SAN JUAN BAUTISTA: EL
PROFETA QUE PREPARÓ EL CAMINO DEL SEÑOR
Hoy la Iglesia celebra la solemnidad de San Juan
Bautista, uno de los santos más importantes del cristianismo. Su nacimiento fue
anunciado por el ángel Gabriel a sus padres, Zacarías e Isabel, cuando ya eran
ancianos y no podían tener hijos. Por eso su llegada fue considerada un
verdadero milagro de Dios.
San Juan fue elegido para una misión única: preparar
el camino para la llegada de Jesús. Vivió con sencillez, predicó la conversión,
llamó a las personas al arrepentimiento y bautizaba en las aguas del río
Jordán. Fue él quien reconoció a Jesús como el Mesías y tuvo el privilegio de
bautizarlo.
Su mensaje sigue vigente hasta hoy:
"Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos" (Lucas
3,4).
Juan nunca buscó protagonismo. Al contrario, dijo
una de las frases más hermosas de humildad:
"Es necesario que Él
crezca y que yo disminuya" (Juan 3,30).
Los San Juanes de mi
infancia
La fiesta de San Juan también despierta en mí
recuerdos entrañables de mi niñez.
Éramos nueve hermanos, aunque en aquellos años
apenas éramos cinco o seis. Para la víspera de San Juan, nuestra mamita nos
mandaba a hacer pequeños corralitos en el gran canchón de la casa, rodeado de
árboles frutales y con la tierra como piso.
Al amanecer corríamos emocionados a ver nuestros
corralitos. Allí aparecían unas pequeñas huellas o dibujos que parecían
piecitos. Entonces mamita nos decía con toda naturalidad:
"Eso significa que va a
llegar otro hermanito."
A nuestra corta edad, ninguno comprendía realmente
cómo ocurrían esas cosas, pero lo creíamos con toda la inocencia del mundo. Y
lo más curioso es que, al poco tiempo, efectivamente llegaba un nuevo
integrante a la familia.
Otra costumbre inolvidable era levantarnos a las
tres de la madrugada para ir al río que sólo era cruzar el canchón, tan cerca
lo teníamos. Imagínense: justamente cuando se dice que es la noche más fría del
año. Sin embargo, para nosotros era una aventura maravillosa. El frío no
importaba; lo vivíamos como un juego y mamita nos bañaba. Ayyy, qué recuerdos de verdad. Escribo y hasta siento nostalgia de
mi niñez, pensando en mi mamita, era tal dulce la Irmita…
También teníamos una tradición muy especial: ir a
recoger leña para la fogata. No era precisamente al monte, sino a un lugar
lleno de grandes piedras que conocíamos como “lajas”. Para nosotros era toda
una aventura. Decíamos con entusiasmo: “Vamos a las lajitas”, y emprendíamos
nuestro pequeño viaje para recoger chafras, ramas secas y trozos de leña que
luego servirían para encender la fogata de San Juan. Aquella sencilla tarea se
convertía en un momento de alegría, compañerismo y emoción, porque sabíamos que
formaba parte de una noche muy esperada por toda la familia. Después venía el
momento esperado: encender el fuego, saltar las llamas entre risas y compartir
algunos sencillos sándwiches preparados según las posibilidades económicas de
la familia. No había grandes banquetes ni excesos, pero sí algo mucho más
valioso: unión, alegría y amor familiar.
Hoy muchas de esas tradiciones han cambiado. Ya no
es recomendable encender fogatas como antes, porque pueden provocar incendios,
contaminar el aire y causar un grave daño al medio ambiente. Hemos aprendido
que cuidar la creación también es una forma de agradecer a Dios por los dones
que nos ha regalado. Sin embargo, aunque las costumbres evolucionen, permanecen
vivos los recuerdos de aquellos momentos compartidos en familia.
Lo importante no era el fuego en sí, sino la alegría
de estar juntos, las enseñanzas recibidas y los valores que quedaron grabados
en nuestro corazón. Hoy estamos llamados a conservar el espíritu de esas
tradiciones, pero con mayor conciencia y responsabilidad hacia la naturaleza y
las futuras generaciones.
Son tesoros que llevamos en el corazón y que nos
recuerdan una época donde la felicidad estaba en las cosas simples: la familia reunida, una
fogata, una oración y la ilusión de los niños.
Reflexión
Así como San Juan Bautista preparó el camino para
Jesús, nuestros padres y abuelos prepararon el camino de nuestra fe a través de
pequeñas enseñanzas, costumbres y tradiciones que marcaron nuestra vida.
Quizás hoy ya no hagamos corralitos ni nos bañemos
en el río antes del amanecer, ni recoger leña, pero podemos conservar lo más
importante: la
fe sencilla, la alegría familiar y la capacidad de reconocer la presencia de
Dios en los recuerdos más humildes de nuestra infancia.
"Las tradiciones pasan
de generación en generación, pero la fe que las inspira permanece para
siempre."
¡QUE EL SEÑOR NOS BENDIGA Y LA VIRGEN NOS PROTEJA!
Tu amiga
Mirtha
Villarroel de Rocha
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