“GRACIAS, SEÑOR, POR LA VIDA: EL CENTRO DE TODO”

Te doy gracias, Señor, por la vida, porque en ella está el don primero, el punto de partida y el centro de todo lo que soy. Mientras tengo vida, tengo oportunidad de amar más, de perdonar sin medida, de reconciliarme, de servir con humildad, de consolar al que sufre y de volver a empezar cuantas veces sea necesario.

Cada día es un regalo que me invita a no desperdiciar el bien que puedo hacer hoy para tender la mano al que sufre, de escuchar con paciencia, de servir con alegría y de comenzar de nuevo cada día.

Te doy gracias, Señor, por la vida. Porque me permites sembrar esperanza aun en medio del cansancio, acompañar al que está solo y pide ayuda, cuidar a mi familia, llamar a los amigos para decirles por lo menos ¡hola!, trabajar con honestidad y dejar huellas de amor en quienes encuentro en el camino. Nada es pequeño cuando se hace por amor; ningún gesto se pierde cuando nace del corazón.

Cada amanecer es una invitación a elegir lo correcto, a no postergar el bien, a hacer el bien hoy, ahora, mientras hay aliento en mí. Después de la muerte es un imposible.

Pero antes que todo, PRIMERO DIOS. Porque cuando te pongo en el centro, Señor, el resto llega por añadidura: la paz en el corazón, la fuerza para seguir, la luz para decidir y la esperanza para no rendirme. Sin Ti, todo se vuelve pesado; contigo, incluso las cargas se transforman en camino de crecimiento.

Gracias, Señor, por la vida que me das. Enséñame a vivirla con sentido, con gratitud y con fe, poniendo siempre tu voluntad en primer lugar, sabiendo que lo demás vendrá a su tiempo, según tu amor y tu promesa.

Y, sin embargo, PRIMERO DIOS. Porque cuando Tú ocupas el primer lugar, todo lo demás encuentra su orden. Tú sabes lo que necesito, Tú conoces mis luchas y Tú ves mis lágrimas. Tu Palabra no falla y tus promesas se cumplen, aunque a veces no en mis tiempos ni como yo espero. Aprendo a confiar en que todo lo que permites tiene un sentido, incluso aquello que no comprendo.

Aun cuando enfrento dificultades, pruebas, enfermedades, la muerte inesperada de un familiar o momentos de debilidad, creo y confieso que todo lo que haces es perfecto, porque nace de tu amor.

Tú no prometiste ausencia de dolor, pero sí tu presencia constante; no prometiste caminos fáciles, pero sí fuerza para caminar; no prometiste evitar la cruz, pero sí la esperanza de la resurrección.

Gracias, Señor, porque en medio de la fragilidad humana, Tú sigues siendo fiel. Dame un corazón confiado para esperar, un espíritu perseverante para no rendirme y una fe firme para creer que, mientras pongo mi vida en tus manos, lo demás vendrá por añadidura, según tu voluntad, en el tiempo justo y con la paz que solo Tú sabes dar.

“Aunque pase por un valle oscuro, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo” (Salmo 23, 4)

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!

Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

 

 

 

 

 

 


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