HAY SILENCIOS DE DIOS QUE DUELEN…
Habla de esos
momentos en los que una persona siente que Dios no responde, especialmente en
medio del sufrimiento, la enfermedad, la pérdida de un ser querido o las
pruebas de la vida.
Hay silencios
de Dios que duelen… como la partida de una madre.
Han pasado 10 años desde que la mía partió a la Casa del Padre, y aunque el
tiempo pasa, aún la extraño y vive en mi mente y en mi corazón. La lloré
profundamente, pero en medio de ese dolor entendí que Dios también nos sostiene
en silencio y que el amor de una madre nunca muere.
Y no significa
que Dios abandone, sino que humanamente el corazón siente tristeza porque
espera consuelo inmediato, una señal, una respuesta o un milagro. Ese silencio
duele porque nace del amor y de la necesidad de sentir a Dios cerca.
Duelen cuando
una enfermedad cambia la vida.
Cuando el
cuerpo se debilita, las fuerzas faltan y el corazón se llena de preguntas.
Duelen en
quienes luchan contra el cáncer, enfermedades de base, tratamientos difíciles y
noches de miedo en silencio.
Muchas veces
oramos esperando una respuesta inmediata, un milagro, una señal… y solo
sentimos lágrimas y cansancio.
Pero aun en
ese silencio, Dios no abandona.
Él permanece
al lado del enfermo, sosteniendo su alma cuando siente que ya no puede más.
Dios está en
cada persona que acompaña, en cada oración hecha con amor, en la mano que ayuda
y en la fuerza que aparece inesperadamente para seguir luchando.
Si hoy estás
enfermo o acompañas a alguien que sufre, no pierdas la esperanza.
Aunque no
entiendas el camino, Dios sigue caminando contigo quien se siente cansado y no
entiende por qué vive tanto.
Dios también llora contigo.
Él conoce tu
cansancio, tus noches difíciles, el dolor que callas para no preocupar a los
demás. Y aun en el silencio, sigue sosteniendo tu vida con amor infinito.
Tu enfermedad
no define tu valor, ni apaga la luz que Dios puso en ti.
Eres amada/o,
eres importante y tu vida tiene propósito, incluso en medio de la prueba.
Hoy, si estás
cansado, enfermo o con el corazón herido, descansa un momento en Dios.
Déjale tus
miedos, tu angustia y tus lágrimas. Él sabe abrazar el alma cuando nadie más
puede hacerlo.
Hay que seguir
creyendo aun, cuando no entendemos.
“¡Oh Dios, mi Dios! ¿por qué me abandonaste? ¡Las
palabras que lanzo no me salvan! Salmo 22. (Es una expresión profunda del dolor
humano de Jesús).
¡QUE EL SEÑOR
NOS BENDIGA Y LA VIRGEN NOS PROTEJA!
Tu amiga
Mirtha Villarroel
de Rocha
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