NUNCA ES TARDE PARA SERVIR A DIOS
A veces pensamos que para servir a Dios hay que ser
joven, tener muchas fuerzas, grandes conocimientos o disponer de mucho tiempo.
Pero Dios no mira nuestra edad: mira nuestro corazón y nuestra disponibilidad.
Mientras tengamos vida, siempre tendremos algo que
ofrecer.
Podemos servir a Dios acompañando a una persona que
está sola, escuchando al que necesita desahogarse, visitando a un enfermo,
enseñando al que no sabe, compartiendo nuestra experiencia, ayudando al
necesitado, rezando por alguien o simplemente ofreciendo una palabra de
esperanza.
Con los años quizá disminuyan nuestras fuerzas
físicas, pero aumenta algo muy valioso: la experiencia de vida. Hemos conocido
alegrías y sufrimientos, triunfos y fracasos; hemos aprendido a levantarnos
después de caer. Todo eso puede convertirse en un instrumento para ayudar a
otros.
No digas: “Ya estoy viejo, vieja, para comenzar”, “ya cumplí
mi misión” o “¿qué puedo hacer yo a estas alturas de mi vida?”.
Pregúntale más bien al Señor:
¿Para qué me necesitas hoy?
Tal vez Dios no te pida grandes obras. Quizá solamente
te está pidiendo que estés presente donde alguien necesita amor, consuelo,
orientación o compañía.
Cita bíblica: " Aún en la vejez tendrán sus frutos, pues aún están verdes y dan brotes.” Salmo 92,15
Reflexión
Cada nuevo día que Dios nos concede puede tener una
misión. Mientras podamos amar, escuchar, perdonar, enseñar, compartir y orar,
podemos seguir sirviendo.
La edad no nos jubila del amor ni de la caridad.
Tal vez aquello que aprendiste durante toda una vida
sea precisamente lo que hoy otra persona necesita escuchar. Tus experiencias,
tus heridas superadas, tu fe y hasta tus errores pueden convertirse en una
enseñanza para alguien que recién comienza su camino.
Por eso, no importa si tienes 30, 50, 70 u 80 años.
Nunca es tarde para decirle a Dios: “Aquí estoy, Señor. Todavía puedes contar
conmigo”.
Oración
Señor Jesús,
gracias por el don de la vida
y por cada año que me has permitido
recorrer.
No permitas que piense que por mi
edad
ya no tengo nada que ofrecer.
Muéstrame dónde puedo servirte,
a quién puedo acompañar,
qué palabra puedo compartir
y qué necesidad puedo aliviar.
Que mis manos, mi experiencia,
mi tiempo y mi oración
sean instrumentos de tu amor.
Señor, mientras me regales un nuevo
día,
que mis manos sigan dispuestas a
ayudar,
mi corazón abierto para amar
y mis pasos atentos a quien me
necesite.
Que la vida que aún me concedes
sea una oportunidad para servirte
en los demás. Amén.
¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE
ACOMPAÑE!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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