REFLEXIÓN EN TOQUE ESPIRITUAL

DESPUÉS DE CINCUENTA AÑOS, VOLVERÍA A CASARME CONTIGO

Me casé contigo sin conocer a fondo tu vida. Conocía al hombre del que me había enamorado, pero todavía no al compañero que iría descubriendo con los años. No sabía todo lo que nos esperaba, ni cuánto tendríamos que aprender para construir un hogar, criar y educar a los hijos.

Aquel día te dije que sí con ilusión. Hoy, al cumplir nuestras bodas de oro, te lo digo con la certeza que solamente puede dar una vida compartida: me volvería a casar contigo.

Porque una cosa es elegir a alguien cuando todo está por comenzar, y otra es volver a elegirlo después de cincuenta años. Cuando ya conocemos nuestras diferencias, nuestras limitaciones y esas pequeñas costumbres que al principio ni imaginábamos. Cuando el amor ya no vive solamente de promesas, sino de lo que hemos sido capaces de construir y cuidar.

No quiero contar una historia perfecta. Quiero hablar de la nuestra. De dos personas que han recorrido juntas una vida y que todavía encuentran razones para seguir tomándose de la mano.

Con los años he comprendido que el amor también está en lo cotidiano: en preguntar ¿cómo te sientes? Más aún si se pasa por alguna enfermedad o cirugía, en preocuparse por el cansancio del otro, en compartir la mesa y en descubrir que su compañía sigue haciéndonos falta.

Hay una ternura profunda en llegar a esta etapa y mirar con gratitud al compañero de tantos años y dar Gracias a Dios por su compañía. Para mí, uno de los regalos más bonitos ha sido enseñarle a mi esposo a rezar juntos antes de dormir, las tres Avemarías: por el poder que te concedió el Padre, por el amor que te concedió el Hijo y por la sabiduría que te concedió el Espíritu Santo. Después hacemos la Consagración a la Virgen María y nos despedimos con un “Hasta mañana, si Dios lo permite”, y un “te amo” que guarda toda una vida compartida.

Hoy les abro un rinconcito de nuestra intimidad. Sé que muchos matrimonios tienen también estos pequeños encuentros de amor y de fe, y qué bueno es compartirlos. Porque, después de tantos años, rezar juntos antes de dormir es otra manera de decirnos: sigo aquí, contigo y de la mano de Dios.

Hoy miro nuestra familia, con nuestros tres hijos, y seis nietos, lo vivido, lo aprendido, y siento que aquel “sí” sigue teniendo sentido. Le doy gracias a Dios por nuestra vida y le pido que nos enseñe a cuidarnos en esta etapa, cuando quizá los pasos sean más lentos y pareciera que el cansancio nos agobia, pero el cariño todavía tiene tanto que decir.

A quienes lean estas palabras quiero compartirles algo: el amor necesita atención. No basta con haberlo prometido el día de la boda. Hay que expresarlo, escucharlo, respetarlo y darle un lugar entre las preocupaciones de cada día. Nunca es demasiado tarde para decirle al otro cuánto significa en nuestra vida.

Y a ti, esposo mío, quiero decirte:

Han pasado cincuenta años desde nuestra boda, pero al mirarte aún encuentro dentro de mí a aquella mujer que te dijo que sí, con el corazón lleno de ilusión y tantos sueños por cumplir.

Me casé contigo sin conocer a fondo tu vida, sin saber todos los caminos que nos tocaría recorrer. Hoy, después de compartir tantos años, te elijo por nuestra historia y por todo lo que todavía deseo vivir a tu lado.

Ahora sé que el amor también se sostiene en los cuidados de cada día, en la paciencia, en la oración compartida y en esa mano que buscamos cuando nos faltan las fuerzas.

Si pudiera regresar al día de nuestra boda, sabiendo lo que hoy sé, volvería a acercarme a ti y a tomar tu mano. Llevaría conmigo la gratitud por nuestras alegrías y la certeza de que, incluso en los días difíciles, ha valido la pena caminar juntos.

“El amor nunca pasará. Pasarán las profecías, callarán las lenguas y se perderá el conocimiento"  1 Corintios 13,8.

Cincuenta años después, damos gracias a Dios por ese amor que ha madurado entre alegrías, pruebas y cuidados, y que hoy nos permite seguir diciendo: “Me volvería a casar contigo”.

 ¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga,

Mirtha Villarroel de Rocha

Hasta nuestro próximo Toque Espiritual.


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