Hoy quiero compartirlo.
Se llama
tradicionalmente Misas Gregorianas a una serie de treinta Santas Misas
celebradas durante treinta días consecutivos por el alma de una persona difunta.
Su origen se relaciona con San
Gregorio Magno, Papa y Doctor de la Iglesia, quien vivió entre los siglos VI y
VII. San Gregorio relata en sus Diálogos el caso de un monje llamado Justo.
Después de su muerte, Gregorio dispuso que se celebraran treinta Misas
consecutivas por él. Al terminar la serie, se narró una experiencia
extraordinaria relacionada con la liberación del alma del monje.
De este relato nació y se
difundió la tradición de las treinta Misas. La propia tradición eclesial ha
conservado con aprecio esta práctica de oración por los difuntos.
La Misa es una sola: el Sacrificio de Cristo.
Las treinta celebraciones expresan nuestra perseverancia en la oración y
nuestra caridad hacia un hermano o hermana que ha partido de este mundo.
Misa por un difunto: puedes
pedir por su eterno descanso. La tradición de las Misas Gregorianas, en sentido
estricto, se refiere a las 30 Misas consecutivas ofrecidas por un mismo difunto.
Misa por un vivo: puedes pedir por su
salud, protección, conversión, fortaleza, trabajo, matrimonio, familia, etc. Es
una intención legítima y muy hermosa.
Por una persona enferma: puedes ofrecer la
Misa por su salud y bienestar, pidiendo a Dios sanación si es su voluntad,
fortaleza y consuelo.
Y hay algo precioso en
esto: no tenemos que esperar a que una persona muera para comenzar a
encomendarla a Dios. Podemos ofrecer Misas por nuestros seres queridos mientras
están con nosotros.
¿Por qué ofrecemos
la Santa Misa por los difuntos?
La
Iglesia católica enseña que las almas de quienes mueren en amistad con Dios,
pero necesitan purificación, pasan por el Purgatorio. Podemos ayudarlas
mediante nuestras oraciones y, especialmente, ofreciendo la Santa Misa por su
eterno descanso.
La muerte
no rompe la comunión de los santos ni el amor que nos une a nuestros seres
queridos. Como enseña la liturgia, la Iglesia ofrece por los difuntos el
Sacrificio Eucarístico de Cristo, mientras los vivos encuentran consuelo en la
esperanza de la vida eterna.
La respuesta se encuentra
en el corazón mismo de la fe católica.
¿Las Misas Gregorianas son realmente eficaces?
Esta es una pregunta que
muchas personas se hacen.
La gracia de Dios no
funciona como una fórmula matemática.
No podemos decir: “Después de treinta
Misas, necesariamente ocurrirá esto”.
Nuestra confianza no está
puesta en un número, sino en Cristo, presente y ofrecido en la Eucaristía.
Lo que sí podemos afirmar
con seguridad es que la Iglesia reconoce la oración por los difuntos y enseña
que el Sacrificio Eucarístico es el sufragio principal que ofrecemos por ellos.
Por eso, las Misas
Gregorianas deben vivirse desde la fe, la esperanza y la confianza en la
misericordia de Dios.
No son magia.
No son un mecanismo para
“obligar” a Dios.
Son una forma tradicional
de perseverar durante treinta días en una súplica por una persona difunta.
¿Por quién se pueden ofrecer?
Aquí encontramos una
precisión importante.
Las Misas Gregorianas consisten
tradicionalmente en treinta misas consecutivas ofrecidas por el eterno descanso
de una persona difunta. No deben confundirse con otras series de misas por
distintas intenciones.
Para
celebrarlas, se acostumbra entregar una ofrenda que contribuye al sostenimiento
de la Iglesia y sus ministros; no es un pago por la Eucaristía ni por la gracia
de Dios.
Podemos
ofrecerlas por nuestros padres, abuelos, hijos, esposos, familiares, amigos o
cualquier fiel difunto por quien deseemos interceder. No es indispensable
asistir a las treinta celebraciones, aunque podemos acompañarlas con la oración
y participar en la Eucaristía cuando nos sea posible.
Ofrecer
una Misa por los difuntos es una obra de misericordia espiritual.
Y todavía
me conmueve pensar que una enseñanza recibida hace tantos años de una mujer
piadosa permanezca en mi corazón. Hoy, al compartirla, no solo transmito una
antigua tradición de la Iglesia, sino también una forma de agradecer a Dios y a
Elenita del Castillo, cuya fe y generosidad dejaron una huella durable en mi
vida.
Una oración para comenzar
una serie de Misas Gregorianas
Podemos comenzar estos
treinta días con
Una
oración sencilla:
Señor Jesús,
hoy pongo en tus manos el
alma de…(nombre).
Te ofrezco esta Santa Misa
y las que seguirán durante estos días por su eterno descanso.
Tú conoces su vida, sus
alegrías, sus sufrimientos, sus virtudes y sus faltas.
Yo no conozco el misterio
de tu juicio, pero confío en tu infinita misericordia.
Recibe esta oración como un
acto de amor y esperanza.
Si necesita purificación,
concédele tu misericordia y llévala a la plenitud de tu presencia.
Y si ya contempla tu
rostro, recibe también mi oración como acción de gracias por la vida que
compartimos.
Dale, Señor, el descanso
eterno, y brille para ella la luz perpetua. Amén.
En el caso de tu esposo y
tus hijos, por ejemplo, podrías ofrecer una Misa diciendo:
“Señor Jesús, te
ofrezco esta Santa Misa por mi esposo y por mis hijos. Te pido que los
bendigas, los protejas, les concedas salud, sabiduría y fortaleza, y que los
mantengas siempre cerca de Ti.”
¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE
TE ACOMPAÑE!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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