LA BELLEZA DE LA SANTA MISA. PASO A PASO…LITURGIA EUCARÍSTICA
La Sagrada
Comunión es el momento culminante de la Liturgia Eucarística. Después de
habernos preparado con la oración y de responder con humildad: “Señor,
no soy digno…”, nos acercamos al altar para recibir a Jesucristo,
verdaderamente presente en la Eucaristía.
La Iglesia
nos enseña que, al comulgar, no recibimos un símbolo, sino al mismo Jesús: su
Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Es el Señor resucitado que viene a nuestro
encuentro para alimentarnos con su vida, fortalecer nuestra fe y permanecer en
nosotros.
Por ello, nos
acercamos a comulgar con profundo recogimiento, respeto y devoción, evitando
distracciones o conversaciones. Antes de recibir la Sagrada Comunión, es una
hermosa tradición hacer una genuflexión o una inclinación profunda de la
cabeza, según las normas de la Iglesia y la costumbre legítima del lugar, como
signo de adoración a Cristo realmente presente.
Cuando el
ministro presenta la Sagrada Hostia y dice: “El Cuerpo de Cristo”,
respondemos con voz clara y convencida: “Amén”. Con esta palabra expresamos
nuestra fe y afirmamos que creemos verdaderamente en la presencia real de Jesús
en la Eucaristía.
La Iglesia
latina conserva como forma tradicional recibir la Sagrada Comunión directamente
en la lengua. Sin embargo, donde la Conferencia Episcopal lo ha autorizado y el
Obispo diocesano lo permite, también puede recibirse en la mano, siempre con la
máxima reverencia y cuidado para que no se pierda ninguna partícula de la
Hostia consagrada.
Después de
comulgar, regresamos a nuestro lugar en silencio y oración. Es un momento
privilegiado para hablar con Jesús, agradecer su presencia, ofrecerle nuestra
vida, pedir su gracia y permanecer unos instantes en íntima unión con Él.
En muchas
parroquias, una vez que todos han comulgado, el sacerdote o el diácono lleva al
sagrario las Hostias consagradas que han quedado. En algunos lugares, como
signo de respeto y adoración a la presencia real de Jesús en la Eucaristía, los
fieles se ponen de pie mientras el Santísimo Sacramento es reservado en el
sagrario.
Esta es una
hermosa costumbre que expresa nuestra fe y reverencia hacia Cristo presente en
la Eucaristía. Terminado este momento, la asamblea vuelve a sentarse o
permanece según lo indique la celebración, dando paso al silencio o al canto de
acción de gracias.
Reflexión: Cada vez que
recibimos la Sagrada Comunión, Cristo entra sacramentalmente en nuestro corazón
para fortalecernos, transformarnos y enviarnos a vivir el Evangelio. Que nunca
perdamos el asombro y la gratitud por este inmenso regalo de amor.
Cita bíblica: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y
yo en él. “(Juan 6, 56)
PASO 41. El silencio o canto de acción de gracias
Después de
recibir a Jesús en la Sagrada Comunión, la Iglesia nos invita a guardar un
momento de silencio, de oración personal o a participar en un canto de acción
de gracias. Es un tiempo privilegiado para hablar con el Señor que acabamos de
recibir sacramentalmente.
No es momento
de conversar, distraerse o salir apresuradamente del templo. Es el instante
para agradecer a Jesús su presencia, presentarle nuestras intenciones y pedirle
la gracia de vivir conforme a su voluntad.
Cada uno
puede hacer una sencilla oración desde el corazón, dando gracias por el inmenso
don de la Eucaristía y renovando el compromiso de seguir a Cristo en la vida
diaria.
Reflexión: Después de
recibir a Jesús, permanezcamos unos momentos en silencio. Él está realmente
presente en nuestro corazón y desea hablar con nosotros.
Cita bíblica:
“Den gracias en toda ocasión; ésta es la voluntad de Dios para ustedes en
Cristo Jesús.” (1 Tesalonicenses 5, 18)
PASO 42. La oración después de la Comunión
Concluido el
tiempo de silencio o el canto de acción de gracias, el sacerdote invita a toda
la asamblea diciendo: “Oremos”. Entonces todos se ponen de pie para participar en
la oración después de la Comunión.
En esta
oración, el sacerdote da gracias a Dios por el don recibido y pide que la
Eucaristía produzca frutos abundantes en la vida de los fieles. Es la oración
que concluye oficialmente la Liturgia Eucarística.
Respondemos
con un fervoroso” Amén”, haciendo nuestra esa súplica y
disponiéndonos a pasar a los Ritos de Conclusión, desde donde la Iglesia nos
enviará a vivir y anunciar el Evangelio.
Reflexión: La Comunión
no termina cuando dejamos de comulgar. Jesús permanece con nosotros para
fortalecernos y enviarnos a ser testigos de su amor en el mundo.
Cita bíblica:
“Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.” (Juan 15, 4)
Mañana, si Dios lo permite, continuaremos con Toque Espiritual.
¡QUE JESÚS EUCARISTÍA NOS
BENDIGA!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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