¿De qué sirve tener tanto en la vida si somos incapaces de compartir un poco con quienes no tienen nada?
Vivimos
preocupados por acumular bienes materiales, disfrutar de nuestras comodidades y
asegurar nuestro bienestar, mientras a nuestro alrededor hay enfermos que
sufren, niños que pasan hambre, ancianos abandonados y familias que necesitan
ayuda.
Nos
hemos acostumbrado tanto a vivir cómodamente que, sin darnos cuenta, la
indiferencia se ha convertido en parte de nuestra vida.
Rezamos,
asistimos a Misa, pedimos bendiciones y decimos que creemos en Dios. Pero
debemos preguntarnos: ¿Dónde están los frutos
de nuestra fe? ¿Qué estamos haciendo por nuestros hermanos?
“Yo te mostraré mi fe por mis obras” (Santiago 2,18)
La
verdadera fe no puede quedarse solamente en palabras y oraciones. Debe tener
manos para ayudar, pies para caminar hacia quien sufre y un corazón dispuesto a
compartir.
No
basta decir “Que Dios te ayude”
cuando nosotros podemos ser instrumentos de esa ayuda.
Jesús
nos enseñó: “Por sus frutos los conocerán” (Mateo 7,16).
No por sus riquezas, títulos o posiciones, sino por el bien que hacen.
¡Salgamos de la pasividad y
del conformismo!
Y
así dejamos pasar oportunidades maravillosas de practicar las obras de
misericordia.
No
necesitamos ser ricos para ayudar. Un plato de comida, una visita al enfermo,
una palabra de consuelo, una oración o una pequeña contribución pueden
transformar la vida de alguien.
Recordemos
las palabras de Jesús:
“Todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más pequeños,
conmigo lo hicieron” (Mateo 25,40).
Lo material es pasajero, el
amor permanece
Llegará
el día en que dejaremos nuestras casas, dinero, propiedades y comodidades. Nada
material nos llevaremos.
Pero
el amor que sembramos, el hambre que ayudamos a calmar y las lágrimas que
secamos dejarán huellas que perdurarán.
Mientras
tengamos vida, todavía podemos hacer el bien. Nunca somos demasiado mayores
para servir, ni demasiado pobres para compartir.
No
esperemos a que nos sobre para dar, ni a que nos falte algo para comprender el
sufrimiento ajeno.
ORACIÓN
Señor
Jesús, despierta mi corazón de la indiferencia. No permitas que las comodidades
y los bienes materiales me alejen del sufrimiento de mis hermanos. Dame manos
generosas, un corazón misericordioso y valentía para demostrar mi fe con obras
de amor. Amén.
REFLEXIÓN FINAL
Cuando
lleguemos al encuentro con Dios, no importará cuánto dinero acumulamos, sino
cuánto amor fuimos capaces de compartir.
¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!
Tu
amiga
Mirtha
Villarroel de Rocha
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