CUANDO ESTEMOS ANTE EL SEÑOR

Hay una pregunta que tarde o temprano toca el corazón:

¿qué nos pedirá el Señor cuando estemos en su presencia?

No será un momento de ruido ni de apariencias. No habrá títulos, cargos ni reconocimientos humanos que puedan sostenernos. Estaremos solos ante la Verdad, pero también ante el Amor más grande que existe. Y allí, en esa luz que todo lo revela, no se nos preguntará cuánto acumulamos, sino cuánto amamos.

Jesús ya nos adelantó el criterio del encuentro final cuando dijo:

“Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber…” (Mateo 25, 35)

En ese instante comprenderemos que cada gesto pequeño tuvo un peso eterno. Que cada vez que consolamos, que escuchamos, que perdonamos, que ayudamos en silencio, fue a Él mismo a quien servimos.

El Señor no nos pedirá una vida perfecta, pero sí un corazón sincero. No nos exigirá no haber caído nunca, sino haber sabido levantarnos. Nos preguntará qué hicimos con los talentos recibidos: la fe, la familia, la salud, el tiempo, las oportunidades. Si los guardamos por miedo o los pusimos al servicio del bien.

Y, sobre todo, nos pedirá el corazón.

Porque Dios mira lo que nadie ve. Mira las lágrimas ofrecidas en silencio, las luchas interiores, las veces que decidimos hacer el bien cuando era más fácil hacer lo contrario.

Tal vez la pregunta más profunda no será formulada con palabras, pero resonará en el alma:

¿Viste mi rostro en el que sufría?

¿Compartiste tu pan con el que tenía hambre?

¿Escuchaste al que necesitaba ser comprendido?

¿Perdonaste cuando te hirieron?

¿Acompañaste al enfermo o al que estaba solo?

¿Oraste por los que nadie recuerda?

¿Corregiste con caridad o juzgaste con dureza?

¿Fuiste instrumento de paz o sembraste división?

¿Tu fe se convirtió en obras concretas de misericordia?

Porque al final, el amor al prójimo será el espejo donde se refleje nuestro amor a Dios.

No será un juicio frío, sino un encuentro con Aquel que nos amó primero. Y si hemos vivido intentando amar, aunque haya sido con fragilidad, ese momento no será terror, sino abrazo.

Mientras tenemos vida, estamos a tiempo. Cada día es una oportunidad para elegir el amor y practicar la misericordia, aunque sea en lo pequeño. No sabemos cuándo estaremos ante el Señor, pero sí sabemos que Él reconocerá el amor hecho obras. por pequeña que sea. Porque al final, cuando estemos ante Él, solo el amor permanecerá.

Cada gesto de compasión, cada perdón y cada ayuda silenciosa es luz para la eternidad. Que cuando llegue ese encuentro, podamos presentarnos con las manos vacías de bienes, pero llenas de misericordia, y comprender que amar al prójimo fue la forma más segura de amar a Dios.,

 Entonces comprenderemos que amar al prójimo fue siempre la manera más segura de amar a Dios.

Al final, el Señor mismo nos recordará:

“Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron.” (Mateo 25, 40)

Y quizás lo único que necesitemos decir sea:

“Señor, tú sabes todo… tú sabes que te amo.”

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

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