el señor es mi pastos

nada me faltara

miércoles, 14 de octubre de 2026

NO CONFUNDAMOS RELIGIOSIDAD CON SANTIDAD

La religiosidad comprende nuestras prácticas de fe: oraciones, sacramentos, devociones y participación en la Iglesia. Todas ellas son valiosas y necesarias para alimentar nuestra vida cristiana.

Pero estas prácticas deben producir frutos.

Una persona puede rezar el Rosario todos los días y todavía necesitar aprender a controlar su carácter.

Puede recibir la Eucaristía y tener dificultades para reconciliarse con un familiar.

Puede conocer muchos pasajes bíblicos y no saber escuchar con paciencia a quien sufre.

Esto no significa que sus oraciones sean inútiles. Significa que la conversión es un camino que debemos recorrer todos los días.

La santidad no consiste en creernos perfectos, sino en reconocer nuestras debilidades y permitir que Dios nos ayude a superarlas.

Jesús nos enseña a reconocer nuestra propia hipocresía

¿Qué pasa? Ves la pelusa en el ojo de tu hermano, ¿y no te das cuenta del tronco que tienes en el tuyo? Lucas 6,41

¡Cuántas veces somos expertos en descubrir los defectos de los demás!

Criticamos al que no va a Misa, al que no reza, al que se equivoca, al que se alejó de la Iglesia.

Pero ¿cuánto tiempo dedicamos a revisar nuestras propias faltas?

Jesús no nos pide que ignoremos el mal. Nos enseña que antes de corregir al hermano debemos examinar nuestra propia conducta.

La corrección fraterna nace del amor; la actitud farisea nace de la superioridad.

 El verdadero cristiano se reconoce por sus frutos

 “Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán” Mateo 7,20

Nuestra fe debe producir frutos concretos: caridad, humildad, paciencia, misericordia, justicia, generosidad y capacidad de perdonar.

No basta con decir: “Señor, yo te amo”.

Ese amor debe hacerse visible cuando acompañamos a un enfermo, escuchamos a una persona sola, ayudamos sin esperar recompensa, reconocemos un error o pedimos perdón.

Y especialmente cuando hacemos el bien sin que nadie nos vea ni nos felicite.

Un pequeño examen de conciencia

Hoy te invito a responder, con sinceridad, estas preguntas:

- ¿Mi familia encuentra en mí el amor y la paciencia que predico?

- ¿Soy capaz de reconocer mis errores y pedir perdón?

- ¿Ayudo por amor a Dios o porque deseo que reconozcan mis buenas acciones?

- ¿Me considero espiritualmente superior a quienes no practican mi religión?

- ¿Mis palabras acercan a las personas a Dios o las alejan?

- ¿Estoy dispuesto a cambiar aquello que contradice mi fe?

No respondamos pensando en los demás. Respondamos mirándonos a nosotros mismos.

REFLEXIÓN

Hay algo que debemos comprender: no somos fariseos simplemente porque tengamos debilidades o cometamos errores.

Todos somos pecadores y necesitamos la misericordia de Dios.

El peligro comienza cuando dejamos de reconocer nuestras faltas, cuando nos creemos mejores que los demás y utilizamos la religión para justificar nuestra soberbia.

Un cristiano auténtico no es aquel que nunca cae, sino aquel que reconoce sus caídas, se arrepiente, busca reconciliarse y vuelve a caminar con Cristo.

No se trata de abandonar nuestras devociones, sino de permitir que esas devociones transformen nuestra manera de vivir.

Porque podemos llevar un Rosario en las manos o en cuello y todavía necesitar aprender a amar con el corazón.

Podemos tener una Biblia abierta en nuestra casa, pero mantener cerrado nuestro corazón al sufrimiento ajeno.

Podemos arrodillarnos delante del Santísimo y después negarnos a dar el primer paso hacia la reconciliación.

Dios no nos pide una apariencia de santidad. Nos llama a vivir una fe sincera, humilde y coherente.

Y hoy, antes de preguntarnos por qué los demás no cambian, preguntémonos:

Señor, ¿qué necesitas cambiar primero en mí?

ORACIÓN

Señor, que mi vida no contradiga mi fe

Señor Jesús, perdóname cuando hablo de amor y no sé amar, cuando predico el perdón y guardo resentimientos, cuando juzgo sin reconocer mis propios errores.

No permitas que mi fe sea solo apariencia. Enséñame a vivir lo que creo y a practicar lo que predico, con humildad, sinceridad y amor.

Que mis acciones hablen más que mis palabras y que quienes me rodean puedan reconocer tu presencia en mi manera de vivir.

Señor, que no sea cristiano solamente de nombre, sino verdadero discípulo tuyo con mi ejemplo de vida. Amén.

TOQUE ESPIRITUAL

La fe que profesamos con los labios debe reflejarse en la vida que llevamos.

Para llevarnos hoy una pregunta al corazón:

Si alguien no me escuchara hablar de Dios, ¿podría descubrir por mi manera de vivir que soy cristiano?

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

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