LA BELLEZA Y EL MISTERIO DE LA SANTA MISA. ENTRAR AL TEMPLO... ES ENTRAR EN LA PRESENCIA DE DIOS.
Desde
hace mucho tiempo el Señor ha puesto en mi corazón el deseo de compartir con
ustedes pequeñas reflexiones sobre nuestra fe. Durante los próximos días nos
daremos el tiempo para recorrer, paso a paso, el maravilloso significado de la
Santa Misa.
Cada día
reflexionaremos sobre un aspecto diferente de la Santa Misa: cómo prepararnos
para entrar al templo, el significado de nuestros gestos, palabras y silencios,
y cómo vivir con mayor conciencia el misterio de la Eucaristía.
No será
un curso de liturgia ni una explicación complicada. Será una catequesis sencilla,
nacida del amor a Jesús Eucaristía y del deseo de que todos participemos con
mayor fe, respeto y devoción.
No
pretendo corregir a nadie ni señalar errores. Todos estamos aprendiendo. Yo
misma sigo descubriendo cada día la inmensa riqueza de la liturgia. Mi único
deseo es que juntos aprendamos a amar más la Santa Misa y a encontrarnos con
Jesús de una manera más consciente y profunda.
Los
invito a acompañarme diariamente en este camino de formación y crecimiento
espiritual. Ojalá que, al terminar esta serie, cada uno de nosotros pueda decir
con alegría: "Ahora comprendo mejor la Santa Misa y la
vivo con un corazón nuevo."
Que el
Espíritu Santo ilumine nuestro entendimiento y encienda en nosotros un amor
cada vez más grande por Jesús, realmente presente en la Eucaristía.
Entrar al templo... es entrar en la presencia de Dios
Hay una gran diferencia entre entrar a un edificio y
entrar en la Casa de Dios.
Muchas veces llegamos a la iglesia con las
preocupaciones del trabajo, los problemas de la familia o el cansancio de la
semana. Entramos apresurados, saludamos a varias personas, buscamos un asiento
y, sin darnos cuenta, olvidamos lo más importante: Jesús ya nos está esperando en el Sagrario.
El templo no es un salón de reuniones ni un lugar de
encuentros sociales. Es el lugar donde Cristo permanece sacramentalmente en el
Sagrario y donde la comunidad se reúne para celebrar el misterio más grande de
nuestra fe: la Santa Eucaristía.
Al cruzar la puerta de la iglesia, cambiemos la
actitud del corazón y recordemos que estamos entrando en la casa del Señor.
Nuestro primer saludo sea para Jesús, que nos espera en el Tabernáculo.
Detengámonos un momento y digámosle con fe: "Señor, gracias por
esperarme. He venido porque te necesito y quiero estar contigo."
Cuando entramos en la iglesia con recogimiento, nos
disponemos a encontrarnos con Jesús, que nos espera en el Santísimo Sacramento.
Entremos siempre con respeto, fe y alegría, porque estamos entrando en la casa
del Padre.
Si el Sagrario se encuentra en el presbiterio, hacemos
una genuflexión, apoyando la rodilla derecha en el suelo, como signo de
adoración a Cristo realmente presente.
Si el Santísimo Sacramento está reservado en una
capilla lateral o a un lado del presbiterio, es muy hermoso dirigirnos primero
a ese lugar para saludar a Jesús con una genuflexión y una breve oración. Luego
ocupamos nuestro asiento y, al pasar delante del altar, hacemos una inclinación
profunda, porque el altar es signo de Cristo y el lugar donde se celebra el
Sacrificio Eucarístico.
Así aprendemos que cada gesto tiene un significado: la
genuflexión es un acto de adoración a Jesús presente en el Santísimo
Sacramento; la inclinación profunda es un gesto de respeto al altar, donde se
renueva sacramentalmente el sacrificio de Cristo.
Comencemos siempre la Santa Misa saludando primero al
Señor de la casa. Él nos espera con amor y alegría para recibirnos.
Esa distinción ayudará mucho a los niños y a los
adultos a comprender que en la liturgia cada gesto tiene un significado y
expresa nuestra fe de una manera concreta. "Señor,
creo que estás realmente presente.” Luego busquemos nuestro lugar con discreción y guardemos silencio.
Ese silencio no es un vacío; es el lenguaje del alma
que comienza a hablar con Dios. Antes de que inicie la Santa Misa, aprovechemos
esos minutos para darle gracias, pedir perdón por nuestros pecados, poner en
sus manos a nuestra familia y ofrecerle nuestras alegrías y preocupaciones.
Qué hermoso sería que cada uno pudiera decir al entrar
al templo:
"Señor, aquí estoy. He
venido a escucharte, a adorarte y a dejar que transformes mi corazón."
Cuando aprendemos a entrar bien en la iglesia, también
aprendemos a participar mejor en la Santa Misa. El recogimiento exterior nos
ayuda a vivir un profundo encuentro interior con Cristo.
Que nunca perdamos la capacidad de asombro. Cada vez
que cruzamos las puertas de un templo, el cielo parece abrirse un poco para
recibirnos. Entremos con respeto, con fe y con alegría, porque estamos entrando
en la casa del Padre.
"Mi casa será llamada casa de oración para todos
los pueblos." (Isaías 56,7)
Hoy iniciamos este camino para descubrir, paso a paso, la riqueza de la
Santa Misa.
Mañana continuaremos con un nuevo Toque Espiritual. Los espero.
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