REFLEXIÓN EN TOQUE ESPIRITUAL

¡NO RESPONDAS DESDE EL ENOJO!

Muchas veces es preferible callar por un momento, pero no significa guardar para siempre lo que sentimos. Significa no responder mientras el enojo está hablando por nosotros.

Cuando estamos heridos queremos defendernos, explicar todo y demostrar que tenemos razón. Pero en ese momento podemos pronunciar palabras que hieren profundamente. Después podemos pedir perdón, pero la palabra ya quedó en el corazón de la otra persona.

El silencio, cuando nace de la prudencia, no es cobardía ni indiferencia. Es decirse a uno mismo:

“Ahora estoy enojado. Si hablo, puedo herir. Mejor espero, me calmo y después hablamos.”

Y cuando pase el enojo, sí debemos hablar, pero desde la serenidad: decir lo que nos dolió sin atacar, explicar sin humillar y defender nuestra verdad sin destruir al otro.

“El que refrena su lengua protege su vida, pero el que habla demasiado termina arruinándose.” Proverbios 13, 3

Una buena regla para la vida podría ser:

“No respondas para descargar tu enojo; responde cuando puedas cuidar tus palabras.”

Porque a veces cinco minutos de silencio pueden evitar años de distancia.

Y hay algo todavía más profundo: cuando respondemos desde el enojo, no siempre decimos lo que realmente pensamos; decimos lo que sentimos en ese instante. Y el dolor, la rabia y la frustración pueden convertir una pequeña herida en una gran ruptura.

Por eso, antes de contestar, podemos preguntarnos:

¿Lo que voy a decir va a solucionar algo o solamente va a lastimar?

¿Estoy hablando para ser comprendido o para hacer sentir mal al otro?

¿Mañana me sentiré orgulloso de estas palabras o desearé no haberlas dicho?

A veces creemos que callar es darle la razón al otro. No. Callar también puede ser una forma de proteger la relación mientras encontramos la manera correcta de hablar.

Pero tampoco se trata de acumular silencios, resentimientos y heridas. Después de calmarnos, debemos buscar el momento para conversar.

Decir: “Lo que ocurrió me dolió”, “me sentí herido”, “quiero que podamos entendernos”. Eso abre una puerta que los gritos y las palabras hirientes pueden cerrar.

Y recordemos algo: pedir perdón es hermoso, pero es mejor cuidar las palabras antes de tener que pedir perdón por ellas.

Porque hay palabras que se las lleva el viento… pero hay otras que se quedan viviendo en el corazón de quien las escuchó.

Antes de responder, respira. Antes de acusar, escucha. Antes de herir, recuerda cuánto amas a esa persona. Y si necesitas silencio, que sea un silencio para sanar, no para castigar.

TOMA EN CUENTA ESTA ENSEÑANZA: ESCUCHAR PRIMERO, PENSAR ANTES DE HABLAR Y NO DEJAR QUE EL ENOJO GOBIERNE NUESTRAS PALABRAS.

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

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