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miércoles, 14 de octubre de 2026

¿SOY COHERENTE CON MI FE O ESTOY VIVIENDO UNA ESPIRITUALIDAD FARISEA?

Una reflexión para examinar nuestra conciencia y descubrir si realmente vivimos lo que creemos y predicamos.

¿Cómo estoy viviendo mi espiritualidad?

Podemos asistir a Misa todos los domingos, rezar el Rosario diariamente, participar en grupos de oración, conocer la Biblia, colaborar con nuestra parroquia y hablar constantemente de Dios.

Pero hay una pregunta que pocas veces nos atrevemos a hacernos:

¿Mi manera de vivir demuestra verdaderamente que soy seguidor de Jesucristo?

Porque una cosa es hablar de Dios y otra muy distinta es vivir conforme a sus enseñanzas.

Podemos tener una vida religiosa muy activa y, sin embargo, mantener un corazón lleno de resentimientos, orgullo, envidia, críticas y falta de perdón.

Podemos rezar mucho y amar poco.

Podemos defender nuestra fe con palabras y contradecirla con nuestras actitudes.

Entonces debemos preguntarnos: ¿Estoy viviendo una auténtica espiritualidad cristiana o solamente aparento ser una persona religiosa?

¿Qué significa vivir una espiritualidad farisea?

Jesús fue muy claro cuando denunció la hipocresía de algunos fariseos y maestros de la Ley. No los cuestionaba simplemente por cumplir las prácticas religiosas, sino porque algunos exigían a los demás lo que ellos mismos no practicaban.

“Hagan, pues, y observen todo lo que les digan, pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen”. Mateo 23,3

Esta advertencia también está dirigida a nosotros.

Una espiritualidad farisea aparece cuando nos preocupamos más por parecer buenos cristianos que por convertir verdaderamente nuestro corazón.

Cuando juzgamos los pecados ajenos, pero justificamos los nuestros.

Cuando exigimos comprensión, pero somos incapaces de comprender.

Cuando hablamos del perdón, pero nos negamos a perdonar.

Cuando participamos en actividades religiosas buscando reconocimiento y olvidamos que servir a Dios significa también servir humildemente a los demás.

La verdadera fe no se mide por cuánto hablamos de Dios, sino por cuánto permitimos que Dios transforme nuestra vida.

¿Soy la misma persona dentro y fuera de la Iglesia?

Esta pregunta merece una respuesta sincera.

¿Cómo me comporto después de salir de Misa?

¿Cómo trato a mi esposo o esposa, a mis hijos, a mis hermanos, a mis vecinos, a la trabajadora del hogar?

¿Cómo reacciono cuando alguien me contradice, me critica o no comparte mis opiniones?

¿Soy amable con las personas de mi grupo de oración, pero intolerante con quienes viven bajo mi mismo techo?

¿Tengo palabras dulces para hablar de Jesús, pero palabras hirientes para dirigirme a los demás?

No podemos separar nuestra vida espiritual de nuestra conducta cotidiana.

La espiritualidad no termina cuando salimos del templo. Allí comienza la oportunidad de demostrar lo que hemos aprendido.

TOQUE ESPIRITUAL

La fe que profesamos con los labios debe reflejarse en la vida que llevamos.

Para llevarnos hoy una pregunta al corazón:

Si alguien no me escuchara hablar de Dios, ¿podría descubrir por mi manera de vivir que soy cristiano?

La verdadera espiritualidad no necesita exhibirse: se manifiesta silenciosamente en nuestras obras de misericordia.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

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