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nada me faltara

viernes, 1 de agosto de 2025

 A TI, MADRE QUE VISTE PARTIR A TU HIJO

Querida mamá y amiga:

No hay palabras humanas capaces de abarcar el abismo que deja la partida de un hijo. Nadie que no haya vivido ese desgarro puede comprender del todo lo que siente tu alma. Ver sufrir a tu hijo, cuidar de él, orar sin cesar, y finalmente, tener que soltarlo a los brazos de Dios… es un dolor que toca el cielo y sacude la tierra.

Tu hijo no murió solo. Dios estuvo ahí. En cada lágrima, en cada suspiro, en cada despedida callada. Y tú fuiste su ángel en la tierra, su sostén, su consuelo. Amarlo como lo amaste, con valentía y ternura, fue una forma de participar en el misterio del amor de Dios: ese amor que no abandona, aunque duela.

La vida es frágil. Como una flor que se abre al sol por un momento y luego vuelve a la tierra. Pero no fue en vano. Tu hijo no fue un error del destino ni un castigo del cielo. Fue un regalo eterno, que ahora ha vuelto a la casa del Padre. Y aunque tu corazón aún grite por su ausencia, su alma canta en la plenitud de la vida eterna.

El Señor, que permitió su partida, es el mismo que te sostiene ahora. Su voluntad es misterio, sí… pero también es amor. Un amor que no siempre entendemos, pero que nunca nos abandona.

No estás sola. Cristo, que entregó a su propia Madre al pie de la cruz, conoce tu dolor. Él te abraza, te comprende y quiere darte paz. No para que olvides, sino para que vivas en esperanza, sabiendo que tu hijo está más vivo que nunca en la eternidad.

Tu misión aún no termina. Tu hijo espera que tú sigas caminando, aunque sea con lágrimas, pero con fe. Algún día, cuando también se cumpla tu hora, él mismo vendrá a tu encuentro y entonces nada, jamás, podrá separarlos otra vez.

Sé que tu corazón está herido, que hay un vacío que nadie puede llenar, y que la partida de ese ser amado ha dejado tu alma temblando. Llorar es humano, y en tu llanto también está Dios. No estás sola. Él ha visto tus lágrimas, ha escuchado tu silencio, ha sentido tus noches sin consuelo.

Entiendo que a veces sientas que Dios te falló, que no respondió como esperabas, que te quedaste sin fuerzas para orar. Pero recuerda esto: Dios no te quitó a tu ser querido para castigarte, ni se alejó de ti. Está más cerca que nunca, sosteniéndote aun cuando tú no lo sientes.

Tu fe está herida, sí, pero no muerta. El amor que tu ser querido te dio, y que aún vive en ti, es también una señal de que Dios existe y que Él mismo fue quien sembró ese amor en tu corazón.

Quizá ahora no puedas entender sus planes. Jesús mismo, en el huerto de los olivos, tembló de angustia y le pidió al Padre que apartara el cáliz del sufrimiento. Pero también dijo: "Que se haga tu voluntad." Esa entrega confiada no es resignación, es amor puro

Con todo mi respeto, amor y oración,

Una hermana en la fe que camina contigo

“El Señor dio, el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor.”

 Job 1, 21

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

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