LA BELLEZA DE LA SANTA MISA. PASO A PASO…LITURGIA EUCARÍSTICA
Después del Cordero de Dios, el sacerdote toma un
pequeño fragmento de la Hostia consagrada y lo deja caer dentro del cáliz que
contiene la Preciosísima Sangre de Cristo. Este gesto litúrgico se llama conmixtión.
La conmixtión
simboliza la unión del Cuerpo y la Sangre de Cristo y nos recuerda que Jesús ha
resucitado y vive glorioso. No recibimos a un Cristo muerto, sino al Señor
vivo, vencedor del pecado y de la muerte, realmente presente en la Eucaristía.
Este rito también
expresa la unidad del sacrificio de Cristo y la comunión de toda la Iglesia
reunida en torno al mismo Pan y al mismo Cáliz. Al participar de la Eucaristía,
todos formamos un solo Cuerpo en Cristo.
Este es un
gesto que realiza únicamente el sacerdote y que los fieles contemplan en
silencio y oración.
¿Cómo debemos
vivir este momento?
Permanecer en
silencio y recogimiento.
Contemplar
con fe este signo litúrgico.
Prepararnos
para recibir a Cristo resucitado.
Reflexión: Jesús murió por nosotros, pero
también resucitó. En cada Eucaristía recibimos a Cristo vivo, vencedor del
pecado y de la muerte.
Cita bíblica:
«Yo soy el que vive; estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los
siglos.» (Apocalipsis 1, 18)
Después de la conmixtión y de las oraciones preparatorias
del sacerdote, llega a uno de los momentos más conmovedores de la Santa Misa.
El sacerdote toma la Hostia consagrada, la eleva ligeramente y la muestra a
toda la asamblea diciendo:
“Éste es el
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la
cena del Señor.”
Con estas
palabras nos presenta a Jesucristo, verdaderamente presente en la Eucaristía.
Él es el Cordero de Dios que se ofreció en sacrificio por nuestra salvación y
que ahora nos invita a participar del banquete eucarístico.
La expresión "Cordero de Dios" recuerda el
sacrificio del cordero pascual del Antiguo Testamento y el anuncio de san Juan
Bautista al señalar a Jesús como el Salvador del mundo.
Este es un
momento para contemplar al Señor con fe, adorarlo y prepararnos para recibirlo
con un corazón limpio y agradecido.
Reflexión: Antes de acercarnos a comulgar,
fijemos nuestra mirada en Jesús. Él nos llama a su mesa no porque seamos
perfectos, sino porque nos ama y quiere fortalecernos con su presencia.
Cita bíblica:
“Al día siguiente Juan vio a Jesús que venía hacia él y dijo: "Éste es el
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo."» (Juan 1, 29)
PASO 39. La respuesta de los fieles: “Señor, no soy digno...”
Después de
escuchar la invitación del sacerdote, toda la asamblea responde con profunda
humildad:
“Señor, no
soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.”
Estas
palabras están inspiradas en la respuesta del centurión romano, quien reconoció
con fe que Jesús podía sanar con solo una palabra.
Al
pronunciarlas, reconocemos que ninguno de nosotros merece recibir al Señor por
sus propios méritos. Sin embargo, confiamos plenamente en su misericordia y en
el poder de su amor, que sana nuestras heridas y fortalece nuestra vida
espiritual.
Esta
respuesta nos invita a acercarnos a la Comunión con humildad, arrepentimiento y
una fe viva en la presencia real de Cristo.
Reflexión: La Eucaristía no es un premio para
los perfectos, sino el alimento que Cristo ofrece a quienes desean seguirlo con
un corazón sincero y dispuesto a convertirse cada día.
Cita bíblica:
“Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra
y mi criado quedará sano.» (Mateo 8, 8)
Mañana, si Dios lo permite, continuaremos con Toque Espiritual.
¡QUE JESÚS EUCARISTÍA NOS
BENDIGA!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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