"LA SRTA. MIRTHA": CUANDO UNA MAESTRA DESCUBRE QUE SEMBRÓ UNA VIDA ENTERA DE SUEÑOS.
¿Por
qué, señorita Mirtha?
Durante más de cuatro décadas no sólo
enseñé a leer, escribir o resolver problemas. Aprendí junto a mis alumnos que
la educación también consiste en escuchar, comprender, corregir con amor,
animar cuando alguien quiere rendirse, celebrar los pequeños logros de cada
niña y cada niño y por qué no decirlo, aprender de los mismos.
Solían decirme simplemente “Srta. Mirtha”, y seguramente más de uno
se preguntará: ¿por qué “señorita”?
En aquellos tiempos no decíamos “profesora”; para nuestros alumnos,
siempre éramos “señorita”. Y lo curioso es que seguíamos siendo “señorita”
aunque nos casáramos, tuviéramos hijos o llegáramos a la escuela con nuestra
pancita de embarazadas. ¡Así eran las costumbres de aquellos años!
Hoy, al recordarlo, no puedo evitar
sonreír. Porque detrás de ese sencillo “Srta. Mirtha” quedaron muchos años de
enseñanza, incontables experiencias y una vida entera dedicada a educar.
Por eso este diario lleva ese nombre:
“señorita Mirtha?”
Porque esas dos palabras, que tantas veces
escuché en las aulas, hoy regresan convertidas en recuerdos, anécdotas y
pedacitos de una historia que quiero compartir con ustedes.
¿Bonito, sí?…
Ese nombre, tan sencillo, hoy representa
para mí el mayor reconocimiento que la vida pudo regalarme.
No sé cuántas generaciones pasaron por mi
aula. Lo que sí sé es que cada una dejó una huella imborrable en mi corazón.
Así como espero haber dejado en ellos una semilla de esperanza, de valores y de
amor por el aprendizaje.
Dicen que un maestro enseña una materia.
Yo creo que un verdadero maestro enseña a vivir, porque lo enseñado es para
toda su vida.
Con el paso de los años comprendí que los
mejores frutos de la enseñanza no aparecen en un boletín de calificaciones. Se
descubren cuando un antiguo alumno te recuerda con cariño, cuando te llama “señorita”
o "profesora" o cuando te dice "Gracias
por creer en mí."
Ese es el salario que nunca se jubila.
Y qué hermoso es encontrarse, después de
tantos años, con quienes un día fueron mis alumnas, alumnos. Puede ser en una
entidad financiera, en una farmacia, en un supermercado, ministerio Público
hasta en el poder judicial, militar o policía, médico, ingeniero, en su propio
negocio o simplemente caminando por la calle. Eso me pasó muchas
veces. Y que de pronto escuche una voz que, con el mismo cariño de
aquellos años, me llama: ¡Señorita Mirtha! ¿Usted se acuerda de mí?
“Eh ahí el dilema” ¿?...
En ese instante, el tiempo parece
detenerse. Ya no se ve al profesional, al comerciante, al padre o a la madre de
familia que tengo delante; vuelvo a ver al niño o a la niña que un día ocupó un
pupitre en mi aula. Entonces comprendo que la verdadera recompensa de un
maestro no se mide en diplomas ni reconocimientos, sino en el cariño que
permanece vivo en el corazón de sus escolares.
Mientras exista alguien que recuerde con
afecto a la Srta. Mirtha, una parte de mí seguirá entrando al aula cada mañana,
con una sonrisa, un libro entre las manos y el corazón dispuesto a sembrar
sueños.
Porque un maestro nunca deja de enseñar;
permanece para siempre en la memoria y en la vida de quienes tuvo el privilegio
de formar.
Si pudiera volver a empezar, volvería a
elegir el mismo camino.
Porque entendí que enseñar no es sólo una
profesión.
Es una forma de amar.
Te invito a seguir conociendo a la Srta.
Mirtha a través de sus anécdotas, recuerdos y experiencias, donde descubrirás que
detrás de cada aula hubo sonrisas, desafíos, lágrimas, aprendizajes y, sobre
todo, mucho amor por la educación.
Acompáñame a recorrer estas páginas y a
revivir conmigo los momentos que Dios me permitió sembrar en el corazón de
tantas niñas, niños y jóvenes adultos.
Estas páginas nacen del deseo de compartir
aquellas vivencias que, con el paso de los años, se han convertido en parte de
mi historia. Son recuerdos que regresan con una sonrisa, una emoción o una
palabra, y que hoy cobran nueva vida al ser escritos.
Porque enseñar no sólo consiste en
transmitir conocimientos; también significa vivir experiencias, aprender de los
alumnos, superar desafíos y dejar pequeñas huellas en quienes caminaron junto a
nosotros.
Y quienes hemos dedicado nuestra vida a la
educación sabemos que cada aula guarda una historia y cada generación deja un
recuerdo que merece ser contado.
¿Quieren saber qué recuerdo escogí para comenzar este
viaje?
Los espero
mañana… porque cada recuerdo tiene una historia que merece ser contada.
“Sembré
con amor; Dios se encargó de la cosecha.”
Con cariño,
Srta. Mirtha
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