DÍA 5: ¡Yo lo he cumplido!
"Yo sí he visto milagros, escribía un sacerdote. Fíate de mí decía. Hazme caso. Reza a la Virgen". Y cuenta uno de los milagros que ha visto.
" Acababa de ordenarme sacerdote. Tenía 26 años.
Era un atardecer a la hora de terminar el trabajo.
- Te llaman por teléfono, me dijeron.
Una voz masculina, un tanto nerviosa, explicaba la razón de la llamada:
- Mire, tengo un amigo que se encuentra muy mal, puede morir en cualquier
instante. Me pide que le llame a usted porque quiere confesarse. (...) No, no
le conoce, pero quiere que sea usted. (Nunca he entendido por qué.) ¿Puede
venir a esta casa?
- Salgo para allá en este momento.
- (Me interrumpió) Mire, el asunto no es tan fácil. Me explicaré. El piso está
lleno de familiares y amigos que no dejarán que un sacerdote católico entre en
esta casa; pero yo me encargo de facilitar su entrada.
- Pues allá voy, amigo. Dentro de un cuarto de hora estoy ahí: lo que tarde el
autobús.
El
piso era muy grande, lo estoy viendo ahora que describo la situación. La puerta
entreabierta, un pasillo largo. Entro decidido después de encomendarme a la
Virgen para que facilitase el encuentro. Rumores de voces en las habitaciones
contiguas; algunas personas que me miran con gesto de asombro. Con un breve
saludo me dirijo a la habitación que estimo puede ser la del enfermo.
Efectivamente lo es.
- ¿Le han dejado entrar?
- He visto caras de susto y gestos feos; pero ha podido más la Virgen nuestra
Señora.
- Gracias. No tengo mucho tiempo (el enfermo jadeaba). Quiero confesarme.
- (Cogí mi crucifijo, lo besé.). Comienza, Dios te escucha...
Yo muy emocionado. El hombre (era un personaje importante), también. Apliqué
mis oídos a sus labios porque apenas se le oía. La confesión... larga, muy
larga.
- ...Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del
Espíritu Santo.
Al terminar, pocos minutos le quedaban de vida- quiso explicarme "su"
milagro. Lo hizo fatigosamente. Se lo agradecí con toda el alma.
- He estado cuarenta años ausente de la Iglesia. Y usted se preguntará por qué
he llamado a un sacerdote.
Él lo decía todo. Yo callaba.
- Mi madre, al morir, nos reunió a los hermanos... Mirad. No os dejo nada. Nada
tengo. Pero cumplid este testamento que os doy: Rezad todas las noches tres
avemarías. Y yo (cómo lloraba el pobre), yo lo he cumplido, ¿sabe?, lo he
cumplido.
Se moría mientras cantaba. A mí me pareció todo aquello un cántico: "Yo lo
he cumplido, yo lo he cumplido".
En este mes Madre mía, te prometo que por más cansado que esté, por cosas feas que haya hecho, por lejos que
me encuentre de Dios, jamás dejaré de rezarte las tres Avemarías, por la noche, y si puedo de rodillas. Porque si un día o una temporada estoy siendo mal hijo tuyo, no
cabe en ninguna cabeza que por vida disipada que yo lleve Tú no serás la Madre que no me escuche Y además, cuando
peor estoy, sintiéndome en un callejón sin salida, más necesito tenerte cerca, como mi madre amorosa.
Ángel de mi guarda, encárgate tú de
recordármelo y te doy las
gracias.
Adaptado del texto escrito por José Pedro Manglano Castellary (Sacerdote)

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