"UNA PIEDRA EN EL CAMINO Y UNA GRAN LECCIÓN DE FE"

"La lección de mi abuelita: ofrecer el dolor por las almas del purgatorio

Para los católicos, el purgatorio no es un castigo como el infierno, sino una gracia de Dios. Es un estado de purificación para quienes mueren en amistad con Dios, pero aún necesitan ser purificados de las consecuencias de sus pecados antes de entrar plenamente en la presencia divina.

La Iglesia enseña que existen tres destinos posibles después de la muerte:

El cielo: para quienes están plenamente unidos a Dios.

El purgatorio: para quienes se salvan, pero necesitan purificación.

El infierno: para quienes rechazan definitivamente a Dios.

Quien está en el purgatorio ya está salvado y tiene la certeza de que verá el rostro de Dios.

¿Qué hacer para alcanzar la salvación y evitar el infierno?

Vivir en gracia de Dios, evitando el pecado grave.

Confesarse con frecuencia cuando se ha cometido pecado mortal.

Participar en la Santa Misa y recibir los sacramentos.

Orar diariamente, cultivando una relación personal con Dios.

Practicar las obras de misericordia, ayudando al prójimo.

Perdonar y pedir perdón.

Aceptar la voluntad de Dios aun en los momentos difíciles.

Perseverar hasta el final, porque la santidad es una tarea de toda la vida.

Jesús nos dejó una promesa que llena de confianza:

"El que oye mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna; no será condenado, sino que ha pasado de la muerte a la vida." (Juan 5,24)

¿Los que aún tenemos vida qué podemos hacer por las almas del purgatorio?

Según la fe católica, sí podemos ayudar mucho a las almas del purgatorio. De hecho, es una de las obras de misericordia espirituales más hermosas: orar por los difuntos.

Por ejemplo, San Alfonso María de Ligorio escribió que estas almas, agradecidas por quienes las ayudan, pueden presentar nuestras súplicas ante Dios. Aunque ellas no pueden hacer méritos para sí mismas, sí pueden orar por nosotros.

Una oración sencilla podría ser:

"Señor Jesús, cuando llegue la hora de mi partida, recíbeme en tu misericordia. Purifica lo que aún deba ser purificado en mí, perdona mis faltas y concédeme la gracia de contemplar eternamente tu rostro. Que cada día de mi vida sea una preparación para el encuentro contigo. Amén."

"Cuando me dolió hasta el alma: una enseñanza que nunca olvidé"

Desde mis 6 años aprendí a rezar por las almas del purgatorio gracias al ejemplo de mi abuelita, una mujer profundamente piadosa y llena de amor por Dios. Ella me enseñó que nunca debía olvidarme de quienes esperan la plenitud del encuentro con el Señor.

Recuerdo una experiencia que quedó grabada en mi corazón. Un día la acompañaba a visitar a una persona enferma. Mientras caminábamos, vi en el camino lo que pensé que era una pelota de trapo. Con la inocencia de una niña, le di una patada, pero en realidad era una piedra redonda. El golpe fue tan fuerte que, como solemos decir, “me dolió hasta el alma.”

Al verme sufrir, mi abuelita no se limitó a consolarme. Con mucha ternura me dijo: "Ofrece ese dolor por las almas del purgatorio". Y me hizo rezar tres veces por ellas. En aquel momento no comprendí plenamente el valor de sus palabras, pues era sólo una niña que aún sentía el dolor, pero con los años entendí que me estaba enseñando una gran verdad cristiana: que incluso nuestros pequeños sufrimientos, unidos al amor y a la oración, pueden convertirse en ayuda para otros.

Desde entonces, cada vez que atravieso alguna dificultad o experimento algún dolor, como el que experimenté ayer, (para acotar a la anécdota) cuando la perezosa cayó sobre mi pie, recordé a mi abuelita y aunque no crean aún me duele, procuré ofrecerlo por las almas del purgatorio, sin levantarme del suelo y con llanto, confiando en la misericordia infinita de Dios.

La Iglesia enseña que las almas del purgatorio ya están salvadas, pero están siendo purificadas para entrar en la gloria del cielo. Por eso, quienes aún peregrinamos en esta vida podemos ayudarlas de muchas maneras: ofreciendo la Santa Misa, rezando el Santo Rosario, la Coronilla de la Divina Misericordia, haciendo obras de caridad, ofreciendo sacrificios, ayunos, pequeños sufrimientos y las dificultades cotidianas vividas con amor.

También podemos ofrecer por ellas nuestros dolores físicos, nuestras preocupaciones, enfermedades, contratiempos y todo aquello que, unido a la cruz de Cristo, se convierte en una oración silenciosa. Ningún acto de amor hecho por las almas del purgatorio es inútil ante Dios.

La tradición cristiana nos enseña que ellas no pueden ayudarse a sí mismas, pero sí pueden beneficiarse de nuestras oraciones. Y cuando, por la misericordia de Dios, alcanzan la gloria del cielo, se convierten en agradecidas intercesoras por quienes rezaron por ellas.

Como decía Santa Teresa de Jesús: "Nada te turbe, nada te espante; quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta."

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen os proteja!

Tu amiga

Mirtha Villarroel

 

 

 

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