LA VEJEZ NO ES EL FINAL, ES LA PLENITUD DEL CAMINO. ES EL FRUTO DE TODO LO QUE HEMOS SEMBRADO
A los 35
años, cuando atravesaba mi primera operación de cáncer de mama, una prima me
dijo algo que nunca olvidé:
Disfruta la
vida, si te han dado sólo dos años, vive intensamente, viaja, haz todo lo que quieras
y puedas, porque si llegas a vieja quizá ya no puedas hacerlo. Yo le tengo
terror a la vejez y la soledad dijo.
En ese
momento, esas palabras estaban llenas de miedo… casi como una despedida
anticipada.
Pero la vida
tenía otros planes.
Pasaron esos
dos años, no sólo seguí aquí, sino que el tiempo se multiplicó y un poco más.
Llegaron más experiencias, más aprendizajes, incluso una segunda cirugía…de
cáncer y otra a corazón abierto, pero también llegó algo mucho más grande: la
certeza de que cada día es un regalo de Dios.
Hoy, junto a
mi esposo, miramos hacia atrás y sentimos que la edad se nos vino encima… pero
también entendemos algo profundo:
la vejez no
es el final de la vida, es una transformación.
Llegar a
medio siglo de vida matrimonial no es sólo contar años… es contar historias.
Es haber
caminado juntos, tomados de la mano, a veces con suavidad y otras con fuerza, porque
el matrimonio no es una taza de leche; hubo algunas tormentas, pero supimos
mantenernos unidos.
“Hubo
momentos en los que parecía que nos hundíamos, especialmente con las
enfermedades que enfrentamos, pero aun así el amor fue más fuerte que las
dificultades. Hubo días en los que empujar el carro juntos parecía imposible… y,
sin embargo, nunca dejamos de intentarlo.
Y aquí
estamos. Porque permanecer no es fácil. Amar en los días buenos es sencillo,
pero amar en medio del dolor, del cansancio y de la incertidumbre… eso es lo
que da verdadero sentido a un matrimonio.
Hoy la vejez
nos encuentra distintos.
Ya no tenemos la fuerza ni el ímpetu de la juventud. Hoy sentí el peso de los años. El cuerpo se agacha, las fuerzas se van acabando, los pasos son más lentos…y llegan los achaques.
Pero el amor…
el amor que ha sabido permanecer, se vuelve más fuerte.
La vejez no
llega para quitarnos, llega para enseñarnos otra forma de amar: más tranquila,
más consciente, más agradecida a Dios y al compañero de vida.
Ahora
entendemos que cada dificultad superada nos unió más, que cada caída nos enseñó
a levantarnos juntos. Que este amor no es perfecto, pero es real, es firme, es
fiel.
Seguir
empujando el carro ya no es cuestión de fuerza física… es cuestión de corazón.
Es seguir
eligiéndonos cada día. Y comprendemos también que envejecer es un privilegio
que no todos alcanzan.
Es despertar
cada mañana y agradecer a Dios por la vida, por lo vivido y por lo que aún
podemos compartir.
La vejez es
cosecha.
Es mirar
atrás, reconocer aciertos y errores, y reconciliarnos con nuestra propia historia.
Es acercarnos
más a Dios, encontrar paz en lo esencial y valorar lo que realmente importa.
Tener hijos,
tener nietos… es haber trascendido. Es dejar huellas vivas en el tiempo.
Hoy puedo
decir que la vejez no es soledad ni final…
es una etapa
más profunda, más verdadera.
Y aunque el
cuerpo se incline con los años, el alma se levanta con más sabiduría.
Porque no
solo hemos vivido…
hemos
permanecido.
Y permanecer
juntos, a lo largo del tiempo, es una de las mayores bendiciones de la vida.
“Más valen
dos que uno solo, pues obtienen mayor provecho de su esfuerzo. Porque si caen,
uno levanta al otro; pero ¡ay del que está solo cuando cae y no tiene quien lo
levante!” Eclesiastés 4,9-10
¡QUE EL SEÑOR
NOS BENDIGA Y LA VIRGEN NOS PROTEJA!
Tu amiga
Mirtha
Villarroel de Rocha
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