MI VIDA ES EL TALENTO DE DIOS...

No llegamos vacíos a este mundo, porque nuestra vida es el talento de Dios. Y lo que podemos ofrecer es justamente eso: nuestra vida, gastada en el amor, invertida en servir y entregada en plenitud.

Todos hemos recibido una serie de capacidades, dones y habilidades que necesitan ser desarrollados y puestos al servicio a lo largo de la vida. Jesús, en la parábola de los talentos (Mateo 25,14-30), nos recuerda que cada talento tenía un valor inmenso, equivalía a unos 27 kilos de oro, pero más allá de la riqueza material, representa la confianza de Dios en cada uno de nosotros.

No tengamos miedo de asumir la misión que el Señor nos entrega. El miedo nubla el discernimiento, nos paraliza y nos hace olvidar que somos hijos amados de Dios. Mientras estemos vivos y no dentro de un cajón llevados al cementerio, aún tenemos tiempo para hacer fructificar nuestros talentos.

Dios no pide más de lo que podemos dar: exige a cada uno según sus capacidades. Lo que sí espera es que vivamos el día de hoy con plenitud, dando lo mejor de nosotros, sin dejar pasar la oportunidad de amar, servir y hacer el bien.

Que podamos decir con convicción: “Mi vida es el talento de Dios, y quiero devolverla multiplicada”. Porque Dios nos confió talentos para que florezcan en obras. Lo que podemos dar al Señor no es oro ni plata, sino nuestras obras de amor: escuchar el evangelio diario, participar en un grupo de oración, hacer un gesto de solidaridad, una palabra de aliento, una hora de tiempo compartido, una visita al enfermo, un perdón ofrecido. Cada día es una oportunidad irrepetible para multiplicar lo que Dios puso en nosotros. Cada acción concreta es oro que se multiplica ante el Reino.  No hay tiempo que perder, los talentos no se guardan. La parábola de hoy nos advierte que llegará el día en que el Señor nos pedirá cuentas. Y entonces no valdrán las excusas, sino lo que hayamos hecho con la vida, con los dones recibidos, con el tiempo que se nos confió.

Por eso debemos preguntarnos hoy, no mañana:

¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿En qué estoy gastando mis días? ¿Qué tengo ahora mismo entre mis manos? ¿Qué puedo ofrecer?

No hemos venido al mundo con las manos vacías. Dios nos ha creado con dones únicos, con talentos que son semilla de vida y esperanza. Nadie llega a este mundo sin una misión, sin una capacidad para amar, servir, trabajar y transformar. Venimos equipados con virtudes, fuerza interior y un corazón capaz de dar más de lo que imaginamos.

El que escondió su talento en la tierra no perdió lo que tenía, pero tampoco produjo fruto, y fue llamado “siervo malo y perezoso”. Esa es la advertencia: la pasividad, la indiferencia, la tibieza son caminos de pérdida.

Que al final de la vida podamos presentarnos con las manos llenas de frutos y escuchar esas palabras que son la verdadera recompensa: “Bien, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor.”

"Porque al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará." Mateo 25,29

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

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