“CUANDO EL DOLOR NO SE VE: APRENDER A ESCUCHAR EL GRITO SILENCIOSO DEL ALMA”

“El Señor está cerca de los que tienen el corazón herido; Él salva a los de espíritu abatido.” Salmo 34, 19

Toco este tema con una gran pena en mi corazón por la decisión tomada de una amiga muy querida y otras almas conocidas.

Hablar del suicidio siempre conmueve y duele. No es una noticia cualquiera: sacude el alma porque nos enfrenta al misterio del dolor humano, a preguntas profundas sobre la vida, la fe y el sentido de existir.

No es valentía, pero tampoco es justo llamarlo cobardía. La mayoría de las veces es el resultado de un sufrimiento extremo, silencioso, acumulado, que la persona ya no sabe cómo expresar ni cargar. Detrás suele haber depresión, angustia profunda, soledad, culpa, miedo, enfermedades, pérdidas, violencia emocional… y muchas veces una sensación terrible: sentirse una carga o sentirse invisible.

 Lo más duro es pensar que quizá nadie vio las señales, o que alguien las vio, pero no supo cómo ayudar. Por eso duele tanto: porque nos deja la pregunta abierta de si pudimos haber estado más cerca.

Que esto alerte al entorno (padres, hermanos, amistades)

El suicidio casi nunca “llega de golpe”. Suele haber angustia prolongada que no siempre se ve como tristeza evidente. Estemos atentos a señales, especialmente cuando aparecen juntas: Aislamiento repentino o despedidas “raras”. Cambios bruscos de ánimo (de mucha tristeza a calma repentina). Frases como: “Soy una carga”, “no valgo”, “estarían mejor sin mí” Pérdida de interés por lo que amaba. Insomnio persistente, llanto oculto, irritabilidad constante. Regalar pertenencias importantes o cerrar asuntos sin razón clara. O hasta escuchar  decir, me voy a matar, ya no aguanto más. Esas son señale para tomar en cuenta.

 Cómo percibir la angustia que puede llevar a alguien a ese límite

No siempre grita. A veces susurra: es un cansancio del alma, no solo tristeza.

Una sensación de no tener salida, de túnel sin luz. Vergüenza de pedir ayuda, miedo a preocupar a los demás. Sentirse incomprendido, aunque esté rodeado de gente. Qué hacer como entorno. Escuchar sin corregir ni minimizar. No dejar sola a la persona en momentos críticos.

Desde la fe, es muy profundo. La vida no nos pertenece plenamente; es don de Dios. Y, aun así, la Iglesia Católica contempla sobre el destino de esas almas.  Porque sólo Dios conoce el corazón de la persona. Sólo Dios sabe cuánto dolor, confusión o desesperación había. Por eso, la Iglesia confía esas almas a la infinita misericordia de Dios.

Se puede y se debe rezar por ellas. Dios no es un juez frío; es Padre.

Un Padre que comprende donde nosotros no alcanzamos. Una mirada cristiana madura, nos invita hoy a algo muy importante: no juzgar el corazón de quien se quitó la vida.

Solo Dios conoce el grado de conciencia, de libertad y de dolor que había en ese instante final.

Siempre nos preguntamos ¿Dónde van esas almas? Van a la misericordia de Dios. Un Dios que no es verdugo, sino Padre. Un Dios que conoce las heridas que nadie más vio. Un Dios que no abandona a sus hijos en el momento más oscuro. La misericordia de Dios es más grande que nuestro entendimiento. Nadie está fuera del alcance del amor de Dios.

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!

 Tu amiga

Mirtha Villarroel de Rocha

 

 

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