EL BANCO QUE PAGA EL INTERÉS MÁS ALTO: LA MISERICORDIA

Existe un banco que no guarda dinero, pero conserva cada obra realizada con amor: el banco espiritual de la misericordia. En él depositamos cuando ayudamos al pobre, compartimos nuestro pan, acompañamos al enfermo, perdonamos una ofensa y oramos por quienes nos persiguen.

Cuando damos con generosidad, no perdemos. Quizá no recibamos la recompensa de la misma persona ni de la manera que imaginamos, pero Dios nunca olvida el bien que hacemos. Él nos devuelve con la tasa de interés más alta: paz en el corazón, fortaleza en las dificultades, consuelo en el sufrimiento y bendiciones que muchas veces llegan cuando más las necesitamos.

La Palabra de Dios nos dice:

“El que se compadece del pobre presta al Señor, que le pagará su buena obra”. Proverbios 19,17

Es como si, al ayudar al necesitado, Dios mismo firmara un pagaré espiritual. Sin embargo, no debemos hacer el bien únicamente para recibir algo a cambio. La verdadera caridad nace de un corazón agradecido que reconoce que todo lo que posee es un regalo del Señor.

La parábola del buen samaritano nos enseña que amar significa detenernos ante el dolor ajeno. Mientras otros pasaron de largo, el samaritano se acercó al hombre herido, vendó sus heridas, lo llevó a un lugar seguro y pagó para que lo cuidaran. No preguntó quién era, de dónde venía ni qué recibiría a cambio. Simplemente vio a un hermano que necesitaba ayuda y actuó con misericordia.

También nosotros podemos encontrar personas heridas a la orilla de nuestro camino: alguien que necesita alimento, una palabra de aliento, compañía, escucha o comprensión. No siempre podremos resolver todos sus problemas, pero podemos detenernos, acercarnos y ofrecer aquello que esté a nuestro alcance.

Incluso Jesús nos pide algo todavía más difícil: amar a nuestros enemigos y orar por quienes nos persiguen. Esa oración también es un depósito en el banco de la misericordia, porque libera nuestro corazón del resentimiento y permite que el Espíritu Santo transforme nuestras heridas.

Depositemos cada día una obra buena en este banco celestial. Compartamos sin humillar, ayudemos sin hacer publicidad y perdonemos sin guardar cuentas. Con Dios nunca se pierde: todo acto de amor permanece guardado en su corazón.

“Vete y haz tú lo mismo”. Lucas 10,37

Oración

Señor Jesús, dame un corazón misericordioso, capaz de detenerse ante el sufrimiento de mis hermanos. Enséñame a compartir, perdonar y orar por quienes me han herido. Que mis manos sean instrumentos de tu providencia y que nunca pase indiferente frente al necesitado. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

 Proximo encuentro en Toque Espiritual


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