UN AMOR BENDECIDO EN EL DÍA DE LOS DIFUNTOS. Esta es mi historia.
Había pasado un año desde
el matrimonio civil. Recorrimos sin exagerar siete iglesias para casarnos por
lo religioso, veníamos de familias muy católicas y este sacramento representaba
para nosotros la continuidad de la fe por las enseñanzas recibidas desde nuestra
infancia siguiendo el ejemplo de los padres y queríamos que nuestra unión sea
indisoluble y que dure hasta que la muerte nos separe, por esos buscábamos con
urgencia un sacerdote para recibir la bendición de Dios, pero ningún Párroco
aceptaba y el calendario parecía cerrado.
Digo esto por el trabajo de
mi esposo como militar, con los cambios de destino, vivíamos siempre de paso, “en tránsito para la Bolivia” fue siempre
mi expresión, y no teníamos testigos cercanos, ese era el inconveniente.
Los días transcurrían entre
la esperanza y la premura de recibir la bendición de Dios, ese sello que da
fuerza y sentido al amor.
No había una Parroquia
elegida con anticipación, sólo un anillo sencillo y sin bendecir.
Hasta que, casi como un secreteo
del cielo, apareció un solo espacio… EL DÍA DE LOS DIFUNTOS.
Fue entonces cuando el
sacerdote, con una sonrisa leve, dijo:
“Puedo casarlos el Día de
los Muertos”
Al principio creímos que
era una broma.
¿Casarse un 2 de noviembre?
¿Día de difuntos? Sólo nos miramos…, pero aceptamos la fecha.
Ese día, la Iglesia nos
recordó que la muerte no tiene la última palabra, y el matrimonio se convierte
en un signo de amor que trasciende el tiempo, la ausencia y la muerte.
Aquella Parroquia de la “Virgen de la Merced” tenía un altar bellísimo y a la vez sencillo, se
convirtió en el testigo eterno de una promesa hecha con el alma.
Y así fue, sólo mi esposo y
yo, de pie ante Dios,
sin
música nupcial, sin vestido blanco pomposo y elegante para la ocasión, sin
invitados, no había un salón con arreglos especiales y no había comida
exclusiva… sólo teníamos la certeza de que nuestro amor
necesitaba su bendición.
El sacerdote nos miró con
ternura, y quizá también con un poco de pena, pensando que había algo singular
en aquella boda. Después de invocar a
Dios sobre los esposos, oró para que el Señor nos bendiga y fortalezca
la unión, recordándonos la fidelidad y la entrega en la salud y en la
enfermedad, en la alegría y en la tristeza. Y que seamos ejemplo para nuestros
hijos.
La verdad que aún recuerdo, que también nos
dijo “El amor no muere, aunque hoy es día de los
muertos sonrió. ¡Hoy ustedes prometen amarse no sólo por la vida, sino también
por la eternidad!
Ese día en que las campanas
suenan lentas, las flores cubren los cementerios y el aire huele a velas y
recuerdos, comprendimos que el amor verdadero no teme al almanaque, ni al
silencio, ni al día que Dios reserva para la ausencia.
Muchos lo vieron como una
casualidad, pero nosotros lo creímos como una providencia, con un significado
espiritual de casarse el Día de los Difuntos.
Ese día en que recordamos a
quienes partieron, Dios nos permitió sellar un amor que, como la vida misma,
sabe de ausencias y eternidades.
Queríamos unir nuestras
vidas ante Dios. Casarse el 2 de noviembre fue unir
el amor humano con el misterio de la vida eterna.
Bajo la mirada del cielo,
como esposos recibimos la bendición de Dios y de las almas que nos precedieron,
testigos invisibles de nuestra promesa de amor.
Celebrar ese día, fue con
mucha sencillez y fe, fue sellar un amor puro, nacido en silencio, destinado a
perdurar en la eternidad y como símbolo de esa unión los anillos fueron bendecidos.
Desde entonces, cada 2 de
noviembre tiene para nosotros dos significados profundos:
uno, el recuerdo de quienes
partieron;
y otro, el milagro de haber
comenzado un camino de amor que ni el tiempo ni la muerte podrá borrar.
Son Cuarenta y Nueve años, seguimos juntos y envejeciendo por supuesto,
venciendo las dificultades propias del matrimonio, agobiados varias veces por
enfermedades dolorosas y costosas, en mi caso especialmente.
Nuestra vida no ha sido
fácil, pero ha sido real, entrelazada con paciencia, fe y cariño. Hemos
recorrido el camino de la vida criando y educando a nuestros tres hijos hasta
verlos convertidos en profesionales, disfrutar de los nietos con la bendición
del Señor y, aun así, seguimos tomados de la mano, con el mismo amor sencillo
de aquel día, que tenemos la dicha de poder rememorar en el DÍA DE LOS MUERTOS,
nuestra unión para toda vida.
Y hoy, al mirar atrás, puedo
decir con el corazón lleno de gratitud a Dios y a la Virgen su Madre Santísima,
por el regalo de la vida, por nuestro matrimonio, por nuestros hijos y nietos. Aunque
cada uno de nosotros, con décadas a cuestas, aún podemos afirmar con alegría y
fe:
¡ES COMO SI NOS HUBIÉSEMOS
CASADO AYER!
“Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni los ríos lo ahogarán.”
(Cantar de los Cantares 8,7)
¡Que el Señor nos bendiga y
la Virgen nos proteja!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
Comentarios
Publicar un comentario