LA MISIÓN DEL SACERDOTE
Cura animarum: el cuidado de las almas
¿por qué llamamos “cura” al
sacerdote?
Su misión
Tradicionalmente llamamos “el cura” al sacerdote, pero
quizá pocas veces nos preguntamos de dónde viene esta palabra y cuál es su verdadero
significado.
La palabra cura proviene del latín y significa
cuidado, solicitud, atención. De allí nace la expresión cura animarum, que
significa “cuidado de las almas” y expresa una de las misiones más hermosas del
ministerio sacerdotal.
La misión del sacerdote es servir a Dios cuidando y
acompañando espiritualmente a su pueblo. Está llamado a anunciar la Palabra,
celebrar la Eucaristía, administrar los sacramentos, orientar, escuchar,
consolar, acompañar al enfermo y ayudar a las personas a acercarse a Dios.
No se trata de “curar” como lo hace un médico, sino de
cuidar el alma, alimentar la fe, ofrecer esperanza y acompañar a cada persona
en su camino hacia Cristo.
Por eso, cuando llamamos “cura” al sacerdote, estamos recordando una hermosa y profunda
misión: cura animarum, el cuidado de las almas.
¿Qué representa el sacerdote para
los católicos?
El sacerdote es un hombre llamado por Dios y
consagrado mediante el sacramento del Orden para servir a Cristo y a su
Iglesia.
No sustituye a Dios ni deja de ser una persona con
virtudes, limitaciones y debilidades. Sin embargo, por el ministerio que ha
recibido, en determinados actos sacramentales actúa in persona Christi Capitis,
expresión latina que significa “en la
persona de Cristo Cabeza”.
Por eso encontramos al sacerdote acompañándonos en
momentos fundamentales de nuestra vida: en el Bautismo, la Eucaristía, la
Reconciliación, el matrimonio, la enfermedad y también cuando llega la muerte.
Nos anuncia la Palabra, celebra los sacramentos y nos acompaña en nuestro
camino de fe.
Está presente en muchos de los momentos más
importantes de nuestra existencia.
El sacerdote también necesita ser
acompañado
Muchas veces acudimos al sacerdote cuando tenemos un
problema, buscamos orientación, necesitamos confesarnos o pedimos oración.
Esperamos que tenga tiempo para escucharnos y palabras para consolarnos.
Pero pocas veces nos preguntamos: ¿quién acompaña al sacerdote?
Él también experimenta cansancio, preocupaciones,
dificultades y momentos de soledad. Por eso, en lugar de mirar solamente sus
errores, aprendamos también a comprenderlo, acompañarlo y sostenerlo con
nuestra oración.
Podemos ayudar a nuestro párroco de muchas maneras:
ofreciendo nuestro tiempo, colaborando en las necesidades de la comunidad,
acercándole alimentos o ayudándolo material o económicamente cuando lo
necesite, siempre de manera libre, generosa y sin esperar privilegios a cambio.
Cuidemos también a quienes han recibido la misión de
cuidar nuestras almas.
Jesús dijo:
«Yo soy el buen
pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas». Juan 10,11
Esta imagen del Buen Pastor ayuda a comprender el
corazón de la misión sacerdotal.
El sacerdote también necesita
nuestras oraciones
El sacerdote acompaña, escucha, consuela, orienta y
reza por su comunidad, pero él también necesita ser acompañado con nuestra
oración.
Es un hombre llamado por Dios, pero sigue siendo
humano: tiene preocupaciones, incomprensiones y momentos difíciles. Lleva sobre
sus hombros muchas historias, dolores y necesidades que los fieles confían a su
corazón.
Por eso, además de pedirle que rece por nosotros, recemos también nosotros por él: para que Dios fortalezca su vocación, ilumine sus decisiones, renueve sus fuerzas y le conceda un corazón siempre dispuesto a servir.
No olvidemos a nuestros sacerdotes. Quien cuida
espiritualmente de tantas almas también necesita sentirse sostenido por la
oración de su pueblo.
San Pablo nos recuerda: “Oren sin cesar”. 1
Tesalonicenses 5,17
Reflexión
Detrás de cada sacerdote hay un hombre que respondió
al llamado de Dios y entregó su vida al servicio de los demás. Su misión es
anunciar a Cristo, celebrar los sacramentos y ejercer la cura animarum: el cuidado de las
almas.
También ellos necesitan nuestro acompañamiento.
Podemos sostener a nuestro párroco con la oración, nuestro tiempo, alimentos,
ayuda en sus necesidades o una colaboración económica voluntaria, siempre con
libertad y sin esperar privilegios.
La ayuda tampoco tiene que ser únicamente dinero:
puede ser alimentos, transporte, asistencia ante una enfermedad, nuestro tiempo
y, especialmente, nuestra oración.
Cuidemos también a quienes han recibido la misión de
cuidar nuestras almas.
Tal vez no pueda solucionar todos nuestros problemas.
Tal vez también se equivoque. Pero su misión sigue siendo inmensa: anunciar a
Cristo, celebrar los sacramentos y cuidar pastoralmente a quienes Dios pone en
su camino.
Qué hermosa responsabilidad y, al mismo tiempo, qué
grande necesidad de oración.
También podríamos preguntarnos: “¿Cómo estamos acompañando y
sosteniendo a nuestro sacerdote en su misión?” Una ayuda sencilla y sin
condiciones puede ser un hermoso gesto de fraternidad cristiana.
“El obrero
merece su salario”. Lucas 10,7
Oración por el ministerio
sacerdotal
Señor Jesús, Buen Pastor,
te damos gracias por nuestros sacerdotes y por su
entrega a tu servicio.
Fortalécelos en el cansancio, consuélalos en la
soledad y dales sabiduría para guiar a tu pueblo.
Protégelos en las dificultades, renueva cada día su
vocación y hazlos fieles servidores de tu Palabra y de tus sacramentos.
Que sepamos acompañarlos, respetarlos y sostenerlos
con nuestra oración. Amén.
¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE
ACOMPAÑE!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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