“LA HUMILDAD, PUERTA DE ENTRADA AL CORAZÓN DE DIOS”

 La Palabra de Dios hoy nos invita a detenernos en una virtud fundamental para la vida cristiana: la humildad. El libro del Eclesiástico nos exhorta: “Actúa con humildad en tus quehaceres y te querrán más que al hombre generoso” (3,17). La humildad es esa llave que abre las puertas del corazón humano y, sobre todo, nos permite adentrarnos en los misterios de Dios.

Jesús en el Evangelio nos recuerda que “el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,1.7-14). El corazón humilde es aquel que reconoce su verdad más profunda: que somos humus, tierra, polvo de donde fuimos tomados y a donde un día volveremos. Ser humilde no significa callar ni anularse, sino vivir desde la verdad del corazón, reconociendo que la vida es un regalo de Dios y no un mérito propio.

La humildad no depende de la riqueza ni de la posición social. No es fruto del poder ni del dinero, sino de la asimilación interior de quién soy yo ante Dios. Es así que la humildad nos recuerda que somos iguales ante Dios, que nadie es más que nadie. Los títulos, los bienes materiales o las posiciones sociales no nos hacen superiores. Al contrario, quien ha recibido más debe ser más servidor, porque los dones que tenemos no son para vanagloria, sino para ponerlos al servicio del prójimo.

El humilde sabe que todo lo que tiene y es viene del Creador, y por eso no desprecia a nadie, no trata con indiferencia al pobre ni se enorgullece de sus logros, no ostenta con sus bienes.

El camino de la humildad nos conduce a la grandeza verdadera, no la que el mundo aplaude, sino la que Dios eleva. Porque la humildad nos hace semejantes a Cristo, que siendo Hijo de Dios se abajó hasta hacerse servidor de todos.

Hoy, más que nunca, necesitamos pedir al Señor un corazón humilde, capaz de reconocer sus limitaciones, de agradecer cada día la vida, y de mirar a los demás con respeto y compasión. El humilde será enaltecido porque en su pequeñez se refleja la grandeza de Dios.

La Humildad que salva es la conciencia que debemos tener de respetar a Dios y respetar al hermano, porque en ese respeto está el fundamento de la vida cristiana. El ser humano, con su actuar cotidiano, se acerca a la salvación o se aparta de ella.

Un corazón humilde es el que reconoce su dependencia de Dios y la dignidad del hermano. Quien vive así no busca exaltarse, sino servir; no oprime, sino levanta; no desprecia, sino acoge.

La verdadera grandeza está en vivir desde la humildad, porque sólo el que se abaja ante Dios puede ser elevado por Él.

La humildad no es debilidad, sino grandeza interior. Es el camino que abre las puertas del corazón de Dios y nos permite mirar a los demás como hermanos, nunca como inferiores. El soberbio se exalta a sí mismo y termina vacío; el humilde se inclina y en esa entrega alcanza plenitud. Solo un corazón humilde puede reconocer que todo lo que somos y tenemos es don de Dios.

 “Doblar la rodilla ante Dios es la mayor elevación del ser humano. Sólo quien se reconoce pequeño ante el Creador puede ser grande en la eternidad.”

 “Dios se opone a los orgullosos, pero da su gracia a los humildes.” (Santiago 4,6)

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

 

 

 

 

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