REFLEXIÓN SOBRE LA CONVERSIÓN, LA ORACIÓN Y EL AÑO JUBILAR

Santa Mónica es ejemplo vivo de lo que significa orar sin cansarse. Durante muchos años derramó lágrimas y elevó súplicas constantes por la conversión de su hijo, Agustín. Parecía un caso perdido. Se dejaba llevar por las pasiones, buscaba la verdad en filosofías que no lo saciaban, y se resistía a la gracia, se resistía a la fe.  Sin embargo, aquella madre perseverante nunca bajó los brazos.

Al final, el Señor escuchó sus ruegos, escuchó su oración y Agustín, aquel joven rebelde se transformó, se encontró con la misericordia de Cristo y, de pecador inquieto, se convirtió en San Agustín de Hipona, uno de los más grandes santos y doctores de la Iglesia Católica. quien afirmó: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.  

Hoy es el tiempo propicio para abrirle el corazón al Señor. Y así como Santa Mónica rezó por su hijo, nosotras las madres debemos rezar mucho por la conversión de nuestros hijos, familiares y de nosotras mismas. La oración insistente, aunque a veces parezca estéril, mueve montañas y atrae la misericordia de Dios.

Este testimonio nos recuerda que no podemos dejar para el último instante nuestra conversión. El mañana no está asegurado; hoy es el día de la gracia, hoy es el tiempo para reconciliarnos, para perdonar y cambiar de vida.

Y este llamado cobra mayor fuerza en el Año Jubilar, un tiempo extraordinario de gracias que la Iglesia abre cada 25 años. Es un año en que la misericordia de Dios se derrama con abundancia sobre sus hijos, ofreciéndonos el don inmenso de las indulgencias plenarias, que borran toda pena temporal causada por nuestros pecados ya perdonados. El Jubileo es un tiempo de reconciliación, de conversión profunda, de renovar la fe y caminar en santidad.

El Jubileo es la oportunidad de recibir una nueva vida en Cristo, de dejar atrás el pecado y abrazar la gracia. Así como Santa Mónica perseveró por años hasta ver a su hijo transformado, también nosotros debemos aprovechar este tiempo sagrado para buscar la conversión de nuestros hijos, familiares y la nuestra propia, con fe y constancia.

“Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé.” San Agustín de Hipona.

“Convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, llanto y luto; rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos. Volveos al Señor, vuestro Dios, porque es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor.”  Joel 2,12-13

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

Comentarios

Entradas populares de este blog