LA RUTA FINAL. ESTAMOS EN CUARESMA

Nuestra vida se marchita como la hierba del campo. Hoy está verde y llena de fuerza; mañana el viento sopla y desaparece. Así es nuestra existencia: frágil, breve, pasajera. No sabemos el día ni la hora en que emprenderemos la ruta final, pero sabemos con certeza que llegará.

Vivimos como si el tiempo fuera ilimitado, como si siempre hubiera un “mañana” para cambiar, perdonar, orar o amar. Pero la verdad es que cada amanecer es un regalo y cada atardecer es una observación de que el reloj avanza. Por eso no podemos caminar distraídos ni dormir espiritualmente. La eternidad no se improvisa; se prepara día a día.

Estamos en Cuaresma, un tiempo santo que la Iglesia nos ofrece como oportunidad de conversión. No es sólo un período litúrgico, es una llamada urgente del cielo. Es el momento de detenernos, examinar el corazón y preguntarnos: ¿Cómo estoy caminando? ¿Qué estoy acumulando para la eternidad? ¿Llegaría hoy con las manos vacías?

La Cuaresma nos guía por tres pilares fundamentales que iluminan nuestra ruta:

La oración, que nos conecta con Dios y nos recuerda que sin Él nada somos. Orar es reconocer nuestra dependencia, es abrir el corazón, es escuchar su voz en medio del ruido del mundo. Una vida sin oración es una vida sin dirección.

El ayuno, que nos enseña desprendimiento y purifica nuestras intenciones. No es solo dejar de comer; es aprender a decir no a lo que nos esclaviza y sí a lo que nos acerca a Dios. Es ordenar el corazón y recordar que no vivimos solo de pan, sino de la Palabra que sale de la boca del Señor.

Las obras de misericordia, que llenan nuestras manos de amor concreto. Porque al final no se nos preguntará cuánto tuvimos, sino cuánto dimos. No cuánto hablamos, sino cuánto ayudamos. No cuántos proyectos acumulamos, sino cuántas vidas tocamos con compasión.

No sabemos el día ni la hora. Pero sí sabemos que no queremos llegar con las manos vacías. Queremos llegar con fe viva, con obras que hablen por nosotros, con cicatrices de haber amado, con lágrimas ofrecidas, con sacrificios escondidos que solo Dios vio.

La ruta final no debe causarnos temor si hemos caminado con propósito. Que cuando llegue ese momento podamos decir: “Señor, aquí estoy. No fui perfecto, pero intenté amarte. No siempre fui fuerte, pero confié en Ti. No tengo riquezas que ofrecerte, pero traigo un corazón que aprendió a orar, a renunciar y a servir.”

Porque la vida es breve, pero la eternidad es para siempre.

Que esta Cuaresma nos encuentre despiertos.

Que el día final nos encuentre preparados.

“Por eso estén alerta; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que menos piensen” Mateo 24,44

“Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja”

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

 

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