LA VIDA EN MANOS DE DIOS Y CADA DÍA CUENTA.

Este mensaje nace de una experiencia vivida desde lo más hondo del corazón hace días atrás. Mi esposo necesitaba una cirugía urgente que duró seis horas y, mientras él estaba en manos de los médicos, mis hijas y yo sólo pudimos hacer una cosa: ORAR. No todo estaba bajo control ni había seguridades humanas que aferraran el corazón, porque cualquier cirugía corre riesgos. Sin embargo, en medio de esa fragilidad, nació una confianza más honda puesta en Dios y el equipo de médicos, fue una súplica silenciosa que sólo brota cuando se ama de verdad a un ser querido. Y en esa vulnerabilidad por la que pasaba mi esposo, comprendí que el amor verdadero no es sólo permanecer cuando todo va bien, ni sentir compasión ante las circunstancias difíciles. El amor auténtico puede renacer, hacerse más consciente, más fuerte y más agradecido, cuando se entrega sin reservas y se confía en Dios. No nace del miedo ni de la lástima, sino de una decisión profunda del corazón. Y comprendí, con el alma colmada, que estamos a poco tiempo de cumplir cincuenta años caminando juntos, sostenidos no por nuestras fuerzas, sino por la pura Gracia de Dios.

Al concluir la cirugía, el médico urólogo/oncólogo, nos dijo una frase expresada por él durante la operación y que quedó grabada en el alma: “Espero que la familia haya estado rezando.”

No lo dijo antes, lo dijo después. Y por algo lo dijo. Ese profesional de la ciencia, de nacionalidad mexicana y muy devoto de la Virgen de Guadalupe, sabía que hay momentos en los que la medicina hace todo lo posible, pero la vida también se sostiene desde lo alto.

La vida es frágil y cada día cuenta. Nada está garantizado, salvo el amor de Dios que nos sostiene aun en medio de la incertidumbre. Por eso, no vivamos distraídos ni endurecidos, sino atentos al valor del hoy, al abrazo que aún podemos dar, a la palabra que todavía puede sanar, a la oración que sigue sosteniendo incluso cuando no vemos resultados inmediatos.

Cuando todo queda en manos de Dios, aprendemos que no estamos solos, que la fe no reemplaza a la ciencia, pero la acompaña; que la oración no es evasión, sino fuerza; y que incluso en una sala de cirugía, Dios escucha, actúa y cuida.

“Encomienda al Señor tu camino; confía en Él, que Él actuará.” (Salmo 37,5)

Recordemos que Dios tiene un plan y un propósito para cada vida, incluso cuando no lo comprendemos del todo. En los momentos de prueba, cuando las fuerzas parecen agotarse y el camino se vuelve incierto, solo en el Señor encontramos la verdadera fortaleza, la paz que no depende de las circunstancias y la esperanza que no defrauda.

Confiar en Dios no elimina las dificultades, pero nos da la certeza de que no caminamos solos. En sus manos, la fragilidad se transforma en oportunidad, el dolor en aprendizaje y cada día en un regalo que merece ser vivido con fe, gratitud y amor.

 “Mi gracia te basta, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad.” Segunda Carta a los Corintios 12,9

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

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