EL DESIERTO: LUGAR DE PRUEBA Y ENCUENTRO CON DIOS

La Biblia muestra que el desierto es lugar de encuentro: Israel fue probado allí, Jesús fue tentado allí, y allí también Dios habló al corazón. Cuando llega tu desierto no significa que Dios te abandonó; muchas veces significa que te está llevando a un nivel más profundo. No es ausencia de Dios, sino un cambio en la forma de experimentarlo. Duele, pero madura la fe.

La pregunta no es por qué llegó el desierto, sino qué harás dentro de él.

El “desierto” no es solo un lugar físico, sino una experiencia interior de sequedad, prueba, silencio o confusión. Y la cuestión clave es: ¿me acerco más a Dios o me alejo?

La Cuaresma ilumina este proceso. Son 40 días de preparación para la Pascua, desde el Miércoles de Ceniza hasta antes de la Misa de la Cena del Señor. El número 40 en la Biblia significa preparación: 40 días del diluvio, 40 años en el desierto, 40 días de ayuno de Jesús. El desierto no es castigo, es preparación.

El desierto incomoda porque elimina lo superficial y nos deja frente a nosotros mismos y a Dios. Allí hay dos caminos: endurecerse o dejarse transformar.

La Cuaresma propone tres medios para vivir bien el desierto: oración, ayuno y limosna. No son solo actos externos, sino respuestas concretas:

Puedo endurecer el corazón, distraerme o alejarme porque “no siento” a Dios.

O puedo buscarlo más en la oración, purificar mis apegos con el ayuno y salir de mí mismo mediante la caridad.

El desierto revela el corazón. En la abundancia es fácil creer; en la sequedad se prueba la fe. Jesús fue tentado, pero salió fortalecido.

El desierto no es el final: es camino hacia la Resurrección. Si me acerco a Dios, incluso con dudas y debilidad, crezco; si huyo, me estanco.

Por eso, cuando llegue tu desierto, pregúntate:

¿Estoy dejando que este tiempo me transforme?

¿Estoy permitiendo que Dios me hable en el silencio?

¿Estoy caminando hacia mi Pascua interior?

El desierto puede ser el lugar donde me pierdo… o donde verdaderamente me encuentro con Dios.

Que cada desierto no sea huido, sino transformación. Que el silencio te enseñe a escuchar. Que la sequedad te purifique. Y que al final descubras que Dios nunca se fue, sino que caminó contigo hacia una Pascua interior donde renace la esperanza.

“Acuérdate de todo el camino que Yavé tu Dios, te hizo recorrer en el desierto por espacio de cuarenta años. Te hizo pasar necesidad para probarte y conocer lo que había en tu corazón; si ibas o no a guardar sus mandamientos.”

“Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja”

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

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