MI PRIMERA ANÉCDOTA... 

EL SOLDADO QUE FINGIÓ NO SABER LEER... Y TERMINÓ SIENDO EL AMOR DE MI VIDA 

Después de 50 años de matrimonio, puedo mirar hacia atrás y descubrir que algunas de las historias más importantes de nuestra vida comenzaron de una manera sencilla, inesperada y hasta divertida.

Esta es una de ellas.

Una historia que comenzó cuando yo era una joven maestra y él, un joven aparentemente soldado que, curiosamente, decidió fingir que no sabía leer.

Lo que entonces parecía una simple anécdota de aquellos primeros encuentros, con el paso de los años se convirtió en el comienzo de una historia de amor, de familia, de aprendizajes, de dificultades y de muchas bendiciones.

Quién iba a imaginar que aquel soldado que fingió no saber leer terminaría siendo el amor de mi vida y el compañero con quien compartiría 50 años de matrimonio.

Y así comienza mi primera anécdota…

 Ahora sí, ha llegado el momento de abrir la primera página y dejar que los recuerdos hablen. Pero les advierto algo: no todas las historias de la señorita Mirtha caben en un diario… y algunas son demasiado buenas para quedarse en el olvido.

Tenía apenas 22 años cuando obtuve mi título de maestra normalista y mi primer trabajo como alfabetizadora de soldados que cumplían el servicio militar en el pueblo donde nací. Era una maestra joven, llena de ilusión, nervios y entusiasmo por enseñar.

En una de aquellas clases ocurrió algo que jamás imaginé.

Inicié mi labor educativa enseñando los trazos elementales, esas primeras líneas con las que los niños y en este caso adultos mayores comienzan el maravilloso camino de la escritura. Mientras enseñaba estos, las primeras vocales y consonantes, uno de los soldados levantó la mano y me dijo que no podía hacer los trazos básicos con los que comienza el aprendizaje de la escritura. Me acerqué para mostrarle cómo hacerlo y, de pronto, tomó mi mano con firmeza.

La retiré rápido y me sentí muy incómoda. Pensé que había sido una gran falta de respeto. Con toda la serenidad que pude conservar, le pedí que aquello no volviera a repetirse. Él comprendió mi molestia y no insistió.

Durante dos o tres días no volvió a entrar al aula. Permanecía afuera mientras los demás recibían las clases.

Fue entonces cuando descubrí la verdad.

Aquel hombre no era un soldado analfabeto ni un reservista. Era nada menos que un militar y el instructor encargado de conducir a toda la tropa. Había fingido no saber escribir para acercarse a mí.

No sé si fue un flechazo, como suele decirse, o un amor a primera vista. Lo cierto es que comenzamos a conocernos, nació un hermoso noviazgo y, dos años después, nos casamos.

Aquel militar "osado", que un día se atrevió a tomar la mano de su maestra, es hoy mi esposo.

Este año celebramos 50 años de matrimonio. Hemos recorrido juntos el camino de la vida, compartiendo alegrías, desafíos, sueños, tres hijos, seis nietos y tantas bendiciones que Dios nos regaló. Mirando hacia atrás, siento que el tiempo pasó casi sin darme cuenta.

Hoy sonrío al recordar aquella escena y pienso que, después de todo, valió la pena aquel apretón de mano.

Así comienza este diario: con la primera anécdota de mi vida como maestra y, al mismo tiempo, con el inicio de la historia de amor que Dios escribió para nosotros.

Reflexión

A veces creemos que solo vamos a enseñar una lección, pero Dios ya tiene preparada una historia mucho más grande. Aquel día entré a un aula para alfabetizar soldados; nunca imaginé que también estaba entrando al primer capítulo de mi vida matrimonial que me acompañaría durante toda la vida.

 Si esta primera anécdota despertó un recuerdo, una sonrisa o una enseñanza en tu corazón, te invito a seguir acompañándome en las próximas páginas. Juntos recorreremos historias reales que dejaron huellas imborrables en mi vida de maestra y que, con la gracia de Dios, también pueden inspirar la tuya.

“SEMBRÉ CON AMOR; DIOS SE ENCARGÓ DE LA COSECHA.”

Con cariño

Srta. Mirtha

Sígueme, quizás, al leer mis historias, también despierten las tuyas.

 

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