DIOS, PRINCIPIO Y FIN DE TODA AUTORIDAD

Dios sigue siendo el mismo: único, eterno y omnipotente. Y nunca cambiará la necesidad del ser humano de mirar al cielo.

Toda autoridad encuentra su origen en Dios, fuente suprema de la justicia y del orden. Ningún poder humano es legítimo si se aparta de la verdad, la moral y el servicio al bien común. Quien gobierna debe hacerlo con humildad, recordando que no manda para dominar, sino para servir, porque la autoridad que no se somete a Dios se corrompe y pierde su propósito. Solo en Él la fuerza se convierte en sabiduría, la ley en justicia y el poder en instrumento de paz.

“No hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Él han sido establecidas.” Romanos 13,1

En Bolivia, donde la inmensa mayoría de sus ciudadanos creen en Dios sea desde la fe católica, evangélica o indígena, ignorar esa espiritualidad sería negar la esencia misma del país.

 Podrán cambiar las leyes, pero ninguna norma humana puede suprimir su presencia en la vida de los pueblos, porque sin Dios, no hay dirección; sin oración, no hay fuerza; sin fe, no hay esperanza.

 Podemos declarar al Estado laico, pero jamás se puede declarar la fe muerta.

El ser humano necesita una guía más alta que su propio ego, y esa guía es Dios.

El Crucifijo y la Biblia, al ser restituidos en Asamblea Legislativa Nacional, no imponen religión, sino que invitan a la reflexión moral: ¿cómo puede marchar un país si deja de lado a su Creador?

Estado laico, pero no sin alma

El laicismo no debe confundirse con ateísmo institucional.

La laicidad garantiza la libertad de culto, pero no exige desterrar lo sagrado del corazón del pueblo.

Los pueblos sin fe pierden su rumbo.

Una nación sin oración es como un barco sin timón: avanza, pero sin dirección ni esperanza. Sin oración, no hay paz; sin Dios, no hay destino.”

Símbolos que alumbran el camino

El Crucifijo recuerda el sacrificio, el perdón y el amor infinito.

La Biblia enseña justicia, humildad y verdad.

Juntas, son una brújula moral que debe acompañar a toda autoridad que promete servir al pueblo.

Porque el verdadero poder no reside en el cargo, sino en la capacidad de gobernar con el corazón guiado por Dios. “Que la Biblia y el Crucifijo, al retornar al Parlamento, sean la luz que ilumine a todos los poderes del Estado.” Porque los pueblos no solo se gobiernan con leyes; se sostienen con principios, con amor, con verdad y con esperanza.

La Biblia nos recuerda que “nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1,8).

¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!

Tu amiga

Mirtha Villarroel

 

 

 

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