La religiosidad comprende nuestras prácticas de fe: oraciones, sacramentos, devociones y participación en la Iglesia. Todas ellas son valiosas y necesarias para alimentar nuestra vida cristiana.
Pero estas prácticas deben
producir frutos.
Una persona puede rezar el
Rosario todos los días y todavía necesitar aprender a controlar su carácter.
Puede recibir la Eucaristía
y tener dificultades para reconciliarse con un familiar.
Puede conocer muchos
pasajes bíblicos y no saber escuchar con paciencia a quien sufre.
Esto no significa que sus
oraciones sean inútiles. Significa que la conversión es un camino que debemos
recorrer todos los días.
La santidad no consiste en
creernos perfectos, sino en reconocer nuestras debilidades y permitir que Dios
nos ayude a superarlas.
Jesús nos enseña a reconocer nuestra propia
hipocresía
¿Qué pasa? Ves la pelusa en el ojo
de tu hermano, ¿y no te das cuenta del tronco que tienes en el tuyo? Lucas
6,41
¡Cuántas veces somos
expertos en descubrir los defectos de los demás!
Criticamos al que no va a
Misa, al que no reza, al que se equivoca, al que se alejó de la Iglesia.
Pero ¿cuánto tiempo
dedicamos a revisar nuestras propias faltas?
Jesús no nos pide que
ignoremos el mal. Nos enseña que antes de corregir al hermano debemos examinar
nuestra propia conducta.
La corrección fraterna nace
del amor; la actitud farisea nace de la superioridad.
El verdadero cristiano se reconoce por sus
frutos
“Por sus frutos, entonces, ustedes los
reconocerán” Mateo 7,20
Nuestra fe debe producir
frutos concretos: caridad, humildad, paciencia, misericordia, justicia,
generosidad y capacidad de perdonar.
No basta con decir: “Señor,
yo te amo”.
Ese amor debe hacerse
visible cuando acompañamos a un enfermo, escuchamos a una persona sola,
ayudamos sin esperar recompensa, reconocemos un error o pedimos perdón.
Y especialmente cuando
hacemos el bien sin que nadie nos vea ni nos felicite.
Un pequeño examen
de conciencia
Hoy te invito a responder,
con sinceridad, estas preguntas:
- ¿Mi familia encuentra en
mí el amor y la paciencia que predico?
- ¿Soy capaz de reconocer
mis errores y pedir perdón?
- ¿Ayudo por amor a Dios o
porque deseo que reconozcan mis buenas acciones?
- ¿Me considero
espiritualmente superior a quienes no practican mi religión?
- ¿Mis palabras acercan a
las personas a Dios o las alejan?
- ¿Estoy dispuesto a
cambiar aquello que contradice mi fe?
No respondamos pensando en
los demás. Respondamos mirándonos a nosotros mismos.
REFLEXIÓN
Hay algo que debemos
comprender: no somos fariseos simplemente porque tengamos debilidades o
cometamos errores.
Todos somos pecadores y
necesitamos la misericordia de Dios.
El peligro comienza cuando
dejamos de reconocer nuestras faltas, cuando nos creemos mejores que los demás
y utilizamos la religión para justificar nuestra soberbia.
Un cristiano auténtico no
es aquel que nunca cae, sino aquel que reconoce sus caídas, se arrepiente,
busca reconciliarse y vuelve a caminar con Cristo.
No se trata de abandonar
nuestras devociones, sino de permitir que esas devociones transformen nuestra
manera de vivir.
Porque podemos llevar un
Rosario en las manos o en cuello y todavía necesitar aprender a amar con el
corazón.
Podemos tener una Biblia
abierta en nuestra casa, pero mantener cerrado nuestro corazón al sufrimiento
ajeno.
Podemos arrodillarnos
delante del Santísimo y después negarnos a dar el primer paso hacia la
reconciliación.
Dios no nos pide una
apariencia de santidad. Nos llama a vivir una fe sincera, humilde y coherente.
Y hoy, antes de
preguntarnos por qué los demás no cambian, preguntémonos:
Señor, ¿qué necesitas
cambiar primero en mí?
ORACIÓN
Señor, que mi vida no
contradiga mi fe
Señor Jesús, perdóname cuando hablo de amor y no sé
amar, cuando predico el perdón y guardo resentimientos, cuando juzgo sin
reconocer mis propios errores.
No permitas que mi fe sea solo apariencia. Enséñame a
vivir lo que creo y a practicar lo que predico, con humildad, sinceridad y
amor.
Que mis acciones hablen más que mis palabras y que
quienes me rodean puedan reconocer tu presencia en mi manera de vivir.
Señor, que no sea cristiano solamente de nombre, sino
verdadero discípulo tuyo con mi ejemplo de vida. Amén.
TOQUE ESPIRITUAL
La fe que profesamos con
los labios debe reflejarse en la vida que llevamos.
Para llevarnos hoy una
pregunta al corazón:
Si alguien no me escuchara
hablar de Dios, ¿podría descubrir por mi manera de vivir que soy cristiano?
¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE
TE ACOMPAÑE!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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