CUANDO DIOS NOS LLAMA A
SERVIR EN SU IGLESIA
¿A quién enviaré?
¿Quién irá por nosotros?" Yo respondí: "Aquí estoy, envíame a
mí." Isaías 6,8
El Señor continúa llamando hombres y mujeres
dispuestos a servir. Ese llamado no está reservado únicamente a sacerdotes o
religiosos; alcanza a todos los bautizados. Cada cristiano tiene una misión
dentro de la Iglesia y está invitado a poner sus dones al servicio de Dios y de
la comunidad.
Uno de los servicios más hermosos es el de quienes
proclaman la Palabra de Dios durante la Santa Misa. El lector no sube al ambón
simplemente para leer un texto. En ese momento presta su voz para que la
Palabra de Dios llegue al corazón de la asamblea. Por eso, este ministerio
merece prepararse con oración, respeto, comprensión de las Sagradas Escrituras
y una proclamación clara que permita a todos escuchar y meditar el mensaje del
Señor.
Muchas veces encontramos personas de gran buena
voluntad que desean colaborar en la liturgia. Ese deseo ya es un regalo de
Dios. Sin embargo, todo servicio en la Iglesia requiere formación, porque
cuando servimos al Señor procuramos ofrecer lo mejor de nosotros mismos.
Prepararse no significa buscar protagonismo, sino desempeñar con mayor
fidelidad la misión que Dios nos ha confiado.
La Iglesia necesita lectores, catequistas, ministros
extraordinarios de la Sagrada Comunión, coros, monaguillos, servidores del
altar y tantos otros colaboradores que, con humildad y generosidad, ayudan a
que cada celebración sea un verdadero encuentro con Cristo. Ningún servicio es
pequeño cuando se realiza con amor.
No pensemos que otros lo harán por nosotros. Cada
parroquia necesita fieles comprometidos que no solo asistan a la Santa Misa,
sino que también participen activamente en la vida de la comunidad. Servir es
una forma concreta de agradecer a Dios los dones recibidos y de contribuir a la
misión evangelizadora de la Iglesia.
Preguntémonos hoy con sinceridad: ¿Qué don me ha
regalado Dios y cómo lo estoy poniendo al servicio de mi parroquia y de mi
Iglesia Católica? Tal vez el Señor no nos pida hacer cosas extraordinarias,
sino responder con generosidad a las pequeñas oportunidades de servir que
encontramos cada día.
Pidamos al Espíritu Santo que despierte en nosotros
un corazón disponible, humilde y generoso, para responder como el profeta
Isaías: "Aquí estoy, Señor, envíame a mí." Que nunca nos falte la
alegría de servir, porque quien sirve con amor también anuncia el Evangelio con
su propia vida. Creo que este tema puede tocar el
corazón de muchos fieles, porque recuerda que la Iglesia no se sostiene solo con
quienes la dirigen, sino también con los laicos que, desde distintos
ministerios y servicios, responden generosamente al llamado del Señor.
Si el Señor ha puesto en nuestro corazón el deseo de
servir, respondamos con generosidad. Nuestra parroquia, nuestra comunidad y
nuestra Iglesia Católica necesitan cristianos comprometidos, dispuestos a
ofrecer su tiempo, sus talentos y su amor para la construcción del Reino de
Dios.
No importa si el servicio es grande o pequeño. Lo
importante es realizarlo con humildad, responsabilidad y alegría, recordando
que todo lo que hacemos por amor a Dios y a nuestros hermanos tiene un inmenso
valor ante sus ojos.
Hoy el Señor también nos llama. Abramos el corazón y
respondamos con confianza: "Aquí estoy, Señor; cuenta conmigo." Que cada uno descubra el
lugar donde puede servir y haga de su vida un verdadero testimonio de fe,
porque una Iglesia viva es aquella donde todos participan y ponen sus dones al
servicio del Evangelio.
"Cada uno ponga al servicio de
los demás el don que haya recibido, como buenos administradores de la
multiforme gracia de Dios." Primera Carta de Pedro 4,10
¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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