CUANDO REZAR ES LO ÚNICO QUE NOS QUEDA... Y RESULTA SER SUFICIENTE.

Hay momentos en la vida en que sentimos que hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance. Hemos buscado soluciones, pedido ayuda, tocado puertas, consultado médicos, hablado con nuestros hijos, trabajado más de la cuenta e incluso derramado lágrimas en silencio. Sin embargo, el problema continúa allí, frente a nosotros.

Es entonces cuando muchas personas dicen: "Ya no me queda nada más que rezar."

Y aunque lo dicen con tristeza o resignación, en realidad están descubriendo una gran verdad: cuando llegamos al límite de nuestras fuerzas, comienza el espacio donde Dios puede actuar de una manera que nosotros no imaginamos.

Si hoy te encuentras cansado, preocupado o sin respuestas, no abandones la oración. Sigue hablando con Dios. Sigue confiando. Sigue esperando.

Tal vez descubras que cuando rezar es lo único que nos queda, en realidad tenemos en nuestras manos lo más importante.

Que el Señor fortalezca nuestra fe, nos conceda perseverancia en la oración y nos ayude a confiar incluso cuando no entendemos sus tiempos. Porque quien aprende a esperar en Dios, nunca espera en vano.

En una reflexión anterior hablábamos de esos momentos en que Dios parece guardar silencio. Rezamos y no vemos respuestas inmediatas. Pedimos y el cielo parece permanecer callado. Sin embargo, el silencio de Dios no significa que esté ausente. Muchas veces está obrando en lo profundo de nuestro corazón, preparando caminos que todavía no podemos ver.

 "Cuando nuestras fuerzas terminan, la oración nos recuerda que las fuerzas de Dios nunca se agotan."

Y vuelvo a hablar de mi abuelita. No desmerezco a mi mamita porque ella seguía la misma línea, pero eran muchas sus preocupaciones con nueve hijos. La respuesta es sencilla: porque mi abuelita fue una de las personas que más me enseñó que, cuando ya no encontramos soluciones humanas, la oración sigue siendo un camino abierto hacia Dios.

Recuerdo que, ante cualquier preocupación o dificultad, no se desesperaba ni se llenaba de quejas. Tomaba su rosario y comenzaba a rezar. Con su ejemplo aprendí que la oración no era el último recurso, sino el primero; y que cuando ponemos nuestras preocupaciones en las manos de Dios, nunca caminamos solos.

Hoy comprendo que mi abuelita no me dejó grandes riquezas materiales. Me dejó algo mucho más valioso: la certeza de que, cuando todo parece imposible, Dios sigue escuchando a quienes oran con fe.

En esos momentos pensamos que Dios guarda silencio.

Pero el silencio de Dios no significa ausencia. El agricultor siembra una semilla y durante semanas no ve nada en la superficie. Sin embargo, bajo la tierra está ocurriendo el milagro de la vida.

Así también obra Dios. Aunque no lo veamos, Él trabaja en nuestro corazón, abre caminos, prepara encuentros, fortalece nuestra fe y nos sostiene en medio de la prueba.

Hoy vivimos tiempos difíciles. Muchas familias enfrentan preocupaciones económicas, enfermedades, divisiones familiares y la incertidumbre que atraviesa nuestra querida Bolivia. A veces sentimos que no podemos hacer mucho para cambiar las cosas. Pero sí podemos rezar.

Y la herramienta más poderosa es el SANTO ROSARIO. 

Hoy LUNES contemplamos los MISTERIOS GOZOSOS.

Ahora que ya tienes la guía, regálale unos minutos a Dios y ponte a rezar. La oración siempre encuentra tiempo cuando nace del corazón.

¡QUE EL SEÑOR NOS BENDIGA Y LA VIRGEN NOS PROTEJA!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

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