CREO EN DIOS, PERO A MI MANERA
Por la amplitud y profundidad de este tema, lo
compartiré en dos partes, para reflexionar con calma sobre cada aspecto de
nuestra fe.
¿Podemos construir una fe solamente
con aquello que nos gusta?
Hace unos días conocí por primera vez a una señora.
Congeniamos rápidamente durante una mañana y, casi sin darnos cuenta, nuestra
conversación llegó al tema de la fe.
Me contó que fue bautizada católica y que desde niña
le enseñaron a ir a Misa, aunque muchas veces lo hacía por obligación. Hace
casi cincuenta años vive en Estados Unidos y ha mantenido una particular rutina
religiosa.
Los domingos va primero a la iglesia católica. Al
salir, corre a una iglesia adventista, luego a una comunidad
cristiana o a otras. Me decía que no le importa demasiado dónde va; lo importante para
ella es cumplir esa rutina porque la hace sentir bien.
Mientras hablábamos comenzaron a aparecer diferencias
más profundas.
Me dijo que de niña le enseñaron a creer en la Virgen
María y en los santos que hacían milagros, pero que ahora ya no cree en ellos.
Cuestionaba que los católicos, según ella, “adoramos imágenes de yeso”. Decía
que no pide nada a la Virgen porque “Ella no es Dios”. Tampoco cree en el Papa,
los obispos ni los sacerdotes. Prefiere al pastor y, cuando puede, va al
Tabernáculo porque allí según me decía habla directamente con Dios.
Yo la escuchaba.
Por momentos quería responderle muchas cosas al mismo
tiempo: pude explicarle que los católicos no adoramos a María ni a los santos,
que la adoración corresponde solamente a Dios; que pedir la intercesión de
María no significa convertirla en Dios; que la Misa no consiste simplemente en
levantarse y sentarse; que cada gesto tiene un significado y que en el centro
de la celebración está Cristo. Percibí que para ella no era importante aquello
que yo le decía.
Pero comprendí algo.
Antes de seguir respondiendo a todas sus afirmaciones,
necesitaba escuchar qué había detrás de ellas.
Cuando la fe se convierte en “yo elijo”
Nuestra conversación me dejó pensando.
Vivimos en un tiempo en el que también podemos caer en
una especie de fe hecha a nuestra medida:
Esto lo creo. Esto no lo creo. Esto me gusta. Esto lo
rechazo.
Aquí me siento bien, entonces voy. Aquello no me
agrada, entonces lo abandono.
Pero la fe cristiana no puede reducirse solamente a
buscar el lugar donde emocionalmente nos sentimos mejor.
Sentirse bien es importante, pero la fe también nos
forma, nos cuestiona, nos enseña, nos corrige y nos compromete.
¿Por qué soy católica?
Quizá la pregunta no debería ser solamente:
¿A qué iglesia voy?
Sino:
¿Sé realmente en qué creo y por qué lo creo?
Muchas personas fueron bautizadas de pequeñas,
hicieron la Primera Comunión, recibieron la Confirmación y asistieron durante
años a Misa, pero nunca llegaron a conocer profundamente su fe.
Y cuando alguien les pregunta:
¿Por qué veneran a María?
¿Por qué tienen imágenes?
¿Por qué necesitan sacerdotes?
¿Por qué existe el Papa?
¿Qué sucede realmente durante la Misa?
quizá no saben qué responder.
Entonces comprendemos que no basta haber recibido la
fe; también necesitamos conocerla, madurarla y vivirla.
La misa no es solo sentarse y levantarse
Cuando alguien observa la Misa desde fuera puede ver
personas que se sientan, se levantan, se arrodillan y responden determinadas
palabras.
Pero si comprendemos lo que celebramos, descubrimos
mucho más.
Escuchamos la Palabra de Dios.
Pedimos perdón.
Profesamos nuestra fe.
Oramos unos por otros.
Damos gracias.
Celebramos la Eucaristía.
Y somos enviados nuevamente al mundo.
Porque la Misa no debería terminar cuando salimos del
templo.
La verdadera pregunta comienza afuera: ¿cómo voy a
vivir aquello que acabo de celebrar?
La fe también se ve en las obras
Durante aquella conversación pensé también en algo que
apenas apareció: el prójimo.
Podemos hablar durante horas sobre iglesias, pastores,
sacerdotes, doctrinas, imágenes y formas de oración, pero Jesús nos dejó un
criterio muy concreto:
“Tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y
me dieron de beber; fui forastero y me recibieron. “Mateo 25,35
La fe no puede quedarse solamente dentro de un templo.
Tiene que llegar al enfermo, al pobre, al anciano, al
que está solo, al que necesita ser escuchado, al que necesita nuestro perdón.
La fe que celebramos debe convertirse en la fe que
vivimos.
“Estén siempre dispuestos a dar respuesta a todo el
que les pida razón de su esperanza, pero háganlo con dulzura y respeto.”1 Pedro
3,15-16
¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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