscar soluciones sin perder el respeto ni la dignidad. Si existe violencia, también es necesario acudir oportunamente a las autoridades y recibir orientación profesional.

No permitamos que el orgullo tenga la última palabra. Donde el maligno quiere sembrar división, sembremos oración; donde haya ofensas, pongamos perdón; donde exista mentira, defendamos la verdad; y donde haya heridas, llevemos el amor sanador de Dios.

Oración

Señor Jesús, protege a nuestras familias de todo aquello que quiera dividirlas. Danos serenidad para no actuar con ira, humildad para reconocer nuestros errores y valentía para corregir lo que hace daño. Sana nuestras heridas, aleja la violencia y enséñanos a dialogar, perdonar y reconstruir. Que en nuestro hogar triunfen siempre la verdad, el respeto y el amor. Amén.

“Tampoco una familia dividida, puede mantenerse” (Marcos 3,25)

Reflexión

Para destruir una familia no siempre se necesitan grandes conflictos. A veces todo comienza con una mentira, una infidelidad, una palabra ofensiva, la falta de diálogo o un resentimiento que nadie quiere sanar.

El maligno busca dividir: enfrenta a los esposos, distancia a los hijos, despierta sospechas y convierte los errores en armas para herirse. Pero una familia que reconoce sus faltas, dialoga con sinceridad, pide perdón y coloca a Dios en el centro puede levantarse nuevamente.

Defender a la familia no significa encubrir la violencia, la traición o el maltrato. Significa buscar la verdad, corregir con amor, proteger a quien sufre y procurar una solución sin destruir la dignidad de nadie.

Cuando alguien quiera sembrar división, no respondamos con más odio. Respondamos con prudencia, oración y firmeza. Donde quieran destruir, nosotros debemos reconstruir; donde quieran separar, debemos buscar la unidad; y donde exista una herida, debemos permitir que Dios comience a sanar.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

 LEVANTEMOS LAS DOS ALAS DE LA ORACIÓN

La oración necesita dos alas para elevarnos hacia Dios: el perdón y la generosidad. No basta con pronunciar hermosas palabras si nuestro corazón continúa cerrado al hermano.

La primera ala es perdonar a quien nos ha ofendido. Perdonar no significa justificar el daño ni olvidar inmediatamente lo sucedido. Significa entregar a Dios la herida, renunciar a la venganza y permitir que el Espíritu Santo vaya sanando nuestro corazón. Algunas ofensas son profundas y no se superan de un día para otro; por eso necesitamos pedir fortaleza para comenzar el camino del perdón.  

La segunda ala es dar y compartir con quien necesita. Podemos ofrecer nuestro tiempo, compañía, escucha, alimento, ropa, ayuda económica o una palabra de esperanza. A veces, compartir significa incluso sacar de nuestra boca un bocado para que otro también pueda alimentarse. Lo que entregamos con amor nunca se pierde, porque llega a las manos de Dios.

Dios se sirve de los seres humanos como instrumentos de su providencia. Cuando damos, permitimos que el milagro de Dios llegue a la vida de alguien. 

Tal vez una familia esté pidiendo alimento y el Señor quiera responderle por medio de nuestra generosidad. Quizá una persona esté rogando por consuelo y Dios quiera abrazarla mediante nuestras palabras y nuestra presencia.

"Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja "

Tu amiga 

Mirtha Villarroel de Rocha 

lunes, 14 de septiembre de 2026

 EL ROSARIO EN EL COMBATE ESPIRITUAL

Cuando empiezas a rezar el Rosario, muchas veces aparece algo que intenta detenerte: sientes sueño sin estar físicamente cansado, surgen pensamientos intrusos, suena el teléfono, llaman a la puerta o recuerdas de repente todo lo que tienes pendiente.

No toda interrupción proviene del maligno; algunas son situaciones normales de la vida. Sin embargo, cuando las distracciones buscan apartarte constantemente de la oración, pueden convertirse en un verdadero combate espiritual.

No abandones el Rosario. Tal vez ese Rosario que más te cuesta rezar sea precisamente el que más necesitas. Apaga el celular, busca un lugar tranquilo y, cada vez que te distraigas, vuelve con serenidad al misterio que estás contemplando. Dios no exige una oración perfecta, sino un corazón perseverante.

Si aprendes a reconocer las distracciones, también aprenderás a vencerlas. No luches con desesperación: combate con fe, paciencia y constancia, tomado de la mano de María.

“Sométanse, pues, a Dios; resistan al diablo y huirá de ustedes”. Santiago 4,7

No dejes el Rosario: perseverar en la oración ya es comenzar a vencer.

REFLEXIÓN

Las distracciones durante el Rosario no significan que nuestra oración no tenga valor. Cada vez que nuestra mente se aleja y volvemos con amor, estamos diciéndole nuevamente “sí” a Dios. Lo importante no es rezar sin ninguna dificultad, sino perseverar a pesar de ella.

El Rosario que rezamos con esfuerzo, sueño o preocupaciones puede convertirse en una hermosa ofrenda. María conoce nuestra fragilidad y nos acompaña para acercarnos a Jesús. No abandonemos la oración: en el combate espiritual, la perseverancia es una victoria.

ORACIÓN

Señor Jesús, cuando quiera rezar y las distracciones intenten apartarme de Ti, concédeme serenidad, fortaleza y perseverancia.

Aleja de mi mente los pensamientos que me inquietan y ayúdame a contemplar con fe los misterios de tu vida.

Virgen María, tómame de la mano, enséñame a rezar con amor y protégeme en todo combate espiritual. Que, aun en medio del cansancio y las interrupciones, nunca abandone el Santo Rosario. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

Próximo encuentro en Toque Espiritual

 

sábado, 12 de septiembre de 2026

LEVANTEMOS LAS DOS ALAS DE LA ORACIÓN

La oración necesita dos alas para elevarnos hacia Dios: el perdón y la generosidad. No basta con pronunciar hermosas palabras si nuestro corazón continúa cerrado al hermano.

La primera ala es perdonar a quien nos ha ofendido. Perdonar no significa justificar el daño ni olvidar inmediatamente lo sucedido. Significa entregar a Dios la herida, renunciar a la venganza y permitir que el Espíritu Santo vaya sanando nuestro corazón. Algunas ofensas son profundas y no se superan de un día para otro; por eso necesitamos pedir fortaleza para comenzar el camino del perdón.

La segunda ala es dar y compartir con quien necesita. Podemos ofrecer nuestro tiempo, compañía, escucha, alimento, ropa, ayuda económica o una palabra de esperanza. A veces, compartir significa incluso sacar de nuestra boca un bocado para que otro también pueda alimentarse. Lo que entregamos con amor nunca se pierde, porque llega a las manos de Dios.

Dios se sirve de los seres humanos como instrumentos de su providencia. Cuando damos, permitimos que el milagro de Dios llegue a la vida de alguien. Tal vez una familia esté pidiendo alimento y el Señor quiera responderle por medio de nuestra generosidad. Quizá una persona esté rogando por consuelo y Dios quiera abrazarla mediante nuestras palabras y nuestra presencia.

No impidamos la acción del Espíritu Santo. Dejemos que Él nos enseñe a perdonar, a compartir y a reconocer a Jesús en el rostro del necesitado. Levantemos con fortaleza las dos alas de la oración: perdonemos con misericordia y demos con amor. Así nuestra oración no quedará solamente en los labios, sino que se convertirá en una vida capaz de volar hacia Dios.

Cita bíblica

“No condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará; recibirán una medida bien llena, apretada y rebosante; porque con la medida que ustedes midan, serán medidos”. Lucas 6,37-38

Reflexión

La oración necesita dos alas para elevarse hacia Dios: el perdón y la generosidad. Una de ellas nos invita a perdonar a quien nos ofendió, aunque la herida todavía duela; la otra nos impulsa a abrir las manos y compartir con quien necesita.

Dios muchas veces se sirve de nosotros como instrumentos de su amor. Cuando visitamos a un enfermo, consolamos al que sufre o somos capaces de sacar de nuestra propia boca un bocado para compartirlo, permitimos que ocurra el milagro de Dios en la vida de otra persona.

No siempre podemos solucionar todos los problemas, pero siempre podemos hacer algo: escuchar, acompañar, compartir el pan o pronunciar una palabra de esperanza. Levantemos con fortaleza las dos alas del corazón: perdonemos con misericordia y demos con amor. Solo así nuestra oración dejará de ser palabras y se convertirá en una verdadera obra de fe.

Oración

Señor Jesús,

abre mi corazón para perdonar

a quien me ha causado dolor

y enséñame a compartir con quien necesita.

No permitas que la indiferencia

cierre mis manos ni que el resentimiento

me impida acercarme a Ti.

Espíritu Santo, actúa en mi vida

y conviérteme en instrumento de tu amor.

Que pueda sacar de mi propia mesa

un bocado para compartir con mi hermano.

Levanta en mí las dos alas de la oración:

el perdón y la generosidad,

para que mi vida vuele cada día

hacia el corazón de Dios. Amén.    

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha 

Próximo encuentro en Toque Espiritual

viernes, 11 de septiembre de 2026

 EL BANCO QUE PAGA EL INTERÉS MÁS ALTO: LA MISERICORDIA

Existe un banco que no guarda dinero, pero conserva cada obra realizada con amor: el banco espiritual de la misericordia. En él depositamos cuando ayudamos al pobre, compartimos nuestro pan, acompañamos al enfermo, perdonamos una ofensa y oramos por quienes nos persiguen.

Cuando damos con generosidad, no perdemos. Quizá no recibamos la recompensa de la misma persona ni de la manera que imaginamos, pero Dios nunca olvida el bien que hacemos. Él nos devuelve con la tasa de interés más alta: paz en el corazón, fortaleza en las dificultades, consuelo en el sufrimiento y bendiciones que muchas veces llegan cuando más las necesitamos.

La Palabra de Dios nos dice:

“El que se compadece del pobre presta al Señor, que le pagará su buena obra”. Proverbios 19,17

Es como si, al ayudar al necesitado, Dios mismo firmara un pagaré espiritual. Sin embargo, no debemos hacer el bien únicamente para recibir algo a cambio. La verdadera caridad nace de un corazón agradecido que reconoce que todo lo que posee es un regalo del Señor.

La parábola del buen samaritano nos enseña que amar significa detenernos ante el dolor ajeno. Mientras otros pasaron de largo, el samaritano se acercó al hombre herido, vendó sus heridas, lo llevó a un lugar seguro y pagó para que lo cuidaran. No preguntó quién era, de dónde venía ni qué recibiría a cambio. Simplemente vio a un hermano que necesitaba ayuda y actuó con misericordia.

También nosotros podemos encontrar personas heridas a la orilla de nuestro camino: alguien que necesita alimento, una palabra de aliento, compañía, escucha o comprensión. No siempre podremos resolver todos sus problemas, pero podemos detenernos, acercarnos y ofrecer aquello que esté a nuestro alcance.

Incluso Jesús nos pide algo todavía más difícil: amar a nuestros enemigos y orar por quienes nos persiguen. Esa oración también es un depósito en el banco de la misericordia, porque libera nuestro corazón del resentimiento y permite que el Espíritu Santo transforme nuestras heridas.

Depositemos cada día una obra buena en este banco celestial. Compartamos sin humillar, ayudemos sin hacer publicidad y perdonemos sin guardar cuentas. Con Dios nunca se pierde: todo acto de amor permanece guardado en su corazón.

“Vete y haz tú lo mismo”. Lucas 10,37

Oración

Señor Jesús, dame un corazón misericordioso, capaz de detenerse ante el sufrimiento de mis hermanos. Enséñame a compartir, perdonar y orar por quienes me han herido. Que mis manos sean instrumentos de tu providencia y que nunca pase indiferente frente al necesitado. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

 Proximo encuentro en Toque Espiritual


jueves, 10 de septiembre de 2026

 ¿QUÉ PUEDO HACER CUANDO TENGO UN FAMILIAR GRAVEMENTE ENFERMO?

Cuando una persona que amamos padece una enfermedad grave o terminal, sentimos miedo, tristeza e impotencia. Quisiéramos encontrar las palabras exactas, aliviar su dolor o detener el paso del tiempo. Sin embargo, muchas veces lo más importante no es hablar demasiado, sino permanecer a su lado con amor.

Acompañar a un enfermo es escucharlo, sostener su mano y recordarle que no está solo. Como católicos, llamemos oportunamente al sacerdote, sin esperar sus últimos momentos, su visita no anuncia la muerte: lleva el consuelo, la fortaleza y la misericordia de Dios.

El sacerdote no llega únicamente para acompañar la muerte; llega para llevar a Cristo, que sostiene, perdona, fortalece

¿Cuándo debemos llamar a un sacerdote?

Es conveniente llamarlo cuando:

Se recibe el diagnóstico de una enfermedad grave.

La salud comienza a deteriorarse.

La persona será sometida a una cirugía delicada.

El enfermo pide confesarse, recibir la Comunión o conversar espiritualmente.

Es una persona anciana cuya fragilidad aumenta.

La familia advierte que podría acercarse el final de la vida.

Mientras el enfermo está consciente y es visitado por un sacerdote puede conversar con él, confesarse, recibir la Unción de los Enfermos y la Comunión. Este sacramento no es sólo para los agonizantes: también fortalece y consuela a quienes padecen una enfermedad grave o las dificultades de la ancianidad. Puede recibirse nuevamente si la salud empeora.

Por eso, la familia no debe decir: “Todavía no llamemos al sacerdote porque se asustará”. Con mucha delicadeza podemos explicarle:

“Queremos que venga el sacerdote para acompañarte, rezar contigo y traerte el consuelo de Dios”.

Si el enfermo se encuentra hospitalizado, podemos preguntar si existe capellán o servicio de asistencia religiosa. Si está en casa, debemos comunicarnos con la parroquia. Y si la situación se vuelve crítica, conviene indicar claramente que se trata de una urgencia.

Además de la asistencia espiritual, nunca debemos abandonar la atención médica y los cuidados paliativos. La fe, la medicina, el alivio del dolor y el acompañamiento familiar pueden caminar juntos.

Cita bíblica

“El que esté enfermo, que llame a los presbíteros de la iglesia para que rueguen por él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor.  La oración hecha con fe salvará al enfermo; el Señor lo levantará y, si ha cometido pecado, le serán perdonados”. Santiago 5,14-15

 ¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

 Nuevo encuentro en Toque Espiritual 

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

 REFLEXIÓN EN TOQUE ESPIRITUAL

ESCUCHA Y ABRAZA A TUS HIJOS MIENTRAS PUEDAS

Escucha a tus hijos cuando te hablen. Aunque estés cansado, preocupado o lleno de ocupaciones, detente un momento y míralos a los ojos. Tal vez aquello que quieren contarte parezca insignificante para ti, pero para ellos puede ser todo su mundo. Cuando un hijo se acerca a sus padres para hablar, no solamente busca respuestas: busca sentirse importante, comprendido, protegido y amado.

Cuando te busquen, atiéndelos. Cuando te pidan un abrazo, no se lo niegues. Cuando necesiten escuchar un “te amo”, díselo sin vergüenza y con el corazón. No pienses que ya saben cuánto los amas; necesitan escucharlo y sentirlo por medio de tus palabras, tu paciencia y tu presencia.

Los hijos crecen más rápido de lo que imaginamos. Un día dejan de correr hacia nuestros brazos, comienzan a guardar sus secretos y buscan respuestas lejos del hogar. Quizá llegue el momento en que esquiven nuestros abrazos o se incomoden cuando les digamos cuánto los queremos. No será necesariamente porque dejaron de amarnos, sino porque están creciendo y aprendiendo a construir su propio camino.

Por eso, aprovecha el tiempo en que todavía te buscan. Juega con ellos, escucha sus historias, acompáñalos en sus temores y celebra sus pequeñas alegrías. No permitas que mañana tengan que preguntarte: ¿Por qué no me abrazabas cuando era pequeño? ¿Por qué nunca me decías que me amabas? ¿Por qué no me escuchabas cuando intentaba hablar contigo?

Ningún trabajo, compromiso o preocupación debería robarnos completamente esos momentos. Las cosas materiales pueden recuperarse, pero la infancia de nuestros hijos no vuelve. El juguete se rompe, la ropa queda pequeña y los regalos se olvidan; pero un abrazo sincero, una conversación a tiempo y una palabra de aliento pueden permanecer para siempre en su corazón.

También debemos aprender a escuchar aquello que no dicen. A veces, detrás de un cambio de carácter, del silencio o del aislamiento, puede esconderse una tristeza, un miedo o una herida. No respondamos inmediatamente con gritos o reproches. Acerquémonos con paciencia y preguntemos: ¿Qué te pasa? ¿Cómo puedo ayudarte? Un hijo que se siente escuchado en su hogar tendrá más confianza para acudir a sus padres cuando enfrente una dificultad.

Amar a los hijos no significa permitirles todo. También es necesario corregirlos, enseñarles límites y mostrarles el camino correcto; pero la corrección debe ir acompañada de respeto y ternura. Las palabras duras pueden dejar heridas profundas, mientras que una corrección hecha con amor puede convertirse en una enseñanza para toda la vida.

Abrázalos hoy. Diles que estás orgulloso de ellos, incluso cuando todavía tengan mucho que aprender. Hazles saber que pueden equivocarse sin perder tu amor. Enséñales que, aunque no siempre apruebes sus decisiones, nunca dejarás de ser su padre o su madre. El hogar debe ser ese lugar al que puedan regresar sin miedo, sabiendo que encontrarán orientación, comprensión y cariño.

Reflexión

El mejor legado que podemos dejar a nuestros hijos no siempre es una casa, dinero o bienes materiales. Es el recuerdo de una familia donde fueron escuchados, corregidos con amor y abrazados en sus momentos difíciles.

Esas raíces se forman con tiempo, diálogo, oración, respeto y ternura. No dejemos para mañana el amor que podemos demostrar hoy, porque llegará el día en que los hijos crecerán y nosotros desearíamos volver, aunque fuera por un instante, a tenerlos pequeños entre nuestros brazos.

También nos recuerda la Palabra de Dios:

“Padres, no exasperen a sus hijos, sino fórmenlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor”. Efesios 6,4

Oración por nuestros hijos

Señor, gracias por el regalo maravilloso de mis hijos. Perdóname por las veces que no los escuché, por los momentos en que mis preocupaciones fueron más fuertes que su necesidad de sentirse amados y por las palabras que pudieron herirlos.

Enséñame a comprender sus silencios, a acompañar sus temores y a alegrarme con sus sueños. Dame paciencia para escucharlos, sabiduría para orientarlos y ternura para corregirlos.

Protégelos, Señor, en cada etapa de su vida. Cuando se alejen de mis brazos, permanece Tú a su lado. Guía sus pasos, fortalece su fe y haz que nuestro hogar sea siempre un refugio de confianza, perdón, ternura y paz. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

Hasta nuestro próximo Toque Espiritual.

  CUANDO QUIEREN DESTRUIR A UNA FAMILIA La familia no siempre es atacada desde afuera. Muchas veces comienza a destruirse desde adentro: c...