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nada me faltara

domingo, 10 de agosto de 2025

 HOMENAJE A DOS GRANDES HOMBRES DE DIOS

En menos de un mes, 20 de julio y 9 de agosto de 2025, hemos despedido a dos grandes sacerdotes: el Padre Juan Vega Baldiviezo y el Padre Alessandro Fiorina Zambonetti. Tuve el privilegio de conocerlos personalmente, de compartir sus enseñanzas y de vivir de cerca su entrega al necesitado a través de sus grandes obras.

El Padre Juan Vega, profundamente cercano a las personas sencillas y humildes del campo y muy querido también por el citadino, amaba las tradiciones chapacas, el deporte y el cuidado de la salud. Su ministerio estuvo marcado por una fe viva y una capacidad única de llegar al corazón de la gente, siempre con alegría, sencillez y humildad.

El Padre Alessandro Fiorina, extranjero de nacimiento, pero hijo adoptivo de esta tierra tarijeña, vivió con discreción y profunda coherencia su vocación. Hombre reservado, de pocas palabras, pero de gran ternura, abrió las puertas de la Colmena Santa Rita para rehabilitar a personas con problemas de alcoholismo y drogadicción. Allí las acogía como a una gran familia, rescatando en ellas el sentido espiritual y ayudándolas a reinsertarse en la sociedad mediante la terapia ocupacional, brindándoles no sólo un lugar donde sanar, sino también una nueva oportunidad para vivir con dignidad.

Antes de ser sacerdote, fue un laico comprometido que, movido por la misericordia de Dios, decidió vivir entre los más pobres, compartiendo su dolor y su esperanza. Solía decir: “Soy sacerdote por la misericordia de Dios, para vivir con los pobres”. El 9 de agosto partió al encuentro del Padre, dejando un ejemplo luminoso.

Ambos sacerdotes vivieron y transmitieron una fe inquebrantable, heredada y encarnada en el servicio concreto al más necesitado. Cada uno, con sus talentos y estilo propio, cada uno, dejó un legado imborrable en nuestra sociedad, mostrándonos que la verdadera grandeza está en servir y en amar como Cristo nos amó.

Esa fe no nace de la nada: la hemos heredado de nuestros padres, de nuestros abuelos, de nuestro pueblo que, a través de sus tradiciones, fiestas, oraciones y gestos sencillos, nos ha transmitido la certeza de que Dios camina con nosotros.

La fe es un tesoro que se ha custodiado entre lágrimas y alegrías, en tiempos de abundancia y en momentos de crisis.

Vivir la fe es honrar esa herencia, no guardándola como algo frágil que se teme romper, sino haciéndola fructificar en obras, para que los que vengan detrás de nosotros puedan decir que también recibieron de nuestras manos, la luz que no se apaga.

"He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. Ahora me espera la corona de justicia que el Señor, el justo juez, me entregará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que hayan esperado con amor su venida."

(2 Timoteo 4, 7-8)

¡Que el Señor los cobije en su Santo Reino!

Con mucha gratitud y cariño

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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