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nada me faltara

viernes, 25 de septiembre de 2026

 LA MISIÓN DEL SACERDOTE

Cura animarum: el cuidado de las almas

¿por qué llamamos “cura” al sacerdote?

Su misión

Tradicionalmente llamamos “el cura” al sacerdote, pero quizá pocas veces nos preguntamos de dónde viene esta palabra y cuál es su verdadero significado.

La palabra cura proviene del latín y significa cuidado, solicitud, atención. De allí nace la expresión cura animarum, que significa “cuidado de las almas” y expresa una de las misiones más hermosas del ministerio sacerdotal.

La misión del sacerdote es servir a Dios cuidando y acompañando espiritualmente a su pueblo. Está llamado a anunciar la Palabra, celebrar la Eucaristía, administrar los sacramentos, orientar, escuchar, consolar, acompañar al enfermo y ayudar a las personas a acercarse a Dios.

No se trata de “curar” como lo hace un médico, sino de cuidar el alma, alimentar la fe, ofrecer esperanza y acompañar a cada persona en su camino hacia Cristo.

Por eso, cuando llamamos “cura” al sacerdote, estamos recordando una hermosa y profunda misión: cura animarum, el cuidado de las almas.

¿Qué representa el sacerdote para los católicos?

El sacerdote es un hombre llamado por Dios y consagrado mediante el sacramento del Orden para servir a Cristo y a su Iglesia.

No sustituye a Dios ni deja de ser una persona con virtudes, limitaciones y debilidades. Sin embargo, por el ministerio que ha recibido, en determinados actos sacramentales actúa in persona Christi Capitis, expresión latina que significa “en la persona de Cristo Cabeza”.

Por eso encontramos al sacerdote acompañándonos en momentos fundamentales de nuestra vida: en el Bautismo, la Eucaristía, la Reconciliación, el matrimonio, la enfermedad y también cuando llega la muerte. Nos anuncia la Palabra, celebra los sacramentos y nos acompaña en nuestro camino de fe.

Está presente en muchos de los momentos más importantes de nuestra existencia.

El sacerdote también necesita ser acompañado

Muchas veces acudimos al sacerdote cuando tenemos un problema, buscamos orientación, necesitamos confesarnos o pedimos oración. Esperamos que tenga tiempo para escucharnos y palabras para consolarnos.

Pero pocas veces nos preguntamos: ¿quién acompaña al sacerdote?

Él también experimenta cansancio, preocupaciones, dificultades y momentos de soledad. Por eso, en lugar de mirar solamente sus errores, aprendamos también a comprenderlo, acompañarlo y sostenerlo con nuestra oración.

Podemos ayudar a nuestro párroco de muchas maneras: ofreciendo nuestro tiempo, colaborando en las necesidades de la comunidad, acercándole alimentos o ayudándolo material o económicamente cuando lo necesite, siempre de manera libre, generosa y sin esperar privilegios a cambio.

Cuidemos también a quienes han recibido la misión de cuidar nuestras almas.

Jesús dijo:

«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas». Juan 10,11

Esta imagen del Buen Pastor ayuda a comprender el corazón de la misión sacerdotal.

El sacerdote también necesita nuestras oraciones

El sacerdote acompaña, escucha, consuela, orienta y reza por su comunidad, pero él también necesita ser acompañado con nuestra oración.

Es un hombre llamado por Dios, pero sigue siendo humano: tiene preocupaciones, incomprensiones y momentos difíciles. Lleva sobre sus hombros muchas historias, dolores y necesidades que los fieles confían a su corazón.

Por eso, además de pedirle que rece por nosotros, recemos también nosotros por él: para que Dios fortalezca su vocación, ilumine sus decisiones, renueve sus fuerzas y le conceda un corazón siempre dispuesto a servir.

No olvidemos a nuestros sacerdotes. Quien cuida espiritualmente de tantas almas también necesita sentirse sostenido por la oración de su pueblo.

San Pablo nos recuerda: “Oren sin cesar”. 1 Tesalonicenses 5,17

Reflexión

Detrás de cada sacerdote hay un hombre que respondió al llamado de Dios y entregó su vida al servicio de los demás. Su misión es anunciar a Cristo, celebrar los sacramentos y ejercer la cura animarum: el cuidado de las almas.

También ellos necesitan nuestro acompañamiento. Podemos sostener a nuestro párroco con la oración, nuestro tiempo, alimentos, ayuda en sus necesidades o una colaboración económica voluntaria, siempre con libertad y sin esperar privilegios.

La ayuda tampoco tiene que ser únicamente dinero: puede ser alimentos, transporte, asistencia ante una enfermedad, nuestro tiempo y, especialmente, nuestra oración.

Cuidemos también a quienes han recibido la misión de cuidar nuestras almas.

Tal vez no pueda solucionar todos nuestros problemas. Tal vez también se equivoque. Pero su misión sigue siendo inmensa: anunciar a Cristo, celebrar los sacramentos y cuidar pastoralmente a quienes Dios pone en su camino.

Qué hermosa responsabilidad y, al mismo tiempo, qué grande necesidad de oración.

También podríamos preguntarnos: “¿Cómo estamos acompañando y sosteniendo a nuestro sacerdote en su misión?” Una ayuda sencilla y sin condiciones puede ser un hermoso gesto de fraternidad cristiana.

“El obrero merece su salario”. Lucas 10,7

Oración por el ministerio sacerdotal

Señor Jesús, Buen Pastor,

te damos gracias por nuestros sacerdotes y por su entrega a tu servicio.

Fortalécelos en el cansancio, consuélalos en la soledad y dales sabiduría para guiar a tu pueblo.

Protégelos en las dificultades, renueva cada día su vocación y hazlos fieles servidores de tu Palabra y de tus sacramentos.

Que sepamos acompañarlos, respetarlos y sostenerlos con nuestra oración. Amén.

¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE ACOMPAÑE!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

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