REFLEXIÓN EN TOQUE ESPIRITUAL
DEFENSORES DEL DON DEL
MATRIMONIO
Llamados a vivir según la voluntad de Dios
El matrimonio es un don y una alianza de amor confiada
por Dios, elevada por Cristo a la dignidad de sacramento. Por eso, como
católicos, estamos llamados a conocerlo, valorarlo, defenderlo y vivirlo con
fidelidad.
Jesús nos recuerda:
“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.” (Mateo
19, 6)
Defender el matrimonio no significa atacar, despreciar
o humillar a quienes viven de una manera diferente. Toda persona merece respeto,
dignidad y amor, porque es criatura de Dios. Pero respetar a la persona no
significa que debamos renunciar a nuestras convicciones de fe ni dejar de
anunciar aquello que la Iglesia, fundada en la Palabra de Dios, enseña sobre el
matrimonio.
Como católicos, estamos llamados a custodiar la verdad
del sacramento: la unión matrimonial entre un hombre y una mujer, abierta al amor, a la
fidelidad, a la entrega mutua y a la vida.
Vivimos en una sociedad donde muchas veces se
relativizan los compromisos. Se nos dice que todo depende de lo que cada uno
quiera, que ya no existen verdades permanentes y que cualquier forma de unión
debe considerarse equivalente. Ante esta realidad, el cristiano no está llamado
a responder con odio ni con agresividad, sino con testimonio, caridad y
fidelidad al Evangelio.
Ser defensores del matrimonio comienza en nuestra
propia casa.
¿Estamos cuidando nuestro matrimonio?
¿Sabemos pedir perdón?
¿Sabemos perdonar?
¿Respetamos a nuestro esposo o esposa?
¿Seguimos dialogando cuando aparecen las dificultades?
¿Estamos educando a nuestros hijos en el valor de la
fidelidad y del compromiso?
Porque sería contradictorio defender públicamente el
matrimonio y, al mismo tiempo, descuidarlo dentro de nuestro propio hogar.
Defender el vínculo matrimonial también significa
luchar por los matrimonios que están en crisis. Significa acompañar al esposo y
a la esposa cuando llegan las dificultades, ayudarles a dialogar, recordarles
el compromiso que un día asumieron ante Dios y buscar caminos de reconciliación
cuando todavía sea posible.
No podemos esperar que una familia se destruya para
preguntarnos qué hicimos para ayudarla.
El matrimonio necesita oración. Necesita paciencia.
Necesita sacrificio. Necesita comunicación. Necesita la presencia de Dios.
Una pregunta para nuestro corazón
Defender el matrimonio no significa atacar ni
despreciar a nadie. Toda persona merece respeto y dignidad. Como católicos,
estamos llamados a vivir y anunciar nuestra fe con verdad, caridad y respeto,
valorando el matrimonio como alianza de amor, fidelidad, entrega y apertura a
la vida.
Pero la defensa del matrimonio comienza en nuestro
propio hogar: ¿cuidamos nuestra relación?, ¿sabemos pedir y dar perdón?, ¿dialogamos
ante las dificultades?, ¿educamos a nuestros hijos en la fidelidad y el
compromiso?
También significa acompañar a los matrimonios en
crisis, ayudar a sanar y buscar caminos de reconciliación cuando sea posible.
El matrimonio necesita oración, paciencia, comunicación, sacrificio y la
presencia de Dios.
El amor verdadero no es solo sentimiento: es decisión,
fidelidad, entrega y perseverancia.
¿Estoy defendiendo el matrimonio con mis palabras, o
primero con la manera en que vivo mi propio matrimonio?
Antes de señalar las decisiones de los demás,
preguntémonos:
¿Estoy viviendo yo de acuerdo con
la voluntad de Dios?
Defender el matrimonio comienza de rodillas ante Dios,
pidiendo fortaleza para nuestros hogares y sabiduría para vivir y anunciar la
verdad con caridad, firmeza sin desprecio y, sobre todo, humildad para
reconocer que todos necesitamos la misericordia de Dios.
Oración
Señor Jesús,
Gracias por el don del matrimonio y la familia.
Fortalece nuestros hogares, enséñanos a perdonar, dialogar y permanecer fieles
a nuestras promesas. Ayúdanos a defender nuestra fe con respeto, sin odio ni
condena, anunciando la verdad con caridad y viviéndola primero en nuestra
propia vida.
María, Reina de las familias, ruega por nosotros.
San José, custodio de la Sagrada Familia, ruega por
nuestros matrimonios. Amén.
Necesitamos esposos que puedan decir:
"EN LAS ALEGRÍAS Y EN LAS DIFICULTADES, SIGO
ELIGIÉNDOTE…"
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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