el señor es mi pastos

nada me faltara

sábado, 28 de febrero de 2026

 EN EL DÍA DE TU CONSAGRACIÓN A LA VIRGEN MARÍA

Mi hijita querida y muy amada ALEJANDRITA

Hoy mi corazón está lleno de lágrimas… pero de alegría.

Verte consagrarte a la Virgen María es uno de los regalos más grandes que Dios me concede y hoy te concede.

Eso me llena de paz y me hace derramar lágrimas mientras escribo este mensaje para vos y, cuántos años pasaron.

Desde que estabas en mis brazos por primera vez, yo le pedí a la Virgen María que te cuidara porque no fue un parto fácil  y te confié a la Madre del Cielo y a tu papá, con la certeza que te cuidarían.

Y hoy, eres tú quien, libremente, decides ponerte bajo su manto.

Consagrarte a María es decirle:

“Madre, guíame. Madre, fórmame. Madre, llévame a Jesús.”

Y no hay lugar más seguro para tu corazón que el corazón de Ella.

Habrá días luminosos y días muy difíciles.

Habrá momentos de certeza y momentos de duda.

Pero recuerda siempre esto:

La Virgen nunca abandona a quien se le entrega.

Que ella te cubra con su ternura.

Que te siga enseñando a ser mujer de fe, de valentía y de pureza.

Que moldee mucho más tu corazón según el de su Hijo.

Hoy te veo dar este paso y entiendo que ya no eres solo mi pequeña…

eres también la hija predilecta de María.

Camina confiada.

Ama sin miedo.

Confía sin reservas.

Y cuando la vida te ponga pruebas, recuerda:

tienes una Madre en el cielo… y siempre tendrás mi oración aquí en la tierra.

Te amo con un amor que sólo Dios puede comprender.

ALEJANDRITA HOY TE MANDO HASTA LA CATEDRAL DONDE SERÁ TU CONSAGRACIÓN,  UNA PEQUEÑA BENDICIÓN PARA TI

Con todo el corazón

Que la Virgen María te cubra con su manto hoy y siempre.

Que su ternura te proteja,

que su pureza inspire tus decisiones,

y que su fe fortalezca tu corazón.

Que Jesús sea el centro de tu vida

y que nunca te apartes de su amor.

Que el Señor te bendiga, te guarde y te conceda paz.

Y como madre, te bendigo

en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén.

Tu mamá

Mirtha Villarroel de Rocha

 EN EL DÍA DE TU CONSAGRACIÓN A LA VIRGEN MARÍA

Mi hijita querida y muy amada ALEJANDRITA

Hoy mi corazón está lleno de lágrimas… pero de alegría.

Verte consagrarte a la Virgen María es uno de los regalos más grandes que Dios me concede y hoy te concede.

Eso me llena de paz y me hace derramar lágrimas mientras escribo este mensaje para vos y, cuántos años pasaron.

Desde que estabas en mis brazos por primera vez, yo le pedí a la Virgen María que te cuidara porque no fue un parto fácil  y te confié a la Madre del Cielo y a tu papá, con la certeza que te cuidarían.

Y hoy, eres tú quien, libremente, decides ponerte bajo su manto.

Consagrarte a María es decirle:

“Madre, guíame. Madre, fórmame. Madre, llévame a Jesús.”

Y no hay lugar más seguro para tu corazón que el corazón de Ella.

Habrá días luminosos y días muy difíciles.

Habrá momentos de certeza y momentos de duda.

Pero recuerda siempre esto:

La Virgen nunca abandona a quien se le entrega.

Que ella te cubra con su ternura.

Que te siga enseñando a ser mujer de fe, de valentía y de pureza.

Que moldee mucho más tu corazón según el de su Hijo.

Hoy te veo dar este paso y entiendo que ya no eres solo mi pequeña…

eres también la hija predilecta de María.

Camina confiada.

Ama sin miedo.

Confía sin reservas.

Y cuando la vida te ponga pruebas, recuerda:

tienes una Madre en el cielo… y siempre tendrás mi oración aquí en la tierra.

Te amo con un amor que sólo Dios puede comprender.

ALEJANDRITA HOY TE MANDO HASTA LA CATEDRAL DONDE SERÁ TU CONSAGRACIÓN,  UNA PEQUEÑA BENDICIÓN PARA TI

Con todo el corazón

Que la Virgen María te cubra con su manto hoy y siempre.

Que su ternura te proteja,

que su pureza inspire tus decisiones,

y que su fe fortalezca tu corazón.

Que Jesús sea el centro de tu vida

y que nunca te apartes de su amor.

Que el Señor te bendiga, te guarde y te conceda paz.

Y como madre, te bendigo

en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén.

Tu mamá

Mirtha Villarroel de Rocha

jueves, 26 de febrero de 2026

 LA ORACIÓN: EL OXÍGENO DEL ALMA EN EL TIEMPO DE CUARESMA

 “La única oración que se pierde es la que no se hace”.

En el tiempo de Cuaresma, esta frase cobra un sentido aún más profundo. La Cuaresma es un camino de preparación, conversión y encuentro con Dios. Es el tiempo en que la Iglesia nos invita a volver al desierto, al silencio y a la oración sincera.

Si el cuerpo necesita oxígeno para vivir, el alma necesita la oración para no apagarse. Y la Cuaresma es precisamente el tiempo para volver a respirar espiritualmente.

 La Cuaresma: un llamado a volver a orar

Durante cuarenta días somos invitados a revisar nuestra vida. Muchas veces pedimos a Dios, pero somos inconstantes. Oramos cuando hay necesidad urgente, pero olvidamos perseverar.

La Cuaresma nos recuerda que:

No basta pedir, hay que permanecer.

No basta comenzar, hay que perseverar.

No basta hablar con Dios de vez en cuando, hay que vivir en comunión constante.

Es un tiempo para recuperar la disciplina de la oración diaria.

 Jesús en el desierto: modelo de oración

La Cuaresma nos lleva al desierto con Jesús. Antes de iniciar su misión, Él se retiró a orar y ayunar. Allí venció la tentación no con fuerza humana, sino con comunión profunda con el Padre.

La oración fue su fortaleza.

También debe ser la nuestra.

El hombre es grande cuando está orando, porque reconoce que su verdadera fuerza viene de Dios.

Oración constante y confianza

Muchos piden, pero se cansan cuando la respuesta tarda. Sin embargo, la Palabra nos anima a perseverar:

“Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen a la puerta y les abrirán.” (Mateo 7,7)

Este texto nos enseña tres actitudes cuaresmales:

Pedir con fe.

Buscar con perseverancia.

Llamar sin rendirse.

La oración que nace del corazón humilde nunca se pierde.

La verdadera conversión comienza de rodillas

La Cuaresma no es sólo dejar algo externo; es transformar el corazón.

Y esa transformación comienza en la oración.

Cuando oramos:

Reconocemos nuestros pecados.

Aceptamos nuestra fragilidad.

Abrimos espacio para la gracia.

Permitimos que Dios renueve nuestra vida.

Sin oración no hay verdadera conversión.

La única oración que se pierde es la que no se hace.

La Cuaresma es el tiempo de volver a orar con más profundidad, más constancia y más amor.

Que en estos cuarenta días aprendamos a respirar espiritualmente.

Que el desierto no nos asuste, sino que nos fortalezca.

Que descubramos que el hombre es verdaderamente grande cuando está orando.

Porque la oración es el oxígeno del alma…

y la Cuaresma es el tiempo para volver a respirar.

En Cuaresma somos llamados a entrar en nuestro “cuarto interior”, cerrar la puerta del ruido y abrir el corazón a Dios.

“Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja”

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 EL DESIERTO: LUGAR DE PRUEBA Y ENCUENTRO CON DIOS

La Biblia muestra que el desierto es lugar de encuentro: Israel fue probado allí, Jesús fue tentado allí, y allí también Dios habló al corazón. Cuando llega tu desierto no significa que Dios te abandonó; muchas veces significa que te está llevando a un nivel más profundo. No es ausencia de Dios, sino un cambio en la forma de experimentarlo. Duele, pero madura la fe.

La pregunta no es por qué llegó el desierto, sino qué harás dentro de él.

El “desierto” no es solo un lugar físico, sino una experiencia interior de sequedad, prueba, silencio o confusión. Y la cuestión clave es: ¿me acerco más a Dios o me alejo?

La Cuaresma ilumina este proceso. Son 40 días de preparación para la Pascua, desde el Miércoles de Ceniza hasta antes de la Misa de la Cena del Señor. El número 40 en la Biblia significa preparación: 40 días del diluvio, 40 años en el desierto, 40 días de ayuno de Jesús. El desierto no es castigo, es preparación.

El desierto incomoda porque elimina lo superficial y nos deja frente a nosotros mismos y a Dios. Allí hay dos caminos: endurecerse o dejarse transformar.

La Cuaresma propone tres medios para vivir bien el desierto: oración, ayuno y limosna. No son solo actos externos, sino respuestas concretas:

Puedo endurecer el corazón, distraerme o alejarme porque “no siento” a Dios.

O puedo buscarlo más en la oración, purificar mis apegos con el ayuno y salir de mí mismo mediante la caridad.

El desierto revela el corazón. En la abundancia es fácil creer; en la sequedad se prueba la fe. Jesús fue tentado, pero salió fortalecido.

El desierto no es el final: es camino hacia la Resurrección. Si me acerco a Dios, incluso con dudas y debilidad, crezco; si huyo, me estanco.

Por eso, cuando llegue tu desierto, pregúntate:

¿Estoy dejando que este tiempo me transforme?

¿Estoy permitiendo que Dios me hable en el silencio?

¿Estoy caminando hacia mi Pascua interior?

El desierto puede ser el lugar donde me pierdo… o donde verdaderamente me encuentro con Dios.

Que cada desierto no sea huido, sino transformación. Que el silencio te enseñe a escuchar. Que la sequedad te purifique. Y que al final descubras que Dios nunca se fue, sino que caminó contigo hacia una Pascua interior donde renace la esperanza.

“Acuérdate de todo el camino que Yavé tu Dios, te hizo recorrer en el desierto por espacio de cuarenta años. Te hizo pasar necesidad para probarte y conocer lo que había en tu corazón; si ibas o no a guardar sus mandamientos.”

“Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja”

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

 CONFIANZA QUE VENCE EN EL SILENCIO DE DIOS

Dios escucha nuestras oraciones, pero también mira nuestras manos. Manos que se levantan para orar, pero que también se extienden para servir. No basta pedir bendiciones si no estamos dispuestos a ser bendición para otros.

Porque quien ora con fe y actúa con caridad jamás será vencido, ya que Dios mismo sostiene su caminar. La oración nos eleva, nos fortalece y nos llena de esperanza, pero es la caridad la que hace visible esa fe en nuestra vida diaria.

Cuando oramos y, al mismo tiempo, practicamos obras de misericordia, ayudar al necesitado, consolar al triste, perdonar de corazón, compartir el pan con quien tiene hambre nuestra fe deja de ser sólo palabra y se convierte en acción concreta.

La fe verdadera no se encierra en el templo; se manifiesta en la calle, en el hogar, en el trabajo, en cada gesto de amor.

En este camino espiritual, comprendemos que no existe derrota cuando vivimos unidos a Dios y comprometidos con el prójimo. La oración nos conecta con el cielo; la caridad transforma la tierra. Y cuando ambas caminan juntas, nuestra fe madura, se purifica y se transforma en esperanza viva. Porque quien confía en el Señor descubre que toda prueba es oportunidad de crecer y que, sostenidos por Dios, siempre avanzamos hacia la luz, el corazón se llena de paz y la vida adquiere un sentido más profundo.

No dejemos pasar esta oportunidad de compartir con el necesitado de meterse en su zapato, a lo que llamamos empatía y comprender que a pesar de los desiertos vividos, no hay derrota para quienes ponen su confianza en el Señor, porque aun en medio de la prueba, Dios obra en silencio preparando la victoria del espíritu.

La dificultad no es el final, sino el camino donde la fe se fortalece y el corazón aprende a depender más de Él.

Así, nuestra fe deja de ser promesa y se convierte en testimonio vivo del amor de Dios. En esta Cuaresma somos llamados a volver el corazón a Dios con humildad. No basta sólo orar con los labios; debemos orar con la vida.

 La verdadera confianza en el Señor se manifiesta en los tres pilares de la Cuaresma: ORACIÓN, AYUNO Y CARIDAD.

 “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Amparo de mi vida es el Señor, ¿De quién puedo temblar? Salmo 27,1

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

martes, 24 de febrero de 2026

 Hermano GABRIELITO…

Quiero decirte algo con respeto y cariño. A veces, cuando estamos bajo presión económica, emocional o de pareja nuestra visión se reduce. Empezamos a pensar que alejarnos de la familia es la solución, que cortar vínculos traerá paz. Pero la verdadera paz no nace del aislamiento, sino del orden interior.

La fe no se usa para dividir. La fe auténtica une, sana, reconcilia y enseña humildad. Y la humildad no significa ceder ante presiones, sino reconocer que necesitamos consejo, comunidad y apoyo.

Ninguna relación debería empujarte a romper con tus hermanos. Al contrario, quien te ama de verdad respeta tus raíces.

No te hablo desde el enojo, sino desde la preocupación sincera. Las decisiones tomadas bajo presión o influencia intensa rara vez reflejan lo mejor de nosotros. Respira. Ora. Busca silencio. No tomes decisiones definitivas desde emociones temporales.

No estás en guerra con nadie. No tienes que probar nada. No tienes que elegir entre amor y familia. La verdadera madurez es integrar, no dividir.

Y recuerda algo: Dios no empuja al aislamiento ni al orgullo. Dios invita a la reconciliación, a la prudencia y a la serenidad.

Aquí estamos. No como enemigos, sino como hermanos Villarroel Hurtado.

 

  Mensaje de ánimo y esperanza para mi hermano querido GABRIELITO

He leído lo que escribiste y quiero hablarte desde el corazón. No como juez, no como crítica, sino como alguien que te ama profundamente.

La vida no es una carta de despedida. No es un punto final. Es un camino que a veces pasa por desiertos, sí… pero los desiertos no son el destino, son etapas.

Todos atravesamos momentos de presión, de dudas, de enfermedades cargas económicas, emocionales y espirituales. Pero no podemos permitir que la tristeza nos robe la esperanza. La tristeza prolongada nubla la mirada y nos hace pensar que todo está perdido… y no es verdad Hno, la vida es hermosa a pesar de los desiertos, ¿crees que para mí fue fácil soportar cáncer por dos veces y una cirugía a corazón abierto? Pero ahí estaba Dios dándome fortaleza y floreciendo aún más mi fe mantenida hasta hoy dia.

La Palabra de Dios siempre nos recuerda que después del desierto viene la tierra prometida. No tomes decisiones movido por el cansancio o la presión de una familia, sin consideración, sin humanismo, que se refleja en un vacío espiritual de tu compañera. Las decisiones importantes se toman en paz, no en la tormenta, porque aún puedes remar mar adentro.

Tú eres un hombre valioso, inteligente, capaz. Has salido adelante antes y puedes hacerlo nuevamente. No estás solo. Tu familia no es tu carga; es tu raíz. Y las raíces no se arrancan por un torbellino pasajero.

No te dejes vencer por pensamientos oscuros. No te dejes seducir por la idea de que todo está roto. Cuando algo duele, se sana; cuando algo pesa, se reorganiza; pero no se abandona lo que Dios ha sembrado.

La vida es hermosa, incluso cuando cuesta. Y tú tienes todavía mucho por vivir, por construir y por reconciliar. Busca un sacerdote confiesa tu actual relación de matrimonio civil y ve tu situación espiritual, porque Dios nos pide sólo fidelidad.

Te amo hermano, te dejo este grito de guerra de San Miguel Arcángel  “QUIÉN COMO DIOS, NADIE COMO DIOS”

Un abracito de paz

Mirtha     

 NUESTRA VIDA SE MARCHITA COMO LA HIERBA DEL CAMPO. VIVE HOY PARA LA ETERNIDAD.

La vida es frágil. Hoy estamos llenos de planes, sueños y ocupaciones; mañana, como la hierba del campo, podemos marchitarnos. Así lo recuerda la Escritura, nuestra existencia es pasajera, breve como el soplo del viento. Sin embargo, vivimos como si lo material fuera eterno y como si Dios pudiera esperar.

Este es un llamado urgente, amoroso y firme. Despierta. No pongas tu corazón en lo que se queda, sino en Aquel que permanece para siempre.

 La vida es breve… ¿en qué la estamos invirtiendo?

Trabajamos, acumulamos, construimos, compramos… pero nada de eso cruzará con nosotros el umbral de la eternidad.

Las casas, los títulos, el dinero y los reconocimientos se quedan aquí.

Lo único que llevaremos ante la presencia de Dios será:

El amor que dimos.

El perdón que ofrecimos.

La misericordia que practicamos.

Las obras hechas por Él y para Él.

La pregunta no es cuánto tenemos, sino cuánto hemos amado.

 Poner primero a Dios: el verdadero orden de la vida

Cuando Dios ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su sitio.

Buscar a Dios no es una actividad más en la agenda; es el centro que sostiene todo.

Poner a Dios primero significa:

Orar antes de decidir.

Perdonar antes de juzgar.

Servir antes de exigir.

Amar antes de criticar.

Cuando Dios es prioridad, el corazón deja de vivir para lo pasajero y comienza a vivir para lo eterno.

 Las obras de misericordia: el tesoro que SÍ llevaremos

Las obras de misericordia no son opcionales; son el camino seguro hacia una vida plena y preparada para la eternidad.

Dar de comer al hambriento. Visitar al enfermo. Acompañar al que sufre.

Perdonar al que nos ofende. Corregir con amor. Consolar al triste. Cada acto de misericordia es una semilla eterna.

El día final no nos preguntarán cuánto acumulamos, sino cuánto compartimos. No cuánto brillamos, sino cuánto iluminamos la vida de otros.

 Que la partida final no nos encuentre con las manos vacías

La muerte no avisa. Llega cuando menos lo esperamos.

¿Estamos preparados?

Imagínate presentarte ante Dios con las manos llenas de amor, servicio y fidelidad…

O con las manos vacías, llenas sólo de cosas que nunca importaron realmente.

Hoy es el día para decidir.

Hoy es el día para reconciliarte.

Hoy es el día para servir.

Hoy es el día para amar más.

Porque cuando la hierba se marchita y el soplo termina, solo permanecerá lo que hicimos por amor dimos y cuántas obras de misericordia hicimos con nuestro prójimo.

“La vida del hombre dura lo que la hierba, florece como la flor silvestre. Que sopla el viento sobre ella y ya no existe, se ha ido para siempre.” Salmo 102,15-16

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!

Tu amiga

 Mirtha Villarroel de Rocha

lunes, 23 de febrero de 2026

 LA RUTA FINAL. ESTAMOS EN CUARESMA

Nuestra vida se marchita como la hierba del campo. Hoy está verde y llena de fuerza; mañana el viento sopla y desaparece. Así es nuestra existencia: frágil, breve, pasajera. No sabemos el día ni la hora en que emprenderemos la ruta final, pero sabemos con certeza que llegará.

Vivimos como si el tiempo fuera ilimitado, como si siempre hubiera un “mañana” para cambiar, perdonar, orar o amar. Pero la verdad es que cada amanecer es un regalo y cada atardecer es una observación de que el reloj avanza. Por eso no podemos caminar distraídos ni dormir espiritualmente. La eternidad no se improvisa; se prepara día a día.

Estamos en Cuaresma, un tiempo santo que la Iglesia nos ofrece como oportunidad de conversión. No es sólo un período litúrgico, es una llamada urgente del cielo. Es el momento de detenernos, examinar el corazón y preguntarnos: ¿Cómo estoy caminando? ¿Qué estoy acumulando para la eternidad? ¿Llegaría hoy con las manos vacías?

La Cuaresma nos guía por tres pilares fundamentales que iluminan nuestra ruta:

La oración, que nos conecta con Dios y nos recuerda que sin Él nada somos. Orar es reconocer nuestra dependencia, es abrir el corazón, es escuchar su voz en medio del ruido del mundo. Una vida sin oración es una vida sin dirección.

El ayuno, que nos enseña desprendimiento y purifica nuestras intenciones. No es solo dejar de comer; es aprender a decir no a lo que nos esclaviza y sí a lo que nos acerca a Dios. Es ordenar el corazón y recordar que no vivimos solo de pan, sino de la Palabra que sale de la boca del Señor.

Las obras de misericordia, que llenan nuestras manos de amor concreto. Porque al final no se nos preguntará cuánto tuvimos, sino cuánto dimos. No cuánto hablamos, sino cuánto ayudamos. No cuántos proyectos acumulamos, sino cuántas vidas tocamos con compasión.

No sabemos el día ni la hora. Pero sí sabemos que no queremos llegar con las manos vacías. Queremos llegar con fe viva, con obras que hablen por nosotros, con cicatrices de haber amado, con lágrimas ofrecidas, con sacrificios escondidos que solo Dios vio.

La ruta final no debe causarnos temor si hemos caminado con propósito. Que cuando llegue ese momento podamos decir: “Señor, aquí estoy. No fui perfecto, pero intenté amarte. No siempre fui fuerte, pero confié en Ti. No tengo riquezas que ofrecerte, pero traigo un corazón que aprendió a orar, a renunciar y a servir.”

Porque la vida es breve, pero la eternidad es para siempre.

Que esta Cuaresma nos encuentre despiertos.

Que el día final nos encuentre preparados.

“Por eso estén alerta; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que menos piensen” Mateo 24,44

“Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja”

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

 

domingo, 22 de febrero de 2026

 “EN EL DESIERTO DE NUESTRA VIDA, DIOS NOS FORTALECE”

¿Qué nos enseña este domingo el Evangelio según San Mateo 4,1-11

Jesús fue tentado, pero no pecó.

Nos muestra que la tentación no es pecado; el pecado es ceder.

Este domingo nos invita a: Fortalecer la oración. Practicar el ayuno. Vivir la caridad. Permanecer firmes ante el mal.

Jesús, antes de comenzar su misión pública, entra en el desierto. Allí enfrenta tres tentaciones que representan nuestras propias luchas:

EL PAN la tentación del materialismo.

“No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” (Mt 4,4)

EL PODER Y LA GLORIA la tentación de la ambición y el dominio.

“Adorarás al Señor tu Dios, a Él solo servirás.” (Mt 4,10)

PONER A PRUEBA A DIOS la tentación de la soberbia espiritual.

“No tentarás al Señor tu Dios.” (Mt 4,7)

Todos vivimos desiertos.

Desiertos de enfermedad, de problemas económicos, de traiciones, de infidelidades, de incertidumbre, de cansancio interior.

Hay momentos en que sentimos soledad, dudas o tentaciones de rendirnos, de responder con enojo, de actuar sin pensar, de alejarnos de Dios.

Pero el Evangelio del Domingo de Tentación nos recuerda algo profundo:

Jesús también pasó por el desierto.

Y allí no perdió la fe, no perdió la confianza, no perdió la identidad de Hijo de Dios.

En nuestra vida real, las tentaciones no siempre son espectaculares; muchas veces son silenciosas, elegir el camino fácil en vez del correcto, callar cuando debemos defender la verdad, responder con orgullo en vez de humildad, vivir distraídos sin espacio para Dios.

 EL DESIERTO HOY

El desierto no es sólo un lugar físico. Es el silencio interior. Es la prueba.

Es la lucha contra nuestras debilidades.

La Cuaresma nos invita a detenernos y preguntarnos:

 ¿Qué estoy haciendo cuando llega mi desierto?

 ¿Me acerco más a Dios o me alejo?

Recordemos: que el desierto no es castigo, es preparación.

La prueba no es abandono, es fortalecimiento.

Si permanecemos firmes, el desierto se convierte en escuela, y la tentación en oportunidad de crecimiento.

La Cuaresma comienza recordándonos que la tentación existe, pero también que con la Palabra de Dios se vence.

Que esta Cuaresma nos encuentre más conscientes, más fuertes y más unidos a Dios en medio de nuestra realidad diaria.

Porque al final, no vence quien nunca es tentado…

vence quien, confiando en Dios, decide permanecer fiel.

“Dichoso el hombre que soporta la tentación, porque una vez probado recibirá la corona de la vida.” Carta de Santiago 1,12

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

sábado, 21 de febrero de 2026

 VIVIR LA CUARESMA CON CONCIENCIA Y URGENCIA

La Cuaresma es un tiempo santo, un regalo de Dios para detenernos en medio del ruido del mundo y mirar nuestra alma con sinceridad. No es simplemente una tradición anual; es una oportunidad concreta de conversión. Es el llamado amoroso y firme del Señor que nos dice: “Vuelve a mí con todo tu corazón.”

Vivimos muchas veces distraídos, ocupados en lo material, preocupados por lo inmediato, corriendo detrás de lo que pasa. Pero la realidad es clara: nuestra vida se marchita como la hierba del campo. Somos frágiles, pasajeros, peregrinos en esta tierra. Y precisamente por eso, la Cuaresma es urgente.

La Palabra de Dios nos lo recuerda con fuerza:

“Porque él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos polvo. Los días del hombre son como la hierba, florece como la flor del campo; pasa el viento y ya no está.” (Salmo 103,14-16)

Esta verdad no debe llenarnos de miedo, sino de conciencia. Si la vida es breve, entonces cada día cuenta. Cada decisión cuenta. Cada acto de amor cuenta.

La Cuaresma es el tiempo de gracia para no llegar con las manos vacías.

Es el tiempo de sembrar lo que un día presentaremos ante la presencia de Dios.

Es tiempo de:

Orar más profundamente, para que Dios vuelva a ocupar el primer lugar.

Ayunar con sentido, renunciando no solo a cosas materiales, sino al orgullo, al egoísmo y a la indiferencia.

Practicar la caridad, haciendo de las obras de misericordia nuestro verdadero tesoro.

Porque no basta con cumplir externamente; Dios mira el corazón. No basta con privarnos de algo; debemos transformarnos por dentro. La verdadera conversión implica cambiar de rumbo, dejar lo que nos aleja de Dios y abrazar lo que nos acerca a Él.

La Cuaresma nos pregunta con seriedad:

¿A quién estoy poniendo primero?

¿Estoy viviendo para lo eterno o solo para lo pasajero?

¿Si hoy fuera mi último día, qué llevaría en mis manos?

Que cuando llegue nuestra hora, esa hora que nadie conoce, podamos presentarnos con confianza y decir:

“Señor, aproveché el tiempo que me diste.

Me convertí. Me arrepentí. Amé. Serví. Practiqué la misericordia.”

Entonces entenderemos que nada de lo hecho por amor se pierde.

Porque, aunque nuestra vida se marchite como la hierba del campo…

las obras hechas por amor florecen en la eternidad. Llamado a la conversión

“El plazo está vencido, el Reino de Dios se ha acercado Tomen otro camino y crean en la Buena Nueva.” (Marcos 1,15)

Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

  LA MISIÓN DEL SACERDOTE Cura animarum: el cuidado de las almas ¿por qué llamamos “cura” al sacerdote? Su misión Tradicionalmente l...