LA VIÑA DEL SEÑOR Y LOS FRUTOS DE NUESTRA VIDA
En el Evangelio de Mateo 21,33-46, Jesús cuenta la
parábola de un propietario que plantó una viña, la cercó, preparó todo lo
necesario, la confió a unos viñadores y se marchó. Cuando llegó el tiempo de
recoger los frutos, envió a sus servidores, pero aquellos hombres los
rechazaron, maltrataron y hasta mataron. Finalmente envió a su propio hijo,
pensando que lo respetarían, pero también lo mataron.
Esta parábola nos invita a mirar nuestra propia vida.
La viña también es nuestra vida
La viña también es nuestra vida
Dios nos ha confiado una viña: nuestra vida, familia,
hijos, trabajo, comunidad y los dones que hemos recibido.
Nos ha dado tiempo para amar, oportunidades para
servir y una fe que debemos hacer crecer.
Por eso debemos preguntarnos:
¿Qué frutos estoy dando con todo lo que Dios puso en
mis manos?
Dios busca frutos
El dueño de la viña no regresó buscando solamente
hojas bonitas. Buscó frutos.
También nuestra vida cristiana necesita dar frutos.
No basta decir: “Yo creo en Dios”.
No basta rezar si después somos incapaces de perdonar.
No basta asistir a Misa si ignoramos al hermano que
necesita ayuda.
No basta conocer el Evangelio si no intentamos
vivirlo.
La fe verdadera debe transformarse en frutos
concretos:
amor, perdón, paciencia, generosidad, justicia,
misericordia, servicio, reconciliación, solidaridad y fidelidad a Dios.
Hay personas que quizá nunca leerán la Biblia, pero
podrán conocer algo del amor de Dios por la manera en que nosotros vivimos.
¿Qué estamos haciendo con la viña?
Dios nos ha confiado la vida, el tiempo, los bienes y
nuestras capacidades. No somos dueños absolutos, sino administradores de los
dones recibidos.
Por eso debemos preguntarnos:
¿Qué hice con mis años? ¿A quién ayudé, consolé o
perdoné? ¿Qué hice por mi familia, por mi Iglesia y por quien me necesitó?
No hacen falta grandes obras para dar frutos: una
llamada a quien está solo, visitar a un enfermo, compartir con quien necesita,
ofrecer una palabra de esperanza, una oración o una reconciliación pendiente.
Esos pequeños actos de amor también son frutos de la
viña del Señor.
REFLEXIÓN
Algún día el Señor vendrá a buscar los frutos de
nuestra viña.
No nos preguntará solamente cuánto tuvimos, cuánto
acumulamos o cuántos reconocimientos recibimos.
La pregunta fundamental será:
¿Qué hiciste con lo que puse en tus manos?
Por eso, mientras podamos caminar, hablar, rezar,
enseñar, acompañar o simplemente ofrecer nuestro sufrimiento, todavía podemos
dar frutos.
Que al terminar nuestra jornada podamos presentar
nuestras manos ante Dios y decir:
“Señor, la viña era tuya. Tú me la confiaste. No fui
perfecto, cometí errores y muchas veces pude hacer más, pero aquí están los
frutos que pude darte.”
ORACIÓN
Gracias por la viña de mi vida,
por mi familia y por todo lo que has puesto en mis
manos.
Perdóname por las veces que no supe dar buenos frutos.
Ayúdame a sembrar amor, perdón, solidaridad y
servicio.
Que mientras tenga vida pueda seguir trabajando para
Ti
y dando frutos que te agraden.
Todavía puedes contar conmigo.
Amén.
“El Reino de
Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará
producir sus frutos.” Mateo 21,43
Para recordar: Dios nos confía la viña de nuestra vida
y espera que demos frutos de amor, fe, perdón, servicio y solidaridad.
¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE
ACOMPAÑE!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
TOQUE ESPIRITUAL
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