el señor es mi pastos

nada me faltara

viernes, 18 de septiembre de 2026

 RECONOCER A QUIEN NECESITA AYUDA Y SABER CÓMO ACOMPAÑARLO

Muchas personas necesitan ayuda, pero no siempre saben pedirla. Algunas ocultan su dolor detrás de una sonrisa; otras se aíslan, pierden la esperanza o atraviesan dificultades económicas en silencio. Por eso debemos aprender a mirar con atención, escuchar sin juzgar y acercarnos con respeto.

Podemos reconocer a quien necesita apoyo espiritual cuando se siente solo, angustiado, desanimado, confundido o alejado de Dios. Podemos ayudarlo escuchándolo, rezando con él, compartiendo una palabra de esperanza y, si lo desea, acercándolo a un sacerdote o a su comunidad de fe.

La necesidad material puede manifestarse en la falta de alimento, medicamentos, ropa, trabajo o recursos para atender una urgencia. En estos casos, debemos conocer primero su verdadera situación y ofrecer una ayuda concreta: alimentos, medicinas, una colaboración económica responsable o contacto con instituciones que puedan asistirlo.

Ayudar no significa únicamente dar dinero. También podemos ofrecer nuestro tiempo, acompañar a una consulta médica, enseñar un oficio, ayudar a encontrar trabajo o realizar una gestión. Siempre debemos hacerlo con discreción, sin humillar, sin publicar la necesidad ajena y sin esperar reconocimiento.

La verdadera caridad atiende el alma y también las necesidades del cuerpo. No basta decir: “Rezaré por ti”, cuando está en nuestras manos compartir el pan, brindar compañía o buscar una solución.

«Hijitos, no amemos con puras palabras y de labios para afuera, sino verdaderamente y con hechos» (1 Juan 3,18)

Oración

Señor Jesús, concédeme un corazón atento para reconocer a quien sufre en silencio. Enséñame a escuchar sin juzgar, a consolar con amor y a compartir generosamente lo que tengo. Dame sabiduría para ayudar de la manera correcta, respetando siempre la dignidad de cada persona. Que mis palabras lleven esperanza y mis acciones sean expresión verdadera de tu amor. Amén.

Reflexión

No siempre quien necesita ayuda lo expresa con palabras. A veces, una mirada triste, el silencio, el aislamiento o un cambio de conducta son señales de que una persona está sufriendo. Por eso, ayudar comienza por aprender a mirar con el corazón, escuchar con paciencia y acercarnos sin juzgar.

La ayuda puede ser espiritual: acompañar, consolar, rezar juntos y recordar que Dios no abandona. Pero también puede ser material: compartir alimentos, medicamentos, ropa, tiempo o colaborar para encontrar una solución. La fe verdadera se manifiesta en obras concretas.

No podemos resolver todos los problemas, pero sí podemos aliviar una carga. Quizás para nosotros sea un gesto pequeño, pero para quien atraviesa una dificultad puede significar esperanza, consuelo y la certeza de que no está solo.

«Hijitos, no amemos solamente con palabras, sino con obras y de verdad». 1 Juan 3,18

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

 ENSEÑA A TUS HIJOS A ORAR

Enséñales a orar desde pequeños. Aunque un día se alejen de Dios, cambien de rumbo o parezcan olvidar lo aprendido, en los momentos difíciles recordarán aquellas oraciones que sembraste en su corazón y sabrán cómo regresar al Padre.

La oración aprendida en la niñez es una semilla que puede permanecer escondida durante años, pero nunca muere. Cuando necesiten consuelo, esperanza o perdón, encontrarán nuevamente el camino hacia Dios.

Para que, cuando sus corazones estén rotos, acudan a Dios y no busquen refugio en los caminos equivocados del mundo.

No esperes a que llegue una dificultad para hablarles de Dios. Enséñales desde pequeños a agradecer, pedir perdón y confiar en el Señor. Reza con ellos antes de dormir, bendícelos al salir de casa y acompáñalos a la Santa Misa.

Llegará un momento en que no podrás evitarles una decepción, una pérdida, una traición o una caída. Tampoco podrás estar siempre a su lado. Pero si sembraste la oración en sus corazones, sabrán dónde encontrar consuelo, fortaleza y esperanza.

El mundo puede ofrecerles distracciones momentáneas, pero solamente Dios puede sanar profundamente sus heridas. No basta con decirles que recen: necesitan vernos orar, participar en la Santa Misa, rezar el Rosario en familia y asistir a algún grupo de oración. El ejemplo de unos padres que confían en Dios deja una huella profunda que acompañará a sus hijos durante toda la vida.

Aunque algún día se alejen o cambien de rumbo, recordarán lo que vieron y aprendieron en el hogar. En los momentos difíciles, aquella semilla de fe podrá ayudarlos a encontrar nuevamente el camino de regreso a Dios.

 “Inicia al joven según el camino que debe seguir; aun cuando sea viejo, no se apartará de él” Proverbios 22,6

Reflexión

La mejor herencia que podemos dejar a nuestros hijos no es solamente material. Es enseñarles que tienen un Padre celestial que nunca los abandona. Tal vez algún día se alejen o dejen de rezar, pero la semilla sembrada permanecerá en su corazón y, cuando más lo necesiten, podrán recordar el camino de regreso a Dios.

Oración

Señor, enséñame a conducir a mis hijos hacia ti.

Que mis palabras y mi ejemplo les enseñen a orar,

a confiar en tu amor y a buscarte en toda circunstancia.

Cuando sus corazones estén heridos,

abrázalos y no permitas que busquen consuelo

en aquello que pueda destruirlos.

Acompáñalos cuando yo no pueda estar a su lado

y recuérdales siempre que en ti

encontrarán refugio, fortaleza y paz. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

jueves, 17 de septiembre de 2026

 CUANDO QUIEREN DESTRUIR A UNA FAMILIA

La familia no siempre es atacada desde afuera. Muchas veces comienza a destruirse desde adentro: con una palabra hiriente, una mentira, una infidelidad, la falta de respeto, los resentimientos guardados o la divulgación de problemas privados.

El maligno sabe que una familia unida es fuerte; por eso busca sembrar desconfianza, división y odio. Se aprovecha de nuestras heridas y nos hace reaccionar con ira, acusaciones y deseos de venganza. Recordemos que Jesús nos advierte:

“El ladrón viene solamente a robar, matar y destruir. Yo en cambio, yo he venido para que tengan vida y sean colmados” (Juan 10,10).

Cuando un conflicto amenace nuestro hogar, no debemos echar más leña al fuego ni exponer públicamente a los nuestros. Es necesario detenernos, conversar con sinceridad, reconocer los errores, pedir perdón y buscar ayuda cuando ya no podamos resolverlo solos.

Defender a la familia no significa justificar la infidelidad, la violencia o el maltrato. Significa corregir con amor, proteger a quien está siendo dañado y buscar soluciones sin perder el respeto ni la dignidad. Si existe violencia, también es necesario acudir oportunamente a las autoridades y recibir orientación profesional.

No permitamos que el orgullo tenga la última palabra. Donde el maligno quiere sembrar división, sembremos oración; donde haya ofensas, pongamos perdón; donde exista mentira, defendamos la verdad; y donde haya heridas, llevemos el amor sanador de Dios.

Oración

Señor Jesús, protege a nuestras familias de todo aquello que quiera dividirlas. Danos serenidad para no actuar con ira, humildad para reconocer nuestros errores y valentía para corregir lo que hace daño. Sana nuestras heridas, aleja la violencia y enséñanos a dialogar, perdonar y reconstruir. Que en nuestro hogar triunfen siempre la verdad, el respeto y el amor. Amén.

“Tampoco una familia dividida, puede mantenerse” (Marcos 3,25)

Reflexión

Para destruir una familia no siempre se necesitan grandes conflictos. A veces todo comienza con una mentira, una infidelidad, una palabra ofensiva, la falta de diálogo o un resentimiento que nadie quiere sanar.

El maligno busca dividir: enfrenta a los esposos, distancia a los hijos, despierta sospechas y convierte los errores en armas para herirse. Pero una familia que reconoce sus faltas, dialoga con sinceridad, pide perdón y coloca a Dios en el centro puede levantarse nuevamente.

Defender a la familia no significa encubrir la violencia, la traición o el maltrato. Significa buscar la verdad, corregir con amor, proteger a quien sufre y procurar una solución sin destruir la dignidad de nadie.

Cuando alguien quiera sembrar división, no respondamos con más odio. Respondamos con prudencia, oración y firmeza. Donde quieran destruir, nosotros debemos reconstruir; donde quieran separar, debemos buscar la unidad; y donde exista una herida, debemos permitir que Dios comience a sanar.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

 LEVANTEMOS LAS DOS ALAS DE LA ORACIÓN

La oración necesita dos alas para elevarnos hacia Dios: el perdón y la generosidad. No basta con pronunciar hermosas palabras si nuestro corazón continúa cerrado al hermano.

La primera ala es perdonar a quien nos ha ofendido. Perdonar no significa justificar el daño ni olvidar inmediatamente lo sucedido. Significa entregar a Dios la herida, renunciar a la venganza y permitir que el Espíritu Santo vaya sanando nuestro corazón. Algunas ofensas son profundas y no se superan de un día para otro; por eso necesitamos pedir fortaleza para comenzar el camino del perdón.  

La segunda ala es dar y compartir con quien necesita. Podemos ofrecer nuestro tiempo, compañía, escucha, alimento, ropa, ayuda económica o una palabra de esperanza. A veces, compartir significa incluso sacar de nuestra boca un bocado para que otro también pueda alimentarse. Lo que entregamos con amor nunca se pierde, porque llega a las manos de Dios.

Dios se sirve de los seres humanos como instrumentos de su providencia. Cuando damos, permitimos que el milagro de Dios llegue a la vida de alguien. 

Tal vez una familia esté pidiendo alimento y el Señor quiera responderle por medio de nuestra generosidad. Quizá una persona esté rogando por consuelo y Dios quiera abrazarla mediante nuestras palabras y nuestra presencia.

"Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja "

Tu amiga 

Mirtha Villarroel de Rocha 

lunes, 14 de septiembre de 2026

 EL ROSARIO EN EL COMBATE ESPIRITUAL

Cuando empiezas a rezar el Rosario, muchas veces aparece algo que intenta detenerte: sientes sueño sin estar físicamente cansado, surgen pensamientos intrusos, suena el teléfono, llaman a la puerta o recuerdas de repente todo lo que tienes pendiente.

No toda interrupción proviene del maligno; algunas son situaciones normales de la vida. Sin embargo, cuando las distracciones buscan apartarte constantemente de la oración, pueden convertirse en un verdadero combate espiritual.

No abandones el Rosario. Tal vez ese Rosario que más te cuesta rezar sea precisamente el que más necesitas. Apaga el celular, busca un lugar tranquilo y, cada vez que te distraigas, vuelve con serenidad al misterio que estás contemplando. Dios no exige una oración perfecta, sino un corazón perseverante.

Si aprendes a reconocer las distracciones, también aprenderás a vencerlas. No luches con desesperación: combate con fe, paciencia y constancia, tomado de la mano de María.

“Sométanse, pues, a Dios; resistan al diablo y huirá de ustedes”. Santiago 4,7

No dejes el Rosario: perseverar en la oración ya es comenzar a vencer.

REFLEXIÓN

Las distracciones durante el Rosario no significan que nuestra oración no tenga valor. Cada vez que nuestra mente se aleja y volvemos con amor, estamos diciéndole nuevamente “sí” a Dios. Lo importante no es rezar sin ninguna dificultad, sino perseverar a pesar de ella.

El Rosario que rezamos con esfuerzo, sueño o preocupaciones puede convertirse en una hermosa ofrenda. María conoce nuestra fragilidad y nos acompaña para acercarnos a Jesús. No abandonemos la oración: en el combate espiritual, la perseverancia es una victoria.

ORACIÓN

Señor Jesús, cuando quiera rezar y las distracciones intenten apartarme de Ti, concédeme serenidad, fortaleza y perseverancia.

Aleja de mi mente los pensamientos que me inquietan y ayúdame a contemplar con fe los misterios de tu vida.

Virgen María, tómame de la mano, enséñame a rezar con amor y protégeme en todo combate espiritual. Que, aun en medio del cansancio y las interrupciones, nunca abandone el Santo Rosario. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

Próximo encuentro en Toque Espiritual

 

sábado, 12 de septiembre de 2026

LEVANTEMOS LAS DOS ALAS DE LA ORACIÓN

La oración necesita dos alas para elevarnos hacia Dios: el perdón y la generosidad. No basta con pronunciar hermosas palabras si nuestro corazón continúa cerrado al hermano.

La primera ala es perdonar a quien nos ha ofendido. Perdonar no significa justificar el daño ni olvidar inmediatamente lo sucedido. Significa entregar a Dios la herida, renunciar a la venganza y permitir que el Espíritu Santo vaya sanando nuestro corazón. Algunas ofensas son profundas y no se superan de un día para otro; por eso necesitamos pedir fortaleza para comenzar el camino del perdón.

La segunda ala es dar y compartir con quien necesita. Podemos ofrecer nuestro tiempo, compañía, escucha, alimento, ropa, ayuda económica o una palabra de esperanza. A veces, compartir significa incluso sacar de nuestra boca un bocado para que otro también pueda alimentarse. Lo que entregamos con amor nunca se pierde, porque llega a las manos de Dios.

Dios se sirve de los seres humanos como instrumentos de su providencia. Cuando damos, permitimos que el milagro de Dios llegue a la vida de alguien. Tal vez una familia esté pidiendo alimento y el Señor quiera responderle por medio de nuestra generosidad. Quizá una persona esté rogando por consuelo y Dios quiera abrazarla mediante nuestras palabras y nuestra presencia.

No impidamos la acción del Espíritu Santo. Dejemos que Él nos enseñe a perdonar, a compartir y a reconocer a Jesús en el rostro del necesitado. Levantemos con fortaleza las dos alas de la oración: perdonemos con misericordia y demos con amor. Así nuestra oración no quedará solamente en los labios, sino que se convertirá en una vida capaz de volar hacia Dios.

Cita bíblica

“No condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará; recibirán una medida bien llena, apretada y rebosante; porque con la medida que ustedes midan, serán medidos”. Lucas 6,37-38

Reflexión

La oración necesita dos alas para elevarse hacia Dios: el perdón y la generosidad. Una de ellas nos invita a perdonar a quien nos ofendió, aunque la herida todavía duela; la otra nos impulsa a abrir las manos y compartir con quien necesita.

Dios muchas veces se sirve de nosotros como instrumentos de su amor. Cuando visitamos a un enfermo, consolamos al que sufre o somos capaces de sacar de nuestra propia boca un bocado para compartirlo, permitimos que ocurra el milagro de Dios en la vida de otra persona.

No siempre podemos solucionar todos los problemas, pero siempre podemos hacer algo: escuchar, acompañar, compartir el pan o pronunciar una palabra de esperanza. Levantemos con fortaleza las dos alas del corazón: perdonemos con misericordia y demos con amor. Solo así nuestra oración dejará de ser palabras y se convertirá en una verdadera obra de fe.

Oración

Señor Jesús,

abre mi corazón para perdonar

a quien me ha causado dolor

y enséñame a compartir con quien necesita.

No permitas que la indiferencia

cierre mis manos ni que el resentimiento

me impida acercarme a Ti.

Espíritu Santo, actúa en mi vida

y conviérteme en instrumento de tu amor.

Que pueda sacar de mi propia mesa

un bocado para compartir con mi hermano.

Levanta en mí las dos alas de la oración:

el perdón y la generosidad,

para que mi vida vuele cada día

hacia el corazón de Dios. Amén.    

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha 

Próximo encuentro en Toque Espiritual

viernes, 11 de septiembre de 2026

 EL BANCO QUE PAGA EL INTERÉS MÁS ALTO: LA MISERICORDIA

Existe un banco que no guarda dinero, pero conserva cada obra realizada con amor: el banco espiritual de la misericordia. En él depositamos cuando ayudamos al pobre, compartimos nuestro pan, acompañamos al enfermo, perdonamos una ofensa y oramos por quienes nos persiguen.

Cuando damos con generosidad, no perdemos. Quizá no recibamos la recompensa de la misma persona ni de la manera que imaginamos, pero Dios nunca olvida el bien que hacemos. Él nos devuelve con la tasa de interés más alta: paz en el corazón, fortaleza en las dificultades, consuelo en el sufrimiento y bendiciones que muchas veces llegan cuando más las necesitamos.

La Palabra de Dios nos dice:

“El que se compadece del pobre presta al Señor, que le pagará su buena obra”. Proverbios 19,17

Es como si, al ayudar al necesitado, Dios mismo firmara un pagaré espiritual. Sin embargo, no debemos hacer el bien únicamente para recibir algo a cambio. La verdadera caridad nace de un corazón agradecido que reconoce que todo lo que posee es un regalo del Señor.

La parábola del buen samaritano nos enseña que amar significa detenernos ante el dolor ajeno. Mientras otros pasaron de largo, el samaritano se acercó al hombre herido, vendó sus heridas, lo llevó a un lugar seguro y pagó para que lo cuidaran. No preguntó quién era, de dónde venía ni qué recibiría a cambio. Simplemente vio a un hermano que necesitaba ayuda y actuó con misericordia.

También nosotros podemos encontrar personas heridas a la orilla de nuestro camino: alguien que necesita alimento, una palabra de aliento, compañía, escucha o comprensión. No siempre podremos resolver todos sus problemas, pero podemos detenernos, acercarnos y ofrecer aquello que esté a nuestro alcance.

Incluso Jesús nos pide algo todavía más difícil: amar a nuestros enemigos y orar por quienes nos persiguen. Esa oración también es un depósito en el banco de la misericordia, porque libera nuestro corazón del resentimiento y permite que el Espíritu Santo transforme nuestras heridas.

Depositemos cada día una obra buena en este banco celestial. Compartamos sin humillar, ayudemos sin hacer publicidad y perdonemos sin guardar cuentas. Con Dios nunca se pierde: todo acto de amor permanece guardado en su corazón.

“Vete y haz tú lo mismo”. Lucas 10,37

Oración

Señor Jesús, dame un corazón misericordioso, capaz de detenerse ante el sufrimiento de mis hermanos. Enséñame a compartir, perdonar y orar por quienes me han herido. Que mis manos sean instrumentos de tu providencia y que nunca pase indiferente frente al necesitado. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

 Proximo encuentro en Toque Espiritual


  RECONOCER A QUIEN NECESITA AYUDA Y SABER CÓMO ACOMPAÑARLO Muchas personas necesitan ayuda, pero no siempre saben pedirla. Algunas oculta...