CUANDO QUIEREN DESTRUIR A UNA FAMILIA
La familia no siempre es atacada desde afuera. Muchas
veces comienza a destruirse desde adentro: con una palabra hiriente, una
mentira, una infidelidad, la falta de respeto, los resentimientos guardados o
la divulgación de problemas privados.
El maligno sabe que una familia unida es fuerte; por
eso busca sembrar desconfianza, división y odio. Se aprovecha de nuestras
heridas y nos hace reaccionar con ira, acusaciones y deseos de venganza.
Recordemos que Jesús nos advierte:
“El ladrón viene
solamente a robar, matar y destruir. Yo en cambio, yo he venido para que tengan
vida y sean colmados” (Juan 10,10).
Cuando un conflicto amenace nuestro hogar, no debemos
echar más leña al fuego ni exponer públicamente a los nuestros. Es necesario
detenernos, conversar con sinceridad, reconocer los errores, pedir perdón y
buscar ayuda cuando ya no podamos resolverlo solos.
Defender a la familia no significa justificar la
infidelidad, la violencia o el maltrato. Significa corregir con amor, proteger
a quien está siendo dañado y buscar soluciones sin perder el respeto ni la
dignidad. Si existe violencia, también es necesario acudir oportunamente a las
autoridades y recibir orientación profesional.
No permitamos que el orgullo tenga la última palabra.
Donde el maligno quiere sembrar división, sembremos oración; donde haya
ofensas, pongamos perdón; donde exista mentira, defendamos la verdad; y donde
haya heridas, llevemos el amor sanador de Dios.
Oración
Señor Jesús, protege a nuestras familias de todo
aquello que quiera dividirlas. Danos serenidad para no actuar con ira, humildad
para reconocer nuestros errores y valentía para corregir lo que hace daño. Sana
nuestras heridas, aleja la violencia y enséñanos a dialogar, perdonar y
reconstruir. Que en nuestro hogar triunfen siempre la verdad, el respeto y el
amor. Amén.
“Tampoco una
familia dividida, puede mantenerse” (Marcos 3,25)
Reflexión
Para destruir una familia no siempre se necesitan
grandes conflictos. A veces todo comienza con una mentira, una infidelidad, una
palabra ofensiva, la falta de diálogo o un resentimiento que nadie quiere
sanar.
El maligno busca dividir: enfrenta a los esposos,
distancia a los hijos, despierta sospechas y convierte los errores en armas
para herirse. Pero una familia que reconoce sus faltas, dialoga con sinceridad,
pide perdón y coloca a Dios en el centro puede levantarse nuevamente.
Defender a la familia no significa encubrir la
violencia, la traición o el maltrato. Significa buscar la verdad, corregir con
amor, proteger a quien sufre y procurar una solución sin destruir la dignidad
de nadie.
Cuando alguien quiera sembrar división, no respondamos
con más odio. Respondamos con prudencia, oración y firmeza. Donde quieran
destruir, nosotros debemos reconstruir; donde quieran separar, debemos buscar
la unidad; y donde exista una herida, debemos permitir que Dios comience a
sanar.
¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE
ACOMPAÑE!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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