DÍA DE TODOS LOS SANTOS. UNA FIESTA DE LUZ Y ESPERANZA
1 de noviembre
El Día de Todos los Santos es una de las celebraciones más hermosas de la Iglesia. Es una fiesta de alegría, de luz y de fe, donde recordamos a todos aquellos que ya viven en la presencia de Dios.
No solo a los santos conocidos por nombre como San Francisco de Asís, Santa Teresa de Calcuta o San Juan Pablo II, sino también a los miles y miles de santos anónimos: madres, padres, abuelos, jóvenes, niños, trabajadores, personas sencillas que vivieron con amor, paciencia y fidelidad a Dios.
Ellos no buscaron fama ni gloria, pero en su vida diaria fueron fieles al Evangelio.
Por eso la Iglesia los llama “los santos de la puerta de al lado”, como dijo el Papa Francisco: hombres y mujeres comunes que, en silencio, hicieron del mundo un lugar mejor.
¿Qué celebramos realmente?
Celebramos la victoria del amor sobre el mal, de la fe sobre la oscuridad, de la esperanza sobre la desesperanza.
El Día de Todos los Santos nos recuerda que la santidad no es un privilegio de unos pocos, sino una vocación universal: todos estamos llamados a ser santos, a caminar hacia Dios con un corazón limpio y un alma generosa.
Ser santo no es hacer cosas extraordinarias, sino hacer lo ordinario con amor.
Es sonreír cuando cuesta, perdonar cuando duele, compartir cuando falta, orar cuando se siente vacío, y ayudar cuando nadie lo ve.
Cómo podemos celebrarlo en familia
Poniendo una mesa con imágenes o nombres de santos y también fotos de nuestros familiares que vivieron con fe.
Rezando el Rosario o una oración corta, agradeciendo por su ejemplo.
Contando a los niños la historia de algún santo que inspire a amar más.
Haciendo una obra buena: visitar a un enfermo, compartir alimentos, o simplemente reconciliarse con alguien.
Así convertimos esta fecha en una fiesta de amor, esperanza y luz, muy diferente de las celebraciones de miedo o tinieblas que propone el mundo.
El Día de Todos los Santos es una invitación para mirar al cielo con alegría y recordar que la santidad también florece en la tierra.
Cada gesto de bondad, cada oración, cada perdón ofrecido, nos acerca más a Dios.
Ser santo no es estar lejos del mundo, sino amar más dentro de él.
“He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he mantenido la fe.” 2 Timoteo 4,7
¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
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