“ES DIFÍCIL GOBERNAR RECTAMENTE UNA NACIÓN SIN DIOS Y SIN LA BIBLIA…”
Porque
cuando se pierde a Dios, también se pierde el sentido de la justicia, del
servicio y del bien común.
Cuando una nación aparta a Dios de su
horizonte y deja de beber de la sabiduría de la Biblia, pierde el norte moral
que orienta las decisiones justas. Gobernar no es sólo administrar recursos o
ejercer poder; es servir con conciencia y responsabilidad, es servir al bien
común, es proteger la dignidad humana y promover la justicia. Cuando una nación
se aleja de Dios y de la Palabra del Señor, se debilita el fundamento moral que
sostiene la justicia, la verdad y el respeto por la vida.
La Biblia no es un simple libro
religioso: es una escuela de valores universales verdad, justicia, misericordia,
respeto por la vida y solidaridad que han sostenido a los pueblos a lo
largo de la historia. Cuando estos principios se ignoran, el poder corre el
riesgo de convertirse en arbitrariedad, la ley en conveniencia y la autoridad
en abuso.
La Biblia no impone, orienta; no
divide, ilumina. Allí donde Dios es excluido, la ley se vuelve frágil y la
autoridad corre el riesgo de perder su sentido humano.
“Feliz la nación cuyo Dios es el Señor.” (Salmo 33,12)
Una nación sin Dios fácilmente
confunde progreso con acumulación, libertad con libertinaje y autoridad con
imposición. En cambio, cuando Dios está en el centro, la conciencia se ilumina,
la ley se humaniza y el gobernante recuerda que su poder no es absoluto, sino
un encargo al servicio del pueblo.
No se trata de imponer una fe, sino
de reconocer que, sin un fundamento moral sólido, toda estructura política se
debilita. La Biblia recuerda a gobernantes y ciudadanos que hay un bien mayor
que defender y una justicia más alta a la que rendir cuentas.
“El Señor ama la justicia y el derecho.” (Sal
33,5)
A quienes Dios ha permitido servir hoy desde la Presidencia y la Vicepresidencia, les recordamos con respeto que toda autoridad es un encargo sagrado y no un escenario personal. Cuando la palabra se usa sin prudencia y se siembra división en lugar de comunión, el daño no es solo político: alcanza el alma del pueblo. La Palabra nos enseña que el gobernante edifica más con el ejemplo que con la exposición, más con el trabajo silencioso que con el ruido público. Que el Espíritu Santo conceda sabiduría, dominio propio y un corazón dispuesto al diálogo, para que las palabras no hieran ni confundan, sino orienten y reconcilien.
Cuando falta la unidad en quienes
conducen, la nación entera se resiente… y queda una pregunta que interpela a la
conciencia de todos, gobernantes y ciudadanos: ¿Desde dónde estamos guiando hoy
al pueblo que se nos ha confiado? ¿Desde dónde estamos construyendo el futuro? ¿Quién
guía entonces el rumbo de la nación?
Y termino diciendo, porque cuando Dios es excluido de la vida pública, cuando una nación deja a Dios fuera de sus decisiones, no sólo se debilita la fe, también se confunde la justicia.
¡Que el Señor nos bendiga
y la Virgen nos proteja!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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