EL CÁNCER NO DA TREGUA
El cáncer no pregunta quién eres antes de llegar. No
mira condición social ni económica, profesión, cargo político, religión, edad o
prestigio. Puede presentarse en cualquier familia y cambiar, de un momento a
otro, nuestra manera de mirar la vida.
El cáncer no distingue entre ricos y pobres, personas
conocidas o anónimas. Pero frente a la enfermedad podemos elegir no caminar
solos: apoyarnos en la medicina, en nuestra familia, en quienes nos aman y,
desde la fe, abandonarnos en las manos de Dios.
Ante un diagnóstico aparecen el miedo, la
incertidumbre y muchas preguntas: ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Podré superar esta
enfermedad? ¿Cómo se lo digo a mi familia? ¿Tendré fuerzas para afrontar el
tratamiento?
Y muchas veces surge una pregunta profundamente
humana:
“Dios mío, ¿por qué a mí?”
Quizá durante años vivimos ocupados en el trabajo, los
problemas, los compromisos y las preocupaciones diarias. Algunos recién nos
acordamos de Dios cuando llega la enfermedad, cuando sentimos miedo o cuando
descubrimos que nuestras propias fuerzas no son suficientes.
Pero Dios no nos dice: “Ahora vienes a buscarme”.
Al contrario, nos recibe.
Nunca es tarde para volver nuestra mirada hacia Él,
para hablarle desde el corazón y decirle: “Señor, tengo miedo. No entiendo lo que está
pasando, pero necesito que me acompañes”.
Y tampoco debemos pensar que la enfermedad es
necesariamente un castigo de Dios. Jesús mismo rechazó la idea de relacionar
automáticamente el sufrimiento con el pecado.
“No temas,
porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Yo te
fortalezco y te ayudo». Isaías 41,10
También podemos recordar las palabras de Jesús ante el
hombre ciego de nacimiento, cuando le preguntaron quién había pecado para que
naciera así:
“Ni él pecó ni
sus padres”. Juan 9,3
REFLEXIÓN
Tal vez la pregunta no sea solamente “¿por
qué a mí?”, sino también:
“Señor, ¿cómo voy a vivir este momento contigo?”
La enfermedad puede hacernos descubrir lo
verdaderamente importante: la familia, un abrazo, una conversación pendiente,
el perdón, la oración, el valor de despertar cada mañana y la presencia de
quienes permanecen a nuestro lado.
Tener fe no significa que dejaremos de sentir miedo.
Tener fe es saber a quién tomar de la mano cuando sentimos miedo.
Por eso, si hoy estás atravesando un cáncer, busca la
atención médica que necesitas, déjate acompañar por tu familia y no tengas
vergüenza de llorar ni de pedir ayuda.
Y si hacía mucho que no hablabas con Dios, háblale
hoy. No necesitas palabras bonitas. Dile simplemente:
“Señor, aquí estoy. Quizá me alejé de Ti, quizá me olvidé de buscarte
cuando todo estaba bien. Hoy vuelvo mi mirada hacia Ti. Dame fuerzas para
afrontar lo que viene y acompáñame en este camino”.
Ante un diagnóstico de cáncer aparecen el miedo, la
incertidumbre y muchas preguntas: ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Podré vencer esta
enfermedad? ¿Cómo se lo digo a mi familia? ¿Tendré fuerzas para afrontar el
tratamiento?
Es entonces cuando comprendemos algo fundamental: somos
frágiles, necesitamos unos de otros. Y más que todo, busquemos a Dios con la reconciliación.
Quien tiene recursos económicos puede acceder a muchas
posibilidades, pero el dinero no evita el temor. Quien tiene poder o
reconocimiento también necesita una mano que lo sostenga. Quien tiene fe
también puede sentir miedo, llorar y preguntarse por qué está pasando por esta
prueba.
Tener fe no significa no tener miedo. Significa
aprender a caminar con Dios aun teniendo miedo.
“No temas,
porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Yo te
fortalezco y te ayudo”. Isaías 41,10
REFLEXIÓN
El cáncer nos recuerda que, frente al dolor,
desaparecen muchas diferencias que nosotros mismos hemos creado. Todos
necesitamos amor, comprensión, atención médica, compañía y esperanza.
Por eso, cuando sepamos que alguien tiene cáncer, no
nos alejemos porque no sabemos qué decir. A veces no hacen falta grandes
discursos. Una llamada, una visita, acompañar a una consulta, preparar una
comida o simplemente decir “estoy aquí contigo” puede
convertirse en un enorme consuelo.
Y a quien hoy está enfrentando esta enfermedad quiero
decirle: no permitas que el cáncer se convierta en toda tu identidad. Tú eres
mucho más que un diagnóstico. Continúa viviendo cada día posible, recibe el
tratamiento indicado, acepta la ayuda de quienes te aman y permite que Dios
sostenga tu corazón.
Habrá días de fortaleza y también días de lágrimas. En
ambos, puedes hablar con Dios tal como estás.
La enfermedad puede tocar nuestro cuerpo, pero no
tiene por qué arrebatarnos la capacidad de amar, de esperar, de agradecer y de
seguir luchando.
Hoy recemos por quienes tienen cáncer, por sus
familias, por los médicos y por quienes no cuentan con los recursos suficientes
para recibir atención. Que nunca falte una mano solidaria junto a quien está
atravesando esta enfermedad.
¡DIOS TE BENDIGA Y LA VIRGEN MARÍA SIEMPRE TE
ACOMPAÑE!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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