QUE NUESTRA FE NO SE QUEDE QUIETA. UNA FE VIVA ES AQUELLA QUE SE TRADUCE EN AMOR.
¿Hay fe sin actividad? dejemos
que sea fuerza, movimiento e impulso.
Muchas veces decimos: “yo tengo mucha fe”, pero la gran pregunta es: esa fe ¿dónde se
refleja? La fe no es un adorno que guardamos en silencio, ni un sentimiento
bonito que se guarda en el corazón, ni un recuerdo heredado de nuestros padres
o abuelos. La fe es un fuego vivo que necesita expandirse, iluminar, calentar e
impulsar. La fe es fuerza viva que se manifiesta en nuestras obras, en nuestra
manera de amar, en el modo de servir y en el deseo de compartir con otros la
presencia de Dios en nuestra vida.
Si creemos de verdad, debemos mostrarlo con nuestras
acciones: ayudando al que sufre con una
enfermedad o su misma soledad, levantando al que ha caído, compartiendo el pan
con el hambriento, ofreciendo una palabra de consuelo al que llora, siendo
portadores de esperanza en medio de tanta oscuridad.
¿En
qué momento la fe se convierte en vida, en obra, en testimonio?
La fe se convierte en vida, porque orienta nuestras decisiones, pensamientos y
sentimientos, dando sentido a lo que somos y no es una convicción interior, empieza
a reflejarse en nuestras acciones cotidianas.
Cuando se convierte en obra, esa fe se traduce en gestos concretos de amor,
justicia, perdón y servicio. Como dice Santiago 2,17: “La fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma”
Cuando se convierte en testimonio, cuando los demás pueden reconocer a Dios a través de
nuestra manera de vivir y contagia a otros a creer en la presencia viva de
Dios.
No se trata sólo de palabras, sino de irradiar
coherencia, paz y esperanza, aun en medio de las pruebas por más difíciles que
parezcan, o que te duelan. Jesús mismo lo expresó: “Que brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras
buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5,16).
¿Quién inspira esa fe?
La fe auténtica no nace de un simple esfuerzo humano.
Es Dios mismo quien la inspira.
Es el Espíritu Santo quien mueve esa fe. Él nos
inspira a salir de nuestra comodidad de estar en casa, no hacer nada, estar
pegada al celular, a vencer la indiferencia, a atrevernos a dar un paso más. Porque una fe que no se comunica, que no se comparte,
se apaga; pero una fe que se traduce en obras se convierte en semilla de vida
para muchos.
La fe verdadera es contagiosa, cuando vivimos lo que
creemos, otros pueden ver en nosotros la huella de Dios y descubrir que sí es
posible confiar, que sí es posible creer, que sí es posible levantarse, aunque
todo parezca perdido.
Hoy más que nunca, el mundo necesita creyentes
activos, personas que no sólo digan “yo creo”, sino que lo demuestren con sus
hechos. Que nuestra fe sea oración en los
labios, pero también caridad en las manos; esperanza en el corazón y también
justicia
Por eso, la fe debe hacerse acción, en la ayuda al
necesitado, en la palabra de aliento, en el perdón ofrecido, en la oración
compartida, en la justicia defendida, en la esperanza sembrada. La fe sin obras
no convence a nadie; pero la fe que actúa habla por sí misma y muestra que la
vida realmente se mueve en torno a lo divino.
“Así que la fe viene como
resultado de oír el mensaje, y el mensaje se oye por la palabra de Cristo que
la comunidad anuncia y transmite. (Romanos 10,17),
¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
Comentarios
Publicar un comentario