DONDE LA MISERICORDIA SE HACE VIDA

Cuando pensemos en el día en que estaremos ante el Señor, no imaginemos un tribunal severo, sino un encuentro con el Amor que nos creó. Y en esa luz comprenderemos algo muy sencillo y muy profundo: el amor a Dios siempre pasó por el amor al prójimo.

Jesús no dejó el amor en teorías. Lo hizo gesto, cercanía, compasión. Tocó al leproso, defendió al pecador, dio de comer a la multitud, lloró con los que lloraban. Y luego nos dijo que hiciéramos lo mismo.

Las obras de misericordia no son una lista antigua; son el camino diario del cristiano. Son el amor traducido en acciones concretas.

Dar de comer al hambriento no es solo ofrecer pan, es compartir lo que somos.

Visitar al enfermo no es cumplir un deber, es llevar esperanza donde hay dolor.

Perdonar al que nos hiere no es debilidad, es parecerse a Cristo.

Enseñar al que no sabe, corregir con paciencia, consolar al triste, orar por los vivos y los difuntos… todo eso construye eternidad.

A veces pensamos que necesitamos hacer grandes cosas para agradar a Dios. Pero Él mira lo pequeño hecho con amor. Una palabra amable, una ayuda silenciosa, una oración ofrecida por alguien que sufre puede tener más valor que un gesto que busca aplausos.

Las obras de misericordia son el termómetro del corazón. Allí se revela si nuestra fe está viva. Porque no podemos decir que amamos a Dios si ignoramos al hermano que necesita nuestra mano.

Mientras tengamos vida, tenemos la oportunidad de practicar la misericordia. Cada día es una nueva ocasión para convertir la fe en acción. Y cuando llegue el momento de nuestro encuentro con el Señor, no llevaremos bienes materiales ni honores humanos. Llevaremos el amor que dimos.

Y ese amor, hecho misericordia, será nuestra mejor respuesta ante Dios.

Y mientras caminamos en esta vida, no lo hacemos solos. Dios no espera nuestra llegada para empezar a amarnos; ya nos acompaña, ya nos sostiene, ya nos perdona. Cada día es una nueva oportunidad para corregir, para reconciliarnos, para hacer el bien, para volver a empezar.

No vivamos con miedo al encuentro final, sino con esperanza. Porque si hoy intentamos amar, perdonar y confiar, mañana ese encuentro no será oscuridad, sino luz. No será reproche, sino abrazo.

Vivamos de tal manera que, cuando llegue el momento, podamos cerrar los ojos con paz y abrirlos ante Él con confianza. Que nuestra vida haya sido una siembra constante de misericordia, de gestos pequeños llenos de amor, de perdón ofrecido aun cuando dolía.

Porque al final, todo pasa…

las preocupaciones, los logros, las luchas, incluso los sufrimientos.

Pero el amor que sembramos no pasa. Ese amor nos precede, nos acompaña y nos abrirá las puertas de la eternidad.

Y quizás, en ese instante sagrado, lo único que necesitemos decir con humildad y serenidad sea:

 “En esto conocerán todos que son mis discípulos: si se aman los unos a los otros.” (Juan 13, 35

“Señor, tú conoces mi fragilidad… pero sabes que intenté amar.”

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

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