¿POR QUÉ IR A MISA? "
Donde está Jesús en la Eucaristía, allí está el mayor tesoro que podemos encontrar en esta vida.
¿Por qué ir a Misa?
Hace poco conversaba con una amiga y muy poco la frecuenta, sobre la Santa
Misa.
¿Por qué no vas a
Misa? le pregunté.
Porque no
me gusta el tumulto, prefiero rezar en la casa, tengo mis santitos y además a veces no entiendo al padre, me respondió.
La conversación continuó.
¿Y dónde te sientas
cuando vas a Misa?
Atrás. No me gusta estar adelante.
Sonreí y
pensé que aquella respuesta decía mucho más de lo que parecía. A veces queremos
escuchar mejor, participar más o sentirnos más cerca de lo que ocurre en el
altar, pero nos quedamos lejos. No sólo físicamente, sino también
espiritualmente. Mi abuelita me enseñó desde los 6 años, que siempre yo me siente en el primer banco, para no distraerme con la gente que entra y le hice caso, ahora soy adulta mayor.
Mientras
hablábamos, la riqueza espiritual inmensa de la Santa Misa que ella se perdía y vino a mi memoria la hermosa canción "Pan partido para la vida del mundo, alimento
para el camino." Y le
canté sólo esta parte, bonita dijo. Y
comprendí una vez más que la razón principal para ir a Misa no es el sacerdote,
la música o la cantidad de personas que asisten. Vamos
porque allí nos espera Jesús.
Ir a Misa
los domingos no es sólo una costumbre; es una manera de santificar el Día del
Señor y responder al llamado de Dios. No porque Él necesite nuestra presencia,
sino porque nosotros necesitamos de su Palabra, de su gracia y del Pan de Vida
para fortalecer nuestra fe.
Los
frutos espirituales de la Misa acompañan nuestra vida y nos ayudan a caminar
con esperanza hacia la eternidad.
Por eso,
aunque a veces no entendamos todo, aunque haya mucha gente o nos sintamos
cansados, vale la pena acercarnos al Señor. Él sigue esperando pacientemente a
cada uno de sus hijos.
Quizás
aquella amiga me dejó una gran enseñanza: muchas
veces buscamos razones para quedarnos en casa, o en la puerta, cuando Jesús nos
está invitando a acercarnos un poco más.
No seguí preguntando, pero me quedó una reflexión
muy sencilla: que la iglesia no es
simplemente un edificio; es la casa de Dios. Allí Jesús permanece día y noche
esperando nuestra visita, nuestras alegrías, nuestras preocupaciones y nuestras
oraciones.
Por eso, al entrar
al templo, saludemos primero a Jesús Sacramentado; y al salir, no olvidemos
darle gracias. Él siempre nos espera y nunca deja de acompañarnos. Muchas veces entramos al templo distraídos,
saludamos a las personas, buscamos dónde sentarnos o conversamos con alguien,
pero olvidamos saludar al Dueño de casa. Cuando primero tendríamos que dirigir nuestra mirada y nuestro corazón a Jesús
Sacramentado, que nos espera silenciosamente en el sagrario. Y al terminar la Misa, antes de salir, también
es hermoso despedirnos del Señor y agradecerle por habernos recibido, escuchado
y alimentado con su Palabra y su presencia.
"Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para
siempre" (Juan 6, 51)
La Santa
Misa es el regalo más grande que Dios dejó a su Iglesia. En ella escuchamos su
Palabra, presentamos nuestras alegrías y preocupaciones, y participamos del
sacrificio de Cristo por nuestra salvación. Ninguna oración tiene un valor
espiritual tan grande como la Eucaristía.
Muchas personas ofrecen la Santa Misa por sí mismas,
por su familia, por los enfermos, por la paz de su país o por sus seres
queridos difuntos. También existen quienes, pensando en su futuro espiritual,
solicitan que se celebren Misas por ellos incluso después de su muerte.
Y a propósito, un día les dije a mis tres hijos que, cuando el Señor me
llame a su presencia, cada uno entregue su ofrenda para la celebración de una
Misa Gregoriana por mi alma. Se trata de treinta Misas celebradas durante
treinta días consecutivos por un difunto. Esta antigua tradición recibe su
nombre de San Gregorio Magno, quien promovió esta práctica tras la muerte de un
monje llamado Justo. Es una hermosa expresión de fe en el poder de la
Eucaristía y en la misericordia de Dios.
A partir de este relato nació la piadosa costumbre de celebrar treinta
Misas sucesivas durante treinta días por un difunto, conocida desde entonces
como Misa Gregoriana. Te paso el dato.
Es una hermosa tradición de la Iglesia que expresa nuestra confianza en la
misericordia de Dios y en el poder de la Eucaristía"
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