DIOS TAMBIÉN ESCUCHA LO QUE TU CORAZÓN TODAVÍA NO SABE EXPLICAR.
Hay
momentos en la vida en que el dolor es tan grande, las preocupaciones tan
profundas y el cansancio tan intenso que no encontramos palabras para orar.
Nos
arrodillamos ante Dios, queremos contarle lo que nos sucede, pero solamente
brotan lágrimas, suspiros o un profundo silencio.
No
te preocupes. Dios comprende incluso aquello que tú mismo no sabes expresar.
Él
conoce tus heridas, tus miedos, tus luchas silenciosas y esas lágrimas que
nadie ha visto.
No
necesitas oraciones largas ni palabras bonitas. A veces basta decir: “Señor, aquí estoy. Tú sabes lo que me pasa. Ayúdame”.
“Además el Espíritu nos viene a socorrer en nuestra debilidad, porque no
sabemos pedir de la manera que se debe” (Romanos 8,26).
REFLEXIÓN
¿Cuántas
veces hemos sentido que Dios no nos escucha porque no sabemos cómo pedirle
ayuda?
Recuerda
que la oración no es un discurso preparado, sino una conversación sincera con
nuestro Padre celestial.
Cuando
estés enfermo, angustiado, preocupado por tus hijos, problemas económicos,
crisis matrimonial, recuerdos que te agobian del pasado, o estás atravesando
una pérdida o sintiéndote solo, acércate a Dios tal como estás.
Comienza
a rezar porque la Virgen María también no te abandona, te escucha e intercede
ante su hijo, petición de madre que jamás será negada.
Si no puedes hablar, llora. Si no puedes llorar, guarda silencio. Pero
nunca dejes de confiar en el Señor.
Dios
no espera palabras perfectas. Espera un corazón que se abra a su amor.
ORACIÓN
Señor Jesús, hoy vengo a Ti sin
palabras preparadas. Tú conoces mis preocupaciones, mis tristezas y aquello que
no sé explicar. Escucha el silencio de mi corazón, fortalece mi fe y dame paz
para aceptar tu voluntad. Cuando me falten las palabras, que nunca me falte la
confianza en Ti. Amén.
A
veces, la oración más profunda no sale de nuestros labios, sino de un corazón
que, aun en medio del dolor, susurra: “Señor, no sé cómo expresar lo que siento, pero Tú conoces mi corazón.
Jesús, confío en Ti”.
Porque
Dios escucha también nuestros silencios, comprende nuestras lágrimas y conoce
esas preocupaciones que no nos atrevemos a compartir con nadie. Cuando las
fuerzas nos abandonan y las palabras no llegan, basta elevar el corazón hacia
Él. No necesitas saber rezar bonito, solo necesitas hablarle con sinceridad y
confianza.
Recuerda que una lágrima también puede ser una
oración, un suspiro puede convertirse en una súplica y el silencio puede ser el
encuentro más profundo con Dios. Él conoce lo que necesitas, incluso antes de
que se lo pidas.
¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!
Tu
amiga
Mirtha
Villarroel de Rocha
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