HOMENAJE A DOS GRANDES HOMBRES DE DIOS
En menos de un mes, 20 de julio y 9 de agosto de 2025,
hemos despedido a dos grandes sacerdotes: el Padre Juan Vega Baldiviezo y el Padre Alessandro Fiorina Zambonetti. Tuve el privilegio de conocerlos
personalmente, de compartir sus enseñanzas y de vivir de cerca su entrega al
necesitado a través de sus grandes obras.
El Padre Juan Vega, profundamente cercano a las
personas sencillas y humildes del campo y muy querido también por el citadino,
amaba las tradiciones chapacas, el deporte y el cuidado de la salud. Su
ministerio estuvo marcado por una fe viva y una capacidad única de llegar al
corazón de la gente, siempre con alegría, sencillez y humildad.
El Padre Alessandro Fiorina, extranjero de nacimiento,
pero hijo adoptivo de esta tierra tarijeña, vivió con discreción y profunda
coherencia su vocación. Hombre reservado, de pocas palabras, pero de gran
ternura, abrió las puertas de la Colmena Santa Rita para rehabilitar a personas
con problemas de alcoholismo y drogadicción. Allí las acogía como a una gran
familia, rescatando en ellas el sentido espiritual y ayudándolas a reinsertarse
en la sociedad mediante la terapia ocupacional, brindándoles no sólo un lugar
donde sanar, sino también una nueva oportunidad para vivir con dignidad.
Antes de ser sacerdote, fue un laico comprometido que,
movido por la misericordia de Dios, decidió vivir entre los más pobres,
compartiendo su dolor y su esperanza. Solía decir: “Soy sacerdote por la misericordia de Dios, para vivir con los pobres”.
El 9 de agosto partió al encuentro del Padre, dejando un ejemplo luminoso.
Ambos sacerdotes vivieron y transmitieron una fe
inquebrantable, heredada y encarnada en el servicio concreto al más necesitado.
Cada uno, con sus talentos y estilo propio, cada uno, dejó un legado imborrable
en nuestra sociedad, mostrándonos que la verdadera grandeza está en servir y en
amar como Cristo nos amó.
Esa fe no nace de la nada: la hemos heredado de
nuestros padres, de nuestros abuelos, de nuestro pueblo que, a través de sus
tradiciones, fiestas, oraciones y gestos sencillos, nos ha transmitido la
certeza de que Dios camina con nosotros.
La fe es un tesoro que se ha custodiado entre lágrimas
y alegrías, en tiempos de abundancia y en momentos de crisis.
Vivir la fe es honrar esa herencia, no guardándola como algo frágil que se teme romper, sino haciéndola fructificar en obras, para que los que vengan detrás de nosotros puedan decir que también recibieron de nuestras manos, la luz que no se apaga.
"He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. Ahora me espera la corona de justicia que el Señor, el justo juez, me entregará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que hayan esperado con amor su venida."
(2 Timoteo 4, 7-8)
¡Que el Señor los cobije en su Santo Reino!
Con mucha gratitud y cariño
Mirtha Villarroel de Rocha
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