Una reflexión para examinar nuestra conciencia y descubrir si realmente vivimos lo que creemos y predicamos.
¿Cómo estoy viviendo mi
espiritualidad?
Podemos
asistir a Misa todos los domingos, rezar el Rosario diariamente, participar en
grupos de oración, conocer la Biblia, colaborar con nuestra parroquia y hablar
constantemente de Dios.
Pero hay
una pregunta que pocas veces nos atrevemos a hacernos:
¿Mi manera de vivir demuestra
verdaderamente que soy seguidor de Jesucristo?
Porque
una cosa es hablar de Dios y otra muy distinta es vivir conforme a sus
enseñanzas.
Podemos
tener una vida religiosa muy activa y, sin embargo, mantener un corazón lleno
de resentimientos, orgullo, envidia, críticas y falta de perdón.
Podemos
rezar mucho y amar poco.
Podemos
defender nuestra fe con palabras y contradecirla con nuestras actitudes.
Entonces
debemos preguntarnos: ¿Estoy viviendo una auténtica espiritualidad cristiana o
solamente aparento ser una persona religiosa?
¿Qué significa vivir una
espiritualidad farisea?
Jesús fue
muy claro cuando denunció la hipocresía de algunos fariseos y maestros de la
Ley. No los cuestionaba simplemente por cumplir las prácticas religiosas, sino
porque algunos exigían a los demás lo que ellos mismos no practicaban.
“Hagan, pues, y
observen todo lo que les digan, pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen”. Mateo 23,3
Esta
advertencia también está dirigida a nosotros.
Una
espiritualidad farisea aparece cuando nos preocupamos más por parecer buenos
cristianos que por convertir verdaderamente nuestro corazón.
Cuando
juzgamos los pecados ajenos, pero justificamos los nuestros.
Cuando
exigimos comprensión, pero somos incapaces de comprender.
Cuando
hablamos del perdón, pero nos negamos a perdonar.
Cuando
participamos en actividades religiosas buscando reconocimiento y olvidamos que
servir a Dios significa también servir humildemente a los demás.
La
verdadera fe no se mide por cuánto hablamos de Dios, sino por cuánto permitimos
que Dios transforme nuestra vida.
¿Soy la misma persona dentro y
fuera de la Iglesia?
Esta
pregunta merece una respuesta sincera.
¿Cómo me
comporto después de salir de Misa?
¿Cómo
trato a mi esposo o esposa, a mis hijos, a mis hermanos, a mis vecinos, a la trabajadora del
hogar?
¿Cómo
reacciono cuando alguien me contradice, me critica o no comparte mis opiniones?
¿Soy
amable con las personas de mi grupo de oración, pero intolerante con quienes
viven bajo mi mismo techo?
¿Tengo
palabras dulces para hablar de Jesús, pero palabras hirientes para dirigirme a
los demás?
No
podemos separar nuestra vida espiritual de nuestra conducta cotidiana.
La
espiritualidad no termina cuando salimos del templo. Allí comienza la
oportunidad de demostrar lo que hemos aprendido.
TOQUE ESPIRITUAL
La fe que
profesamos con los labios debe reflejarse en la vida que llevamos.
Para
llevarnos hoy una pregunta al corazón:
Si
alguien no me escuchara hablar de Dios, ¿podría descubrir por mi manera de
vivir que soy cristiano?
La
verdadera espiritualidad no necesita exhibirse: se manifiesta silenciosamente
en nuestras obras de misericordia.
¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE
TE ACOMPAÑE!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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