A TI, MADRE QUE VISTE PARTIR A TU HIJO
Querida mamá y amiga:
No hay palabras humanas capaces de abarcar el abismo
que deja la partida de un hijo. Nadie que no haya vivido ese desgarro puede
comprender del todo lo que siente tu alma. Ver sufrir a tu hijo, cuidar de él,
orar sin cesar, y finalmente, tener que soltarlo a los brazos de Dios… es un
dolor que toca el cielo y sacude la tierra.
Tu hijo no murió solo. Dios estuvo ahí. En cada
lágrima, en cada suspiro, en cada despedida callada. Y tú fuiste su ángel en la
tierra, su sostén, su consuelo. Amarlo como lo amaste, con valentía y ternura,
fue una forma de participar en el misterio del amor de Dios: ese amor que no abandona,
aunque duela.
La vida es frágil. Como una flor que se abre al sol
por un momento y luego vuelve a la tierra. Pero no fue en vano. Tu hijo no fue
un error del destino ni un castigo del cielo. Fue un regalo eterno, que ahora
ha vuelto a la casa del Padre. Y aunque tu corazón aún grite por su ausencia,
su alma canta en la plenitud de la vida eterna.
El Señor, que permitió su partida, es el mismo que te
sostiene ahora. Su voluntad es misterio, sí… pero también es amor. Un amor que
no siempre entendemos, pero que nunca nos abandona.
No estás sola. Cristo, que entregó a su propia Madre
al pie de la cruz, conoce tu dolor. Él te abraza, te comprende y quiere darte
paz. No para que olvides, sino para que vivas en esperanza, sabiendo que tu
hijo está más vivo que nunca en la eternidad.
Tu misión aún no termina. Tu hijo espera que tú sigas
caminando, aunque sea con lágrimas, pero con fe. Algún día, cuando también se
cumpla tu hora, él mismo vendrá a tu encuentro y entonces nada, jamás, podrá
separarlos otra vez.
Sé que tu corazón está herido, que hay un vacío que
nadie puede llenar, y que la partida de ese ser amado ha dejado tu alma
temblando. Llorar es humano, y en tu llanto también está Dios. No estás sola.
Él ha visto tus lágrimas, ha escuchado tu silencio, ha sentido tus noches sin
consuelo.
Entiendo que a veces sientas que Dios te falló, que no
respondió como esperabas, que te quedaste sin fuerzas para orar. Pero recuerda
esto: Dios no te quitó a tu ser querido para castigarte, ni se alejó de ti.
Está más cerca que nunca, sosteniéndote aun cuando tú no lo sientes.
Tu fe está herida, sí, pero no muerta. El amor que tu
ser querido te dio, y que aún vive en ti, es también una señal de que Dios
existe y que Él mismo fue quien sembró ese amor en tu corazón.
Quizá ahora no puedas entender sus planes. Jesús
mismo, en el huerto de los olivos, tembló de angustia y le pidió al Padre que
apartara el cáliz del sufrimiento. Pero también dijo: "Que se haga tu
voluntad." Esa entrega confiada no es resignación, es amor puro
Con todo mi respeto, amor y oración,
Una hermana en la fe que camina contigo
“El Señor dio, el Señor quitó; bendito sea el nombre
del Señor.”
Job 1, 21
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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