AMAR AL PRÓJIMO NO ES UNA OPCIÓN, ES UN MANDATO.
En este
camino cuaresmal, el amor verdadero no puede quedarse en palabras o
intenciones. El amor auténtico se traduce en obras concretas, en la capacidad
de ver al otro con dignidad, de actuar con compasión y de buscar el bien común.
Cuando ese amor es real, inevitablemente da paso a la justicia, porque amar
implica reconocer lo que el otro merece, defender su valor y no permanecer
indiferente ante el dolor o la desigualdad.
Donde hay
justicia, brota la paz; una paz profunda que nace de corazones que viven en
armonía y solidaridad. Porque al final, amar al prójimo no es una elección: es
el camino donde Dios mismo se hace presente.
Así, amor,
justicia y paz no son conceptos aislados, sino una cadena viva que revela la
presencia de Dios. Donde hay amor verdadero, Dios actúa; donde hay justicia, Dios ordena;
donde hay paz, Dios habita.
La Cuaresma
es precisamente el tiempo para revisar esta cadena en nuestra vida. Es un
llamado a preguntarnos: ¿amo de verdad?, ¿mi amor se convierte en justicia?,
¿estoy sembrando paz o discordias a mi alrededor? No se trata sólo de prácticas
externas, sino de una transformación interior que se refleja en cómo tratamos a
los demás.
Vivir la
Cuaresma es dejar que Dios habite en nosotros para que, a través de nuestras
acciones, nazca el amor y se convierta en su expresión visible. Y cuando la
justicia florece, brota la paz. No una paz superficial o pasajera, sino una paz
profunda, fruto del orden restaurado, de relaciones sanadas y de corazones
reconciliados.
Amar al
prójimo es un mandato que cobra vida especialmente en este tiempo de Cuaresma.
Este amor no se queda en palabras, sino que debe manifestarse en acciones
concretas en tu vida, en mi vida personal, familiar, social y laboral, donde debo
procurar proclamar a diario la Palabra de Dios con mi manera de vivir y sin
tapujos.
Amar de
verdad significa estar atento al prójimo, acompañarlo en sus momentos de
dificultad, no sólo con ayuda material, sino también con apoyo espiritual, una
palabra de aliento o una oración. Así, el amor se transforma en justicia, porque
reconoce la dignidad del otro y responde a sus necesidades.
La Cuaresma
es una invitación a vivir esta realidad con autenticidad, dejando que nuestras
acciones reflejen el amor de Dios. Porque proclamar su Palabra no es sólo
anunciarla, sino vivirla cada día, haciendo que, a través de nosotros, Dios
habite en medio de los demás.
“Hijitos, no
amemos con puras e palabras y de labios afuera, sino verdaderamente y con
obras.” 1 Juan 3,18
¡Que el Señor
nos bendiga y la Virgen nos proteja!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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