el señor es mi pastos

nada me faltara

miércoles, 14 de octubre de 2026

 }¿SOY COHERENTE CON MI FE O ESTOY VIVIENDO UNA ESPIRITUALIDAD FARISEA?

Una reflexión para examinar nuestra conciencia y descubrir si realmente vivimos lo que creemos y predicamos.

¿Cómo estoy viviendo mi espiritualidad?

Podemos asistir a Misa todos los domingos, rezar el Rosario diariamente, participar en grupos de oración, conocer la Biblia, colaborar con nuestra parroquia y hablar constantemente de Dios.

Pero hay una pregunta que pocas veces nos atrevemos a hacernos:

¿Mi manera de vivir demuestra verdaderamente que soy seguidor de Jesucristo?

Porque una cosa es hablar de Dios y otra muy distinta es vivir conforme a sus enseñanzas.

Podemos tener una vida religiosa muy activa y, sin embargo, mantener un corazón lleno de resentimientos, orgullo, envidia, críticas y falta de perdón.

Podemos rezar mucho y amar poco.

Podemos defender nuestra fe con palabras y contradecirla con nuestras actitudes.

Entonces debemos preguntarnos: ¿Estoy viviendo una auténtica espiritualidad cristiana o solamente aparento ser una persona religiosa?

¿Qué significa vivir una espiritualidad farisea?

Jesús fue muy claro cuando denunció la hipocresía de algunos fariseos y maestros de la Ley. No los cuestionaba simplemente por cumplir las prácticas religiosas, sino porque algunos exigían a los demás lo que ellos mismos no practicaban.

“Hagan, pues, y observen todo lo que les digan, pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen”. Mateo 23,3

Esta advertencia también está dirigida a nosotros.

Una espiritualidad farisea aparece cuando nos preocupamos más por parecer buenos cristianos que por convertir verdaderamente nuestro corazón.

Cuando juzgamos los pecados ajenos, pero justificamos los nuestros.

Cuando exigimos comprensión, pero somos incapaces de comprender.

Cuando hablamos del perdón, pero nos negamos a perdonar.

Cuando participamos en actividades religiosas buscando reconocimiento y olvidamos que servir a Dios significa también servir humildemente a los demás.

La verdadera fe no se mide por cuánto hablamos de Dios, sino por cuánto permitimos que Dios transforme nuestra vida.

¿Soy la misma persona dentro y fuera de la Iglesia?

Esta pregunta merece una respuesta sincera.

¿Cómo me comporto después de salir de Misa?

¿Cómo trato a mi esposo o esposa, a mis hijos, a mis hermanos, a mis vecinos, a la trabajadora del hogar?

¿Cómo reacciono cuando alguien me contradice, me critica o no comparte mis opiniones?

¿Soy amable con las personas de mi grupo de oración, pero intolerante con quienes viven bajo mi mismo techo?

¿Tengo palabras dulces para hablar de Jesús, pero palabras hirientes para dirigirme a los demás?

No podemos separar nuestra vida espiritual de nuestra conducta cotidiana.

La espiritualidad no termina cuando salimos del templo. Allí comienza la oportunidad de demostrar lo que hemos aprendido.

TOQUE ESPIRITUAL

La fe que profesamos con los labios debe reflejarse en la vida que llevamos.

Para llevarnos hoy una pregunta al corazón:

Si alguien no me escuchara hablar de Dios, ¿podría descubrir por mi manera de vivir que soy cristiano?

La verdadera espiritualidad no necesita exhibirse: se manifiesta silenciosamente en nuestras obras de misericordia.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

martes, 13 de octubre de 2026

 ¿QUÉ SON LAS MISAS GREGORIANAS?

Hoy quiero compartirlo.

Se llama tradicionalmente Misas Gregorianas a una serie de treinta Santas Misas celebradas durante treinta días consecutivos por el alma de una persona difunta.

Su origen se relaciona con San Gregorio Magno, Papa y Doctor de la Iglesia, quien vivió entre los siglos VI y VII. San Gregorio relata en sus Diálogos el caso de un monje llamado Justo. Después de su muerte, Gregorio dispuso que se celebraran treinta Misas consecutivas por él. Al terminar la serie, se narró una experiencia extraordinaria relacionada con la liberación del alma del monje.

De este relato nació y se difundió la tradición de las treinta Misas. La propia tradición eclesial ha conservado con aprecio esta práctica de oración por los difuntos.

La Misa es una sola: el Sacrificio de Cristo. Las treinta celebraciones expresan nuestra perseverancia en la oración y nuestra caridad hacia un hermano o hermana que ha partido de este mundo.

Misa por un difunto: puedes pedir por su eterno descanso. La tradición de las Misas Gregorianas, en sentido estricto, se refiere a las 30 Misas consecutivas ofrecidas por un mismo difunto.

Misa por un vivo: puedes pedir por su salud, protección, conversión, fortaleza, trabajo, matrimonio, familia, etc. Es una intención legítima y muy hermosa.

Por una persona enferma: puedes ofrecer la Misa por su salud y bienestar, pidiendo a Dios sanación si es su voluntad, fortaleza y consuelo.

Y hay algo precioso en esto: no tenemos que esperar a que una persona muera para comenzar a encomendarla a Dios. Podemos ofrecer Misas por nuestros seres queridos mientras están con nosotros.

¿Por qué ofrecemos la Santa Misa por los difuntos?

La Iglesia católica enseña que las almas de quienes mueren en amistad con Dios, pero necesitan purificación, pasan por el Purgatorio. Podemos ayudarlas mediante nuestras oraciones y, especialmente, ofreciendo la Santa Misa por su eterno descanso.

La muerte no rompe la comunión de los santos ni el amor que nos une a nuestros seres queridos. Como enseña la liturgia, la Iglesia ofrece por los difuntos el Sacrificio Eucarístico de Cristo, mientras los vivos encuentran consuelo en la esperanza de la vida eterna.

La respuesta se encuentra en el corazón mismo de la fe católica.

¿Las Misas Gregorianas son realmente eficaces?

Esta es una pregunta que muchas personas se hacen.

La gracia de Dios no funciona como una fórmula matemática.

No podemos decir: “Después de treinta Misas, necesariamente ocurrirá esto”.

Nuestra confianza no está puesta en un número, sino en Cristo, presente y ofrecido en la Eucaristía.

Lo que sí podemos afirmar con seguridad es que la Iglesia reconoce la oración por los difuntos y enseña que el Sacrificio Eucarístico es el sufragio principal que ofrecemos por ellos.

Por eso, las Misas Gregorianas deben vivirse desde la fe, la esperanza y la confianza en la misericordia de Dios.

No son magia.

No son un mecanismo para “obligar” a Dios.

Son una forma tradicional de perseverar durante treinta días en una súplica por una persona difunta.

¿Por quién se pueden ofrecer?

Aquí encontramos una precisión importante.

Las Misas Gregorianas consisten tradicionalmente en treinta misas consecutivas ofrecidas por el eterno descanso de una persona difunta. No deben confundirse con otras series de misas por distintas intenciones.

Para celebrarlas, se acostumbra entregar una ofrenda que contribuye al sostenimiento de la Iglesia y sus ministros; no es un pago por la Eucaristía ni por la gracia de Dios.

Podemos ofrecerlas por nuestros padres, abuelos, hijos, esposos, familiares, amigos o cualquier fiel difunto por quien deseemos interceder. No es indispensable asistir a las treinta celebraciones, aunque podemos acompañarlas con la oración y participar en la Eucaristía cuando nos sea posible.

Ofrecer una Misa por los difuntos es una obra de misericordia espiritual.

Y todavía me conmueve pensar que una enseñanza recibida hace tantos años de una mujer piadosa permanezca en mi corazón. Hoy, al compartirla, no solo transmito una antigua tradición de la Iglesia, sino también una forma de agradecer a Dios y a Elenita del Castillo, cuya fe y generosidad dejaron una huella durable en mi vida.

Una oración para comenzar una serie de Misas Gregorianas

Podemos comenzar estos treinta días con

 Una oración sencilla:

Señor Jesús,

hoy pongo en tus manos el alma de…(nombre).

Te ofrezco esta Santa Misa y las que seguirán durante estos días por su eterno descanso.

Tú conoces su vida, sus alegrías, sus sufrimientos, sus virtudes y sus faltas.

Yo no conozco el misterio de tu juicio, pero confío en tu infinita misericordia.

Recibe esta oración como un acto de amor y esperanza.

Si necesita purificación, concédele tu misericordia y llévala a la plenitud de tu presencia.

Y si ya contempla tu rostro, recibe también mi oración como acción de gracias por la vida que compartimos.

Dale, Señor, el descanso eterno, y brille para ella la luz perpetua. Amén.

En el caso de tu esposo y tus hijos, por ejemplo, podrías ofrecer una Misa diciendo:

“Señor Jesús, te ofrezco esta Santa Misa por mi esposo y por mis hijos. Te pido que los bendigas, los protejas, les concedas salud, sabiduría y fortaleza, y que los mantengas siempre cerca de Ti.”

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

lunes, 12 de octubre de 2026

 DE MI ENFERMEDAD A LAS MISAS GREGORIANAS: UNA HISTORIA DE FE

El legado de Elenita del Castillo

Hace casi 40 años, en la ciudad de Tarija, conocí a Elenita del Castillo, una mujer de profunda fe y vida piadosa que dejó una huella imborrable en mi camino espiritual. Preguntando de casa en casa, logró encontrar a la “cambita con cáncer”, como solían llamarme.

Yo estaba postrada en cama y era la primera vez que nos veíamos. Me impresionó verla arrodillada junto a mí, con los brazos en cruz, rezando por mi salud con una fortaleza que me conmovió. Me habló de las 30 Misas Gregorianas, que yo desconocía, y me dijo: “Voy a ofrecer 30 misas por tu salud”.

El oncólogo me había dado apenas dos años de vida. Al expresarle mi temor, me tomó la mano y me dijo con ternura: “No te pongas así, verás que el Señor tendrá misericordia de ti”.

Mi historia con las Misas Gregorianas no comenzó hablando de la muerte ni de los difuntos, sino cuando yo todavía estaba viva, enferma y luchando por mi vida. Aquel gesto de Elenita despertó en mí una fe y una esperanza que marcarían mi camino.

Su entrega al prójimo me llevó, pese a mi delicado estado de salud, a acompañarla en visitas a enfermos de cáncer y en la búsqueda de medicamentos para pacientes terminales.

Años después formamos juntas un grupo mariano con Charito Balanza, su hija Mairita y su madre Alcira Gareca (+), Máxima Valdez (ya fallecida) y sus dos hijitas pequeñas Silvia y Carmen Zenteno, Irma Hurtado (+), mi madre, y otras integrantes de nuestras familias y amistades. Compartimos el rezo del rosario a domicilio y la visita de la Virgen Rosa Mística hasta 2019, cuando la pandemia interrumpió nuestras actividades.

Con el tiempo comprendí que aquella primera oración junto a mi cama estaba profundamente unida a mi propia historia. Y nació en mí una pregunta que se haría cada vez más profunda:

¿Qué significa ofrecer una Santa Misa por una persona?

¿Podemos ofrecerla por los vivos?

¿Podemos ofrecerla por nuestros hijos, nuestro esposo, nuestros padres o una persona enferma?

¿Y qué relación tiene todo esto con las llamadas Misas Gregorianas, que tradicionalmente se ofrecen durante treinta días consecutivos por un difunto?

Estas preguntas forman parte de mi propia historia.

Primero aprendí, de la mano de Elenita, que podemos poner delante de Dios a quienes todavía caminan con nosotros. Después fui conociendo la antigua tradición de las Misas Gregorianas y descubrí la belleza de ofrecer la Santa Misa por quienes ya han partido.

Hoy, a cuatro décadas, quiero compartir este camino.

No solamente como una explicación religiosa, sino como un testimonio de fe recibido de una mujer piadosa que supo enseñarme, con su vida, que nunca estamos solos cuando alguien nos lleva a la oración.

Desde niña sabía que las misas pueden ofrecerse por vivos y difuntos, pero desconocía que las Misas Gregorianas, tradicionalmente ofrecidas por el alma de un difunto durante 30 días consecutivos, también podían ofrecerse por la salud de una persona viva. Así lo aprendí de Elenita del Castillo.

Así funciona muchas veces la fe.

Una persona recibe una semilla.

La guarda.

La cultiva.

Y un día descubre que aquella semilla puede dar fruto también en la vida de otros.

Por eso escribo sobre las Misas Gregorianas y conoce aún más, en el próximo tema.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

domingo, 11 de octubre de 2026

 LA EUCARISTÍA: ANTICIPACIÓN DEL BANQUETE CELESTIAL

Para enriquecer este artículo, podemos profundizar un poco más en el significado de la parábola de Jesús según el Evangelio de Mateo 22, 1-14, explicando sus tres momentos principales: la invitación al banquete, el rechazo de los invitados y el traje de fiesta.

1.Dios nos invita al banquete de su amor

En el Evangelio de Mateo (22, 1-14), Jesús nos presenta la parábola de un rey que prepara el banquete de bodas de su hijo e invita a numerosos comensales. Sin embargo, muchos rechazan la invitación: unos se ocupan de sus negocios y otros ignoran el llamado.

El rey representa a Dios Padre; el hijo nos remite a Jesucristo, y el banquete simboliza la alegría de participar en el Reino de Dios. Esta parábola nos revela que el Señor nos llama a vivir en comunión con Él, pero respeta nuestra libertad.

También hoy Dios nos invita por medio de su Palabra, de la Iglesia y, especialmente, de la celebración de la Eucaristía. Sin embargo, muchas veces las preocupaciones, las ocupaciones y los intereses personales terminan desplazándolo del centro de nuestra vida.

¿Estamos respondiendo a la invitación de Dios o estamos demasiado ocupados para acudir a su encuentro?

2. Los invitados rechazan la invitación: ¿qué lugar ocupa Dios en nuestra vida?

Los invitados rechazan el banquete porque tienen otras prioridades: sus campos y negocios. Aunque estas ocupaciones no son malas, el problema surge cuando los intereses personales desplazan a Dios y nos volvemos indiferentes a su llamada. 

¿Cuántas  veces dejamos la oración o la Santa Misa para después, olvidando el regalo de encontrarnos con el Señor? Dios no quiere ser una obligación más, sino el centro de nuestra vida.

Sin  embargo, su invitación permanece abierta para todos, sin distinción de condición o pasado. Todos somos llamados a recibir su amor, acoger su misericordia y emprender el camino de la conversión.

La Eucaristía es mucho más que una tradición religiosa. Es el sacramento en el que Cristo se hace verdaderamente presente y se nos entrega como alimento espiritual. 

En cada Santa Misa celebramos el misterio de su muerte y resurrección, recibimos su Palabra y participamos sacramentalmente de esa comunión de amor que esperamos vivir plenamente en el cielo. 

Aunque todavía caminamos entre dificultades, enfermedades y sufrimientos, en el altar podemos gustar anticipadamente la alegría del banquete eterno. El mismo Jesús que esperamos contemplar un día cara a cara se nos entrega ahora en el Pan de Vida. 

¡Qué inmenso regalo! Dios no solamente nos invita a su mesa, sino que se hace alimento para sostenernos en nuestro camino. 

Por eso, participar en la Santa Misa no debería ser una costumbre vacía, sino un encuentro vivo con Cristo, capaz de transformar nuestro corazón y renovar nuestra esperanza.  

3. El traje de fiesta: preparar el corazón

En la parábola, el rey encuentra a un hombre que no lleva el traje de fiesta. Esta imagen nos invita a reflexionar sobre nuestra disposición interior ante la llamada de Dios.

El traje de fiesta nos recuerda la conversión, la fe y la caridad con las que estamos llamados a responder al amor divino. No se trata de ser perfectos, sino de reconocer nuestras faltas, buscar la misericordia del Señor y permitir que su gracia transforme nuestra vida.

No basta con estar presentes en el templo o recibir los sacramentos por costumbre. Debemos preguntarnos si nuestra fe se refleja en nuestras acciones, si sabemos perdonar, si ayudamos al necesitado y si somos capaces de reconocer a Cristo en quienes sufren.

La Eucaristía nos alimenta espiritualmente, pero también nos compromete. Quien recibe a Jesús está llamado a llevar su amor a los demás.

No podemos sentarnos a la mesa del Señor y permanecer indiferentes ante el hermano que necesita nuestra ayuda.

Una invitación que exige una respuesta

Jesús concluye diciendo: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos” Mateo 22,14. No es una invitación al miedo, sino una llamada a tomar en serio nuestra respuesta a Dios.

Su amor se ofrece gratuitamente, pero espera que lo acojamos con un corazón dispuesto. Cada Eucaristía es una oportunidad para renovar nuestro compromiso con Él y caminar hacia la plenitud de su Reino.

La parábola nos recuerda que Dios ha preparado el banquete y que su invitación sigue abierta. No permitamos que la indiferencia, las preocupaciones o la rutina nos alejen de su mesa.

Reflexión 

La Eucaristía es el gran regalo de Cristo a su Iglesia: alimento para el camino y anticipación del banquete celestial. En ella encontramos al Señor y recibimos la fuerza para vivir nuestra fe con esperanza y caridad.

Que cada Santa Misa nos ayude a abrirle el corazón, a revestirnos de humildad y misericordia, y a convertir nuestra vida en un testimonio de su amor.

El Señor ha preparado el banquete y nos ha invitado. Respondamos a su llamada, acerquémonos a su mesa con fe y dejemos que su presencia nos transforme, para caminar hacia la alegría eterna de estar con Él.

Oración

Señor Jesús, gracias por invitarnos al banquete de tu amor y por quedarte con nosotros en la Eucaristía. Prepara nuestro corazón para recibirte con fe, humildad y caridad. Ayúdanos a reconocerte en el Pan consagrado y en cada hermano que sufre. Que cada Santa Misa nos acerque más a ti y nos prepare para participar un día en el banquete eterno de tu Reino. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

sábado, 10 de octubre de 2026

EL SANTO ROSARIO: UNA ORACIÓN QUE NO DEBEMOS ABANDONAR

Hoy quiero hablarles de algo sencillo que muchos tenemos en nuestras manos, pero que quizá hemos dejado de usar.

Un Rosario.

Tal vez algunos lo llevan en la cartera, en el bolsillo, en el cuello, en el automóvil o lo tienen en algún lugar de la casa guardado.

Pero la pregunta es:

¿Cuándo fue la última vez que lo rezamos con verdadera fe?

Porque el Rosario no es solamente una cadena de cuentas.

Es una oración que durante siglos ha acompañado al pueblo cristiano en momentos de dificultad, de peligro y de lucha.

Una oración que nos lleva a Jesús

Cuando rezamos el Rosario, no estamos simplemente repitiendo palabras.

Con cada misterio contemplamos la vida de Jesucristo.

María nos toma de la mano y nos lleva hacia su Hijo.

Por eso, cuando decimos:

“Dios te salve, María…”

no estamos adorando a María.

Le estamos pidiendo que interceda por nosotros y que nos acompañe hacia Jesús.

El Rosario nos enseña a mirar a Cristo cuando el mundo nos hace mirar hacia todas partes.

Pero, ¿por qué se habla del Rosario como un arma?

Porque la vida también tiene batallas.

Hay batallas que nadie ve.

La batalla contra la tentación.

La batalla contra el miedo.

La batalla contra el odio.

La batalla contra la desesperanza.

La batalla por mantener unida a nuestra familia.

La batalla por no perder la fe.

Y muchas veces queremos enfrentar todas esas batallas solamente con nuestras propias fuerzas.

Pero el Rosario nos recuerda:

“No estás solo. Ora. Confía en Dios. Persevera.”

El Rosario no es magia.

Las cuentas no tienen poderes mágicos.

Su fuerza está en la oración y, sobre todo, en Dios, a quien acudimos confiando en la intercesión de la Virgen María.

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Lucas 1,28

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

  

viernes, 9 de octubre de 2026

 LEPANTO: UNA HISTORIA QUE NO DEBEMOS OLVIDAR

Lepanto, hoy llamada Nafpaktos, es una ciudad de Grecia. El 7 de octubre de 1571, frente a sus costas, se libró la famosa batalla de Lepanto. Mientras la flota cristiana combatía, el papa San Pío V pidió a los fieles rezar el Santo Rosario por la victoria. Desde entonces, esta fecha quedó profundamente vinculada a Nuestra Señora del Rosario.

Para entender por qué el Rosario quedó tan profundamente unido a la idea de victoria espiritual, tenemos que viajar hasta el año 1571.

Europa estaba viviendo un momento de gran preocupación ante el avance del Imperio otomano.

Se preparó una flota cristiana conocida como la Liga Santa.

Y mientras los hombres se preparaban para enfrentarse en el mar, el papa San Pío V pidió a los cristianos que rezaran y recurrieran especialmente al Santo Rosario.

Y ocurrió algo impresionante.

Mientras los soldados estaban en el campo de batalla, muchísimas personas que no podían combatir se pusieron a rezar.

No tenían barcos. No tenían cañones. No tenían espadas.

Pero tenían algo que sí podían ofrecer: su oración.

El 7 de octubre de 1571, tuvo lugar la batalla de Lepanto.

La Liga Santa obtuvo la victoria.

Y San Pío V interpretó aquella victoria como una gracia obtenida por la intercesión de la Virgen María, invocada mediante el Rosario.

Por eso aquella fecha quedó profundamente vinculada a la devoción de Nuestra Señora del Rosario.

Pero aquí está el mensaje para nosotros

Quizás nosotros no estamos en una batalla naval.

Pero todos tenemos alguna batalla.

Quizás alguien está luchando hoy por salvar su matrimonio.

Quizás una madre está preocupada por un hijo.

Quizás un padre está luchando por mantener a su familia.

Quizás alguien está atravesando una enfermedad.

Quizás alguien está luchando contra una adicción, una tentación o una situación que nadie conoce.

Quizás alguien está perdiendo la esperanza.

Y aquí viene el mensaje:

No abandones el Rosario.

Cuando no sepas qué hacer: reza.

Cuando tengas miedo: reza.

Cuando estés preocupado por tus hijos: reza.

Cuando tu familia esté pasando por dificultades: reza.

Cuando sientas que ya no puedes más: toma el Rosario y reza.

No porque el Rosario sea mágico.

Sino porque el Rosario te ayuda a volver tu corazón hacia Dios.

¿Y si no tengo tiempo?

Esta es una de las frases que más escuchamos:

“Yo quisiera rezarlo, pero no tengo tiempo.”

Pero pensemos:

¿Cuánto tiempo pasamos mirando el teléfono?

¿Cuánto tiempo pasamos viendo noticias, videos o redes sociales?

¿Cuánto tiempo dedicamos a tantas cosas que, al final del día, ni siquiera recordamos?

Y quizás no encontramos unos minutos para hablar con Dios.

No se trata de vivir todo el día rezando.

Se trata de encontrar un momento y ser fieles.

Cinco minutos. Diez minutos. Un misterio. Una decena.

Y poco a poco volver a crear el hábito.

Porque una oración que se abandona se enfría.

Pero una oración perseverante puede transformar nuestra vida espiritual.

“Oren constantemente.” 1 Tesalonicenses 5,17

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

jueves, 8 de octubre de 2026

 EL SANTO ROSARIO: UNA ORACIÓN QUE ATRAVIESA LOS SIGLOS

En el mes del Santo Rosario.

Hay oraciones que aprendemos de memoria, y hay oraciones que, cuando las rezamos con fe, pueden transformar nuestra manera de enfrentar la vida.

Hoy quiero hablarles de una de esas oraciones: el Santo Rosario.

 ¿De dónde viene el Rosario?

 ¿Por qué la Iglesia lo ha unido de una manera tan especial a la Virgen María?

 ¿Por qué, durante siglos, tantos cristianos han acudido al Rosario en momentos de angustia, peligro, enfermedad y lucha espiritual?

 Y, sobre todo, ¿por qué se habla del Rosario como una poderosa arma espiritual contra el enemigo?

Para comprenderlo, tenemos que viajar varios siglos atrás y conocer una historia marcada por la fe, la oración y la confianza en Dios.

La tradición católica cuenta que la Virgen María tuvo una participación especial en la difusión del Rosario, particularmente en relación con Santo Domingo de Guzmán. A partir de entonces, esta oración fue extendiéndose entre los fieles y llegó a convertirse en una de las devociones marianas más conocidas de la Iglesia.

Pero el Rosario no es simplemente repetir palabras.

Cuando tomamos las cuentas en nuestras manos y comenzamos a rezar, entramos en los misterios de la vida de Jesucristo. Con María contemplamos a Jesús: su nacimiento, su vida, su pasión, su muerte y su resurrección.

Por eso, el centro del Rosario no es simplemente María: el centro es Cristo.

Y quizá ahí está una de las razones por las que esta oración ha acompañado a tantas generaciones.

Porque cuando una persona reza el Rosario con fe, no está huyendo de sus problemas. Está llevando sus problemas delante de Dios.

Está diciendo:

“Señor, no puedo con todo lo que estoy viviendo, pero confío en Ti.”

Y mientras las manos pasan una cuenta tras otra, el corazón va aprendiendo a confiar, a perseverar y a no rendirse.

Cada 7 de octubre, al celebrar a Nuestra Señora del Rosario, vale la pena preguntarnos:

¿Hemos olvidado una de las armas espirituales más sencillas que tenemos en nuestras manos?

Quizás tenemos un Rosario guardado en algún lugar de nuestra casa y no lo tocamos porque es fino.

Tal vez hace mucho tiempo que no lo rezamos.

Entonces hoy puede ser el día para volver a tomarlo.

Porque detrás de esas pequeñas cuentas hay una invitación muy grande:

volver a Dios, acercarnos a Jesús y aprender, junto a María, a perseverar en la oración.

“Perseveren en la oración, velando en ella con acción de gracias.” Colosenses 4,2

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 } ¿SOY COHERENTE CON MI FE O ESTOY VIVIENDO UNA ESPIRITUALIDAD FARISEA? Una reflexión para examinar nuestra conciencia y descubrir si rea...