“DEL DOLOR A LA MISIÓN: CUANDO DIOS TRANSFORMA LAS PRUEBAS     EN SERVICIO”

Quiero compartir con vos esto:

La huella de mi confesor y la fuerza que daba su acompañamiento

La partida de mi confesor hace un mes atrás fue un dolor profundo, pero también dejó en mí la certeza de que la verdadera conciliación va más allá de lo legal: es un encuentro con Dios.

Con orgullo y humildad te digo que, como “maestra de primaria ya jubilada”, mi vocación ha trascendido las aulas por 41 años. Hoy, como abogada conciliadora, sigo ejerciendo un rol educativo y de guía, pero en un ámbito más amplio: la vida misma. No me limito sólo a los marcos legales, sino que ayudo a las personas a reencontrarse consigo mismas, con sus familias y con Dios.

En mis más de tres décadas como abogada siempre fui anti-divorcio. Con la guía de mi confesor, logramos que muchos matrimonios que llegaban decididos a separarse reencontraran el camino de la reconciliación. Sólo en contadas ocasiones se llegó al divorcio, y no por interés económico, pues conciliar siempre cuesta menos, sino por la intolerancia de uno de los cónyuges. La mayoría volvió a su hogar con paz, esperanza y la gracia de Dios.

Aprendí que detrás de cada expediente hay una familia y que el derecho por sí solo no sana heridas; unido a la fe, sí puede restaurar lo que parecía perdido. Muchas parejas que acudían a mi oficina buscando separación terminaban ese mismo día reconciliándose con Dios y con su familia.  Mi labor muestra que los problemas familiares no se resuelven sólo con documentos o acuerdos legales. Hace falta sanar el corazón, abrir el alma y recuperar la paz interior. Ese “giro” que describo, es precisamente el efecto de integrar la fe, la reconciliación sacramental y la orientación legal.

Cada matrimonio reconciliado y cada familia restaurada me confirman que esta misión es un servicio confiado por Dios. La conciliación se vuelve verdadera reconciliación cuando se une lo humano con lo divino. Cada persona que encuentra consuelo, cada matrimonio que recupera su camino, es un regalo que me recuerda que, a pesar de la enfermedad y del sufrimiento vivido, la vida tiene sentido cuando se entrega al servicio del prójimo. Y la pareja comprendía que el matrimonio sólo se sostiene cuando Dios es el centro.

Como maestra y ahora como abogada conciliadora, pensaba que mi misión no es sólo legal, sino también espiritual, lo creo y confirmo sólidamente, que es un verdadero ministerio laical, silencioso, pero profundamente activo, que busca sembrar paz donde hay conflicto, esperanza donde hay desesperanza, y reconciliación donde parecía que solo había ruptura. Porque la conciliación no es solamente un trámite, sino una pasadera que devuelve dignidad, abre caminos de perdón y restaura la vida en común.

 Después de sobrevivir dos veces al cáncer y a una cirugía a corazón abierto, fueron fuertes lastimadas en mi cuerpo que se transformaron en instrumento para sanar las heridas de otros, que mis propias pruebas se transformaron en un instrumento para acompañar a otros en su dolor. Y hoy comprendo que todo esto es parte de una misión que Dios me confió, y es lo que comprendí que la vida es un don que no sólo a mí me pertenece, pero Dios, en su infinita misericordia, me devolvió la salud, si me dejó aquí, es para servir y con ella me confió una misión, acompañar a las personas en sus momentos de mayor dolor y confusión.

Hoy sólo me queda dar gracias a Dios por la vida, la capacidad para escribirte y por esta oportunidad de llegar a la gente, porque mi tarea no se limita a resolver conflictos y dejarlas plasmadas en un acta o en un acuerdo, siento que mi vida misma se ha convertido en un testimonio vivo de resistencia y de misión. Llegar a personas con cáncer especialmente, compartir su dolor, en sus luchas emocionales, espirituales y hasta económicas dentro de mis posibilidades.

Y si alguna huella quiero dejar en esta tierra, es la de haber mostrado que se puede servir a Dios desde lo cotidiano, con las herramientas que Él mismo nos ha dado, ya sea el pizarrón y almohadilla de una escuela o el escritorio de una oficina jurídica, siempre poniendo a Dios, al ser humano y su familia en el centro.

Lo dejo así escrito, como un testimonio-reflexión

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (Romanos 5,1)

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!

Con gratitud

Mirtha Villarroel de Rocha

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